Sobre la condición humana

Las preguntas sobre en qué consiste una vida digna para los seres humanos son siempre insidiosas y están enmarañadas con los prejuicios ideológicos, filosóficos o religiosos de quien las hace o de quien las responde. Eso hace que, por ejemplo, la lucha por la vida, por la subsistencia mediante el trabajo, su búsqueda, el miedo a su pérdida nos distrae, a veces de forma definitiva, de eso que podemos llamar, para entendernos, tener una vida digna, una vida buena

Solo asegurando esa «vida buena», puede el hombre cumplir su naturaleza de animal curioso, de animal interrogante, de animal que habla. El filósofo español Víctor Gómez Pin ha dedicado muchas páginas a ello. De la mano de Aristóteles, en primer lugar, con el fin de responder a una pregunta fundamental en nuestra cultura: ¿qué es la filosofía? Si es un pensar sobre cosas que a todos nos afectan, cosas en las que, quizá, nos vaya la vida, ¿todos podemos filosofar, preguntarnos por el mundo y nuestro lugar en él? Y, si no es asi, ¿qué lo impide? Pero no ha dejado de hacerlo echando mano de los saberes matemáticos y científicos: es el único que ha sido capaz, que yo sepa, de indagar en los problemas de la libertad y la necesidad o determinismo, con la ayuda teórica de la física cuántica…

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Leamos, en primer lugar, lo que decía Aristóteles sobre este saber -que es un no saber, que se maravilla y pregunta, más que responde- de carácter tan extraordinario con sus mismas palabras (puestas en español por el mismo Gómez Pin en su libro Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen, Madrid, 2008):


… Pues los hombres empiezan y empezaron siempre a filosofar movidos por el estupor. Al principio, su estupor es relativo  a cosas muy sencillas, pero mas poco a poco el estupor se extiende a más importantes asuntos, como fenómenos relacionados con la Luna y otros que conciernen al Sol y las estrellas y también al origen del universo. Y el hombre que experimenta estupefacción se considera a sí mismo ignorante (de ahí que incluso el amor de los mitos sea, en cierto sentido, amor de la sabiduría, pues el mito está relacionado con cosas que dejan al que escucha estupefacto). Y puesto que filosofan con vistas a escapar a la ignorancia, evidentemente buscan el saber por el saber, y no por un fin utilitario. Y lo que realmente aconteció confirma esta tesis. Pues solo cuando las necesidades de la vida y las exigencias de confort y recreo estaban cubiertas, empezó a buscarse un conocimiento de este tipo, que nadie debe buscar con vistas a algún provecho. Pues así como llamamos libre a la persona cuya vida no está subordinada a la del otro, así la filosofía constituye la ciencia libre pues no tiene otro objetivo que sí misma.

Lo que nos aleja de esta «ciencia libre» es la propaganda ya milenaria que nos hace creer que la lucha por la subsistencia forma parte de una realidad (mentirosa, pues se fundamenta solo en nuestra fe en ella) natural y dada para siempre que condena, como no puede ser de otra manera, a la filosofía como un saber inútil. Es esa misma fe la que nos hace envidiar y odiar a los ociosos que buscan el cumplimento de la condición humana haciendo las preguntas a que les mueve su estupefacción.



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Víctor Gómez Pin ha concretado más estas ideas en muchas entradas de su blog y en artículos de prensa. Tomo uno de ellos -cuya versión en formato PDF embebo en esta entrada- como referencia para terminar de desplegar esta reflexión compartida («pensar con» lo llamaba el añorado Eugenio Trías). Fue publicado por el diario El País el 27 de marzo del 2012 y lleva como significativo título «Reducción del animal humano». Tras constatar en el arranque que si la lucha por la vida se convierte en nuestro único fin y actividad, la dignidad de nuestra entorno se deteriora y lo específico de nuestra condición «animal» queda «mutilada» en su capacidad de conocer y de simbolizar, sigue con estas palabras esclarecedoras:



Pues bien, precisamente cuando las medidas económicas apagan el alma de los ciudadanos, cuando la sumisión a agotadoras jornadas laborales tiene doloroso contrapunto en la ausencia de trabajo (o en el pánico a perderlo) se impone como exigencia política el restaurar la pregunta sobre la esencia de la condición humana y la tarea que correspondería a tal condición.

La alusión que hace después a la curiosidad innata de los niños, sus deseos acuciantes de descubrir y explorar, se merece una segunda lectura, y más preguntas: ¿cómo es que, al poco tiempo, esos deseos e interrogaciones desaparecen?, ¿quién o qué es culpable? Y así volvemos al punto de partida:  lo que mutila el cumplimiento de nuestra naturaleza de seres de lenguaje y razón es la necesidad perentoria de trabajar y llenar el tiempo con ocio que es trabajo que es cansancio que es «falta de tiempo». Del mismo modo, el zoon politicón tampoco tiene tiempo para atender a la ciudad (en sentido griego), al espacio público (por decirlo con una expresión de la neolengua). En palabras de Gómez Pin: «Enorme regresión, no ya respecto a los proyectos emancipatororios de la modernidad, sino también respecto a la concepción de los ciudadanos que tenían los griegos.». Nuestro filósofo terminan denunciando, en términos más duros, el hecho de que «es simplemente insoportable que la polaridad entre trabajo embrutecedor y pavor a perder tal vínculo esclavo se haya convertido en el problema subjetivo esencial, en el problema mayor de la existencia.

