Belafán

“Belafán” es la historia de un niño que no podía llorar contada por otro que sí lloraba. Está inspirada en un cuento africano que leí una vez en “El Espectador”, de Ortega y Gasset. He intentado encontrarlo de nuevo en la selva textual de esa sugerente serie de nuestro pensador, pero no lo he conseguido. En mi memoria están ya definitivamente mezcladas las dos historias. La escribí y publiqué en los días aledaños a la muerte de mi padre, en mayo de 1996.

Siempre recordaré la desapacible tarde de octubre en que Hilario, el hojalatero, me contó aquella historia en la cueva del Caracol. Por aquellos días yo era un niño -entonces éramos niños durante más tiempo que ahora- solitario y retraído, más bien miedoso y muy metido siempre en mis ensoñaciones. Y adoraba los cuentos de Maricastaña. También me fascinaba Hilario.

Hilario era un gitano altivo que se ganaba la vida, al menos de vez en cuando, como hojalatero. Aparecía de vez en vez por mi calle (como si lo viera, sentado en el sardinel de mi puerta) muy erguido, aunque con una pierna estrábica, no exactamente coja, y el aire lejanamente romántico que le daba su barba de perilla; con su caja de herramientas en bandolera; anunciando con voz serena y grave, sin aspavientos, sus habilidades para arreglar los caliches de las ollas viejas… A pesar de que su aspecto general era sucio y desaliñado, en Hilario había un no sé qué de aristocracia olvidada, de orgullo insobornable: se le podía imaginar perfectamente como un general retirado tras alguna guerra perdida o como el descendiente bastardo de algún duque de Osuna venido a menos. Había en él una parte de demonio, que daba miedo, y un algo de ángel, que inspiraba confianza.

A mí me daba miedo. Pero como todo lo que da miedo al niño también lo atrae, yo me sentí atraído por Hilario. Sobre todo desde que algún amiguete de la Rehoya, de los que se enteraban de las cosas secretas antes que los demás, me contó que el hojalatero vivía solo en la cueva del Caracol y que poseía las artes ocultas de la brujería.

Como tantos de mi pueblo, yo había paseado muchas veces por los parajes de las cuevas y había encontrado en ocasiones -todavía no se había extendido el uso perverso de los detectores de metales- algunas monedillas romanas, simplemente metiendo la puntera del zapato en la tierra seca del Rancho Méndez. Pero desde que me enteré de aquello, los paseos por las cuevas se convirtieron en una obsesión.

Aquella tarde de octubre soplaba el solano, como sólo sabe hacerlo en Osuna. Con la boca seca y con la sensación, que conocemos tan bien los que nos criamos con ese viento, de tener algo que hacer aunque no sepamos bien el qué, me acerqué al Caracol dispuesto a conocer la verdad. Pero la verdad era la desolación del paraje: salvo los restos de ceniza fría de algún fuego pasado, en la cueva no había nadie. Lo que no ayudaba a que yo perdiera el miedo, que me mantenía en un estado de alerta sin más posible explicación que mis aprensiones. Digo esto para intentar explicar por qué, cuando sentí sobre mi hombro el contacto firme, pero no amenazador, de una mano, empecé a llorar sin consuelo.

Era Hilario, claro. Y gracias a Dios, en su apariencia de ángel, a juzgar por la sonrisa con que me tranquilizó enseguida. Yo también esbocé una mueca que pretendía corresponder a su risa, ya descaradamente desbocada, risa de cara entera. Se sentó sobre una piedra plana, situada frente a otra en la que me invitó a sentarme con un gesto distendido. Sólo entonces caí en la cuenta de que, entre las dos piedras, un gran sillar de arenisca hacía las veces de mesa. Mis ojos aprendieron a ver la cueva de otra manera, y a entrever lo que nunca vi: los elementos rudimentarios de una casa invisible. Oí su voz, grave y lejana, como si hablara desde otra época o desde otro sitio, mientras mi mirada se perdía por la suerte de chimenea natural que traía la luz del cenit desde el cielo hasta la gruta. Hilario -yo para entonces estaba ya dentro de un sueño- se disponía a contarme un cuento.

-No debes llorar más ni sentir miedo del miedo. Ya no eres un niño y los hombres dominan el mundo con la risa… ¿Te gustan los cuentos?

Se dirigía a mí. Nadie más había por los alrededores. Pero yo no estaba en condiciones ni de responderle ni de mirarlo ni, en realidad, de ninguna reacción propia de un ser humano. Volvió a reír, desde otro tiempo. Y comenzó a hablar:

«En un tiempo remoto, a las mismas espaldas del tiempo, cuando la gente de Osuna vivía por estos altozanos y hablaban una lengua olvidada, un humilde matrimonio de campesinos que ya tenía, bien criada, una hija de hermosos ojos negros a la que habían puesto por nombre Sinaria, vieron sorprendidas sus vidas con la llegada de un nuevo hijo, esta vez varón, al que llamaron Belafán. Belafán era muy pequeñito, independiente y curioso, y a todos los rincones de la casa llegaba con los trotecillos graciosos y ágiles de sus gateos. Tardaba en crecer y sus padres, pues esa parece la ley del mundo, se apresuraban, por el contrario, en envejecer.

