Tiempo convertido en espacio

La fotografía es tiempo convertido en espacio. En realidad, lo son todas las artes visuales, incluido el cine. Tenemos la impresión de que Scarlett toma un café, pero nunca llegará a tomarlo porque ha desaparecido el tiempo y con él la vida y la realidad. Esa es la demiurgia y la impotencia del arte…

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¿Sindicatos?

Es importante indagar las transacciones, adaptaciones y camuflajes de la neolengua del ESPOFCON (Español Oficial Contemporáneo). En el mismo día, por ejemplo, leo sobre los avatares de un sindicato de inquilinos y de un sindicato de madres de niños autistas [sic]. ¿Sindicatos? Ha habido, pues, un vaciamiento del sindicato como organización propia de la clase obrera en su lucha por la emancipación en favor de cualquier agrupación en defensa de sus intereses compartidos. De ahí a que consideremos a la ligera que lo que ha pasado es, simplemente, que la clase trabajadora ha desaparecido, hay mucho trecho. Parece más lógico pensar en una manipulación semántica que busca hacernos olvidar la lucha de clases. Ojo con las palabras, que, como se sabe, las carga el diablo…

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El incordio de Pepito Grillo

Publicado antes en Frontera Digital

Por si alguno no sabe quién es Pepito Grillo -no tiene por qué-, es el nombre con el que popularizó Disney Il Grillo Parlante del Pinochio original de Carlo Collodi. Con este grillo como artefacto narrativo, Collodi intentó resolver el problema de la falta de alma o conciencia de un muñeco de madera y los problemas que le acarrea. Es una especie de conciencia externalizada (un poco como la de todos) que señala el bien y el mal, la verdad y la mentira al nihilista muñeco.

La voz incordiante de Pepito Grillo no deja nunca de recordarnos lo que hacemos bien o mal y, sobre todo, lo que no hacemos o dejamos de hacer para hacer del mundo un lugar más habitable y justo, para evitar la extensión apabullante -en palabras de Labordeta- del crimen y la amenaza…

¿Qué hacer? -preguntamos continuamente a Pepito Grillo – ¿dónde, cuándo, con quién, contra qué? En este mundo exhausto de utopías y revoluciones, con esta condición humana nuestra reacia ya a cualesquiera heroismos, ¿qué hacer? Un amigo profesor, al que habían increpado de pequeño burgués en una asamblea sindical, respondió que nadie elegía realmente el lugar ni las circunstancias en que se desenvuelven nuestras vidas y que allí donde estemos hagamos lo que podamos para hacer un mundo mejor, pequeñas revoluciones cotidianas, con el aliento largo de héroes imposibles.

Juntarnos, acompañarnos, ayudarnos para que ninguno desfallezca y caiga, para no desesperarnos ante la magnitud de los males que nos atenazan. No habrá otra guerra de Troya con su consabido fin, pero sí la labor escondida de abrir grietas en sus murallas, día a día, hora a hora, mano con mano. Tal es la ingente tarea que Pepito Grillo nos pone por delante cada amanecer.

Pero el redoble de conciencia de Pepito Grillo no es solo individual y, aunque las divisiones y subdivisiones en lo que podemos llamar el campo de la emancipación sean tantas que se nos quitan las ganas de implicarnos en él, no nos queda otra. En el monográfico de la revista francesa Ballast, que lleva por título, justamente, la pregunta que más desazón nos provoca, ¿qué hacer?, resume en tres opciones las que tenemos: la deserción del poder capitalista, escapar a las periferias; derrocar el poder capitalista central provocando un levantamiento general; tomar el poder por medios legales y trabajar por una sociedad más digna e igualitaria desde dentro del Estado. La cita que viene ahora, la he traducido de la revista:

“desertar del poder capitalista central y escapar del orden dominante a través de la periferia; derrocar el poder capitalista central al final de un levantamiento y construir una sociedad de justicia; tomar el poder capitalista central por medios legales y trabajar, desde dentro del Estado, por la liberación de la sociedad. La tradición anarquista, la tradición marxista y la tradición socialdemócrata en el sentido original del término. Los falansterios, las colonias libertarias, los fuera-de las ‘comunidades por repliegue’, la Cataluña de 1936 o las ZADs; la Rusia bolchevique de 1917, la Cuba  de 1959 o el Mozambique frellista de 1975; el Chile de la Unidad Popular de 1970, la Francia del Programa Común de 1981, el Uruguay de Mujica de 2010 o la Grecia de Syriza de 2015”. (BALLAST • QUE FAIRE ?)