Converge así con algunas voces, procedentes en su mayoría de los proyectos anarquistas, que claman por la abolición del trabajo esclavo asalariado en un mundo en el que nuestras máquinas -que tanto trabajo han costado- son capaces de encargarse de ello. Hace ya muchos años que alguien tan poco sospechoso de izquierdismo o radicalidad como Luis Racionero, escribió un libro, en los años 80 -cuando el paro empezó a convertirse en un problema social masivo-, que se llamaba Del paro al ocio. Aunque lejos de los planteamientos que desarrollamos aquí, Racionero reivindicaba el unamuniano «que inventen ellos», y reivindicaba la recuperación del placer y el disfrute tradicionalmente mediterráneos frente al mito de la laboriosidad más propiamente nórdico y protestante.

Es cuento viejo, como se ve, tanto como el tiránico orden social deshumanizador, en sentido literal, que imposibilita de tal manera el cumplimiento de nuestra naturaleza, por tanto tiempo diferida y abolida.

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Todo necio confunde valor y precio


Cuando decimos de algo que tiene «un precio incalculable», en realidad, queremos decir que tiene un precio elevado -muy elevado, si se quiere- pero que aún no ha entrado en ningún intercambio, que aún nadie lo ha comprado y que, por tanto, la «autoridad» del mercado no ha estipulado aún su equivalente monetario. Sin embargo, cuando de ese o de otro objeto afirmamos que su valor es incalculable, decimos y no decimos lo mismo. Más bien hacemos referencia a que es improbable -no imposible- establecer un valor de cambio para esa cosa, o, dicho de otra manera, que solo tiene valor de uso que, por definición, por su naturaleza cualitativa, está reñido con el cálculo. Estas ideas sobre el valor de uso y el valor de cambio o, más en general, sobre el valor y el precio de las mercancías y el plusvalor como origen del capital, se hicieron ciertamente populares, en su interpretación marxista, hasta el punto de que las encontramos incluso en unos versos de Machado, esos que dicen que «todo necio confunde valor y precio» (Proverbios y Cantares, LXVIII). Lo he vuelto a encontrar, como saber común, en un interesante reportaje publicado por la revista El Salto sobre los garranos gallegos, los últimos caballos salvajes del mundo, y sus avatares durante los terribles incendios del año pasado.

Xilberte Manso, director del Instituto de Estudios Miñoranos -que promueve el conocimiento y estudio de la Val Miñor- dice, según leemos en el reportaje, respecto a estos caballos semisalvajes que sobreviven en las comarcas del sur de Pontevedra:

[el garrano] es una joya biológica y una joya cultural porque, probablemente, sea el único caballo salvaje, y lo de «caballo», entre comillas, que existe en el mundo en la actualidad.

Garranos

El lector amigo debe retener la metáfora de la «joya» porque después volveremos, en esta indagación sobre la nueva economía del enriquecimiento a partir de las cosas, sobre las joyas y los objetos suntuarios. El reportaje continúa contando que, a raíz de los devastadores incendios de octubre de 2017, una veintena de garranos que vivían habitualmente en el monte Galiñeiro, huyeron de las llamas y se dispersaron por las poblaciones vecinas, y estuvieron perdidos hasta que fueron encontrados en los días siguientes y reconducidos a cerrados. Allí fueron alimentados con paja cedida gratuitamente por particulares, que no buscaban, con ello, beneficio económico. Manso, y a esta declaración es a la que queríamos llegar, afirmaba:

Tienen un gran valor y tienen poco precio. Porque, claro, hay que cosas que no se pueden tasar en euros, ni en dólares, ni en nada. La naturaleza no se puede tasar.

Y sin embargo, se tasa, y se expropia y apropia… Pero antes de detenernos en cómo crean cadenas de valor las «joyas» biológicas como los garranos, como los parques naturales o el «patrimonio» urbano, que junto a las suntuarias son las verdaderas y valiosas mercancías de este tiempo, que el recientemente fallecido Samir Amin llamaba el «capitalismo senil», debemos recordar muy brevemente el camino recorrido, los procesos sociales y económicos que nos han traído hasta aquí.

El desplazamiento y vaciamiento de los grandes espacios industriales desde los países occidentales al Sur global, popularizado en sus primeros momentos como «deslocalización», supuso también un desplazamiento de la acumulación capitalista llamémosla «clásica»: pauperización y explotación de los trabajadores, trabajo esclavo, expropiación de los recursos naturales, guerras económicas, desplazamientos de poblaciones… El alejamiento de los procesos de fabricación tradicionales desde los centros capitalistas europeos y americanos, trasladados a los países periféricos supuso también, como es sabido, una gran transformación en nuestras formaciones sociales, muy estudiada y conocida: fragmentación de las clases trabajadoras, reducción y domesticación de los viejos sindicatos y partidos de izquierda, nacimiento del precariado, empobrecimiento general de la población sometida a procesos de desposesión continuos, asalto a las instituciones públicas que amortiguaban los efectos más letales de la desigualdad social, como la educación o la sanidad…

Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico de la creación de plusvalía, el enriquecimiento de nuestras élites no deja de aumentar en esta nueva economía de los activos y de las «cosas». Veamos en qué consiste tan admirable circunstancia.

