
Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ellos, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelven sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra (desgraciadamente inconsultable porque desapareció la sección de La Opinión de Málaga donde fue publicado originalmente y también desapareció de mis escritos privados) a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.
Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, en derivados financieros: más adelante intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.
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