Esas son las vías que tenemos para el asalto a Troya: no hay más, quizá una combinación de las tres. Yo, con el tiempo, me he ido decantando –con muchas dudas– por el abandono, la deserción, el desistimiento. Es la que proponía, con mucha ingenuidad, en el último de mis 15 Asaltos en el que volvía del revés la vieja tradición española de “tirarse al monte”, para visualizar lo innecesarias que nos son las instituciones frente a lo absolutamente necesarios que somos nosotros –nuestros cuerpos tanto como nuestra fe– para darles apariencia de realidad y vida.


Pero quizá, al mismo tiempo, no viniera mal, como decía más arriba, juntarnos en los movimientos y rebeliones que continuamente ocurren a nuestro lado, sean estas vecinales, sindicales, identitarias, o políticos también… ¡qué más da si, al menos, ponen nerviosos a los amos del mundo y, como en el chiste del mosquito y el conductor, hacen descarrilar al tren! Todo menos dejarnos llevar mansamente por la desesperación que está acabando con tantos –y seguramente los mejores– de los más jóvenes.

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Tiempo curvo

El tiempo es curvo y, si la masa de un cuerpo es suficiente, puede llegar a ser circular. A veces nos gusta imaginarnos en danza en esa idea del tiempo, donde todo puede llegar a ser simultaneo y pasado, presente y futuro pueden ser intercambiables. La simultaneidad era la gran teoría que obsesionaba a Shevek, el protagonista de Los desposeídos, de Ursula K. Legin. Claro que también puede ser una sensación inducida por la edad tardía, como les pasa a los personajes de los últimos relatos de Claudio Magris (Tiempo curvo en Krems). A uno de ellos le llegan noticias de que una adolescente de la que la que todo su curso estaba enamorado, pero con la que nunca cruzó una palabra, anda diciendo lo contrario: que recuerda muchísimo al protagonista, que lo conoció muy bien y que le ha tenido siempre mucho cariño. Pasó una cosa y la contraria, pues así son las paradojas del tiempo…

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Lennon, MacCartney y el amor

Oía hace un rato una canción de Paul McCartney y Wings, tan agradable como suelen ser las composiciones del ex Beatle. La cosa es que he recordado una discusión que tuve hace muchos años con una amiga queridísima sobre las virtudes y defectos de este músico frente a la otra alma del grupo británico, John Lennon. Lo que empezó siendo un intercambio de gustos y opiniones terminó en un un desagradable intercambio de sofiones enojados. Entonces descubrí que mi amiga era una fan (es decir, fanática) de McCartney, Su amor por el cantante de Liverpool era incondicional -como lo son, generalmente, las devociones musicales – y, según descubrí con tristeza, superior al que sentía por mí. Después de afirmar yo que Lennon era la verdadera alma de los Beatles, se encerró en un mutismo enfadado que duró varios días. Lo peor de todo, en aquel diálogo de besugos, es que a mí los que me gustaban de verdad eran los Rolling…

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Panza de burra

Me quejo a menudo de la tiranía de los mapas meteorológicos, a los que la gente otorga la categoría religiosa de profecía. Eso ha hecho que olvidemos los viejos saberes de la observación de las nubes y el viento, de la humedad o el vuelo de los pájaros. Esta mañana llueve por aquí: era fácil de pronosticar por el color panza de burra del cielo. Huele a tierra mojada y el aire húmedo refresca y estimula la nariz, aunque es posible que la pérdida progresiva del olfato en nuestra especie, seguramente irreversible, impida la percepción de estos olores en la gran mayoría. Otra pérdida más, otro paso más que nos aleja del mundo natural, de la vida dañada.

