Y aquí su azarosa historia:
Creo necesario advertir al lector de la circunstancia, ciertamente extravagante, de que estos 15 Asaltos lleguen a su encuentro 27 años después de haber sido escritos. Estas palabras son pues, literalmente, una intromisión del que soy ahora en los asuntos del que era en 1982, y sólo me permito incorporarlas aquí por la mínima cortesía debida a los lectores que puedan sentir legítima curiosidad por esa anomalía, ahora que esta Casa Editorial de la Huebra se ha interesado por la publicación del libro.
El libro, que como ve el lector curioso, va arropado con unas palabras de presentación que le escribió Agustín García Calvo en 1983, estaba contratado ese mismo año para una edición de 1.500 ejemplares por la desaparecida EDISUR de Sevilla, una editorial en régimen de cooperativa que logró sacar a luz un puñado de buenos libros en aquellos años primeros de la década de los 80. No así éste que, por raro azar, quedó inédito. La editorial cerró antes de que estos asaltos vieran la luz. Sólo otra vez probé fortuna, con «Ediciones Libertarias», que declinó su publicación. Debía ser 1985.
Estos asaltos fueron leídos, en las copias mecanografiadas que me iban quedando, por amigos que, a lo largo de los años, siempre me animaron a sacarlo a la luz pública. Pero, cuando finalmente quise hacerlo, me di cuenta de que me había quedado sin ninguna copia escrita: «15 Asaltos» ha sido durante muchos años -hasta el pasado 2007 en que una amiga me envió una de las versiones más cercanas al manuscrito original, que también perdí- el recuerdo de haberlo escrito. Estuvieron siempre conmigo, eso sí, como testigos fantasmales, el prólogo de Agustín y el contrato de EDISUR…
Y fueron, sobre todo, los ánimos de Agustín García Calvo -que me dijo en las ocasiones en que volvimos a hablar o a cartearnos que estos ensayos seguirían siendo actuales y necesarios siempre- y de mi querido y añorado Pepe Ruiz Vela -que en la paz de los buenos descanse-, que se quedó con la última copia mecanografiada que tuve porque me aseguraba que era su libro de cabecera, los que me animaron más a ver de recuperar el texto y a intentar por fin que llegara al encuentro con sus lectores aplazados, por si aún encuentra público aquel combate de palabras que empecé en 1982.
Porque 15 asaltos, como bien sabe el lector, es la duración de un combate de boxeo llevado al límite y al K.O. Estos ensayos cortos y directos que buscan, burlando las defensas del contrario, más que noquearlo -que no está en las fuerzas de uno-, desvelar sus mañas, gustaron tanto a Agustín que su estremecedor y lúcido libro «Contra el tiempo» lo dividió también en 15 Ataques. Mis lectores de «La Opinión de Málaga», donde colaboro desde 2003 con una columna semanal, me reconocerán en lo que aquí entonces escribía y en ese diario escribo: asaltos, que ahora llamo deslindes y descubiertas.
¿Pero contra quién o qué los asaltos? ¿Qué rostro dar a esa «mansa desesperación», como la llamó Agustín un día, que siento en mí desde siempre y que me empujó a este imaginario cuadrilatero del libro? En el primer asalto le puse el nombre y rostro de Vilma Picapiedra, pero tiene muchos y ninguno: es la china en el zapato de que hablaba Kierkegaard, el insomnio que no nos deja dormir, el agobio de tener que vender nuestra fuerza, inteligencia y vida cada día al mejor postor. Esa sensación de continuo escamoteo que sentimos todos cada mañana… Pero los asaltos también son los asaltos a Tebas, al castillo de Kafka. Desnudos y frágiles puños son los de la razón común contra tan poderosos y ocultos enemigos -sub aliena umbra latentes-, pero al azar de la apuesta nos la jugamos, de todas formas, y sólo gana en un combate de 15 asaltos quien, al final, no ha caído al suelo.
Sea de ello lo que sea, lector reencontrado. Que quien esto dice dobla sobradamente la edad ya al que esto escribía, y debe, pues, despedirse e irse de puntillas. El autor de ahora en nombre del de entonces pide sólo una sonrisa de condescendencia. Quede, así, avisado el lector desprevenido.
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