El padre de Belafán, cuando sintió que iba a morir, llamó junto a su cama a Sinaria y le dijo:

-Sinaria, cuida de Belafán y cuida de que no llore nunca.

Su madre, que no soportó la soledad mucho tiempo, llamó a su hija junto a sí cuando se sintió enferma y le dijo:

-Cuida de tu hermano y procura que no llore nunca.

Así fue como Sinaria quedó sola en el mundo y al cargo de su hermanito. Como quiera que sus padres les habían dejado alimentos suficientes -una cámara llena de trigo, otra llena de maíz y otra llena de habichuelas-, los dos hermanos fueron viviendo sin apreturas sus primeros días de orfandad. Belafán iba y venía curioseando por la casa y Sinaria se encargaba de lo demás. Hasta que una mañana, en que la bella niña de ojos negros había salido al patio, para triturar trigo con la redonda piedra de moler que usaba su madre para obtener harina, Belafán, con un ascua del fuego de la cocina en la mano, se subió a las cámaras donde estaban guardados el trigo, el maíz y las judías y les prendió fuego. Las llamas se multiplicaron con muchísima rapidez por lo seco del grano y porque las casas de entonces estaban hechas de madera. A Sinaria no le dio tiempo más que a sacar a su hermano de la casa en llamas.

-No llores, hermanito, no llores…

Y con él sobre los hombros y con un hato que hizo con lo poco que pudo rescatar, tomó el camino real sin rumbo fijo.

Al cabo de tres días y tres noches de andar y andar, los dos hermanos llegaron a la ciudad más grande de los contornos. Quiso la suerte que en un jardín de la ciudad, en el barrio de la realeza, Belafán se pusiera a jugar con un niño que resultó ser un hijo del rey, que acudía a menudo allí con una tía, vigilado discretamente por unos guardias del corps de la mayor confianza del rey. Resultó que la hermana del rey y Sinaria hicieron tan buenas migas como Belafán y el principito. Y así fue como los dos huérfanos de nuestra historia terminaron viviendo en el palacio real: el niño como compañero de juegos del príncipe y Sinaria como dama de la corte.

Hasta que un día malhadado en que el hijo del rey y Belafán jugaban a soldados, peleándose con dos cañas, quiso la mala suerte que Belafán le saltara un ojo al pequeño príncipe. Ante los gritos de dolor de éste y la algarabía que se montó enseguida entorno a los dos niños, el rey salió de sus aposentos para ver lo que ocurría. También acudió la bella Sinaria. El rey preguntó a gritos:

-¿Qué ha ocurrido aquí!?

Voces amontonadas le explicaron lo sucedido y, tras ver el aparatoso aspecto de su hijo, con el rostro lleno de sangre, mandó prender a los dos hermanos. Pero nadie supo darle razón de dónde se encontraban. Y es que, adivinando lo que había de pasar, Sinaria cogió a su hermanillo en brazos y salió corriendo hacia un bosque cercano. Hacia ese bosque también, al poco tiempo, envió el rey una compañía con sus mejores soldados en su búsqueda. Cansada de llevar al pequeño en sus espaldas y dándose cuenta de lo cerca que estaban sus perseguidores, la hermosa niña se subió a un copudo castaño en un claro a orillas de la vereda que llevaban. Una vez arriba, le rogó a su hermano que guardara silencio, pues corrían peligro sus vidas.

Al rato, aparecieron los militones reales por aquella zona del bosque y quiso la desgracia que Belafán, aburrido ya de tan largo rato de silencio y quietud, le dijera a su hermana:

– Sinaria, tengo ganas de mearme sobre la cabeza del rey…

-¡No, Belafán, por tu vida!

Ante esta negativa,el niño empezó a pujar y lloriquear. Fue así que Sinaria, que recordaba siempre las encomiendas de sus padres, le dijo:

-Bueno, Belafán, si es ése tu deseo…

Así lo hizo el travieso y mimado chiquillo y, como era de esperar, la reacción del rey fue fulminante y airada:

-¡Que traigan hachas y que los más fuertes derriben ese árbol!

Así lo hicieron sus obedientes soldados y con los primeros golpes hicieron temblar el castaño y temblar de miedo a los huérfanos. A los siete hachazos, el viejo árbol se inclinaba ya a un lado… Sinaria, al verse tan perdida, recordó que por estas tierras existen alcaravanes gigantes que entienden la lengua de los hombres (Por eso, me explicaba Hilario, llaman alcaravanes a los habitantes de Osuna, aunque nadie sabe por qué). Quiso el destino que en ese momento pasara volando por allí uno de esos extraordinarios pájaros de plumas negras y vuelo majestuoso.

