Elegía tuareg

En las calles de Tombuctú, la mítica ciudad del norte de Malí, el viejo cruce de caminos, la surreal ciudad de la tierra y la arena, de oníricos rascacielos de adobe y de archivos inmemoriales, están sueltos los perros de la guerra. Los tuareg, los pastores nómadas a los que los árabes llamaban, antes de islamización, «abandonados de Dios», orgullosos de ser el único pueblo africano con escritura propia, participaron en la ocupación militar de la ciudad ancestral del Sahel. Los tuareg, los nómadas del velo, que eligieron vivir al margen de la historia oficial y de las fronteras, antes de la «rebatiña por África» -como llamaba Anna Harendt a la colonización-, durante y después de ella, han decidido también tomar las armas por un estado propio.

Tuareg, Algeria. Photograph by Brent Stirton, National Geographic.
Desierto de Argelia. Fotografía de Brent Stirton, National Geographic.
La elegía por los tuareg es esa: la desaparición de uno de los últimos pueblos sin estado. Encuadrados la mayoría, por lo que cuentan los que saben, en el Movimiento Nacional por la Liberación de Azawad -el misterioso nombre con que llaman a ese desierto y enorme territorio del septentrión de Malí- y otros, más belicosos e islamizados, en otras organizaciones más minoritarias, han irrumpido en la historia contemporánea reclamando más fronteras, un estado y un nombre propio. Pasó con los judíos, pasó con los palestinos, ocurrirá con los kurdos… Eso que nos condena a que «fuera» de aquí sea siempre el «dentro de allí», en ese eje de coordenadas asfixiantes que arrambla con cualquier espacio libre o fronterizo, aunque sea el desierto. Ahora parece que les toca a los libertarios tuareg, pastores de cabras y camellos, tan orgullosos de su origen mediterráneo, de su escritura, su música y de sus historias contadas bajo ese cielo tan lleno de estrellas…

Guilles Deleuze explicaba, de hecho, la historia humana como un enfrentamiento eterna entre los nómadas y la máquina de captura de los estados, nunca resuelta porque el desencaje, la fuga de los nómadas (un término muy holgado que en Deleuze siempre remite al devenir y a la desterritorialización), rebeldes al jardín cerrado estatal, nunca termina, y surge una y otra vez. En esa visión del filósofo francés pensé cuando leí la historia de la liberación de Steffi Lem. Se trata de una chica alemana, de veintipocos años, que, tras haber viajado a Tombuctú para asistir al festival de música tuareg de Essakane hace unos años, quedó tan fascinada con la ancestral ciudad mítica, que decidió quedarse a vivir allí para siempre. En la refriega armada que tuvo lugar en la ciudad, tras su ocupación, resultó secuestrada, junto a un grupo no muy numeroso de europeos, por un grupo armado islamista. La justicia poética hizo que una patrulla tuareg del MLNA la liberara y dejara sana y salva en la frontera de Mauritania, tras un largo y accidentado viaje por el desierto en un viejo camión renqueante. Hermandad nómada, fraternidad de los pastores libres del desierto, presentimiento del desastre de los estados, minima moralia del desengaño: qué se yo lo que me emocionó tanto de esta historia, tan de estos tiempos…

3 opiniones en “Elegía tuareg”

  1. Abajo me piden trascribir unos caracteres con signos dibujados de forma algo imprecisa. Unos caracteres lo suficientemente claros para poder ser leídos, pero no tan claros que puedan ser codificados por la máquina…De eso se trata.
    Nos acercaremos a veces, para encontrarnos, a estos claros del bosque.

  2. Siempre me ha fascinado el hombre, el pueblo, que mira y camina. Los ojos que no tienen límites, ni territoriales, ni provocados por las angosturas del alma ¡larga vida a los tuaregs!

  3. Al final, hacer estados, como bien dices: si estás fuera de aquí, que estés dentro de allí. Si acabamos con uniforme, por muy protestatario que sea, estamos dentro de lo controlado.
    Tuareg, apátridas, pueblos nómadas… habría que crear, aunque sin tener papeles ni aceptarse como grupo, los inmigrantes sin fronteras. Para salir fuera de ninguna parte para no entrar en ninguna otra, para estar siempre lejos de donde creen que pertenecemos…

    Bienvenido otra vez, Manuel

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