The first copies of the children’s novel The Wonderful Wizard of Oz by L. Frank Baum were printed by the George M. Hill Company.
During the subsequent decades after the novel’s publication in 1900, it received little critical analysis from scholars of children’s literature. This lack of interest stemmed from the scholars’ misgivings about fantasy, as well as to their belief that lengthy series had little literary merit.
Pasado en claro de Octavio Paz es un poema largo de alrededor de seiscientos versos escrito entre finales de 1974 y principios de 1975, en Cambridge, Massachusetts. Es un texto principalmente autobiográfico en el que se entreveran muchos temas, en su mayoría ya explorados por Paz a lo largo de su obra poética, como el transcurrir del tiempo, la fuerza creadora de la palabra, la poesía, el erotismo, la memoria, la orfandad del ser humano y el vínculo con la naturaleza. En el poema conviven dos voces: la del poeta que recuerda desde el presente y la de un pasado que reinventa, con lo que se urde una poética del habitar, de la casa, del hogar y de la infancia.
Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente, balcón al voladero dentro de mí.
Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pensamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.
(A propósito de En la frontera) Mi colaboración con FronteraD sigue viva: de hecho hay un texto nuevo que no he incluido en el libro. De modo que iré sacando nuevas ediciones del epub, más o menos periódicamente, para ir incorporando las entradas nuevas.
He terminado de releer Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro que me ha parecido precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.
Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…
Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…
Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.
Bajo los epígrafes «lo que sabía hacer» y «lo que no sabía hacer», que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo -a través de la especialización que estos campesinos aún no conocen- nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…
Lo que sabía hacer:
Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.
Lo que no sabía hacer:
Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.
El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa y banal de un escaparate luminoso.
« Voyez les roses, les belles roses, les belles roses blanches, les roses blanches, toutes fraîches de rosée ! » Elle va par les rues, par les boulevards ; devant elle, sur l’éventaire de planches qui lui pend du cou, elle a, par touffes, et par touffes, les magnifiques fleurs. « Voyez les roses, les belles roses blanches… » Elle est grande, et très belle, d’une beauté forte et très saine qui lui emplit la jupe à la soulever, le corsage à le crever ; et dans sa franche face grasse s’ouvre violemment la pivoine de sa bouche, sous une tignasse tassée et tordue de cheveux roux d’un roux de safran rouge. « … les roses blanches, toutes fraîches de rosée ! » Un gardien de la paix lui dit : « Vendez, ne criez pas, on vous dit de ne pas crier. » Elle ne daigne pas se taire. « Voyez les roses, les belles roses, les belles roses blanches, les roses blanches toutes fraîches de rosée ! »
Y este es también un proyecto de poder que parte del rechazo del trabajo. La clase obrera no quiere administrar la organización del trabajo, solo quiere rechazarla; esta es la razón por la cual hoy el poder no significa «toma del poder», dirección sobre la sociedad, gestión constructiva del desarrollo.
Dejamos por completo al capital y a su clase política el desarrollo económico y las formas institucionales del control y del equilibrio: el Estado; a los trabajadores el rechazo del trabajo y la insubordinación permanente, el desorden organizado. Dejamos por completo al capital y a su clase política gestionar esta fase histórica en la que todavía tenemos que trabajar. No queremos administrar el trabajo y la coacción al trabajo: toda esa mierda para el capital y para su clase política. Para los trabajadores, el rechazo del trabajo, que también quiere decir inducción constante en el capital de la dinámica que conduce al desarrollo, que conduce a la reducción del trabajo vivo, el reemplazo del trabajo vivo con máquinas, la introducción de técnicas de producción automáticas que cada vez más absorben la función de producir y abren la posibilidad de subvertir la relación trabajo-capital hasta la raíz: abolir el trabajo. Machines do not go on strike, dice el capital.
Mis colaboraciones en Frontera Digital siguen vivas, así que este libro también. El volumen reúne mis publicaciones en esta revista, decana de la internet española, desde julio de 2013 hasta hoy. Los textos son algo más extensos de lo que es habitual en mí y muestran una mayor «erudición dulce», a caballo entre lo filológico y lo filosófico