
El laleo en el niño es, como saben, esa etapa anterior a la adquisición del lenguaje, ésa en la que se pasa el día emitiendo sonidos vocálicos y probándolos con más o menos fortuna y tino. A veces me pasa -debe ser por lo que un amigo mío llama el «maridaje con el lenguaje», qué sufrimiento a veces ese matrimonio- que cuando oigo a egregios participantes de tertulias radiofónicas o a políticos o a profesores o a médicos o a abogados, que en esto no hay tanto distingo, repetir cada tres palabras «es decir» -o, en versiones rápidas, «edcir»-, y naufragar en la búsqueda de un juicio razonable o entendible, como si un viento desconocido les desordenara el desfile sintáctico, náufragos en frases que no conocen fin, y como si alguna tempestad ignota les desarbolara la dulce red de los nombres de las cosas en una busca atormentada, llena de tentativas fracasadas, es decir; cada vez que oigo eso, recuerdo el laleo de los niños.
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