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Blog de Manuel Jiménez Friaza

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El arte son las manos y los ojos trabajando para dar testimonio…
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Si vives en un pueblo, según los estudios a que se hacen referencia en este reportaje de La Vanguardia, estás de enhorabuena: tu salud mental está, si no a salvo -¡quién nos libra! Y luego está la muerte por aburrimiento…-, más protegida, menos en precario. Vale la pena leerlo y estar al tanto de estas cosas.
Los estudios indican que vivir en la ciudad se asocia con una mayor actividad de la amígdala, pieza esencial de la respuesta al estrés y la ansiedad. De hecho, la tasa de prevalencia de muchos problemas de salud mental es mayor en las ciudades que en zonas rurales: aproximadamente un 40 % más de riesgo de depresión, un 20 % más de ansiedad y el doble de riesgo de esquizofrenia.
En el pasado, las ciudades se planificaban atendiendo a intereses comerciales y productivos, sin tener en cuenta el bienestar de sus habitantes. Pero actualmente es preciso un cambio de paradigma, sobre todo después de las grandes crisis mundiales generadas por el cambio climático y la pandemia del covid-19. Existen diversos factores de la vida en las ciudades que pueden actuar como estresores: el hacinamiento, el ruido, la contaminación, y, cómo no, el propio diseño urbano.Si al mirar a nuestro alrededor observamos un exceso de patrones repetitivos y geométricos como los de los edificios, eso nos puede generar estrés visual. De hecho, un predictor del estrés urbano percibido es el número de vértices isovistas, es decir, el número de vértices visibles para un individuo situado en una determinada localización.
Por el contrario, el entorno natural parece tener una mayor complejidad fractal, lo que implica un menor número de fijaciones oculares y, por tanto, menor esfuerzo en el procesamiento de la información visual.
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Casi todos los niños hacen lo mismo
Radiado el 12 de junio de 1968
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Una imagen de gran fuerza, que muestra la tristeza contenida que es el verdadero revés de la pobreza…

Birmingham, Birmingham City Museum and Art Gallery, Royaume-Uni – Inv. 1960. P 44 60
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Si vuelve la vista atrás y recuerda su propia educación, estoy seguro de que no serán las horas plenas, intensas e instructivas en que hizo novillos lo que lamente, sino, más bien, algunos ratos tediosos de duermevela en clase. Por mi parte, asistí a muchas horas de clase en mi tiempo. Aún recuerdo que el giro de la peonza es un ejemplo de estabilidad cinética. Aún recuerdo que la enfiteusis no es una enfermedad y que estilicidio no es un crimen. Pero aunque no me gustaría desprenderme de esas migajas de ciencia, no les doy el mismo valor que a ciertos retazos de conocimiento que adquirí en las calles mientras hacía novillos. No es éste el momento de extenderme sobre ese gran lugar de educación que era la escuela favorita de Dickens y de Balzac, y que cada año produce muchos anónimos maestros en la Ciencia de las Facetas de la Vida. Baste con esto: si un muchacho no aprende en la calle es porque no tiene aptitudes para aprender.
Fragmento de En defensa de los ociosos, de Robert Louis Stevenson
Sea, a partir de este elogio de los novillos de Robert Louis Stevenson, mi personal elogio del (aparente) dolce far niente:
En Sociología política se habla, con menosprecio, de las clases ociosas, pero, sin ir más lejos, yo, desde que me he jubilado, pertenezco a un grupo administrativo de nombre ciertamente humillante, se mire como se mire: clases pasivas del estado.
Aún más, en ese paso delicado de la infancia a la adolescencia y, más en particular, de esta a la edad adulta, hay palabras que consideramos ofensivas o degradantes como «perezoso» o » flojo», que compiten en mala intención con otras de la misma familia: «inútil» , por ejemplo, que esparcen su desdoro en otros campos léxicos aledaños al trabajo, tales como la habilidad o el sentido del orden, la limpieza y la disciplina.
Hay, sobre todo en los últimos tiempos, una abundante literatura crítica sobre el trabajo,, así que no me detengo en ello. No, sino más bien en lo que llamaba, en un artículo que publiqué durante el confinamiento, «Elogio del aburrimiento» , que aquí podríamos llamar elogio de la pereza -más que del ocio, muy contaminado ya por la sociedad del espectáculo y el consumo: esa desgana de hacer cosas útiles, de tirarnos a la bartola, tan olvidadas por la ideología de la Ilustración y el progreso, que a tan mal traer nos traen…
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El flâneur es el paseante solitario descendiente del que, a finales del siglo XIX recorría los pasajes de París. Es conocido, sobre todo, por la caracterización que hicieron de él Baudelaire y Benjamin. No importa tanto su testimonio literario como su novedosa forma de mirar la ciudad moderna y sus habitantes. Mucho antes de mi encuentro con la literatura, y de conocer la palabra, yo era uno de ellos, prácticamente desde que me atreví a andar solo por las calles de mi pueblo. La mirada literaria tardó en llegar y, como suele ocurrir, es menos interesante. Cuando vivía en Sevilla, cuya vida transcurre en su mayor parte en las calles, llegué a llevar en el bolsillo un cuadernito de argollas al que puse el pomposo título de ”El paseador». Afortunadamente lo perdí o destruí, no lo recuerdo… Solo creo que valía la pena la descripción emocionada de una escena sevillana muy común entonces: dos mujeres hablando entre sí desde los balcones de sus casas…

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