Es decir

Y me pregunto por qué pasa tanto y tan a menudo a hablantes cultos del español peninsular. Debe ser, ante todo, imagino, que una excesiva intervención de la conciencia (algo así como «qué responsabilidad tengo de hablar bien») que, como siempre que interfiere en procesos instintivos y semiautomáticos como el lenguaje, provoca la duda y con ella la inseguridad y con ella el error. Pero debe ser también culpa de la multiplicación fragmentaria de la información de que disponemos en nuestro famoso mundo intercomunicado, que impide una comprensión global de los fenómenos y que, de camino, provoca esa perplejidad de pensamiento que se adivina tras el laleo de tan gran proporción de opinadores públicos; al menos, tal como yo lo percibo.

A modo de ejemplo, hace ya años que se extiendió en el mundo del periodismo digital, antes de los invasivos correos-aviso o correos-adelanto o simples notificaciones que entorpecen la lectura, una fórmula para proporcionar información a los lectores -y de que éstos aumenten su consumo de estos medios, claro- que se conoce por sus siglas: RSS (Really Simple Syndication). Consiste la cosa en que, a través de un programa informático -gratuito, algunos los proporcionan los mismos periódicos- de fácil uso, el diario lleva a los «lectores» suscritos una selección de noticias pero con sólo el titular y el primer párrafo y un enlace a la página web donde está. La gracia es que es el lector el que filtra y elige las secciones y actualidades de que quiere ser avisado, confeccionando así, literalmente, su propio periódico.

Fragmentos de información, teselas periodísticas organizadas con criterios subjetivos por cada lector o intermediario, sobre los que el mismo periódico como unidad se difumina y desaperece, porque pierde su control sobre ellas. La multiplicación explosiva de «blogs» de opinión (diarios personales en internet), con la caleidoscópica pulverización de la información en infinitas perspectivas individuales completan esa visión que tengo y que intento transmitirles como explicación de esa perplejidad y despiste que se advierte tras el tartamudeo del político o el contertulio público.

Sabemos que nunca antes de internet los jóvenes leyeron y escribieron tanto (los programas tipo «WhatsApp», los SMS de los móviles, los foros de chismorreo o ligue…), pero también sabemos que nunca hablaron ni escribieron de forma tan entrecortada y pobre.. Cada vez que oigo las pausas a destiempo, la entonación monótona con subidas y bajadas a compás fijo, en enumeraciones aburridas e interminables, sin acompañar al contenido de lo que se dice, recuerdo con añoranza la popular y sabia habla andaluza en que me crié, busco con una urgencia que no sé yo mismo explicarme, a algún campesino sin prisa o a algún maestro de viejos oficios de los que tengo aún cerca de donde vivo, para hablar con ellos, y así recuperar el pensamiento claro, la historia bien contada, la palabra sabia y certera, saber lo que se quiere decir y decirlo, que me devuelve una Andalucía, una España, un mundo comprensibles y expresables.

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