No conocí a Ricardo Bada, aunque compartía con él una cierta proximidad geográfica: él nació y se crio en Huelva, y yo vivo desde los años 90 en Aracena, en la sierra de esa provincia andaluza. Y compartía con él, desde luego, una parecida pasión por el periodismo narrativo y por la literatura. Es, por otro lado, el único libro de él que he leído, aunque he sido asiduo lector casi desde su creación, del diario –íntimo y cultural– que publicó desde 2009 en esta querida revista con el nombre de Urbi et interneti.
Bada tenía una curiosidad universal y una energía envidiable para pergeñar sus crónicas culturales referidas, pero no siempre, al mundo latinoamericano; también a la Europa cercana a Colonia, la ciudad alemana que fue su hogar durante la mayor parte de su vida. Debió poseer el don de lenguas a juzgar por la familiaridad con que se manejaba con el alemán, el neerlandés o el francés y el latín. Era un coleccionista impenitente –de esa afición empezaremos hablando– de cosas tan dispares como avisos necrológicos o inscripciones funerarias, y era un gran conocedor de los cementarios de las grandes ciudades europeas. Pero también de cosas tan inusuales como chistes gráficos sobre Robinsón Crusoe, a los que llamaba “robinsonadas”. Y, por supuesto, de cartas. En sus palabras, a propósito de las cartas de Joseph Roth: “Como soy epistolómano convicto y confeso, que antes de acceder a internet debía andar por encima del millar anual de cartas, y no debo andar por menos de los tres millares de e-mails anuales, siempre me dio mucho que pensar la desgana epistolar hispanoamericana”.
El coleccionista
Un ejemplo de esa mixtura suya entre lo íntimo y lo público es su compulsión a escribir cartas, la complementaria de guardar las recibidas y su uso de los sobres como regalos de autógrafos de escritores famosos. Así, cuenta a propósito de unas postales de Julio Cortázar:
“… gracias a mi incesante intercambio epistolar con escritores de nuestro idioma, y del portugués, y hasta del alemán –Ernst Jünger, por ejemplo– he podido hacer felices a varios amigos coleccionistas de autógrafos, a los que generalmente he regalado los sobres manuscritos de cartas de Alejo Carpentier, Manuel Scorza, Mario Benedetti, Jorge Amado, Ignacio de Loyola Brandão, Severo Sarduy, Augusto Roa Bastos, Eduardo Galeano, Álvaro Mutis, Cristina Peri Rossi, Antonio Cisneros, Luis Rafael Sánchez, Osvaldo Soriano, Juan Goytisolo, José-Miguel Ullán… e tutti quanti”.
Y a propósito de las cartas de Joseph Roth, mencionadas antes:
“En mi biblioteca hay anaqueles enteros dedicados a epistolarios, y los dedos se me vuelven huéspedes en el momento de ir a elegir: Joyce, Huxley, Gramsci, Lawrence (D. H., ça va sans dire!), Groucho Marx, las hijas de Marx (don Carlos, q. e. p. d.), Pavese, Pessoa, Ezra Pound, Václav Havel, Durrell, Henry Miller, Faulkner, Éluard, Croce, Céline, Lewis Carroll, Freud (¡hasta las que escribió en un español macarrónico!), Ibsen, Anäis Nin, Bertrand Russell, Calamity Jones, ¡Flaubert!, ¡¡Van Gogh!!… y podría continuar rellenando espacio con nombres que le dan a la carta una carta de nobleza en la literatura universal”.
Una de sus crónicas más sabrosas es la que dedicó a las cartas de Freud ¡en español! Con la alegría ingenua de un ratón de biblioteca y un bibliófilo genuino, que entendemos muy bien quienes compartimos esa “pasión inútil”, nos cuenta: “Pues bien en ese estante (en el que tiene la correspondencia de Flaubert y la que intercambiaron Lawrence Durrell y Henry Miller) de mi biblioteca figura también el volumen que contiene las cartas de juventud entre Freud a su amigo Eduard Sillberstein… en español”. Según las memorias de su editor en español –nos sigue contando Bada– “Resulta bien extraordinario que desde muy joven Freud aprendiera el castellano para leer el Quijote, pero no resulta menos interesante que además de por ese considerable empeño, Freud adolescente aprendiera nuestro idioma para utilizarlo en sustitución de cualquier código secreto al escribirse con su amigo también adolescente Sillberstein. Entre ambos una juvenil microsociedad de dos en compañía que titularon la ‘Academia española’, en la que adoptaron como seudónimos para su epistolario secreto los nombres de los protagonistas cervantinos en El coloquio de los perros: Cipión es Freud y Berganza Sillbernstein”.