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Pasiones tristes. ‘Rojo y negro’, ‘Middlemarch’, o si los políticos españoles leyeran a los clásicos

Publicado en Frontera Digital el 4 de junio de 2021

Cuentan que Napoleón dijo una vez que la mano que da está siempre por encima de la mano que recibe. Cuando esa mano deja de dar, o da menos, la mano que recibe reclama la carencia, que siempre provoca melancolía: y es por ello que las luchas sociales son siempre melancólicas, “victimistas”, como se suele decir en la neolengua. El estado sustentado en la ideología liberal, escudándose en la libertad concedida a cada ciudadano, culpabiliza a la mano que recibe con el castigo recibido en nombre de la razón colectiva (la crisis, por ejemplo; o el reparto equitativo, o la recuperación de la economía…). La mano que da siempre se salva e inocula el sentimiento de culpa, como un veneno junto a la dádiva, en la melancólica mano que recibe.

En el plano familiar o privado, se reproduce la situación (los abuelos –la mano que da– que, con su pensión, ayudan a los hijos en paro –la mano que recibe–, en subcontrata, diríamos, pues los abuelos también reciben su ayuda del Estado que da. Todas las huelgas y luchas obreras (con sus excepciones, naturalmente) representan, por seguir con la metonimia, las manos que reciben y reclaman más, colectivamente, a la mano que da, que siempre queda por encima. Da igual que la reivindicación se dirija al patrón o al Estado: en la sinécdoque de Napoleón, son lo mismo.

En las democracias representativas (elecciones y farsa electoral: programas, mítines, propaganda…) encontramos de nuevo el mismo paradigma: “te voto a ti, partido X (la mano que da), para que, una vez en el poder, suplas mi carencia, cures mi melancolía y alivies mi culpa por ser la mano que recibe”. Es un mecanismo conductista perverso en su suposición de que la justicia es “dar a cada uno lo suyo” olvidando lo que de forma tan clara vio ya el Emperador.

Entre la mano que da y la que recibe surge una tercera: la mano que toma. Esta es la mano que no se conforma con recibir ni puede dar, porque no tiene, pero aspira a ello. En esta tercera sinécdoque –en la que entraría la toma violenta del poder o la propiedad, que excluimos ahora– aparecen dos impulsos que se desarrollan y normalizan con las sociedades burguesas, con la ideología liberal: la ambición y el deber. Pascal consideraba la ambición como una “pasión de viejos”; el deber, convertido por gracia de la vocación en una pasión subjetiva, es su reverso en el espejo: otra para ser la misma. De ellas, de estas pasiones tristes –reactivadas por las derechas políticas actuales con los eufemismos de “emprendedores”, “empoderamiento” o “hacer lo que sea necesario”– nos ocupamos ahora.

Lo hacemos a partir de dos novelas, Rojo y negro[1], de Stendhal (que afirmó que la literatura era un espejo en el camino) y Middlemarchde George Eliot, con ayuda de dos ensayos estimulantes sobre una y otra obra[2]. Adoptamos un enfoque comparativo, en lo posible y, como es nuestra costumbre, con las contemporaneidades, un término que Manuel Azaña opuso al de y que, como saben los amigos, nos gusta y adoptamos como nuestro hace tiempo.

La ambición

La ambición era censurada como motivo de vergüenza en el mundo antiguo. Francesco Fiorentino recoge la definición del diccionario de Antoine Furetière en 1690: “desmedida pasión por la gloria y la fortuna”, y añade que “la ambición era concebida como una forma de concupiscencia, no por los bienes materiales (como la avaricia), ni por los placeres sensuales (como la lujuria) sino por el poder y lo que se habría denominado éxito”. La cuidadosa distinción de la sociedad del Antiguo Régimen entre ambición y codicia, hoy perdida, nos permitiría, sin embargo, entender la desagradable sensación –repugnancia, desasosiego– que nos producen los políticos y empresarios corruptos de la España actual: personajes como Rodrigo Rato, o cualquier otro de cualesquiera de las muchas tramas mafiosas investigadas por los jueces o denunciadas por la prensa libre, son simples codiciosos; no hay en ellos pasión alguna salvo la codicia, la pasión más triste.

