Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio (y 2)

El mercado es, pues, el lugar del intercambio, la tienda de nuestro hortera, por ejemplo, o cualquier gran supermercado en el extrarradio o en la pantalla de un ordenador. Este templo sacro-santo -por usar el adjetivo de Balzac en “L’épicier”- tiene un amo, casi siempre invisible en la tecnología y diplomacia de la trastienda, que provee las mercancías, y unos vigilantes o guardianes que las custodian y que administran su transformación en dinero, que, a su vez, servirá para adquirir más mercancías…: los dependientes. Y así, en este nunca acabar que es el alma de nuestro mundo, resulta que, al cabo, la acumulación y circulación continua del dinero es ya la única riqueza, como nos enseñaba Marx en los primeros compases del libro primero de El Capital, sobresaltándonos con la sensación de que hablaba de nuestro presente:

El grito que ahora resuena de una punta a otra del mercado mundial es: ¡No hay más mercancía que el dinero! Y como el ciervo por agua fresca, su alma brama ahora por dinero, la única riqueza1.

Tienda

Cuando la mercancía llega a los expositores del supermercado o de la tiendecita de ultramarinos, llega a un mundo dominado por el fetichismo, entendido como lo hacía el pensador alemán: un mundo de cosas que protagonizan relaciones sociales de intercambio con otras cosas y en el que lo que da valor a esas cosas, justamente el trabajo social acumulado en ellas, desaparece y se oculta. Cuando el cliente-amo tiene delante una chaqueta, con su precio en la etiqueta, y dinero en el bolsillo, hace cálculos con esos datos de la realidad y toma determinadas decisiones; pero en ningún caso piensa en el trabajo del sastre que la diseñó, cortó, cosió y vendió, ni en su cansancio o pericia, ni en la situación laboral o emocional o de salud en que realizó su trabajo. Nadie lo hace: sólo existe el deseo subjetivo / sugerido de poseer la mercancía o su necesidad. Esa naturaleza fetichista que el mercado otorga a los objetos crea un universo antinómico en el que solo hay “relaciones cosificadas entre personas y relaciones sociales entre cosas”.

Por eso, por la necesidad de ir más allá del fetichismo de las mercancías, es tan importante la denuncia, cada vez más extendida en el mercado universal, de las condiciones laborales y sociales del trabajo (en muchos lugares, esclavista) en que se producen los oscuros objetos del deseo del consumidor. O la generalización del Comercio Justo y su cautela con el origen de los productos y las condiciones de dignidad del trabajo que los creó, como le gusta pensar a David Harvey, si queremos romper el hechizo fetichista de su ocultamiento, su cerco encantado.

* * *

Pero volvamos a nuestro humilde y paradójico dependiente asalariado de comercio (vigilante, guardián, ángel custodio del proceso del intercambio) que entre las muchas tareas que tiene encomendadas (el escaparate, la limpieza, el trajín de los objetos…) tiene una fundamental: atender sin dilación a su segundo patrón y señor: el cliente con dinero. Y cerrar la puerta con un “no” a quien no puede ser cliente. Da igual, a estos efectos, que las tareas de vigilancia se hayan subcontratado en las grandes superficies y que estos guardias estén encargados de castigar el hurto o cerrar la puerta física. El “no”, con toda su fuerza de exclusión del circuito mágico, corresponde al dependiente o cajero. Andrew Smith, que ha tenidos experiencias laborales en comercios, cuenta en este sentido, en su Trabajar cara al público2:

De acuerdo con mi experiencia, los implicados sentían profundamente la contradicción de esta de esta posición, y muchos de mis compañeros estaban claramente desconcertados por este aspecto de su trabajo. En cierto sentido porque suponía una labor emocional problemática: tener que absorber y gestionar esas expresiones de descontento que no procedían de quienes eran clientes, sino de quienes no podían serlo. Más en general, sin embargo, lo que preocupaba a mis compañeros parecía ser la incómoda sensación de que se les exigía convertirse en funcionarios de un poder que ni siquiera conocían.