Mencionamos en primer lugar, para abandonarlos enseguida, los activos, esas extrañas entelequias que no son más que cristalizaciones del futuro, encarnaciones del tiempo como valor fiduciario. En el fondo son apuestas: capital que apuesta por cosas que aún no son pero de las que se espera un plusvalor futuro cuando formen parte del mundo «real». Apuestas que dependen, por ejemplo, del clima o las plagas o desastres, en el caso de las cosechas en los mercados de futuros, que pueden convertir los productos agrícolas de que se trate en mercancías fallidas, sin valor, provocando la ruina del inversor y del agricultos. Pero lo más común, en esta que se conoce comúnmente como «economía financiera», propia del neoliberalismo, es que las apuestas se hagan sobre «productos financieros», es decir, dinero o -lo más beneficioso y arriesgado- el futuro dinero de lo que hoy es deuda. El mundo de los activos no es más que, en el fondo, un juego donde se apuesta, se adeuda, se cobra y se paga, con dinero, en especies o con promesas. El dinero llama al dinero como un ciervo en celo, según la conocida metáfora de Marx. El hombre, las distintas especies de seres vivos, el planeta todo desaparecen aquí de la escena transformados en el valor tasable de todos los valores.

Más enigmático me resulta a mí el mundo de las joyas o los objetos de lujo. Son, en realidad, la mercancía más antigua: los tesoros. El atesoramiento forma parte del mundo precapitalista y, frente a la naturaleza de perpetuum mobile que es la propia del capital, el tesoro, los objetos preciosos tenían, y aún tienen, un carácter más propiamente estático y su valor consiste primordialmente en su posesión. Aunque en muchas ocasiones ha tenido valor de cambio (las mismas monedas de otro tiempo, acuñadas en metales preciosos, heredan ese valor) no era esa su función -como no es la función de una joya familiar ser vendida en el Monte de Piedad, aunque de hecho ocurre. La función del objeto lujoso es su propiedad y su exhibición pública «prudente», un símbolo de ostentación o de identidad de clan familiar o clase. En el Imperio Romano esta ostentación público de joyas o vestidos suntuosos fue censurada muchas veces y se debatió políticamente esa censura, en forma legal y punitiva. Se promulgaron, de hecho, varias leyes antisuntuarias, que intentaban evitar el malestar y la ira de las clases pobres de Roma ante su exhibición publica. Aparecen a partir del siglo III y limitaban el uso, no solo de joyas, sino de telas como la seda, hilos de plata y oro y ciertos colores como el púrpura, permitido solo en vestidos y accesorios de naturaleza religiosa. El lector que sienta curiosidad por conocer mi punto de vista sobre estas leyes, puede leer la columna que dediqué a este tema el 4 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Málaga. Se puede leer en línea en la hemeroteca de este periódico, aquí: Lex Julia sumptuaria.

Domus romana: Ornamenta gemmarum

Como ha sucedido siempre en las épocas de crisis capitalista, las joyas se han convertido en un negocio muy boyante: en Francia y en Italia, por ejemplo, este sector supone hasta un 9% de sus exportaciones anuales. Pero no basta, para entenderlo, con pensar que, simplemente, hay unos excedentes de capital brutales que necesitan transformarse temporalmente en objetos como estos, que siempre se revalorizan (como lo hacían, o lo hacen, pero en menor medida, las casas o el oro). Lo cual es verdad, pero intentamos averiguar por qué. Porque, en contradicción con las mercancías industriales, cuyo aprecio sube en relación al futuro, a ser el último grito, digamos, en los adornos del lujo son el pasado, la antigüedad, los que añaden valor (y precio).

Pero me parece que para entender bien la importancia de estas «cosas» capaces de generar cadenas de valor tan abultadas, hay que detenerse en lo que comparten con otros objetos muy especiales: los objetos artísticos, las «obras de arte». Y eso que comparten es la excepcionalidad, su carácter de objetos únicos.

Va de suyo que esa naturaleza especial de cosas singulares excluye de su valor lo que el falso sentido común nos sugiere en una primera instancia: que es el «buen hacer» del artesano o el artista el que otorga su valor a la extraña mercancía. No importa que el objeto suntuario o artístico estén «bien hechos» ni que provoquen admiración por ello. El arte post realista nos curó de espanto en ese sentido y, en lo que respecta a los objetos artesanos, no hay más que recordar que, en muchos casos, es un defecto el que lo hace especial y lo revaloriza. En la filatelia es muy común, y eso nos obliga a pararnos brevemente en el coleccionismo, que lo es, paradójicamente, ¡de objetos únicos!

Coleccionismo compulsivo

Las colecciones como las de sellos son otro negocio que, aunque quizá esté llegando a su agotamiento (ya nadie escribe cartas y las piezas raras o únicas son todas propiedad de alguien), no ha dejado de crecer desde su nacimiento en el siglo XIX. Para hacernos una idea del volumen especulativo que ha llegado a alcanzar este coleccionismo, basta recordar (a los lectores españoles les resultará muy familiar: aún andan los chasqueados inversores reclamando sus capitales perdidos) la enorme estafa piramidal de Fórum Filatélico (la mayor empresa de compraventa de sellos en España, que ofrecía altos intereses a sus clientes -en torno el 6%- usando como garantía lotes de productos filatélicos, en la mayoría de los casos sobrevalorados) y Afinsa, con toda su trama de sociedades fantasmas. Los estafadores dejaron un agujero patrimonial de 3.500 millones de euros. Ni más ni menos.

