Las cuatro estaciones (en italiano: Quattro stagioni) es una serie de cuatro cuadros pintados por Giuseppe Arcimboldo en 1563, en 1572 y en 1573. Fueron ofrecidos a Maximiliano II Habsburgo en 1569, acompañados de Los cuatro elementos (pintados en 1566). Se acompañaron con un poema de Giovanni Battista Fonteo (1546-1580), que explicaba el sentido alegórico.
Cada cuadro está constituido por un retrato de perfil, compuesto de objetos que recuerdan la estación, alusivos, sobrepuestos en sentido de combinación simbólica con semejanza humana.
De entre las muchas concepciones divergentes del hecho lingüístico, tiene importancia mayor la polaridad entre la concepción ambientalista y la concepción innatista. La primera considera que al igual que un niño aprende a nadar o a usar instrumentos, aprende asimismo a hablar. El aprendizaje del lenguaje sería una expresión entre otras de las capacidades cognitivas del animal humano. Estas capacidades no sólo dependen del contexto (cosa que también acepta la posición innatista), sino que en gran medida son forjadas por el contexto. Lo verdaderamente específico del lenguaje no se daría en el ser humano que viene al mundo, sino que le sería transferido desde el entorno social en el que se mueve.
Por el contrario, la posición innatista, sin negar la importancia del entorno, considera que al abrirse a la lengua materna lo que un niño efectúa es implementar, en un marco cultural concreto, unas capacidades heredadas, que comparte con los demás seres humanos y sólo con estos. Aprende una lengua determinada, como resultado de que los datos característicos de la misma responden a la estructura general que ya posee. Por ejemplo: siendo ese niño portador potencial del conjunto de elementos fonéticos de cualquier lengua, ello le permite reconocerse por igual en la fonética del inglés o del chino, aunque ciertamente si se concentra solo en una de ellas… progresivamente perderá su potencialidad de implementar la otra. De hecho, también los ambientalistas se ven forzados a aceptar que únicamente el ser humano se halla biológicamente dotado para aprender a hablar, y ello en razón del fracaso de las tentativas por lograr que un delfín o un chimpancé adquieran el mínimo de recursos lingüísticos que un niño adquiere con toda facilidad.
Como antes decía hay en estas columnas un sesgo a favor de la tesis innatista, pero más allá de la dificultad para seguir a los lingüistas en los meandros de sus discusiones técnicas, el soporte de esta reflexión no es otro que el estupor que provoca el singularísimo hecho del lenguaje, es decir, un filtro que mediatiza toda presencia exterior e interior y que, en razón de ello, parece realmente tener la dignidad de ese verbo que, según el mito, un día tomó forma de hombre.
No cabe racionalmente discutir sobre si el verbo se hizo carne, pero siendo, como es, indiscutible que nosotros representamos una singular vida de la cual emerge el verbo, cabe perfectamente preguntarse cómo tal cosa ocurrió. Cabe preguntarse por la razón de que en el registro genético se operara esa revolución por la cual a los instintos que reflejan simplemente la tendencia de la vida a perseverar, se sumó el referido «instinto de lenguaje», tendencia no tanto a conservar la vida, como a conservar una vida impregnada por las palabras. Y el carácter subversivo de este nuevo instinto se refleja en el hecho de que puede llegar a no ser compatible con los instintos directamente vitales, tal como sucede cuando, bajo amenaza de tortura o muerte, un ser humano no traiciona convicciones forjadas en la complicidad de una palabra compartida.
Apostar por una legitimación genética de la hipótesis según la cual el hombre, y sólo el hombre, posee un dispositivo que lo capacita para el lenguaje, equivale apostar por el peso de las palabras, sin por ello hipotecarlas buscando su matriz en un ser trascendente. Palabras quizás sin Dios, pero no por ello menos portadoras de una promesa de plenitud de la cual es indicio la disposición de espíritu de narradores y poetas en el acto creativo. Nuestra condición de seres de palabra posibilita que, con plena lucidez, repudiando toda esperanza incompatible con el buen juicio, podamos sentir que nos motivan objetivos no subordinados al mero persistir; podamos sentir que la finitud inherente a los entes naturales y por consiguiente también a los seres vivos, siendo lo inevitable, no es sin embargo lo único que cuenta.
Esta canción es original de Chicho Sánchez Ferlosio. Aquí transcribimos la versión de Silvia Pérez Cruz, ligeramente distinta y, después, la de Ferlosio. El vídeo que añadimos al final es de una espectacular actuación de Silvia Pérez Cruz.
Cuando canta el gallo negro Es que ya se acaba el día Si cantara el gallo rojo Otro gallo cantaría (cantaría) Si cantara el gallo rojo Otro gallo cantaría
Ay, si es que yo miento Que el cantar de mi canto Lo borre el viento
Ay, que desencanto Si me borrara el viento Lo que yo canto
Se encontraron en la arena Los dos gallos frente a frente El gallo negro era grande Pero el rojo era valiente El gallo negro era grande Pero el rojo era valiente.
Ay, si es que yo miento Que el cantar de mi canto Lo borre el viento Ay, qué desencanto Si me borrara el viento Lo que yo canto.
Se miraron cara a cara Y atacó el negro primero El gallo rojo es valiente Pero el negro es traicionero.
Ay, si es que yo miento Que el cantar de mi canto Lo borre el viento.
Ay, qué desencanto Si me borrara el viento Lo que yo canto.
