Identificarme con estos nobles, hermosos e inteligentes animales es una especie de oración franciscana que me ayuda a recordar mi verdadera condición natural, sin las pretenciosas ínfulas humanas…

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Blog de Manuel Jiménez Friaza
A veces me pregunto por qué en algunas fotografías las personas parecen personajes de película aunque sean seres reales y anónimos. O al revés. Creo que se debe al punto de vista del fotógrafo. Si el fotógrafo mira desde nuestro lado, desde el lado de la gente corriente, la sensación de realidad domina la imagen: no hay actores, no hay poses. Esto es lo que (casi) siempre ocurre con las fotos de mi amigo @Indiefotog.
Por el contrario, con las fotos, por ejemplo, de Nan Goldin (una gran fotógrafa y activista), me ocurre que sólo veo ficción, no realidad, a pesar de que ella sólo fotografiaba a amigos o gente de la calle y de su intención de testimonio y denuncia. Aún no sé por qué me ocurre esto: ¿es, tal vez, la pretensión de «hacer arte» lo que distorsiona la mirada del artista y la del observador?
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Marie Laurencin et Guillaume Apollinaire se rencontrent par le biais de Pablo Picasso en 1907. S’ensuivent cinq années d’une relation tourmentée avant que, lassée par des infidélités nombreuses, Marie Laurencin ne prenne définitivement ses distances. Dans son testament, elle demandera néanmoins à ce qu’on glisse entre ses mains une rose blanche et une lettre d’amour du poète.

MARIE, PAR GUILLAUME APOLLINAIRE.
Vous y dansiez petite fille
Y danserez-vous mère-grand
C’est la maclotte qui sautille
Toute les cloches sonneront
Quand donc reviendrez-vous Marie
Les masques sont silencieux
Et la musique est si lointaine
Qu’elle semble venir des cieux
Oui je veux vous aimer mais vous aimer à peine
Et mon mal est délicieux
Les brebis s’en vont dans la neige
Flocons de laine et ceux d’argent
Des soldats passent et que n’ai-je
Un cœur à moi ce cœur changeant
Changeant et puis encor que sais-je
Sais-je où s’en iront tes cheveux
Crépus comme mer qui moutonne
Sais-je où s’en iront tes cheveux
Et tes mains feuilles de l’automne
Que jonchent aussi nos aveux
Je passais au bord de la Seine
Un livre ancien sous le bras
Le fleuve est pareil à ma peine
Il s’écoule et ne tarit pas
Quand donc finira la semaine
Extrait de Alcools, 1913.

Groupe d’amis (1908), par Marie Laurencin. Musée de Baltimore.