Sigue Fiorentino explicando que “en el Antiguo Régimen, en el que la identidad estaba determinada por el rango, que a su vez estaba determinado por el nacimiento (…), la ambición era tabú, porque alimentaba un impulso contrario al orden natural y a la voluntad divina. Quienes la deploraban, clérigos o seglares, coincidían en que su principal síntoma era una especie de fiebre ávida, una agitada tensión nerviosa que consumía la vida”. ¿Cómo no recordar al Abel Sánchez de Miguel de Unamuno sufriendo de una parecida fiebre ávida que lo consumía? El Joaquín Monegro de Abel Sánchez, ya en la sociedad burguesa contemporánea, que acepta y estimula la ambición, sufría de otra concupiscencia del alma, de otra pasión triste, o “sombría”, como la llama Unamuno: la envidia.

La ambición y la envidia solo se diferencian en el modelo: el ambicioso lo emula; el envidioso lo quiere suplantar y anular. La ambición es una pasión fría en cuyo curso se cruzan el pasado y el futuro, la estrategia, la maquinación y el engaño; la envidia es una pasión destructiva y autodestructiva cuyo modelo y meta son inasequibles salvo en el asesinato o el suicidio. Si Julien Sorel trama de forma calculada y manipuladora su ascenso social, borrando las huellas de su pasado humilde e impostando una nueva identidad social morganática (a través de la seducción de Matilde, la hija del marqués de La Mole), que le permita ser admitido en el grupo de los privilegiados, Joaquín Monegro sufre su pasión sombría, que nace de los celos por el amor entre Helena y Abel, de forma destructiva. Los síntomas de la enfermedad social las describe Unamuno en términos naturalistas como los que se pueden leer en estas líneas:

“Pasé una noche horrible –dejó escrito en su confesión Joaquín– volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia”.

La ambición no se ennoblece hasta después de la Revolución Francesa con su santificación del individuo. La distinción del ambicioso frente al simple avaro y sus cálculos cicateros se vuelve ya canónica. Benjamin Constant lo dejaba claro a comienzos del siglo XIX, en sus Principes de politique: “No podemos excluir a los hombres ambiciosos de los cargos públicos, pero mantengamos a distancia a los avariciosos”. Si la clase política española leyera más a los clásicos, nos habríamos ahorrado muchos disgustos… Todo esto es así porque la ambición se contempla ya como compatibles con las virtudes positivas: el valor, la honradez, la imparcialidad, la generosidad… Adam Smith hará popular, verdad común, que el egoísmo de unos pocos redunda siempre en el bien común. La inercia de los gobiernos actuales que, como muñequitos diabólicos, elaboran reformas fiscales y laborales que favorecen siempre a los más ricos, con la justificación de que así se creará más empleo y riqueza para todos, es hija de este ennoblecimiento de la ambición, que ya había entrado tiempo atrás en el Panteón de las virtudes cristianas, de la mano inteligente y terrenal de Santo Tomás.