Como bien explican Boltanski y Esquerre1, «La forma colección permite neutralizar la tensión entre el ‘el valor intrínseco’ de un objeto -derivado de aquello que lo hace único y, por consiguiente, inconmensurable con otros objetos y su valor de mercado. Formalizado a modo de precio mediante la prueba del intercambio. Las transacciones entre los coleccionistas de arte son un ejemplo adecuado. El valor reconocido de una obra se basa en el juicio colectivo de críticos, comisarios e historiadores del arte, que a menudo trabajan para instituciones (museos, universidades) financiadas por el Estado o por organizaciones benefactoras.». Estas decisiones, que se supone que están por encima de intereses particulares consiguen «legitimar» el precio de una obra, incluidas aquellas que, a priori, tenían un «valor incalculable».

La literatura narrativa del siglo XIX nos ha legado, por su parte, relatos sobre la pasión fría del coleccionismo y sobre la compulsión (que hoy llamaríamos consumista) de poseer objetos lujosos. Los autores del artículo citado más arriba recuerdan al primo Pons, de Balzac, que «nunca se siente realmente satisfecho a no ser que consiga obtener las ‘bellezas’ que ansía por un precio inferior a su ‘verdadero valor’; en otras palabras, más bajo del que alcanzaría en el futuro, cuando una comunidad más amplia de entusiastas reconzca el gusto y el estilo excepcionales de su propietario.». Permitásenos, por nuestra parte, citar a Benito Pérez Galdós, quien en Lo prohibido, una de sus últimas novelas, retrata de manera formidable la pasión por la compra y posesión de «bellezas» que sufre su protagonista, Eloísa:

La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón vi además un cuadrito de Palmaroli, una acuarela de Morelli, preciosísima, un cardenal de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio, una cabeza inglesa, de Nittis, otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté a Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome, en tono vacilante, que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.

Eloísa, representante de las clases ociosas de la Restauración, dilapida sus capitales en el atesoramiento enfermizo de estas colecciones de arte que atiborran su casa como un «principio de museo», al decir de Galdós. Las cosas no han cambiado mucho en el capitalismo tardío y la posesión de objetos de lujo o de arte, sin valor de uso y -salvo ocasiones extremas- sin valor de cambio, sigue siendo una actividad mercantil en auge, desde las fundaciones de los bancos, hasta fondos de inversión o acaudaladas fortunas personales.

Es hora de recalar, en este recorrido por la vida secreta de estas extrañas «cosas», en esas que llamamos, por costumbre, «patrimonio», cuya naturaleza última es tan parecida a las que hemos intentado analizar hasta ahora. Los andaluces que vean habitualmente la televisión regional, Canal Sur, recordarán cómo la cadena, a bombo y platillo, dedicó varios telediarios casi al completo a desglosar el éxito, los méritos y los beneficios futuros del reconocimiento de las ruinas de Medina Azahara como patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO. Junto al relato épico de la «lucha» de nuestras instituciones por conseguirlo, como en el cuento de la lechera, se nos aleccionaba sobre los distintos proyectos de reformas o excavaciones que mejorarían y ampliarían esas ruinas cordobesas, así como del beneficioso aumento de las visitas turísticas al enclave.

La creación de «patrimonio» -histórico, cultural, natural- acompaña el crecimiento disparatado de los objetos «excepcionales» vistos hasta ahora. Para conseguirlo, no se hace ascos al adorno o invención descarada de relatos más o menos ficticios que forman parte de él, sirviéndoles de soporte. La misma función la cumplen eventos como las conmemoraciones, los festivales, los festejos más o menos justificados en nombre de la tradición o el homenaje a santos o prohombres. O la ayuda inestimable de los arquitectos como Frank Ghery, el diseñador del Museo Guggenheim que resucitó el puerto de Bilbao, creador también de otro museo de naturaleza parecida en la ciudad francesa de Arlès, víctima de la misma decadencia industrial que la ciudad vasca.

Los ejemplos de esta implicación del objeto inútil y único, sea de lujo o de arte, se multiplican en todos los ámbitos, incluido el de la moda. Como señalábamos en uno de los apuntes anteriores de este mismo blog, que llamaba «Las faldas de Prada»:

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como “una instalación vanguardista sobre el arte de las compras”. Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: “La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek.”

Así las cosas, a nadie extrañará que, en un futuro previsible y cercano, los garranos supervivientes de Pontevedra, con cuya evocación emezábamos esta ya larga reflexión, convenientemente encerrados en nuevos cercados con denominación de origen de espacio natural protegido, o algo así, se vuelvan a cargar de valor y precios incalculables mientras son fotografiados por las masas de turistas estólidos que recorren insomnes los espacios abigarrados y oníricos de nuestro mundo…

1Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, «La vida economica de las cosas», NLR, 98, mayo de 2016.