Apollinaire et ses amis (1909), par Marie Laurencin. Musée Pouchkine, Moscou.
Fuente: Ne dormirai jamais
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Las grandes marcas de ropa han abrazado el greenwashing para intentar convencer a las personas consumidoras de que están minimizando su impacto. Una iniciativa de Carro de Combate, Setem y Campaña Ropa Limpia quiere concienciar sobre las trampas publicitarias de la industria
Durante los últimos años, han surgido varias denominaciones para referirse a la era actual. Algunos la han llamado el antropoceno, por la importante huella que las actividades humanas han tenido sobre nuestro planeta. Otros la llaman ‘capitaloceno’, para resaltar que la huella está realmente producida por el capitalismo. Todas estas denominaciones definen bien lo que han sido las últimas décadas de nuestra historia, especialmente a partir de mediados del siglo XX. Pero durante los últimos años se podría decir que hemos entrado en una nueva era, respuesta de las anteriores a la mayor preocupación socioambiental de la sociedad: la era del greenwashing.
Dice la Unión Europea que más de la mitad de los reclamos publicitarios de sostenibilidad son vagos, engañosos, o están basados en información sin fundamento. Estos últimos son los más importantes: un 40% de esos eslóganes no tienen ningún tipo de evidencia que los sostenga. Además, de los 230 sellos de sostenibilidad que hay en la Unión Europea, la mitad tienen sistemas de verificación débiles o directamente no tienen ninguno.
Y la moda, una de las industrias más contaminantes hoy en día, es uno de sus mayores exponentes. Entrar en una tienda de la llamada moda rápida, marcas que venden ropa barata, generalmente de baja calidad, es como hacer un master acelerado en greenwashing. Reclamos de telas producidas con materiales reciclados, colecciones con algodón ecológico u otras materias primas orgánicas, y grandes carteles con fotografías de agricultores en países del Sur Global a los que supuestamente ayudan con sus producciones.
Lavado de ropa (informe de Carro de combate)
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Es realmente abrumador, y aburrido, el volumen de ficciones -literarias y cinematográficas- que tienen como eje las relaciones entre padres e hijos. Y no solo me refiero a los universos imaginarios, sino también al ensayo psicoanalítico, a las interpretaciones simbólicas, a las interacciones criminales: parricidios, filicidios, luchas y traiciones en cuyo origen están las herencias…
El hijo es siempre el patrimonio del padre, su espejo oscuro, el súbdito del apellido, el clan o el escudo. La oportunidad neurótica de corregir los errores propios en el niño, literalmente su segunda oportunidad, convierten esa relación neurótica en una fuente interminable de conflictos y tristezas, de dramas y vidas revocables o desperdiciadas frente a un modelo de imposible cumplimiento.
Por eso es tan refrescante encontrar una selección de relatos, realizada por Laura Freixas (Madres e hijas) que se ocupan del universo escondido, invisibilizado, de las madres y las hijas. Ese mundo en el que no hay herencias ni apellidos, ni espejos correctores, aunque sí, ¡quién puede evitarlo!, sufrimientos o desamor, abandonos y cuidados. Sobre todo cuidados: es la hija (o la sobrina, la prima, la nieta) la que acoge y mima, la depositaria de los recuerdos, la guardiana de la memoria.
Y la que lucha y defiende. Recuerdo, de mi trabajo como profesor y tutor, relatos familiares en los que una madre admirable, exprimiendo un tiempo escaso, trabajaba y protegía, y venía a hablar conmigo de su hija estudiante, con una sonrisa radiante que borraba las ojeras de su cansancio. La madre mágica, también, la que intuye los traspiés de la hija, sus soledades y alegrías.
Hay un hilo matrilineal, invisible casi siempre para el resto de la familia, que zurce la existencia de las mujeres y solo podemos adivinar si somos capaces de oír su lenguaje ancestral, los hombres, tan sordos. Un poco como aquella lengua críptica, solo transmitida de madres a hijas, que en China sirvió de soporte a las mujeres en su resistencia ante los abusos de los hombres, durante siglos. Ojalá que libros como el de la Freixas sean un síntoma de un desvelamiento que empieza, tan necesario, de los secretos de ese jardín cerrado…
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Un plato blanco, con flores rojas pintadas en los bordes, ocupa el centro de la fotografía. A los lados, cuchara, tenedor y cuchillo anuncian que la mesa está servida. No veo lo que hay fuera del cuadro, pero lo supongo: una jarra, un vaso, una servilleta, un salero. Hasta ahí llega la composición de la foto porque algo me impide extender la vista. El plato y los cubiertos reposan sobre un tablón negro que parece flotar y esa escena es inquietante. Ya no puedo apreciarlos como lo que son. Quiero entender qué significan.
Doy vuelta a la fotografía en busca de respuestas y leo: “María Gloria Holguín espera a su hijo Carlos Emilio Torres, desaparecido en Medellín en el año 2002”.
El retrato es el de una espera densa y profunda representada todos los días por María Gloria en el comedor familiar.

El silencioso lenguaje de una herida
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En la capa léxica del lenguaje siempre hay una guerra. Quien gana, gana el poder de nombrar la realidad, de crearla.
Más allá de las instituciones destinadas a proteger la ley, las personas, las libertades democráticas, es necesario inventar otras destinadas a discernir y abolir todo lo que, en la vida contemporánea, aplasta las almas bajo la injusticia, la mentira y la fealdad.
«Persona» también se aplica a Dios, no nos conviene. Pero «justicia», «verdad», «belleza» sí. porque aunque estén en el espacio celeste de los lenguajes, no se desgastan: el poder no sabe qué hacer con ellas, no se dejan torcer.
Dice Weil:
Cuando hablamos del poder de las palabras se trata siempre de un poder ilusorio y erróneo. Pero, por efecto de una disposición providencial, hay ciertas palabras que, si se hace un buen uso de ellas, poseen en sí mismas la virtud de iluminar y elevar hacia el bien. Son palabras a las que corresponde una perfección absoluta, inasible para nosotros. La virtud de iluminar y de atraer hacia lo más alto reside en estas palabras mismas, en estas palabras como tales, no en ninguna concepción. Pues hacer buen uso de ellas es ante todo evitar cualquier concepción que les corresponda. Lo que expresan es inconcebible. Dios y verdad están entre estas palabras. También justicia, amor, bien. Es peligroso usar estas palabras. Su uso es una ordalía.
Pero tienen el inestimable poder de restaurar lo sagrado en nosotros.
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«Persona» se entiende aquí en el significado aristotélico: ‘máscara ‘. Su correlato social jurídico es el Derecho, que Simone también rechaza.
Persona y Derecho son ideas necesarias para el poder y, particularmente, para el poder engañoso que llamamos democracia. La persona «tiene derecho a», «reclama», «rei-vin-di-ca»…
Frente a ello, el ser humano-aún -no-persona, un niño, por ejemplo, grita: ¡esto no es justo! Y lo echa en cara a la madre, al maestro, al patrón.
El niño es preferible a la persona, la justicia es preferible al derecho.
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