También era aficionado a los aforismos –aunque no sé si llegó a coleccionarlos, entre los que quiero mencionar uno de Karl Kraus, autor al que, como no podía ser de otra manera, también leyó, que me parece que viene como anillo al dedo a este plumilla impenitente que fue Ricardo Bada (aunque él se identificó siempre como “cronista”): “¿Por qué escribe alguien? Porque no tiene suficiente carácter para no hacerlo”. Afortunadamente para sus lectores, añadimos nosotros.
Curiosidad infinita
En fin, en su capacidad para sorprender al lector este puede deleitarse, por ejemplo, con los enredos amorosos de Albert Einstein. Con todo tipo de detalles eruditos, nos cuenta de forma amenísima cómo el dinero de su premio Nobel acabó cobrándolo su ex mujer, la matemática serbia Marina Malić, con quien se casó en 1903 y de la que se divorció en 1919, tras muchas dificultades, entre ellas, que estaba enredado en una relación amorosa con su prima Elsa Löwenthal. Pero el hecho es que vivía en contubernio con ella desde 1914, así que no podía presentarse en Estocolmo a recoger su premio sino acompañado de su esposa. Como Mileva, acuciada por problemas de salud, le iba dando largas al divorcio y Einstein no podía solicitarlo porque era adúltero y quien había abandonado el hogar conyugal, finalmente lo consiguió en 1919, tras muchas vicisitudes. La carta a Mileva que cita Bada, no tiene desperdicio:
“El esfuerzo de poner finalmente un cierto orden en mis relaciones privadas me llevan a proponerte el divorcio por segunda vez. Estoy decidido a hacer todo lo que esté en mi poder para que este paso sea posible. Siendo particularmente complaciente, te concedería importantes ventajas pecuniarias en caso de divorcio. El Premio Nobel se te asignaría completamente a priori, en caso de divorcio y de que me concedan el Premio. Este colosal sacrificio, por supuesto, solo lo haría en caso de divorcio voluntario”. La dotación del Premio, 180.000 francos suizos de los de entonces, significaba –nos advierte Bada– una pequeña fortuna que Mileva, al final, aceptó. Nuestro autor, con la boca llena de felicidad, nos recordaba cómo la relatividad también se cumple en la vida cotidiana…
Neerlandeses
La propiedad y erudición con que comenta la lengua y estilo de Gerard Kornelis van het Reve –tan desconocido, imagino, para el lector como para mí– es impresionante, y seguramente se debe a su familiaridad con esa lengua porque era la lengua materna de su mujer. Lea y admire el lector, si no: “El neerlandés de que se vale Gerard van het Reve, cuajado de arcaísmos y el idiolecto de los burócratas, resemantizando el resultado por obra y gracia de una tensión poética que tal vez sea la mayor en su idioma en todos los tiempos…”.
Y no solo eso, sino que lo contrapone a otro autor, su propio hermano, Karel van het Reve, del que apostilla: “emplea una lengua en las antípodas de Gerard: diáfana, sencilla hasta el no va más. Tanto que no entiendo por qué no ha habido todavía un editor que no haya sacado en Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Bogotá, México, donde sea, una buena antología de sus escritos, los de este debelador y develador de Freud, que desmontó con pruebas fehacientes cómo es que el método analítico del psicoanalista austriaco está calcado directamente del método deductivo de Sherlock Holmes”.
Y dicho eso, se pone manos a la obra, a partir del capítulo segundo de la Psicopatología de la vida cotidiana del padre del psicoanálisis. Ahí cuenta Freud una anécdota que lleva a Bada, por un inesperado camino, a La marca de los cuatro, de Arthur Conan Doyle. Es la cosa que, en el libro citado de Freud, cuenta este que en un viaje de vacaciones se encontró con un joven, de formación académica, que había leído algunas de sus publicaciones. La conversación entre los dos derivó hacia la situación de los judíos, condición que compartían ambos. El joven académico concluyó con la cita de un conocido verso de La Eneida en el que la reina Dido manifiesta su esperanza de que, en el futuro, alguien la vengará: “Exoriare aliquis nostris ex osibus ultor”, con la particularidad de que al joven se le había olvidado la palabra “aliquis”, que le fue recordada por Freud.