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Los efectos del calor (#apuntes, 25)

Esta entrada se publica simultáneamente en mi canal personal de Hubzilla y en mi blog Claros en el bosque.

Aviso para caminantes

Di una verdad y verás como todo el mundo se ríe.

(Enrique Jardiel Poncela a Alfonso Sastre)

¿Qué hace uno aquí?

– El indio (¿en territorio comanche?)
– Yendo en romería acaecí en un prado…
– Llorar (escribir en España es)
– Aprender, aprender, aprender.
– (¿Hacer amigos?)
– Ejercer de cosmopolita (¿cosmopolitano?)
– Dignificar el español en Internet (esa lengua de rufianes en que se ha convertido)
– Pensar con (contigo, con él, con ella)
– Disfrutar de las vacaciones en que se ha convertido mi vida en esta tranquila costa de la periferia del mundo (digital)

¿Qué hace usted aquí?
Me alegro de que me haga esa pregunta…

Los grados del verbo ser

(Miguel Mihura, Tres sombreros de copa. Paula habla con Dionisio.)

Paula.- ¿Sus padres también eran artistas?
Dionisio.- Sí, claro. Mi padre era Comandante de Infantería. Digo, no.
Paula.- ¿Era militar?
Dionisio.- Sí. Era militar, pero muy poco, casi nada. Cuando se aburría, sobre todo.

(Agustín García Calvo)

Los niños son lindos, lindos, lindos. Pero les falta la misma gracia que a todos: ser menos…

#apuntes

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Las cosas posibles e imposibles ( y más… #apuntes, 24)

Las cosas posibles e imposibles

En una interesante entrevista de Benjamin Kunkel al economista y ecólogo del decrecimiento Herman Daly (NLR, 109), Kunkel le pregunta por su brazo amputado (por voluntad propia, como consecuencia de la polio y tras infructuosos intentos por rehabilitarlo) y las «lecciones» que había sacado de esa experiencia. Daly responde, entre otras cosas:

La otra cosa que aprendí es que hay cosas realmente imposibles. En aquel momento, la idea habitual era que si tenías la polio, se suponía que podías superarla, que si te esforzabas más nada era imposible. En determinado momento me di cuenta de que me estaba alimentando de un montón de mentiras bien intencionadas. Algunas cosas son realmente imposibles. Así que me dije a mí mismo que la mejor forma de adaptarte cuando te enfrentas a una imposibilidad es reconocerla y dirigir tus energías a cosas buenas que son posibles.. Supongo que eso es lo que hice. Ahora podrías dar un salto desde eso a mis posteriores teorías económicas: el crecimiento ilimitado es imposible, así que es mejor adaptarnos a un economía estacionaria.

Perseverancia, talento, mérito

Pienso, con Belén Gopegui, que la perseverancia y el talento existen y, de forma distinta, se consiguen cosas con ellos. Pero el mérito es «una pantalla vacía» puesta por alguien con un interés especial en clasificarnos, para conseguir cosas de nosotros…

Lo más difícil

«No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió» decía la canción de Sabina. La añoranza de lo no pasado tanto como de lo pasado. Los huecos también nos constituyen , las ausencias. Algunos sueños se cumplen, otros se difieren y transforman en humo, se olvidan. No hay vidas plenas, y menos aún la de quienes presumen de tenerlas.Somos seres del tiempo y el tiempo no da tregua, la termodinámica tampoco. Es lo más difícil, lo que más se tarda en aprender.

Paso a paso

Los campesinos caminan con pasos irregulares, adaptándose al terreno, mirando al cielo y al suelo. Los mineros se mueven mirando a la tierra, encorvados y caminan con pasos cortos y cautelosos. Sólo los habitantes de las ciudades miran siempre hacia adelante, a ninguna parte, abstraídos, con pasos iguales e indiferentes. Y así, también, sus vidas

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En los oídos de las estrellas y otras notas estivales (#apuntes, 23)

¿Finalidad?

A pesar de que tanta gente lo cree, el universo (o la Historia, si pensamos en nosotros) no tiene ninguna finalidad: basta mirar el inmenso cielo estrellado una noche de verano para comprenderlo. Tampoco creo en la utilidad ni enseñanzas del sufrimiento. ¿Qué enseñanzas puede extraer de sus penurias uno de estos niños supervivientes de una patera, que va a pasar años en centros de internamiento y que acabará sus días en un suburbio de cualquier ciudad europea, con suerte? Lo único que hay que hacer con el sufrimiento y el dolor es luchar contra ellos o hurtarlos si se vuelven inapelables..

Dulzonas y pesadas

Mirad esta comparación de Joan Didion (estoy leyendo su novela Río revuelto): «Entre las rosas, había unas cuantas gardenias del Cabo, dulzonas y pesadas como los fármacos.» Es, y no es, extraña esta aparición de los medicamentos en la literatura , aunque, ciertamente, forman parte de la experiencia cotidiana de esta humanidad enferma. Me pregunto: ¿En qué medida esos fármacos «dulzones y pesados» que tomamos todos po un mal u otro no definen un estado alterado de conciencia, que sería el nuestro? ¿Es tan común ese abotargamiento con que encaramos el día a día que no nos damos ni cuenta?