En la tienda aprendemos a identificarnos socialmente, nuestro lugar en el mundo. Como nos recuerda Smith, el no-cliente sale del comercio confirmándolo con frases como “Esto no es para nosotros”. Para el cliente con dinero (mi dinero soy yo…), sin embargo, todo queda reducido a una cuestión de gusto. “La violencia simbólica implícita en la jerarquía del gusto siempre está interiorizada”. La feria de las vanidades que es una tienda, para quien tiene el capital adecuado, tiene un solo mecanismo: el deseo subjetivo del valor de uso de las cosas allí expuestas, la esperanza siempre frustrada de que se cumpla su eterna promesa de felicidad…

Pero la “violencia simbólica” que más me ha inquietado del ensayo de Smith ha sido el descubrimiento de cómo perviven, en este contradictorio trabajo a las órdenes de dos señores, relaciones precapitalistas como las del amo con sus criados. Y eso que estaban ante nuestros ojos y oídos: ¿quién no recuerda, hasta en uno mismo, interpelaciones desabridas a un camarero del tipo “¡Que es para hoy, que no tengo todo el día!” o la devolución despechada de una mercancía que entendemos que es defectuosa, o que no responde a nuestras expectativas, triándola literalmente sobre el mostrador con cara de perro…? El trabajador que hace las veces del dueño paga siempre los platos rotos.

Ellen Meiksins Wood (la cita es del propio Smith) explicaba que “el desarrollo inicial del capitalismo dio un nuevo margen de vida a la concepción patriarcal de la relación amo-criado como soporte ideológico más disponible y adaptable para la desigualdad del contrato de trabajo asalariado.” Pero no se trata solo de una argumentación histórica sobre los orígenes; nuestro autor sentencia: “el capitalismo puede, en diversos puntos, ser articulado por el ensayo o reactivación momentáneos de una forma de autoridad relacional más antigua. En los vacíos entre Dinero y Mercancía, el capitalismo parece ayudado por algo que no es capitalismo.”

La relación premoderna, pues, entre el dependiente (o camarero, o botones…) y el comprador con posibles persistirá en tanto lo haga el mercado capitalista y sobreviva el fetichismo y poder del dinero, pues a este le es necesario un lugar (“la boutique sacro-sainte…”), real o simbólico, para que se renueve sin cesar la demiurgia del intercambio, y unos guardianes, en consecuencia, que permitan la violencia epistemológica de la autoridad y el buen gusto del cliente, necesarios en ese paso inequívoco de D a M en que “las cosas mantienen relaciones sociales y las personas relaciones cosificadas…”3.

Esto será así aunque tengamos la falsa impresión de que la venta masiva por internet está provocando “la aniquilación del espacio mediante el tiempo”3. Esa impresión ya la han tenido varias generaciones, pues la burguesía capitalista y su cohorte de científicos, tecnólogos e inventores han aprovechado, y potenciado, como nadie las sucesivas revoluciones en los medios de transporte y comunicación. Los comercios sobrevivirán, aunque parezca que la llegada casi instantánea a nuestras casas de la mercancía comparada en Amazon encarna el sueño de instantaneidad del cliente-amo: el paso transparente del valor de cambio en valor de uso que no conoce término. Pero que, por eso mismo, para que no se quede solo en la ceniza de la inanidad, es un acto que necesitamos ver representado en la escena triste e hipnótica de la tienda, rodeado de cosas y criados que nos sonríen obsequiosa y servilmente una y otra vez, una y otra vez…


  1. Marx, Karl, El Capital, libro I, cap. 3 (en sus propios términos históricos, Marx tenía en mente la crisis económica de 1857) 
  2. Smith, Andrew, “Trabajar cara al público”, New Left Review nº 78, Ecuador, 2013. 
  3. Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. II, p. 13. 

Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio

Inicio con esta entrada, y otra que la continuará y dará fin, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. En la primera entrada, esta que comienza aquí, me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos2, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix3, con el título de “El hortera”. Intentaré realizar después una interpretación marxista de este retrato decimonónico -premoderno, es decir, anterior a una visión de la sociedad dividida en clases enfrentadas-, en la segunda entrada, a la luz potente de un ensayo de Andrew Smith, “Trabajar cara al público”, publicado en el número 78 de New Left Review.

