
Los besos escritos nunca llegan a su destino, pues en el camino son bebidos por fantasmas, decía Franz Kafka, más o menos, en una de sus incontables cartas. Y es que la literatura es un mal sustituto de la vida. Un viejo amigo aseveraba que la literatura era para nosotros -los que dedicábamos mucho tiempo y vida a escribir- una manera particular de enfrentamos al mundo. Hoy creo que es más bien una forma de rehuirlo.
Fui un gran escribidor de cartas, a corresponsales conocidos y desconocidos en el mundo real, así que aunque no las he contado (como sí lo hacía mi admirado Ricardo Bada, léase, si tercia, la reseña que dediqué a su último libro) debieron pasar largamente del millar. Contando a beso por carta, como en el conocido verso de Catulo, más de un millar de besos que no llegaron a su destino, bebidas por fantasmas, como quería Kafka…
Las cartas y el amor… Recuerdo ahora al protagonista del Diario de un seductor de Søren Kierkegaard, que quiso convertir sus cartas en medio estratégico de seducción, para lo cual guardaba copias de las (calculadas) cartas a su amada, para no cometer errores, olvidos ni repeticiones…
Volviendo al principio, no sé si la literatura es una manera de enfrentar o rehuir la vida, pero es, desde luego, la única que tenemos a mano los que nacimos, más o menos, con la marca de Caín de la escritura grabada en la frente…
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