Hipnotízame, mi amor….

Solo he presenciado una vez una sesión de hipnosis. Fue, además, en una discoteca a la que iba en calidad de periodista. El hipnotizador, chileno, era muy espectacular y nos contó historias muy interesantes y sabrosas, aunque siempre sospeché que allí había gato encerrado… Hablo de ello porque me cuentan que ahora se usa mucho esta técnica para dejar de fumar. Pero mi descreimiento me puede, ¿por qué?, ¿no será miedo/rechazo a aceptar lo fácil que es vulnerar nuestra voluntad?, ¿la frívola fragilidad de nuestra conciencia?

En los oídos de las estrellas

En confusión me pusiera, Sabino, lo que habéis dicho, si ya no estuviera usado a hablar en los oídos de las estrellas, con las cuales comunico mis cuidados y mis ansias las más de las noches, y tengo para mí que son sordas.

Estas palabras pertenecen a De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León, escrito en el «español radioactivo» (Lázaro Carreter) cuyo secreto murió con él . Es, desde hace tiempo, mi libro de cabecera y, más allá del tratado de cristología que, formalmente, es, y más acá de la obsesión cristiana (a decir verdad, muy cansina) por dividir la historia del mundo en dos mitades, la de los anuncios y precursores de Cristo y la de la salvación posterior a él. A pesar de las trampas y forzamientos a que se ve obligado (y de las que él mismo parece ser consciente en algunos momentos) de los que abusa continuamente para acarrear pruebas e interpretaciones de esos nombres que son el hilo conductor del libro; a pesar de ello, decía, la sensualidad y música de su prosa son de tal naturaleza que leo sus palabras en un estado hipnótico, como en ese diálogo sordo con las estrellas que soñó tantas veces, motivo de la cita que daba pie a esta nota…

 

 

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Risa y ética. Rojo chillón. Márgenes (Apuntes, 22)

Risa y ética

En un capítulo de su Ensayo general sobre lo cómico, Alfonso Sastre estudia casos en que algunos efectos cómicos entran en conflicto con la ética. El ejemplo más común es la risa qie nos provoca una caída o una deformidad (un cojo, un jorobado) o un problema funcional (un tartamudo),  pero hay otros más difíciles de explicar, porque tienen que ver con la clase social o el sexo. Sosias, de El Anfitrión de Plauto es risible pero porque es esclavo. Del mismo modo que Sancho Panza o los graciosos de la comedia barroca (no tienen ni apellido, no son «hijos de algo»). El caso más extremo que aporta Sastre es el de una desdichada dependienta de una comedia de Alfonso Paso que recibe tortazos de sus patronos a diario. Así que, cuidado con lo que te induce a reír…

Rojo chillón

«Rojo chillón» es una sinestesia encantadora que nos permite oír a un color, pero si tomamos «rojo» como comunista, ahí desaparece la sinestesia y oímos gritar a un hombre. La capacidad de la lengua para, de forma tan económica -reciclando, como se dice ahora- crear realidades nuevas es una auténtica maravilla..

Márgenes

El gran Ramón (Gómez de la Serna) consideraba una verdad  «artística» y filosófica que «entre un margen de locura y otro de cursilería se mueve el tiempo».

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El síndrome de la redención y otros apuntes (#21)

El  síndrome de la redención

Rosa Montero habla de lo que llama «el síndrome de la redención» en las mujeres.

Una que, por ejemplo, se enamora de un tipo «áspero y grosero», pero se empeña es que es una apariencia falsa: que por dentro es un hombre dulce y que ella lo sacará a la luz, pues solo necesita «sentirse más querido, más seguro, mejor acompañado». Necesita solo su «varita mágica»…

Tal es es su síndrome de perdición.

Seguir la pista a las mujeres

Hay que seguir la pista a las mujeres, si queremos enterarnos de algo : lo son el 44% de los afiliados de CCOO y el 32% de sus cargos representativos. No es solo la importancia del trabajo de cuidar, es su estilo de lucha directa y su subjetividad, que agranda el horizonte sindical a lo problemas identitarios, al mundo de las relaciones… Olvidemos el despiste del 8M, el futuro lo están diseñando ellas ahora. También el de los sindicatos.

Contra las almohadillas

Siento una animadversión considerable a las almohadillas de las etiquetas que proliferan de tal manera en la Internet social. Pero me temo que se van a quedar, como un signo de puntuación más en la lengua escrita (por fortuna, no tienen nada que hacer en el habla, única lengua verdadera). El ultimo libro de Rosa Montero, «La ridícula idea de no volver a verte» -una glosa actual de la vida y trabajos de Marie Curie- está, literalmente, lleno de «tags» con sus correspondientes almohadillas.

Es una herramienta apropiada para un mundo lector perezoso acostumbrado a una lectura semántica de los textos, es decir, a partir de palabras-clave y al hipertexto infinito. Es decir, a la dispersión infinita y la falta de comprensión (y disfrute de la forma) que acarrea. Piensa uno, al menos.