Los españoles pintados por sí mismos

La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado, según veremos en la siguiente entrada con más detalle) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…

Estas circunstancias lo han hecho siempre un personaje antipático, porque encarna, personifica la demiurgia odiosa del intercambio capitalista: es el culpable del precio inasequible, de que la mercancía apetecida haya que pedirla, de la tardanza, de la altivez o la indiferencia. Siempre pesa sobre él la sospecha del engaño: en el peso, en la etiqueta, en el deterioro o en la falta de atención. En “El hortera”, es un personaje especialmente odioso. Antonio Flores lo animaliza o cosifica sin piedad a cada trance de su texto: “un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo”. Es el menosprecio del paleto de aldea que, hipócrita y arribista, terminará transformándose, en su alianza con los poderosos, en culpable de los males del país. Los dependientes pierden su humanidad cuando nuestro autor los retrata, en semejanza a los bustos parlantes con los que a veces caricaturizamos a los presentadores de telediarios: “Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.” Su laborioso aprendizaje del oficio, incluye la tecnología del engaño -aprendida y ejercitada en el secreto de la trastienda- y la “diplomacia horteril”, la obsequiosidad y el servilismo cara al público. En palabras de Flores: “tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador”.

El público consumidor (en realidad, las mujeres, víctimas propiciatorias del engaño del tendero en la visión misógina del autor) es, en correspondencia, la figura complementaria de nuestro hortera, en su incipiente deseo consumista. Así, de una chica que cree haber comprado un lujoso tejido inglés cuando en realidad se lleva tela desechada de pésima calidad, nos dice, parafraseando a Lope de Vega:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

En coherencia, en fin, con el perfil de personaje de sainete con que ha sido retratado, el hortera gusta también de la baja comedia. No se olvide que la crítica de Antonio Flores al personaje es moral y estética. Y así, con esa connotación, ha quedado entre nosotros el despectivo “hortera” del español contemporáneo:

… suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

En mis recuerdos, por el contrario, la figura del tendero tiene un aspecto más cálido y cercano. Y al ser, como soy, de familia pobre que compraba a púa relaciono al dependiente más con un cómplice cercano que con el vigilante interpuesto por el dueño entre la mercancía y yo. Para mí, la “magia” del intercambio D-M-D se reducía a la endeble autoridad del crédito y la buena fe. De una tienda de ultramarinos recuerdo, más que la estimulante mezcla de olores, que allí me surtía de libros, prestados o regalados, con que su dependiente (en aquel caso, también dueña) abastecía mi hambre insaciable de lecturas. Lo añado para teñir más aún de ambigüedad tan misteriosa figura de la clase obrera…

Y ya acabo. El lector echará, de seguro, un buen rato (aunque agridulce) con esta crítica moral y estética, no social ni política -pese a la apariencia, solo hay un oscuro presentimiento del papel explotador en la sombra de la burguesía comercial- del tendero. Puede el lector, también, como contraste, leer el modelo francés, “L’épicier4“, debido a la pluma de Honoré de Balzac, ni más ni menos. De su mano entramos, también, en “la sacro-sainte boutique d’un épicier”…

El texto

El texto de “El hortera” que presento a continuación es la transcripción de la edición de Ignacio Boix, Editor (Madrid, 1843). He respetado las peculiaridades ortográficas de la época, que pueden chocar a un lector contemporáneo (en particular por el escaso y desparejado uso de la tilde), pero que son más avanzadas, en general, que las que la norma actual nos ha acostumbrado a dar por buenas Por ejemplo, la escritura como “s” en lugar de la pedante “x” que aún usamos en palabras como “escelente” (y lo que es peor, como denunciaba Agustín García Calvo, que muchos pretender pronunciar como [ks]). También tiene mucho de avanzadilla el uso de un único signo de interrogación o exclamación al final, pues señala con más precisión que a esas oraciones las caracteriza solo su cadencia final. Aparte, solo he hecho dos llamadas a pie de página para un par de palabras de poco o ningún uso actual. Más adelante, cuando me resulte hacedero, pondré en el blog este texto con la ortografía ajustada a los criterios actuales y anotado con más prolijidad. He dejado, eso sí, una línea en blanco entre párrafos, para desapelmazar un poco la lectura del texto. Toda la obra de Antonio Flores, para acabar con el descargo de responsabilidad necesario en estos tiempos, es de dominio público.


