Azar, justicia y destino. Sobre el auge de juegos y apuestas

Si bien se mira, no hay apenas diferencia entre los juegos de azar, envite o apuestas y las inversiones especulativas de capital, sean en acciones de Bolsa, en deudas públicas y privadas, más que la cantidad que se pone sobre el tapete. El auge que están viviendo unas apuestas y otras son, según me parece, síntomas parecidos del capitalismo senil que sufrimos. En uno y otro caso, desaparece cualquier afán productivo, cualesquiera fuerza de trabajo o elaboración de mercancías, para quedar solo el formidable envite del dinero abstracto.

Menudean en los últimos tiempos advertencias sobre la proliferación de casas de juego, casinos o tugurios de apuestas en barrios pobres y marginados y, lo que es, sin duda, más peligroso en términos de futuros posibles, entre la gente más joven. Sobre todo ello habla, aunque centrándose en Madrid, el reportaje de El Salto que enlazo al final de esta entrada. A propósito de ello, pero queriendo llegar más allá de las razones y condiciones objetivas que la Sociología puede explicarnos mejor, me quiero preguntar por el sentido último de esa atracción por el juego y el envite. En lo personal, debo confesar un rechazo y repulsión instintiva hacia esa fascinación. Desde pequeño, me producido una mezcla de desconfianza y tristeza la imagen abstraída de los jugadores, sea ante un tapete verde o ante una máquina combinatoria. Es posible que en ese rechazo entre, como una circunstancia más, que nunca he ganado dinero en un juego ni he acertado una quiniela o el número de cualquier lotería. Ni una simple partida de parchís. Pero hay algo más que ahora creo entender, aun con el margen de error que tiene una interpretación de la realidad, naturalmente.

Y es la cosa que, con arreglo a esa interpretación, entiendo que tienen un papel muy importante dos creencias subjetivas muy extendidas: el fatalismo y la identificación del azar con la justicia. Intento explicar por qué, centrándome en el jugador pobre de barrio obrero o lumpen, parado o trabajador -son indistinguibles ahora mismo, siendo el paso alternativo de de una condición a otra parte del trabajo mismo contemporáneo.

La fatalidad ha sido determinante en el el destino y perpetuación de la clase obrera, del campesinado o del las mujeres; lo realmente excepcional a lo largo de la Historia son los momentos de rebelión y levantamiento, las épocas de luchas y revoluciones. La creencia en que lo único que puede romper la cadena de la predestinación social es el azar, los “golpes de suerte”, está muy arraigada y es más visible en épocas de desesperanza y resignación como la que vivimos. El azar, por tanto, el fario, el pelotazo, se manifiestan como la única forma de justicia posible. Una justicia “poética”, si se quiere ver así, incruenta e inmanipulable como el rodar de los dados, los imprevisibles naipes, las vueltas veleidosas de un bombo o una ruleta. Resignación y suerte justicieras a cuya llamada acuden, como en aquel dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sin poderlo evitar, pensionistas, parados, mujeres, adolescentes que esperan salvarse, con la ayuda de la fortuna, de la aceptación inapelable de un destino injusto y negro.

Webs de apuestas, raperos y un público cada vez más joven

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