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Desaparición del primer plano

 

Publicado antes en infoLibre . El artículo es un desarrollo de un apunte que saqué en mi canal de Hubzilla y aquí, en una entrada reciente. Trata sobre el trastocamiento del tiempo y el espacio en nuestro mundo. Internet es para mí, sobre todo, un espacio para la creación viva, que nace, se desarrolla o rectifica en la intertextualidad crecida al calor de lecturas y diálogos, en el salto y metamorfosis de un medio a otro…

Pienso a menudo en la dislocación del espacio y el tiempo en nuestro mundo. No es solo -o no es lo más preocupante- el encogimiento del tiempo que trajo a nuestras vidas el afán de productividad y consumo de la economía-mundo capitalista y su efecto más letal: la prisa contemporánea, el contagio de la velocidad instantánea a que se mueve el dinero, en su bulimia insaciable de acumulación y cambio, que no deja de aumentar.

Un trastueque parecido ya ocurrió con el espacio cuando la revolución de los transportes plegó la Tierra y la convirtió, según el dicho, en un pañuelo. El precio de ese ensanchamiento de tierras y poblaciones que conocemos como colonialismo, y hoy como globalización, se conoce en líneas generales: los genocidios y migraciones masivas, las corrupciones políticas, las guerras y dictaduras sin fin. En un resumen muy apretado: la mercantilización universal del mundo natural y el mundo humano, la destruccción – solo a veces creativa- de lugares y modos de vida que aún no ha terminado.

Ni siquiera se trata del afán continuo de novedades, de la intranquilidad y desasosiego general, de la exasperada hiperactividad estática que han traído a las nuevas generaciones las tecnologías instantáneas de la telecomunicación y, particularmente, la del teléfono móvil y los gadgets que incorpora. Al fin y al cabo, era previsible, incluso la transformación de su uso compulsivo en trastornos de adicción, con sus correspondientes terapias conductistas o hasta medicamentosas, pues ese es el destino final de los males sociales en la realidad contemporánea, sean el paro, los insomnios o la soledad: su conversión en enfermedades privadas.

Lo que sucede es más bien, según lo entiendo hoy, lo que Marco d’Eramo llama «la desaparición del primer plano». Según cita este pensador, asiduo colaborador de la New Left Review, Wolfgang Schivelbusch (The industrialization of Time and Space in the Nineteenth Century) distinguía entre “paisaje” y “panorama”. «El panorama lo asociaba al viaje en tren, porque tal como se ve desde la ventanilla, el primer plano pasa tan rápido que debe ser omitido de la escena. El panorama es un paisaje cuyo primer plano, la parte más cercana al observador, ha sido suprimido. Hoy en día, para nosotros, el mundo entero se ve como un panorama. Estamos ahora ciegos ante todo lo que se mueve en el primer plano, justo delante nuestro, y no sabemos cómo reconstruir el paisaje.»

El autor de esta observación, Marco d’Eramo, comienza su reflexión (NLR, 107) sobre el espacio-tiempo contemporáneo con una confesión llena de perplejidad: “Al cumplir mi hijo los 16 años, me percaté de un hecho extraño. Unas veces con su madre y otras conmigo había viajado por cuatro continentes y visitado ciudades lejanas como Yakarta, Los Ángeles, Nairobi o Moscú, pero nunca había estado en Lucca, Pisa o Florencia.”

Esta paradoja (comprobable también en nuestras relaciones sociales en Internet) tienen que ver con la revolución de los transportes, que mencionaba al principio, que ya llamó la atención a Marx, quien se dio cuenta de que, gracias a ellos, el capitalismo estaba trastocando la percepción del tiempo y el espacio, pese a no haber conocido la posterior revolución de las comunicaciones. Esta revolución supuso el nacimiento del primer gran mercado global y, con él, del consumismo occidental.

Este trastorno de la perspectiva del cerca y el lejos explica también por qué la caridad o el apoyo solidario -una vez desaparecido el sueño de la revolución universal- se dirige tan elocuentemente a los necesitados lejanos: nuestro pobre ideal está en otras latitudes, nunca a la vuelta de la esquina: porque no lo vemos, ya no forma parte del paisaje…

Como tampoco hay ya ni paisaje ni biografía en nuestras amistades en la Red, como decía más arriba, ni identidad frente a la que perfilarnos en un primer plano, en un diálogo real, pues a su omisión se suma la inexistencia del lenguaje corporal, que solo en la distancia corta cobra sentido; la ausencia de las miradas o de la voz atribulada en temblor de ternura o ira, que ayude a concebir un marco humano, capaz de sacarnos del ensimismamiento, del carnaval perpetuo de nuestras sociedades virtualizadas. O de librarnos de ese rumor de fondo adormecedor, de esa cháchara universal desemantizada en su mayor parte, que el gran MacLuhan, que solo conoció los Medios de Masas en sus primeras fases, supo, con tal lucidez, adivinar: «hablan y hablan sin cesar, pero no dicen nada»…

 

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La biblioteca de Próspero (Apuntes, 20)

Las barbas de san Antón

Nunca he planeado nada y, cuando he querido hacerlo,  nada ha salido según lo planeado. Un poco como en el chiste de uno que tallaba con su navaja un trozo de madera, y respondió a otro que le preguntó que qué tallaba: si sale con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción… (A propósito de una charla con unos amigos profesores en Mastodon en la que aseguraban dedicar 5 horas de preparación para una clase de 50 minutos)

Correlatos

Hoy toca arte. T S Eliot (‘Hamlet and his problems’) escribió: «El único modo de expresar la emoción en la forma del arte es buscando un correlato objetivo, un conjunto de objetos, una situación, una cadena de acontecimientos…» Es y no es lo mismo que planteaba Bertold Brecht con su teoría del distanciamiento: el gran autor teatral evitaba la emoción, explícita o implícita. Estaba más cerca de la catarsis del teatro griego.