El hortera2

Será todo lo que usted quiera, señora, pero yo no puedo faltar á las órdenes de S. E., respondía con gravedad cierto portero del ministerio de Hacienda, á una enlutada matrona que pretendía hollar la consigna ministerial con estas palabras:

— Cuando sacaba de su tienda si señor…, tienda, ó lonja de azúcar y canela, haciendo la vista gorda ínterin el Escelencia de a ver, suplía con la mano sobre el platillo, las cuatro onzas que faltaban á los garbanzos para equilibrarse con la libra de hierro… entonces mucha parola y… Luego el Pavonazo en el chocolate, que mi difunto no murió de otra cosa.,.. Vaya un ministro integro!

— Señora! Señora!

— Pues no hay mas, clarito!…. Un Hortera en el ministerio!!…. No fallarán contratas por partida doble!
Oh!, mengua! murmuramos nosotros, apenas hubimos escuchado la jaculatoria de la parroquiana. Ministro nada menos ese Hortera, cuando el nuestro aun no ha salido de las montañas que le vieran nacer! Y llenos de vergüenza con tan escandalosa inacción, abandonamos la antesala ministerial, y tomando la pluma con resolución, juramos no dejarla de la mano hasta que el protagonista de este artículo llegue á ser prestamista de su cofrade el Excmo. Señor, que gracias á su «conciencia de mercader» cobraba un veinte y cinco por ciento de ganancias estraordinarias cuando pesaba garbanzos.

Pero apenas hemos empezado nuestro viaje hacia las montañas de Santander, y ya nos sale al encuentro una recua de diez arrogantes mulos que conducen con toda resignación 19 fardos de Escocia y Llin, suficientes para formar nueve cargas y media, que haciendo tercio con un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo, andará muy en breve rodeado por una docena de agentes de bolsa, que le harán hacer un millón de operaciones al contado, o será Director del Ramo y tratante en bienes nacionales, y tomará en arriendo el derecho de puertas, y la sal, y el papel sellado… y tal vez llegue dia en que se saque á pública subasta el total de las rentas públicas, ¿quién sino el y poderoso comerciante ha de tomar la contrata de mantener á rancho la nación Española?… Lo cierto es que ya le han desliado del aparejo y tenemos al recien venido entre los brazos de su tio, propietario y lonjista de Ultramarinos en la calle de A… El Horterita apenas sabe devolver los saludos del tio, de los primos y hermanos que hace poco tiempo llegaron á Madrid con el mismo pelo de la dehesa, bajo el cual encubre nuestro mancebito ciertas habilidades que aprendió en la aldea, entre ellas la circunstancia esencial de leer muy bien toda clase de manuscritos, y deletrear con bastante torpeza los impresos.
Y aqui por via de nota, para evitar un rato de Panlexico á los lectores de provincia, decimos que el Hortera de Madrid, es el Cajero de Sevilla, el Factor de Valencia.,., y en suma: Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.

