Parece un maravilloso catálogo de juegos infantiles (hasta ochenta: de la taba a la gallina ciega, de las canicas a los bolos), pero en realidad produce en el espectador un efecto inquietante. ¿Por qué? ¿Será porque Brueghel reúne en un espacio abierto una multitud, como en El triunfo de la muerte? Busco a alguien que sienta lo mismo que yo y por fin lo encuentro. «He mirado este cuadro cientos de veces», escribe la pedagoga Heike Freire, «y lo más curioso es que no veo niños por ninguna parte: veo personas de todas las edades. Veo cuerpos que más bien parecen de adultos». Es eso, en efecto: no es la multitud la que evoca El triunfo de la muerte; es que se trata de los mismos cuerpos, robustos, adultos, pecadores. Fijémonos: ninguno de ellos se está riendo; es decir, no están jugando en serio. Brueghel el Viejo pinta a adultos que juegan como niños y que invocan y aplazan así el inevitable triunfo de la muerte. ¿No es eso lo que produce desasosiego en el lienzo?
Contemplen el cuadro, lean el libro de Alba Rico, saquen sus conclusiones…
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