Benigna

Benina (o Nina o Benigna: nunca se nombra a sí misma, la llaman los otros) es una mujer que frisa los 70 años, De ella, de su pasado, no sabemos nada: un lejano amor, vagamente desdichado al decir de su señora; y su oficio de criada y cocinera que es el que ejerce cuando se nos presenta y que, por lo que se adivina, lo ha sido siempre. Sirve a «la señora», doña Paca Juárez, una digna representante de la burguesía con ínfulas, tan de la España galdosiana, venida a menos por su incapacidad para administrar sus bienes. Pero a Nina la conocemos por sus actos, por su instintiva actitud de ayuda a los más necesitados que ella.

Tal como hizo Lázaro de Tormes con su misérrimo amo el escudero, Benigna cuida y alimenta a doña Francisca, ejerciendo incluso, para ello, la mendicidad. Pero no sólo a ella, también a su hija, Obdulia, una joven también inútil para ganarse la vida, pero como una sombra de su madre: las nostalgias de desaparecidas grandezas con que sueña, en ella son sólo de oídas. A añorar ese pasado inexistente que proyecta en un futuro inane, le ayuda otro de los personajes a los que Nina alimenta y cuida: el caballerito Ponte. En un ir venir continuo por las calles de Madrid -lo atraviesa andando varias veces- y sus arrabales, Benigna se las ingenia siempre para conseguir comida, duros, céntimos, crédito…

Más aún: ayuda a su señora a vivir en su falsa realidad contándole historias, chismes y mentiras que la conforten: así la duerme, como a una niña. María Zambrano, que reunió los dos ensayos que escribió sobre esta novela en «La España de Galdós»,  ve a Benigna, en la saga de muchas novelas de Galdós, como un personaje que vive la realidad «verdadera» y diaria de España al margen de la Historia (con nuestro novelista hay que escribirla así, con mayúsculas). Esto es una constante en el inacabable «dramatis personae» de los personajes galdosianos, porque siempre tienen que dar respuesta, heroica, trágica, a la irrupción de la Historia en sus vidas cotidianas. Pero aquí hay una notable excepción: Nina, en su ir y venir incansable en busca de comida y consuelo para los demás, no vive el drama histórico de la sociedad española, vive el día a día de su realidad.

En otras palabras tentadoras: la padece. Y lo hace con la esperanza de que cualquier día cambiará; por cualquier razón, concebible o no por ella. Podrían ser las erráticas fórmulas mágicas del ciego Almudena (una mezcla de musulmán marroquí, pero también judío y sefardita)  para encontrar tesoros, o las siempre soñadas y esperadas herencias que doña Paca sueña de algún pariente y que es lo que mantiene la «dignidad» de ficción histórica en que vive. Por ahí, por las calles de este Madrid de ahora de nuevos ricos, andará nuestra Benigna buscándose la real y puñetera vida en las calles derretidas de calor y obras para que el viejo edificio de la Historia no se derrumbe.

Por ahí y allá andará, pateándose las calles para zurcir los descosidos del traje mal cortado de nuestra Historia. Por ahí andará, consolando a alguna viuda, contándole quizá mentiras confortadoras sobre alguna herencia, algún cambio de viento o de fortuna, alguna vieja fórmula mágica en judeoespañol…

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