Casi todos los niños hacen lo mismo
Radiado el 12 de junio de 1968
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Blog de Manuel Jiménez Friaza
Casi todos los niños hacen lo mismo
Radiado el 12 de junio de 1968
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Una imagen de gran fuerza, que muestra la tristeza contenida que es el verdadero revés de la pobreza…

Birmingham, Birmingham City Museum and Art Gallery, Royaume-Uni – Inv. 1960. P 44 60
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Si vuelve la vista atrás y recuerda su propia educación, estoy seguro de que no serán las horas plenas, intensas e instructivas en que hizo novillos lo que lamente, sino, más bien, algunos ratos tediosos de duermevela en clase. Por mi parte, asistí a muchas horas de clase en mi tiempo. Aún recuerdo que el giro de la peonza es un ejemplo de estabilidad cinética. Aún recuerdo que la enfiteusis no es una enfermedad y que estilicidio no es un crimen. Pero aunque no me gustaría desprenderme de esas migajas de ciencia, no les doy el mismo valor que a ciertos retazos de conocimiento que adquirí en las calles mientras hacía novillos. No es éste el momento de extenderme sobre ese gran lugar de educación que era la escuela favorita de Dickens y de Balzac, y que cada año produce muchos anónimos maestros en la Ciencia de las Facetas de la Vida. Baste con esto: si un muchacho no aprende en la calle es porque no tiene aptitudes para aprender.
Fragmento de En defensa de los ociosos, de Robert Louis Stevenson
Sea, a partir de este elogio de los novillos de Robert Louis Stevenson, mi personal elogio del (aparente) dolce far niente:
En Sociología política se habla, con menosprecio, de las clases ociosas, pero, sin ir más lejos, yo, desde que me he jubilado, pertenezco a un grupo administrativo de nombre ciertamente humillante, se mire como se mire: clases pasivas del estado.
Aún más, en ese paso delicado de la infancia a la adolescencia y, más en particular, de esta a la edad adulta, hay palabras que consideramos ofensivas o degradantes como «perezoso» o » flojo», que compiten en mala intención con otras de la misma familia: «inútil» , por ejemplo, que esparcen su desdoro en otros campos léxicos aledaños al trabajo, tales como la habilidad o el sentido del orden, la limpieza y la disciplina.
Hay, sobre todo en los últimos tiempos, una abundante literatura crítica sobre el trabajo,, así que no me detengo en ello. No, sino más bien en lo que llamaba, en un artículo que publiqué durante el confinamiento, «Elogio del aburrimiento» , que aquí podríamos llamar elogio de la pereza -más que del ocio, muy contaminado ya por la sociedad del espectáculo y el consumo: esa desgana de hacer cosas útiles, de tirarnos a la bartola, tan olvidadas por la ideología de la Ilustración y el progreso, que a tan mal traer nos traen…
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El flâneur es el paseante solitario descendiente del que, a finales del siglo XIX recorría los pasajes de París. Es conocido, sobre todo, por la caracterización que hicieron de él Baudelaire y Benjamin. No importa tanto su testimonio literario como su novedosa forma de mirar la ciudad moderna y sus habitantes. Mucho antes de mi encuentro con la literatura, y de conocer la palabra, yo era uno de ellos, prácticamente desde que me atreví a andar solo por las calles de mi pueblo. La mirada literaria tardó en llegar y, como suele ocurrir, es menos interesante. Cuando vivía en Sevilla, cuya vida transcurre en su mayor parte en las calles, llegué a llevar en el bolsillo un cuadernito de argollas al que puse el pomposo título de ”El paseador». Afortunadamente lo perdí o destruí, no lo recuerdo… Solo creo que valía la pena la descripción emocionada de una escena sevillana muy común entonces: dos mujeres hablando entre sí desde los balcones de sus casas…

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Vivamus, mea Lesbia, atque amemus, rumoresque senum severiorum omnes unius aestimemus assis. Soles occidere et redire possunt: nobis, cum semel occidit brevis lux, nox est perpetua una dormienda. Da mi basia mille, deinde centum, dein mille altera, dein secunda centum, deinde usque altera mille, deinde centum, dein, cum milia multa fecerimus, conturbabimus illa, ne sciamus, aut ne quis malus invidere possit, cum tantum sciat esse basiorum.
En español, más o menos:
Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y que lo que digan los viejos ceñudos nada nos importe. Los soles pueden ponerse y salir: pero nosotros, una vez extinguida la débil luz, deberemos dormir una noche perpetua. Dame mil besos, luego ciento, luego otros mil, luego ciento. Y cuando llevemos muchos miles, confundámoslos todos, para no contar, y que ningún malvado pueda envidiarnos al saber cuántos besos han sido.
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This is the Shakespeare’s Sonnet 12
When I do count the clock that tells the time,
And see the brave day sunk in hideous night;
When I behold the violet past prime,
And sable curls all silver’d o’er with white;
When lofty trees I see barren of leaves
Which erst from heat did canopy the herd,
And summer’s green all girded up in sheaves
Borne on the bier with white and bristly beard,
Then of thy beauty do I question make,
That thou among the wastes of time must go,
Since sweets and beauties do themselves forsake
And die as fast as they see others grow;
And nothing ‘gainst Time’s scythe can make defence
Save breed, to brave him when he takes thee hence.
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Los testigos, por antonomasia, en nuestro mundo, son los periodistas. Por esa misma condición son también los enemigos para el poder, amante de los secretos. Por eso las guerras son cada vez más secretas y más los asesinatos (o encierros, o secuestros o desapariciones) de periodistas. Y por eso, en tanto testigos, son más necesarios que nunca para nosotros, que inmersos en la vida cotidiana, tan desatentos, no vemos nada, no nos enteramos de nada si no nos lo cuentan ellos…
(El cuadro es «Testigos», 1969, de Juan Genovés)

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