Belafán

“Belafán” es la historia de un niño que no podía llorar contada por otro que sí lloraba. Está inspirada en un cuento africano que leí una vez en “El Espectador”, de Ortega y Gasset. He intentado encontrarlo de nuevo en la selva textual de esa sugerente serie de nuestro pensador, pero no lo he conseguido. En mi memoria están ya definitivamente mezcladas las dos historias. La escribí y publiqué en los días aledaños a la muerte de mi padre, en mayo de 1996.

Siempre recordaré la desapacible tarde de octubre en que Hilario, el hojalatero, me contó aquella historia en la cueva del Caracol. Por aquellos días yo era un niño -entonces éramos niños durante más tiempo que ahora- solitario y retraído, más bien miedoso y muy metido siempre en mis ensoñaciones. Y adoraba los cuentos de Maricastaña. También me fascinaba Hilario.

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EL GRAN CERO

Este cuento y el siguiente -que aparecieron en la Revista de Feria de Osuna en 1987 y 1996, respectivamente- son los únicos relatos algo extensos que he escrito. Pese a que mis amigos me animan de siempre a que cultive el género narrativo, me da miedo. Siempre me han dicho que soy un buen narrador oral, pero no sé si eso es suficiente para meterme en algo tan  difícil y complicado, que me impone tanto respeto, como escribir una narración. Para colmo, soy un lector de novelas muy particular, y las que prefiero son esas que algunos críticos llaman de “grand style”: Benet, Marías, González Sáinz… En fin que, tras tanta precaución, se entenderá el pudoroso atrevimiento con que cuelgo aquí estos cuentos, aunque pienso, a pesar de todo, que hay algo aún vivo y aprovechable en su lectura, algo creo que queda de la emoción contenida con que los escribí. Sea ello como sea, aquí los dejo a la consideración del lector, con cuya benevolencia cuento siempre.

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Ilustración de Rodolfo Álvarez Santaló para la edición original

“El gran cero” es el relato de un misterioso, e imaginario, atentado estético que destripó e hizo desaparecer durante un tiempo el anacrónico reloj de la torre mocha de la Colegiata de Osuna… Lo escribí en abril o mayo del 1987.

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