El autor, que se confiesa muy activo físicamente durante toda su vida, dejó de serlo a causa de un accidente con su patinete eléctrico. Es la cosa, según nos cuenta, que montaba en él a diario para acompañar en los paseos a su hijo pequeño, que iba en bicicleta. Un día, al pasar un bache relativamente pequeño, salió volando por los aires junto a su patinete y se rompió, como consecuencia, un tobillo.
Ese accidente, aparentemente trivial, cambió su vida de una forma insospechada, a saber:
Dejó de poder hacer todas las cosas que hacía de manera habitual, desde andar a pasear en patinete o hacer vida social. Condenado a un sedentarismo inesperado, a la espera de una intervención quirúrgica que le devolverá, supone, la movilidad perdida. Se ve condenado al vendaje aparatoso, a mantener la pierna en altura de la cabeza y a moverse en una silla de ruedas o a jugar con sus hijos en la cama.
Poco a poco, sin embargo, descubre que pequeños nuevos placeres van sustituyendo a los antiguos, por ejemplo, disfrutar del ruido que hacen los reposapiés de su nueva silla o descubrir nuevas lecturas. Todas tienen en común historias y disquisiciones sobre el destino.
Es un tema recurrente en las conversaciones entre amigos, al manos en mi caso desde que tengo uso de razón. El otro día, sin ir más lejos, un amiga que vino a visitarme, me preguntó en un giro imprevisto de la charla si yo creía en el destino. Yo (¡Max, no te pongas estupendo!) salí por peteneras con que las circunstancias azarosas de la vida deciden por nosotros y no el destino. En el fondo hablábamos de lo mismo, como ya habrá intuido mi perspicaz lector. Luego nos pusimos a hablar de otro tema interesantísimo sobre el que prometo escribir aquí en otro momento hacedero: el pecado original…
Y, para acabar, por ahora, no me privo de transcribir los pensamientos finales del autor, con una traducción tentativa en español.
Chance, fate—these are abstract ideas that usually raise abstract questions. Do people have story-like fates, or are they just subject to concatenations of occurrences? Do things happen “for a reason,” or do we just make up stories after the fact to tie events together? Broadly speaking, there’s an ancient antagonism between the notion that life must make sense and the observation that it often doesn’t. Numberless thinkers have wandered this territory.
And yet, at times when fate is actually “happening,” such questions recede. Instead, what stands out are the physical particulars of the here and now. In the hospital, after the accident, you know your life is changing; you sense your proximity to what the novelist Karl Ove Knausgaard calls “the deep, slow-shifting layers of reality where fate is at work.” Somehow this abstract understanding exists alongside, or by means of, the objects in the waiting room—a paper cup from the water cooler, or a copy of People magazine. It’s through those objects that chance expresses itself: they are now part of your real life. Similarly, on the level of physical reality, a hole in the road or a patch of ice can decide your fate. (So can stepping into the right elevator; I met my wife in one.)
If all goes well, in a few weeks, I’ll be taking baby steps. A few months from now, I could be going for long walks. This time in my life will recede into memory, becoming a story I tell. At that point, it will be easy for me to feel in control—to think of myself as the master of my own fate. I’m on the hunt, therefore, for some memento of this experience—some little reminder (My grabber? My boot?) of how things are. “If you are trying to stop her wheel from turning, you are of all men the most obtuse,” the Roman philosopher Boethius wrote, of Fortune. As an idea, fate isn’t very logical. But as an experience, it’s as real as it gets.
En español, más o menos:
El azar, el destino… son ideas abstractas que suelen plantear preguntas abstractas. ¿Tienen las personas destinos que se asemejan a historias, o simplemente están sujetas a concatenaciones de sucesos? ¿Suceden las cosas «por una razón», o simplemente inventamos historias a posteriori para dar sentido a los acontecimientos? En términos generales, existe un antiguo antagonismo entre la noción de que la vida debe tener sentido y la observación de que, a menudo, no lo tiene. Innumerables pensadores han vagado por este territorio.
Y, sin embargo, en los momentos en que el destino se está «cumpliendo» de verdad, esas preguntas pasan a un segundo plano. En su lugar, lo que destaca son los detalles físicos del aquí y ahora. En el hospital, tras el accidente, sabes que tu vida está cambiando; intuyes tu proximidad a lo que el novelista Karl Ove Knausgaard denomina «las capas profundas y de lento cambio de la realidad donde el destino está actuando». De alguna manera, esta comprensión abstracta coexiste con —o se manifiesta a través de— los objetos de la sala de espera: un vaso de papel del dispensador de agua o un ejemplar de la revista *People*. Es a través de esos objetos como se expresa el azar: ahora forman parte de tu vida real. Del mismo modo, en el plano de la realidad física, un bache en la carretera o una placa de hielo pueden decidir tu destino. (También lo puede hacer subir al ascensor adecuado; yo conocí a mi mujer en uno).
Si todo va bien, dentro de unas semanas daré mis primeros pasos. Dentro de unos meses, podría estar dando largos paseos. Este momento de mi vida se desvanecerá en el recuerdo, convirtiéndose en una historia que contaré. En ese momento, me resultará fácil sentir que tengo el control, considerarme dueño de mi propio destino. Por eso estoy buscando algún recuerdo de esta experiencia —algún pequeño detalle (¿mi muletilla? ¿mi bota?) que me recuerde cómo están las cosas—. «Si intentas impedir que su rueda gire, eres, de entre todos los hombres, el más obtuso», escribió el filósofo romano Boecio refiriéndose a la Fortuna. Como concepto, el destino no es muy lógico. Pero como experiencia, es de lo más real que hay.
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