Fiorentino elige Rojo y negro como base de su reflexión porque entiende que es la novela inaugural de un ciclo narrativo de onda larga caracterizado por el triunfo de la ambición en el nuevo universo burgués. La ambición, según él, es una pasión “antilírica, que requiere cambios y giros repentinos: produce relatos”. Julien Sorel tiene un modelo, Napoleón, y un plan para emularlo. A pesar de la lejanía del modelo, se siente acuciado por el tiempo: el Emperador, con solo 28 años, ya había llevado a cabo sus más grandes hazañas. Pero la vida de Napoleón está dominada por una pasión heroica y sus hechos trascienden a toda Europa. La ambición de Julien es modesta, aunque le impone durísimas disciplinas, disimulos y manipulaciones: moverse hacia arriba en una sociedad de clases. Su principal obstáculo es su propio pasado. Como afirma Francesco Fiotentino, “el pasado del parvenu debe ser enmascarado o mistificado por constituir una amenaza para el presente.». El pasado siempre pasa factura al arribista y ese riesgo lo convierte en un anti héroe perdido en un juego de suplantaciones y falsas identidades… Que llega a nuestros días. El tristemente famoso Luis Roldán –primero de una larga serie– se autotitulaba como licenciado en Empresariales e ingeniero cuando su titulación más alta era de la Bachiller. Carmen Chacó se inventó un inexistente doctorado en Derecho. Leyre Pajín, que llegó a inventarse una cargo en una Facultad de la Universidad de Alicante que no existía siquiera. Tomás de Burgos, falso médico. El afamado Alfonso Guerra, perito industrial, que hacía referencias a sus imaginarias licenciaturas en Ingeniería y Filosofía… La serie continúa en nuestros días. Pasiones tristes, de pícaros de nuestra época perdidos en esa lucha del ambicioso contra su propio pasado. Su modelo lejano no es Napoleón, sino Lázaro de Tormes quien, al final de su relación autobiográfica, de esta no explícita declaración sobre el caso por el que ha sido citado, presume del éxito social que debe a su ambición: la obtención del oficio real de pregonero (y cornudo consentido, según los rumores) en la ciudad de Toledo:

“Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”.

Julien Sorel, sin embargo, no llega a la “cumbre de toda buena fortuna”. El “todo está perdido” de la carta de Mathilde, el absurdo intento de acabar con madame de Rênal, su estancia en la cárcel abre una inesperada puerta de salida a la necesidad continua de maquinaciones que le ha impuesto su ambición, lo que Fiorentino llama una “ligereza de corazón”; esa que recupera cuando se libera del peso del futuro y del cálculo y disimulo continuos a que le obligaba la ambición, con su tenso arco hacia la nada…

El deber

El deber es la ambición en el espejo. Donde en los personajes ambiciosos encontramos el deseo de obtener un estatus propio de los privilegiados –desmintiendo el destino previsto en su pasado humilde–, en una sociedad dividida en clases sociales, en el personaje dominado por esta otra pasión fría hallamos, por el contrario, el impulso de entregar sus vidas a un deber, una vocación o una causa. Pero en el siglo XIX, como afirma Enrica Villari, “La fascinación por el deber no era un amor a la ley por sí misma, sino una preocupación por la higiene del yo”. Los modernos quieren hacer del deber heroico una pasión personal y subjetiva y es en esa contradicción imposible de salvar donde la entrega a una vocación o causa naufraga. Es lo que les ocurre a los protagonistas principales de Middlemarch.

En una carta de George Eliot a John Brackvood, mientras escribía Middelmarch: su objetivo era mostrar “la acción gradual de las causas ordinarias, no de las excepcionales”. La novelista era consciente de que esas causas ordinarias –las limitaciones que el pueblo y su presión social tanto como la búsqueda de la felicidad personal imponen– limitan y condenan a la postre el proceso de emulación heroica de los protagonistas. Lydgate, admirador de los grandes médicos de la Antigüedad, que pretendía investigar el tejido humano original hasta encontrar una panacea médica universal, termina escribiendo, como mayor logro, un humilde librito sobre el tratamiento de la gota. Admirado, rico, arruinado, preso en las redes de un amor fou con una mujer frívola y superficial, termina cumpliendo un destino convencional que desmiente su inicial entrega a la causa de la filantropía médica.