La biblioteca de Próspero

Como bien recuerda Rebecca Lossin (NLR, 107), en La Tempestad, de Shakespeare, la quema de la biblioteca de Próspero no es casual, sino fundamental para su asesinato.

Lo primero, poseer sus libros; porque sin ellos / no es más que un borracho, un simple como yo / sin un espíritu que le obedezca… / ¡Quema sus libros!

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«Cerca y lejos» y otras glosas y sermones (Apuntes, 19)

Cerca y lejos

Wolfgang Schivelbusch (The industrialization of Time and Space in the Nineteenth Century) distinguía entre «paisaje» y «panorama». El panorama lo asociaba al viaje en tren, porque tal como se ve desde la ventanilla, el primer plano pasa tan rápido que debe ser omitido de la escena. El panorama es un paisaje cuyo primer plano, la parte más cercana al observador, ha sido suprimido. Hoy en día, para nosotros, el mundo entero se ve como un panorama. Estamos ahora ciegos ante todo lo que se mueve en el primer plano, justo delante nuestro, y no sabemos cómo reconstruir el paisaje.

El autor de esta observación, Marco d’Eramo, comienza su reflexión (en la tan leída y citada por mí NLR) sobre el espacio-tiempo contemporáneo con una confesión llena de perplejidad: «Al cumplir mi hijo los 16 años, me percaté de un hecho extraño. Unas veces con su madre y otras conmigo había viajado por cuatro continentes y visitado ciudades lejanas como Yakarta, Los Ángeles, Nairobi o Moscú, pero nunca había estado en Lucca, Pisa o Florencia.»

Esta paradoja (comprobable también en nuestras relaciones sociales en Internet) tienen que ver con la revolución de lis transportes que ya llamó la atención a Marx, quien se dio cuenta de que, gracias a ellos, el capitalismo estaba trastocando la percepción del tiempo y el espacio, pese a no haber conocido la revolución de las comunicaciones.  Ese trastorno de la perspectiva del cerca y el lejos explica también por qué la caridad o el apoyo solidario se dirige tan elocuentemente a los necesitados lejanos: nuestro pobre ideal está en otras latitudes, nunca a la vuelta de la esquina: porque no lo vemos, ya no forma parte del paisaje…

Las faldas de Prada

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como «una instalación vanguardista sobre el arte de las compras». Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: «La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek

Creced y multiplicaos

Hay fenómenos de naturaleza involuntaria (por más que los gobiernos pretendan a menudo potenciarlo con dádivas: recordemos a nuestro Zapatero) como el crecimiento demográfico, que pueden tener consecuencias muy profundas en el cambio social. Recordemos, por ejemplo, el derrumbe de las fronteras del Rhin del Imperio romano a causa de las oleadas imparables de los pueblos germánicos. Leo un análisis, de una periodista de mediapart.fr (en la versión española de infoLibre, ¿aún no quieres pagar por una prensa independiente y crítica?) sobre esto mismo en Israel y Palestina:

Un mando del Ejército israelí así lo aseguró ante la Comisión de Asuntos Extranjeros y de Defensa de la Knesset el pasado 26 de marzo. Alrededor de cinco millones de palestinos viven en Cisjordania y en la Franja de Gaza. Si a esas cifras se le suman los residentes palestinos de Jerusalén Oriental, en torno a 323.000, y los árabes israelíes (1,8 millones), los árabes (7,1 millones) superarían en número a lo judíos en la zona que abarca del Mediterráneo al río Jordán. Según el censo anual publicado por el servicio israelí de estadística el pasado 16 de abril, los judíos son 6,5 millones en la región (un cifra que incluye a los colonos instalados en Cisjordania).

Dichos cálculos tienen repercusiones políticas. Y confirma el argumento enarbolado por la izquierda israelí desde hace décadas, a saber, que la demografía palestina es una “bomba de efecto retardado” y que es urgente dar con la solución de los dos Estados antes de que los judíos sean minoría. Sin embargo, en la derecha, esta teoría ha sido invalidada sistemáticamente. Al contrario, los partidarios del Gran Israel, o al menos de la anexión de una parte de Cisjordania, aspiran a conservar una mayoría judía, consideran que la dinámica demográfica es propia a los judíos y que las cifras facilitadas por el Ejército son “falsas”. Israel-Palestina: el desafío demográfico

Recuerdo que lo advertía frecuentemente el periodista Eduardo Haro Tecglen, cuando apenas se atisbaban las masas migratorias y de refugiados, empujando los fuertes de Occidente, que vemos hoy, con tan estúpida indiferencia. Al fin y al cabo, es el arma más vieja de los pobres: tener más hijos, formar una prole. Tirando muy largo y muy atrás, tal vez ese fue el secreto del homo sapiens en su expansión y preponderancia por todo el planeta: ser más, desbordar el espacio para crear un nuevo tiempo…

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