La primera operación que sufre el Hortera es una especie de saturación sacaroidea, á fin de asegurar los sacos del azúcar, y demás géneros golosos de cualquier apetito desordenado de gula: consiste esta en dejarle comer, de chocolate por ejemplo, una, dos ó mas libras hasta que se resienta el estómago, y el recien llegado aborrezca los géneros coloniales y ultramarinos. Oh! este es un antídoto escelente para los ratones domésticos, y está fundado en ciertas leyes de química-económica indestructibles. Pasan en seguida á enseñarle todas las aplicaciones que tiene la mecánica en las trastiendas, y alli es donde aprende á introducir la mano en un saco lleno de legumbres rancias y secas, para sacar el único puñado que haya de granos frescos gordos. Entra después la parte de geometría aplicada á los cubiletes , y en esta sección le manifiestan las diferentes clases de cucuruchos que se conocen, su estructura y medios de construcción mas ó menos cónicos según la cantidad que deban aparentar contener, y la que en realidad contengan. Apenas ha pasado el Hortera quince ó veinte días haciendo cucuruchos de todos calibres ya tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador. Consiste esta última en los diferentes nombres, sinónimos para los que estamos en el secreto, que emplean los consumidores al solicitar las mercancías; y la primera está reducida á que el espendedor sepa que los depósitos de azúcar designados con los títulos de 1ª, 2ª y 3ª’ ó mas clases, son tres substancias distintas desde que se emanciparon del saco en que se hallaban todas juntas. Lo mismo sucede con el té de la China y el café de Moca (véase cascarilla de cacao tostada); todos estos géneros viven democraticamente en las cuevas ó en la trastienda, y luego que pasan á la pieza de recibo cada cual torna la aristocrática elevación que le depara la casualidad. Si hubiera otros Esopos y Samaniegos, que se ocupasen de hacer hablar á estos objetos inanimados, no quedaria impune la desfachatez del Hortera cuando pregunta á los parroquianos si quieren el cacao de Caracas, de Guayaquil ó Soconusco, siendo asi que el único que tiene designado con esos tres nombres, merced á la división que todos sabemos, no ha tomado carta de naturaleza en ninguno de esos lugares. Pero supongamos que ya se ha concluido el noviciado horteril porque seria eterno referir todos los agios5, y evoluciones que en ese tiempo se enseñan (la vara de medir solamente necesitaba un tomo en folio) y veámosle colocado detras del mostrador en el almacén de Ultramarinos.
Estraordinaria y vasta podrá ser la táctica comercial de puertas adentro según indicamos en la parte de cubilotes y mecánica, pero nada es comparable con la diplomacia horteril, pocas cosas hay tan sublimes como el aire de reserva que imprime á todos sus actos esteriores. La manera que tiene de presentarse al público, encastillado entre los sacos del arroz, parapetado con los fardos del bacalao, y presentando entre su persona y la de los parroquianos un enorme tablón, pintado de azul ó de amarillo, es una cosa digna de notarse si se atiende á la masoneria que observan todos los dependientes del almacén.

Apenas abre su tienda, por la mañana temprano, y ya la encuentra invadida por el Albañil, el Carpintero, el Zapatero, y toda clase de jornaleros que saliendo de sus casas para sus respectivos trabajos, acuden presurosos á echar la sosiega con una copa de aguardiente en casa de nuestro lonjista, que saluda á todo s con el mayor agrado y les sirve con no menos esmero. Esta reunión de bebedores heterogénea ya, por los distintos oficios á que cada uno se dedica, no lo es menos por las diversas opiniones políticas que cada cual profesa, ó cree profesar. En los tiempos que el Albañil se dedicó al oficio, era indispensable levar gorra de voluntario realista para encontrar trabajo, y como no se podia usar este distintivo sin pertenecer á la regimenta, entró en las filas todo el que o quiso morirse de hambre. El Zapatero es algo mas joven, y se ha encontrado en un gobierno constitucional, que tiene ciudadanos armados, pero que los llama M. N. y unos maestros de obra prima que exigen gorra de cuartel para hacer zapatos; ¿pues qué remedio sino ser miliciano y llevar gorrita? El Carpintero es hombre de chispa: á la muerte de Fernando VII persiguió á su padre por carlista y le dieron trabajo en la Casa Real; pero le han quitado el destino los santones y ahora dice que es republicano. Pues siendo tan imposible amalgamar los pareceres politicos de estas gentes, como evitar que discurran sobre la contestación que dio el gobierno al Embajador inglés, y digan que es un majadero el general de división en haber atacado por la izquierda, etc., nó es nada fácil tampoco que la noche anterior al aguardentoso desayuno faltasen retenes y patrullas ó cuando menos algún estraordinario ganando horas; cualquiera de estas cosas es suficiente para que se entable una acalorada discusión política, en la que suele tomar parte algún escarolero, ó tal cual lego esclaustrado ayudante de cocina en casa de algún marqués y senador por añadidura. Últimamente, disputan y todos desocupan sus respectivas copas abogando el uno por la república, el otro por el gobierno representativo, quién por el absolutismo, á cuyo parecerse une gustoso el asturiano, y aun hasta el lego, pero este último quiere que se añada la inquisicion sin telarañas. Llega ya el lance terrible de ser interpelado el Hortera, y en esta embarazosa y difícil posición es donde mas luce la diplomacia de mostrador: con todos sonrio, á todos trata de dar la razón, y jamas se conmueve aun cuando parezca que la discusión se decide por un partido o por otro; su principal y casi único cuidado es el de no distraerse en el cobro de lo vendido.
Mas no consume el Hortera toda su charla y agrado con los jornaleros, y mozos de compra: las criadas de servicio son recibidas con no menos agasajo y atención, mediando varios requiebros de una y otra parle con tal cual apretón de manos, cosa muy admitida entre los Horteras, y que no puede dar celosa nadie que conozca las leyes penales de estos individuos mercantiles.