Gallo negro, gallo negro Gallo negro te lo advierto: No se rinde un gallo rojo Más que cuando está ya muerto No se rinde un gallo rojo Más que cuando está ya muerto.
Ay, si es que yo miento Que el cantar de mi canto Lo borre el viento.
Ay, qué desencanto (desencanto) Si me borrara el viento Lo que yo canto.
La vista es el sentido humano por antonomasia: por decirlo en francés, con una palabra muy asentada y conocida, somos «voyeurs». Con la mirada nos comemos el mundo, literalmente. Los renacentistas tenían una elaborada teoría sobre el amor en la que los ojos inoculaban la enfermedad: no hay miradas inocentes…. Pero hay también una mirada interior encargada de ver lo invisible, de adivinarlo, y en ese sentido somos «voyants», videntes. Esos ojos ilocalizables marcan el destino del poeta o del artista, su señal de Caín que lo convierte en habitante del ensueño, ese mundo sonámbulo que es nuestra verdadera patria…
Los contemporáneos han convertido el erotismo en algo mecánico y deportivo, la pornografía ha trasladado el sexo a la gélida región de las cosas sin espíritu, donde ya habitaba también el amor…
Versión en castellano de Antonio Resines. Allen Ginsberg nació en Nueva Jersey en 1926, y murió en Nueva York en 1997.
A LOS PUNKS DE DAWLISH
Vuestro pelo eléctrico es bellísimo oro como el del muchacho del Día Gay de Blake alzáis las manos para vuestra crucifixión industrial Ganáis 45 libras a la semana en la cadena de producción y 15 se van en impuestos, la bomba nuclear de la Sra. Tatcher se inflama La Dama de Hierro aniquila vuestras fuerzas & horas vuestras libras y orgullo esparce orina radiactiva sobre vuestros pastos de ovejas salpicados de setas «Contra la burguesía» enfrentáis vuestra insolencia & disfraces primorosos Contra el Establishment Monetario vais en vuestros Pogos saltarines hasta vuestras bandas de garaje Tras una humorística esclavitud en la fábrica electrónica os ponéis imperdibles de plata en la nariz, aretes de oro en las orejas habláis con el profesor en el tren de Plymouth, preguntándole «¿Pudre la marihuana el cerebro como dicen los periódicos, insiste la televisión?» Trágicos y malditos muchachos balanceándose en un vagón de ferrocarril en el Litoral de Cornwall, ¡suerte a vuestra danzarina revolución! Con hermosos cuerpos como los muchachos de dorados cabellos de Oxford Vuestra ira es más elegante que la mayor parte de las consideraciones de labios fruncidos de Cambridge, vuestras bocas están más llenas de jerga & besos que las de los juiciosos degustadores de té de Eton que cuchichean sobre sus bollos & crema cuajada conspirando para gobernar vuestra música cargar de impuestos vuestro trabajo personal & castigar vuestro descarado discurso con un Acta de Secretos Oficiales
18 noviembre 1979
TO THE PUNKS OF DAWLISH
Your electric hair’s beautiful gold as Blake’s Glad Day boy, you raise your arms for industrial crucifixion You get 45 Pounds a week on the Production line and 15 goes to taxes, Mrs. Thatcher’s nuclear womb swells The Iron Lady devours your powers & hours your pounds and pride & scatters radioactive urine on your mushroom dotted sheep fields. «Against the Bourgeois!» you raise your lip & dandy costume Against the Money Establishment you Pogo to garage bands After humorous slavery in th’ electric factory put silver pins in your nose, gold rings in your ears talk to the Professor on the Plymouth train, asking «Marijuana rots your brain like it says in the papers, insists on the telly?» Cursed tragic kids rocking in a rail car on the Cornwall Coastline, Luck to your dancing revolution! With bodies beautiful as the gold blond lads’ of Oxford Your rage is more elegant than most purse-lipped considerations of Cambridge, your mouths more full of slang & kisses than tea-sipping wits of Eton whispering over scones & clotted cream conspiring to govern your music tax your body labor & chasten your impudent speech with an Official Secrets Act.
Antes del Renacimiento, antes de Alberti, el objeto pictórico era lo invisible. Desde Alberti el objeto pictórico se redujo a lo que el ojo físico podía ver. Naturalmente esto es muy reduccionista… siempre han existido personalidades, los tiempos históricos son tremendamente híbridos… Con todo, las vanguardias rompieron claramente con los preceptos renacentistas y con Kandinsky, por ejemplo, como dijera Michel Henry, volvemos “a ver lo invisible”. En nuestro mundo, Bill Viola ha afirmado que “siempre estuvo decidido a ver lo invisible.” Su arte es también un claro ejemplo de mostrar lo invisible.
En La perla de Steinbeck, que estoy releyendo, un escorpión pica a Coyotito, el niño de la pareja protagonista, Juana y Kino, un pescador de perlas. Tras un intento de succionar el veneno con la boca, Juana se empeña en llevarlo al médico del pueblo, aun convencida de que no querrá atenderlo, siendo, como es, ambicioso, ignorante y racista (y siendo ellos, como son, indios pobres). Así ocurre, en efecto. Juana, mientras espera en la barca la recuperación indecisa del hijo, recuerda, con remordimiento, que antes no rezó por su recuperación, sino por que Kino encontrara una perla valiosa para poder pagar al médico.. Así de insustanciales y torpes son los pensamientos y decisiones humanas en nuestro mundo dominado por el poder del dinero y de los especialistas…