Sigue una extensa pesquisa sobre el olvido en la teoría psicoanalítica –que invito al lector a leer por lo menudo, pues es interesantísima– que Bada hace aterrizar en La marca de los cuatro, en el momento en que Watson, a propósito de un reloj de bolsillo antiguo que posee, da pie a Holmes a explayarse en su método tras una brillante deducción (el lector curioso también debería leerla). Y termina nuestro cronista: “En Freud el procedimiento es comparable con el de Conan Doyle. El gran detective se ve confrontado con un caso y recibe cierto número de informaciones. En Freud se trata del olvido de la palabra aliquis, y las cosas de las que el joven se acuerda gracias a esa palabra”. Y concluye: “Una relevante diferencia entre Freud y Conan Doyle radica en el hecho de que Conan Doyle publicó sus historias como ficción y de que incluso dentro de esa ficción, Sherlock Holmes tuvo la honestidad de conceder que sus deducciones eran un equilibrado cálculo de probabilidades, con lo que daba a entender que eran posibles otras conclusiones a partir de las mismas observaciones. Freud, por el contrario, hace como si todo hubiese sucedido según él lo sostiene, y no tolera ninguna otra explicación sino la suya”. ¿Es posible encontrar un pequeño tratado de epistemología como este en una humilde crónica periodística? Uno piensa que no.
Otra neerlandesa, esta sí conocida gracias al cotilleo universal, es Margaretha Geertruida Zelle, que nos ha sido transmitida como Matahari, pero abordada desde una perspectiva poco habitual, que sitúa a Bada como un feminista avant la lettre. En palabras del periodista alemán Michael Winter, con motivo del aniversario del asesinato de la famosa espía: “Con la ejecución de Matahari, se instituyó un escarmiento no solo en una espía, sino en una mujer que gracias a su sexualidad se había emancipado. Es posible que el miedo a la emancipación de la mujer, ya fomentado en su día por los hermanos Goncourt, fuese en Francia –al final de la Belle Époque– mayor que el miedo a los alemanes”.
Otro neerlandés del que yo ignoraba su existencia, pero no nuestro docto periodista, es uno conocido conocido por su seudónimo, Multatuli: “Siempre que puedo, me gusta hablar de una de las personalidades más fascinantes y más universalmente ignoradas de la literatura universal, la del neerlandés Eduard Douwes Dekker, quien inmortalizó el seudónimo de Multatuli, tomado de un verso de Horacio en su Ars Poetica: “Multa tulit fecirque puer, sudavit et alsit” (Sudando y tiritando mucho es lo que ya tuvo que hacer y soportar cuando niño).
Lengua y estilo
Ricardo Bada se mueve, como pez en el agua, entre el registro culto y el coloquial. La variedad de sus lecturas, sus viajes y su origen andaluz, lo propician. En un rápido recordatorio, he encontrado: Del español de América, “aquí nomás” “platicaron”. Arcaismos como la construcción superlativa “harto conocido”. ¿Arcaísmo, localismo o invento? “De adeveras”. Neologismos como “juliovernólogos”, “verneadicto”, “libroína” (a propósito de Georges Simenon).
Rarezas
He dejado para esta última sección los textos en los que, a falta de una palabra mejor, he llamado “rarezas”. Por ejemplo, uno que dedica a dichos de Lutero (¡él, que vivió siempre en la católica Colonia!). “Un diario de Colonia, el Kölner Stadt Anzeiger, publicó en 2016, de cara a la conmemoración del quinto centenario de la Reforma, una serie de columnas dedicadas a los dichos de Lutero. Pacientemente fui coleccionando a lo largo de un año una serie de columnas, todas ellas encargadas a personalidades de la vida pública alemana, y lo hice con la idea de armar una especie de conversaciones con Martín Lutero, a través del túnel del tiempo…”. Entre esos dichos, me gusta especialmente este, que se puede aplicar de forma inversa al mismo Bada: “La mayor locura es no decir nada con muchas palabras”.
Hay más, que no desarrollo para no abrumar al paciente lector. Una de ellas es la productiva búsqueda de Astrid Lingren en internet (página 302). O una carta abierta (sic) a Jane Austen (página 353). Y una de las pocas ocasiones en que menciona Huelva, su ciudad natal, pero ¡para hablar de Huxley! (página 379). Para los amantes de la música clásica, un abecedario de Mozart. No falta un toque irónico para sus lectores más devotos, que pueden encontrar, en la página 439, un “rosario laico”…
Para mí, la relectura de este libro sería una muestra de “higiene del alma” –como Bada la llama a propósito de un epistolario de Ibsen– la relectura bienal del teatro de este autor. A ello invito al lector amigo.
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