No haya miedo que se enamore ninguno pesando azúcar ó envolviendo té; serán muy vehementes en sus pasiones, pero en los actos de! servicio las tienen paradas, ó cuando mucho á media cuerda. — Apunte Vd. que le quedo á deber los 12 reales del chocolate y los ocho cuartos del almidón, dice una mujer al abandonar la tienda. — Vaya Vd. con Dios, vecina, y no se burle, replica el Hortera á voz en grito, y repitiendo por lo bajo doce y uno trece. — Gracias, responde la deudora, ahora lo bajará el muchacho. Y apenas ha quedado solo el lonjista saca un gran libro azuly escribe: «Es en deber Doña Fulana la vecina lo siguiente…»

Asi ocupado en lances de esta naturaleza consume los dias el lonjista, sin que ningún hecho notable le haga distinguir el lunes del martes ni este de todos los demás de la semana, hasta la mañana del domingo inclusive porque la tarde Oh! la tarde de los dias festivos merece un párrafo esclusivo, y no seremos nosotros ciertamente los que nos opongamos
 á que el Hortera pase su visita de ordenanza á las fieras del Retiro y demás accesorios de tan saludable medida higiénica. Y como en esta caminata nos ha de acompañar también la aristocracia horteril, no será del todo inútil dar un corte á la pluma que ya parece estar algo cansada, y echando á la espalda la mochila del café hacer unos cuantos giros
 comerciales con la vara de medir. Para esto, no tendriamos necesidad
 de trasladarnos á este ó el otro punto de la capital porque la profecía de
 San Vicente Ferrer se ha cumplido , ya tiene Madrid mas tiendas que compradores; pero sin embargo, la escena pasa en la calle dee Postas, ó séase boulevard de coruñas y viveros. A la derecha se ven tantas tiendas á piso bajo, como balcones de entresuelo ; á la izquierda cada ventana tiene debajo de si un almacén de lienzos; y en ambos lados y bajo toda clase degobiernos, se despachan géneros del Reino y estrangeros.


Trabajo cuesta penetrar la muralla de gente (que á todas horas defiende estos almacenes, pero nosotros hemos resuelto llegar hasta el mostrador para tener mano á mano un rato de parola con el Hortera, y
 lo conseguiremos fácilmente marchando detrás de una joven elegante y hermosa (con menos letras se dice fea, pero está lleno el tintero…) que desde el umbral de la tienda es saludada por el comerciante. Esta apreciable señorita habrá madrugado á las once de la mañana, si por casualidad no estuvo de sarao la noche anterior (aquí no hay soirée que valga) y no teniendo amigas á quien visitar, ni esperanzas de que saliese
 el sol para bajar al Prado, abandonaría la casa paterna con estas palabras.
 — Mira, mamá, estoy fatal de los nervios; que me acompañe el muchacho y voy de tiendas.
 — Pero, hija mia, si estás llena de ropa!
 — No tengas cuidado, mamá; lo hago por divertirme… no he de comprar nada, pero los haré revolver un rato. Pasaré primeramente por casa de Ginés á ver lo que han recibido de nuevo, y luego voy á sublevar toda la calle de Postas. Anda con Dios, responde la madre satisfecha con las económicas diversiones de su hija, sin reflexionar que los guantes estorban para conocer la calidad de los tejidos, que el Hortera tiene mucha franqueza con las parroquianas, y en fin, lo menos era que cogiese
 la blanca mano de la niña entre las suyas, si no las tuviera llenas de sabañones en invierno, y un tanto ásperas en verano.