-¡Ti kara ui! ¡Ti kara ui! -gritaba el alcaraván para sí mismo.

-¡Ayúdanos, por favor! -gritaba Sinaria al cielo.

La cosa es que el alcaraván los vio, la entendió y, serenando su vuelo, en una majestuosa pasada, recogió del árbol a los dos niños, justo en el momento en que el tronco de árbol centenario caía crujido a tierra.

Pero Belafán no se detenía ante nada. Al poco de salvar sus vidas sobre los lomos del providencial alcaraván, el niño empezó a arrancarle plumas al pájaro amigo. Sinaria le agarró el brazo, le dio un pellizco y se puso a regañarle hasta que las primeras lágrimas asomaron a los ojos de su hermanillo.

-¡No llores, Belafán, que mamá y papá no querían que lloraras!

«Debes saber -me dijo Hilario- que los enormes muros, en siete anillos, que rodeaban la ciudad, habían sido construidos hacía muchos años como protección ante un dogún (así llambaban al monstruo) que aterrorizaba las noches de la comarca. El dogún tenía la fea cabezota de un jabalí, pero era peor que un jabalí; el cuerpo de un lagarto gigante, pero más feo y siniestro que un lagarto. Cada noche merodeaba las murallas de la ciudad, retando en la lengua antigua de estas tierras, a cualquiera que lo oyera, En la ciudad había un pacto de silencio y miedo para no contestarle.»

«Cuando entraron en la ciudad -continúo Hilario- estaba anocheciendo y nadie quiso darles posada, a excepción de una viejecita que vivía en una mísera casucha adosada al muro exterior. Sinaria, muy agradecida, arregló un camastro de paja en el suelo, junto al hogar encendido, y le dijo a su hermano que se metiera en casa, que ya llegaba la noche y el peligro. Pero Belafán tenía otros planes y le contestó que él pasaría la noche fuera. Como quiera que amenazó con pujos a su hermana, esta se metió sola en la humilde casa y dejó resignada, a su suerte, a Belafán.

Este estaba metido en un extraño ajetreo. Había recogido piedras de molino, de las que tanto abundan por toda la ciudad, y las había amontonado junto a sí, al pie de la muralla exterior. Después había encendido un buen fuego con secos tocones de madera, junto a las piedras, que iba calentando hasta la incandescencia. Para culminar la tarea, había hecho, con un gran tablón, retirado de una vieja carreta, y una de las piedras de moler, una rudimentaria pero efectiva catapulta. Esperaba.

El dogún llegó puntual a la hora de su reto:

-¿Quién hay tan fuerte y valiente como yo? -gritaba en la lengua franca que todos entendían.

El dogún, muy enfadado y perplejo, asomó su enorme cabezota por encima de la muralla y repitió:

-¿Quién tan fuerte como yo?

Esta vez no hubo respuesta, porque Belafán, aprovechando que la bocaza del monstruo estaba abierta, empezó a llenarla de piedras incandescentes con su palanca. Al poco, retorciéndose de dolor y rabia, el dogún cayó a tierra y murió.

Belafán salió, le cortó un trozo de su enorme cola, se la guardó y se fue, junto a su hermana a dormir.

A la mañana siguiente todo eran especulaciones sobre lo que había ocurrido aquella movida noche. Ante las expectativas de riquezas y recompensas sin fin que el rey de la ciudad -pues entonces cada ciudad tenía su propio rey- prometía, salieron muchos supuestos héroes que habían matado todos a la tremenda fiera. Pero todas las mentiras se descubrieron, como siempre ocurre con las mentiras. Sólo cuando uno creyó recordar una voz de niño en medio de la noche, las indagaciones se dirigieron hacia la casa de la vieja ropavejera que había acogido a los dos hermanos en su casa. Belafán enseñó, ufano, el trozo de cola que, como trofeo, había guardado.

Fue vitoreado como un héroe, agasajado y recompensado con riquezas. Fue prometido a la hija del rey de la gran ciudad y fue conocido por todos como Abis, que quería decir en aquella lengua perdida “El que no llora nunca”».

Sólo entonces pude mirar a Hilario a los ojos y descubrir, para mi sorpresa infinita, que de sus ojos negros como la noche resbalaban sin piedad, una tras otra, todas las lágrimas. Se levantó sin decir nada, dio medio vuelta y con su andar estrábico, no exactamente cojo, se perdió en lo que ya era la oscuridad nocturna. Se había echado el solano. Y del resto del aquel día sólo recuerdo que dormí como un niño, aunque era un niño.

Manuel Jiménez Friaza (Aracena, mayo del 1996)

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