Lucha de clases unilateral

Una de las secuelas de la inmodélica Transición española, como la apostilla siempre, con razón, Vicenç Navarro, es el desprestigio de nuestros sindicatos. Roto el hilo histórico de nuestro país por la genocida Dictadura de Franco, se perdió también la tradición y costumbre de la lucha y resistencia obreras de las viejas organizaciones sindicales republicanas. Sus enormes masas de afiliados y simpatizantes devinieron en las escuálidas cifras de afiliación actuales y en el olvido y pérdida de su antigua y admirable capacidad de organización espontánea y potencia ideológica.

Sindicalistas Asesinados
Cartel alusivo a los asesinatos de sindicalistas en Colombia, de Amnistía Internacional (http://antorchalibertaria.blogspot.com.es)
Del mismo modo han perdido su intuición para el feeling social contemporáneo, tanto como su legendaria bravura en la lucha. De ello no se ha librado ni CC. OO, la más reciente y novedosa central sindical española, en términos históricos, crecida -en inteligencia, capacidad organizativa y poder de convocatoria- en los mismos entresijos de los sindicatos verticales franquistas, hoy a la defensiva y medrosa, de la mano siempre de la UGT posmoderna.

Pero son los sindicatos que tenemos. Y aunque deben asumir su parte proporcional en el desprestigio e indiferencia social de que gozan en la actual España de la Restauración -por su medrosidad y afición a los pactos palaciegos, por sus previsibles, negociadísimas y siempre postergadas huelgas por un día- no podemos olvidar que han sido escarnecidos, vilipendiados, despreciados, ninguneados como ninguna otra organización colectiva: desde el famoso reloj de Cándido Méndez hasta el más popular aún tiempo libre de los «liberados». Esa campaña, continua, sistemática y laboriosa de los medios de comunicación de la derecha política y económica española, con su pimpampún ha conseguido un éxito «de crítica y público» realmente notable. Pero no tan merecido como creen muchos.

Ahí están los mineros del carbón, hoy mismo, del brazo con sus sindicatos, resistiéndose con bravura a dejar de ser mineros por orden de Bruselas. O los incansables servicios jurídicos sindicales, que han remediado tantísimos despidos improcedentes o han conseguido tamañas indemnizaciones que han paliado los paros de muchísimas familias obreras. Al menos antes de este golpe de mano conocido como Reforma Laboral, que, en realidad, se ha cargado la digna tradición del Derecho del Trabajo español de un plumazo. Para algunos, contará en su haber su histórica renuncia e inhibición en lo que se llamaron Pactos de la Moncloa, para otros -el que esto escribe- no. Es mucho, sin embargo, lo que les debe la sociedad española, como para haberse ganado un mínimo reconocimiento y respeto social.

Pero en España, como dijo Azaña y yo no me canso de repetir, se piensa más con sonsonetes que con ideas; somos tremendamente desconfiados y desagradecidos con los que «se señalan» en la vida pública y, a la vez, desesperadamente ingenuos y tolerantes con los histriones o corruptos, con los vivillos y vivalavirgen. Y eso nos vuelve muy vulnerables en esta guerra social universal, en esta lucha de clases unilateral que nos han declarado los ricos y poderosos del mundo..

¿Por qué ese silencio clamoroso (en la barra lateral del blog he puesto un enlace de fronterad.com a otro «silencio clamoroso» de los Medios: el de África) sobre la Conferencia Internacional del Trabajo que, desde el 30 de mayo al 14 de junio, está teniendo lugar en Ginebra? Allí, por ejemplo, se ha hablado del destino triste de muchos sindicalistas en el mundo, que han sufrido despidos, detenciones o que han sido asesinados (76, en 2011)por el simple hecho de ser miembros de algún sindicato. Según concretó en Ginebra la secretaria general de la CSI, Sharan Burrow, en el prólogo al Informe Anual sobre las Violaciones de los Derechos Sindicales. En una crónica de periodismohumano.com que glosa estos datos, se precisa que el mayor número de asesinatos de sindicalistas se produjo en Colombia, en un triste ranquin que, según ironiza el autor del texto, ha bajado del centenar anual anterior a sólo 29. El placebo de las cifras, como ocurre con el recuento semanal de accidentes de tráfico.

Las clases medias (pero también, en gran medida, el precariado) de las sociedades occidentales vivimos aún como bajo los efectos de una anestesia, o en la neblina posterior a un gran colocón, acorchados y acolchados por el corcho del consumo y la placidez de una vida relativamente tranquila o la colcha de unos medios de comunicación dominados por poderosos grupos económicos y su efecto hipnótico de grandes demiurgos de realidades. Eso nos hace olvidar, víctimas del nihilismo individualista imperante como somos, que hay gente por el mundo que muere a cara de perro todos los días, a tiros, o que es encarcelada, ofendida, amenazada, sólo por pertenecer a un sindicato. Adjudiquemos a la crisis, como es uso corriente, también la falta de respeto social, tan generalizada, que translucen frases tan profundamente hipócritas e inmorales, como la de «ah, ése… ¡Ese es un liberado de sindicatos, un flojo que vive de puta madre!». Un sonsonete más.

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

3 comentarios sobre “Lucha de clases unilateral”

  1. Siempre en la brecha, Manuel. Alterar en vendaval nuestras memorias, tan espesas y llenas de telarañas. Poner gordos redondeles sobre las íes –costumbre infantil y femenina, que no sé si se conserva en la actualidad- para que todo lo obvio, lo machacado por los lugares comunes, lo dicho y redicho, aparezca ante nuestros ojos y nuestro entendimiento con un nuevo fulgor, desde un ángulo donde esa realidad dormida aparezca nítida y despierta. Así haces.

    1. Gracias por tu afectuoso comentario. En cuanto a lo que dices de los tópicos, intento seguir el consejo de Unamuno de pensar y repensar los lugares comunes, como única manera de escapar de su hechizo paralizante. Un saludo.

  2. No estaría mal recordar en su justo término el papel desempeñado por el PCE –Partido Comunista Español, para no confundir con un computer- durante la dictadura de Franco. ‘El partido’ por antonomasia, e igual que los sindicatos, aborrecido, vapuleado, criminalizado, tanto por las derechas de siempre -¡ahora son los mismos y dicen las mismas cosas!-, como por esa supuesta izquierda que trató de representar el PS(O)E, su peor enemigo.

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