Llega por fin nuestra joven á descansar sus brazos sobre el mostrador, y todos los Horteras se acercan á recibir órdenes, apoderándose, uno del abanico, otro del pañuelo, quién examina los guantes, adulándola todos á porfia, hasta que una manola que está comprando terciopelo para una mantilla, dice al mocito que la despachaba: — Oiga usté, Don Cachucha, sabe usté que mi monea es tan rial como la de cualquier señorona; y que tengo dos onzas en el bolsillo, y algunas masen casa para sacarlo á usté de probé! — Alsa, Manola! Qiuá!…. si me llamo Juana, so escoció!… si no tie usté mas gracia con las usias está abiao! Estas palabras dan a conocer al principal del almacén la gravedad que pudiera tomar aquel lance, y rellexionando que la manola paga mejor, por lo menos mas pronto que la señorita, acude á despacharla el mismo, dejando que uno cualquiera de los dependientes desplegue ante los ojos de la caprichosa niña cien piezas de tela de cien varas cada una:

— Este chaconá es muy claro, y tiene un hilo muy grueso.

— Oh! no señorita; es de lo mas fino que se hace, y estos colores son eternos, aunque se laven con agua hirviendo. Hemos tenido un despacho horroroso; ayer se vendieron cien cortes, y tenemos pedidos treinta para Mad. Victorino, que escasamente…

— ¿Y me quedaré yo sin nada?

— ¡Oh! no tal, para Vd. siempre hay una pieza!….

— Pero ahora no,porque mamá no quiere; pagó ayer dos mil reales de tres sombreros á Madama Capot y está que trina.

—Mejor, replica el Hortera, entregando un lío al criado de la joven… Ya saben Vds. que todo cuanto yo tengo (quisiera venderlo sin regatear como esto, añade por lo bajo)

— Y tienen Vds. una tela para vestidos de callé que llaman… llaman!..

Ilusión. —No. Palmeriana. —Tampoco. Poplin, Chalin, Clarín, Smirna, Fantasía, Damasquina, Rua-celin

— Eh! Hasta… Fantasía quiero. — Pues sí señora; vea Vd, qué cosa tan preciosa… parece imposible el adelanto que se observa en nuestras fábricas de Cataluña… Tú que tal dijiste, desventurado comerciante! Apenas oye la niña que se trata de géneros nacionales, vuelve la vista y dice:

— Quite Vd. allá, hombre! á la legua se conocen los géneros catalanes! Qué cosa tan ordinaria! —Pues crea Vd…— Mira, interrumpe el dueño del almacén, todo asustado con la patriótica franqueza del compañero, sácale á esta señorita la fantasía inglesa. —Pero, si!

— Ahí la tienes debajo de la catalana; y guarda esa hasta que venga alguna lugareña con poco dinero.

— De valde es cara, interrumpe la caprichosa compradora.

— Ciertamente, contesta el principal, añadiendo sotto voce:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

De este modo consiguen vender á doble precio las peores piezas de lela que por esta circunstancia suelen estar las últimas en los almacenes, y la ignorante joven sale muy satisfecha de su fantasía inglesa. Sin notar que en su exótica manía está la verdadera fantasía.

Y ahora que la fantástica niña se retira del almacen, apartamos nosotros la vista de los Chaconás y los sabañones, para preguntar al lonjista de Ultramarinos por aquel comerciante en bruto, que trajimos de Santander, y dejamos en la lonja, haciendo cucuruchos. Pero vétele busca al sobrino de su tío. Apenas descubrió el vasto porvenir que la carrera mercantil le presentaba, se emancipó de la tutela, estableciéndose por sí en la misma calle, no sin haber estudiado antes un año de partida doble en el Consulado. Lo primero que se descubre a la puerta de su casa-lonja, junto á la muestra del algodón y las ballenas, es un farolito de cristal que indica la residencia de los padrones vecinales entre las cajas del café; pero el alcalde de barrio no está sin embargo al mostrador, porque como capitán de la fuerza ciudadana se halla de guardia en el Principal.