Dorothea, por su parte, una “mente teórica” admiradora de Locke y Pascal, decide casarse –como un acto, también, de entrega– con Casaubon, un hombre culto y tolerante mucho mayor que ella. Las “causas ordinarias” acaban convirtiendo ese matrimonio en un fracaso, que, sin embargo, devuelve la humana piedad a la protagonista en su fase final, cuando conoce la enfermedad de su marido y de la empatía del sufrimiento surge el perdón. Son también las causas ordinarias de la pobreza que ve en su viaje nupcial a Roma las que provocan su desprecio por el Arte: “¿Son necesarios tantos cuadros?”.

La lección de Georges Eliot en Middlemarch es una desengañada y venenosa, cuyos ecos resuenan aún en nuestro mundo. En sus palabras: “todos nosotros nacemos en la misma estupidez moral, tomando el mundo como una ubre con que alimentar nuestros yoes supremos”. Queda la sensación de que la raíz de la renuncia a sus privilegios aristocráticos de Lydgate o el matrimonio intelectual de Dorothea es, simplemente, el aburrimiento, el deseo de superar una vida banal y provinciana, prefijada de antemano. Como señala Villari, a Dorothea le mueve, en el plano moral, la misma rebelión contra la aburrida vida burguesa que a Emma Bovary (y añadimos nosotros: a Ana Karenina, a Ana Ozores, a Effi Briest…, otras tantas protagonistas entregadas a pasiones inútiles, de otras tantas novelas decimonónicas) en el ámbito del placer o del amor…

La mano que toma, que no se conforma con recibir, se ve abocada siempre a un parecido fracaso –en cierto sentido, son protagonistas de tragedias ridículas–, en las sociedades burguesas de después de la Revolución. Da igual que el impulso original sea la ambición, el deber o una causa. La contradicción imposible que termina transformando en cenizas sus motivaciones primeras es la de difícil o imposible compatibilidad entre una causa abstracta (vocación, revolución, deber, poder) y la búsqueda, al mismo tiempo, de las dosis de felicidad necesarias para la vida cotidiana. La paradoja de entregarse a una vida heroica o ejemplarizante en un mundo que ya no tiene –ni quiere– héroes. Que aborrece incluso la magnanimidad, en cualquiera de sus manifestaciones, en el afán de uniformidad mesetaria que es el verdadero espíritu de la colmena contemporánea.

[1]. Fiorentino, Francesco, ‘La ambición: Rojo y negro’ (‘L’ambiziones: Il rosso e il nero’, incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, enero-febrero, 2015.

[2]. Villari, Enrica, ‘El deber: Middelmarch’ (‘Il dovere: Middelmarch’, incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, enero-febrero, 2015.

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Salado

El arroyo de mi infancia se llamaba Salado y ya no existe. Siempre fue de muy escaso caudal, aunque los mayores recordaban desbordamientos en años de lluvia. También recordaban remansos que hacían las veces de baños populares en el mundo anterior a las piscinas. Era de agua agria y helada, saltarín y de fondo pedregoso. Según avanzaba y se alejaba del pueblo, el agua se volvia negra por los vertidos de alpechín de los molinos de aceite…

A mí me encantaba andar descalzo por el agua fría, sobre los cantos rodados de su cauce. Un día famoso en mis recuerdos, intenté recorrerlo a contracorriente hasta su nacimiento, pero aunque llegamos cerca,  los pies, doloridos, nos lo impidieron. Charlando, dormitando en alguna umbría de sus orillas, ni sé las veces en que acudí a él para agasajar mis sueños. Mi vida no habría sido igual sin aquel humilde río…

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Leer como rezar

Para el escritor noruego Jon Fosse, escribir es rezar. Para mí, rezar es leer; por eso todas las mañanas lo primero que hago es abrir un libro. Me preparo, así, para desentrañar el mundo que el día prepara. La realidad es una trama de signos y los libros contienen los códigos para descifrarla. Con las primeras luces, concluyo mi rezo, iluminando el primer misterio de hoy… Como en el paródico padrenuestro de Gaston Bachelard, «el libro nuestro de cada día, dánoslo hoy».