En la tienda le esperan varios señores, entre ellos uno que pretende ser diputados a Cortes, y solicita la influencia horteril; otro que le va á ofrecer dos mil duros por una acción en el gran molino de chocolate, y fábrica de azúcar que el lonjista ha establecido en comandita con unos primos suyos; y el resto de personas está compuesto, casi en su totalidad, por agentes de bolsa que acuden á ofrecerle sus trabajos noticiándole las operaciones del dia. Todos estos negocios distraen al lonjista do su primitiva profesión, obligándole á cambiar el mostrador por un magnífico bufete, á poner carretela, traspasando los sacos del arroz por otros tantos lacayos; y si antes tenia á la puerta de su tienda un hombre que vendía buñuelos y le daba conversación á ratos, ahora tiene un aristócrata portero, que niega la entrada á todo el que no lleva dinero, ó lo solicita á un cincuenta por ciento; y últimamente, se pone en pie cuando sale ó entra su señor, y le dá usía mientras sube á la carretela.

Las anécdotas y cuentecillos, andan por la calle. — Chica, se dicen las mugeres del barrio unas a otras, sabes tú de quién es esa casa? — Toma, del mismo que tiene toa la manzana! — Te acuerdas que escurrió andaba en el almacén? parece imposible que dé tanto de sí el bacalao El bacalao es lo de menos, chica! donde está el busilis6 es en el chocolate! —El Chocolate!!!

Y como quiera que el nuevo capitalista, está ya fuera de nuestra tutela, y libre por sus aristocráticas pretensiones del nombre con que le hemos señalado hasta aqui, renunciamos á ser en adelante sus cronistas, y concluimos dando un vistazo, con arreglo á lo ofrecido, por las diversiones horteriles en los dias festivos:

Son las dos de la tarde en verano y se abren tres puertas de la calle de Postas para dar salida á otros tantos dependientes de almacén ; (en estos dias es un poco arriesgado decir Hortera). A este triunvirato mercantil se reúnen dos mancebitos de la calle del Carmen, igual número de la de Toledo, y cuatro ó cinco delegados de otros puntos. Las dos y cuarto son cuando la caravana horleril rompe su marcha atravesando las principales calles de Madrid para dar con las levita-sotanas de sus individuos nada menos que en el real sitio del Retiro, adonde satisfacen su curiosidad, viendo las fieras , y desocupan sus bolsillos echando á los patos unos mendrugos de pan. La puerta de Alcalá los brinda enseguida á dejar la Corte, ofreciéndoles una hermosa pradera donde jugar á los bolos, y en esto ocupan la tarde hasta las cinco, á cuya hora vuelven á sus respectivos almacenes, no sin entrar primero en una botillería cualquiera, para apagar la sed con un cuartillo de leche amerengada, y el hambre con un puñado de bizcochos.

En los domingos y fiestas solemnes del invierno no juegan á los trucos, ni ven las fieras, pero suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

Lo único innegable, pero cuya causa nadie ha podido esplicar aun es la facilidad que tiene toda clase de personas para reconocer á golpe de vista los Horteras. Séase que cuando la ropa no ajusta al cuerpo, índica poca legitimidad de pertenencia en el que la lleva, y que un muchacho de quince años con una levita-sortú que se hizo para un hombre de cincuenta, nunca será otra cosa, sino una máquina que hace andar una levita ; ó bien que los enormes picos de la camisa vayan retozando con el sombrero, y que este tenga tantas pulgadas mas de diámetro cuantas se necesitan para cubrir el cogote ó parte de la oreja. En fin, sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en cuanto se ve alguno con todas ó pairte de esas cualidades, involuntariamente se dice: Ahí va un Hortera!!!

Antonio Flores1


  1. Antonio Flores (Elche, 1818 – Madrid, 1865) Escritor romántico y periodista español. 
  2. Varios Autores, Los españoles pintados por sí mismos, Madrid, I. Boix Editor, 1843. 
  3. El modelo de esta obra es una colección francesa, homónima y muy popular en ese país, publicada entre 1840 y 1842, por Léon Curmer:
    VV. AA., Les Français peints par eux-mêmes (subtitulada “Encyclopédie morale du xixe siècle” a partir del tomo IV), París, ed. Léon Curmer, 1840-1842. 
  4. “L’épicier”, de Honoré de Balzac
    URL: http://www.bmlisieux.com/curiosa/epicier.htm 
  5. DRAE:
    1. m. Beneficio que se obtiene del cambio de la moneda, o de descontar letras, pagarés, etc.
    2. m. Especulación sobre el alza y la baja de los fondos públicos. 
  6. Punto en que se estriba la dificultad del asunto de que se trata.