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Celacantos

La primera vez que oí hablar del celacanto, un pez abisal al que se le calculan 400 millones de años de vida en la Tierra, no fue en ningún manual o página de zoología,  fue en una novelita muy sugerente de Amélie Notomb, Los nombres epicenos, una historia de amor, celos y odio:

Hay un pez en las profundidades llamado celacanto:cuando ya no tiene medios para seguir viviendo, programa su muerte. Entra en una fase comatosa, hasta que las condiciones de su vida se restablecen. El tiempo deja de existir para él.

Supe, en ese momento, que tenía que escribir algo sobre él, aunque no sé todavía exectamente qué. Buscando información que no sea solo descriptiva y clasificatoria, he encontrado, en un programa sobre ciencias de Radio 5 (de la RTVE), Ciencia al cubo, de América Valenzuela, un episodio dedicado a este extraño pez, en un estilo narrativo que transmite muy bien una sensación de sorpresa parecida a la que sentí yo. He aquí el relato de su descubrimiento, según la locutora:

Un buen día de 1938, la bióloga Marjorie Courtenay-Latimer daba un paseo por los muelles de la ciudad sudafricana de East London cuando entre la pesca descargada por una barca descubrió un pez muy raro. Un pez que no había visto nunca.

Ella lo describió como el pez más bonito que había visto jamás. Poco después se dio cuenta de que era un animal que se creía extinguido hace decenas de millones de años. Era un celacanto. La sorpresa para ella y para el resto de la comunidad científica fue mayúscula.

¿En qué consiste su belleza? ¿Tal vez en sus características anatómicas? ¿En su intrigante capacidad de supervivencia? De su cuerpo ha llamado la atención, desde que se le conoce, los dos pares de aletas lobuladas extendidas desde el cuerpo hacia afuera, semejantes a unas patas, que se agitan sucesivamente. Asimismo, una coyuntura intercraneal que le posibilita expandir su boca de forma que traga presas de buen tamaño. Por qué aletas/patas? Surgió en una época en la que la vida no transcurría en las aguas sino en la tierra: otro misterio. Como el hecho de que posee una estrafalaria médula ósea en un canal conocido como notocordio, que está lleno de un líquido aceitoso, que realiza sus funciones. O quizá su «tecnología» de caza, que realiza con la ayuda de un  electro sensor ubicado en su hocico, que probablemente emplea para ubicar a sus presas. Al ser depredadores noctámbulos, pasan el día en cuevas recónditas.

¿Es ese carácter esquivo el que ha propiciado su supervivencia en plena Sexta Extinción que está propiciando el hombre? El descubrimiento de celacantos en Indonesia, además de los africanos, ya conocidos, parece confirmarlo, aunque quién sabe? En Internet he descubierto este anuncio: Cómo pescar al celacanto?

Pero su belleza está sobre todo en el breve apunte de Amélie Nothomb sobre su capacidad para «programar su muerte» temporalmente. En la incógnita profundidad de su cueva, reduce al mínimo su actividad vital y sus necesidades alimenticias, a la espera de que las condiciones de su ambiente hagan posible de nuevo su vida. ¿Durante cuánto tiempo es capaz de hacerlo? ¿Cómo descubre esos cambios?

En el relato de nuestra autora, la referencia al celacanto es, aparentemente, marginal y deja al lector que encuentre la relación con la trama de la novela. Esta gira en torno a la historia de una venganza por desamor absolutamente desmesurada: el personaje masculino, incapaz de olvidar una relación fracasada de su juventud, planea un engaño de tal magnitud que, a lo largo de más de 20 años, pone en juego su propia identidad y felicidad, la de la mujer con la que se casará y la de la hija que tiene con ella, a la que odia…

La habilidad para la simulación de la muerte del celacanto, nos parece decir Nothomb, ejercida para el mal y la desgracia. ¿Sería posible aprender de ese ejercicio de autoinhibición temporal de la vida del misterioso pez, traducida en una reducción radical de nuestra descabellada idea del crecimiento sin fin, para detener el reloj de las catástrofes que se avecinan?

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