Rubalcaba, por ejemplo (la miseria de la retórica)

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político 1.
Giorgio de Chirico Misterio y Melancolía de una calles 1914
Como es válido para todos, cualquier ejemplo vale. Tomo, para el caso, el uso de un tristísimo retruécano, una lene inversión que, por todo recurso, improvisó Pérez Rubalcaba en un impotente intento de desmarcar su opción de economía política frente a la del partido gobernante. Dijo, más o menos, que el PP quería control del déficit y crecimiento económico, pero que el PSOE, que él representa, pretende crecimiento económico y control del déficit. El pobrísimo retruécano de dos conceptos (tan vacíos, por su lado, como todos los que pueblan el desierto semántico y referencial de la ciencia económica) sin presencia humana no esconde más que la sombra verbal de la inacción en que él mismo y su partido están paralizados, la traducción simbólica de su impotencia real y proporcional, complementario, en un espejo invertido -como él quiso decir, tan pobremente- de la facción que ocupa el poder en la actualidad.

Este mismo veterano político del ala derecha del PSOE usaba, días atrás, otra penosísima figura retórica, que en su vertiginoso vacío transparentaba el vacío de su oferta política. Se trataba, aquella vez, de una antonomasia: «lo que dice Hollande es lo que hay que hacer en Europa». La antonomasia contemporánea es siempre paupérrima, porque estos no son tiempos fáciles para la emulación y la eponimia; queda ya tan lejos el «como dize Arisótiles, cosa es verdadera…». En cuanto al vecino listo francés con el que Rubalcaba quiso hacer su antonomasia, coincidirá el lector conmigo en que tampoco es que el hombre esté para tirar cohetes.

Tampoco se le habrá escapado al amigo lector, entre las abundantes y mustias manifestaciones verbales de diputados, ministros o periodistas que salpican los Medios, la admonición de De Guindos, ministro del ramo, que elegía una común y fastidiosa personificación para avisarnos de que «el euro se la juega en Italia y España en las próximas semanas». De nuevo el paisaje vacío de personas, otra vez el hiriente desierto geométrico, como una ciudad de De Chirico, sólo habitada por una suerte de guerrero o futbolista solitario que «se la juega» en dos campos de batalla o fútbol, Italia, España…

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica, política de quienes «nos representan», uno -que se dedica a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a diario, tantas veces. Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los deberes», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

Un naufragio de hoy en día

Disfruté mucho leyendo un reportaje de Florence Aubenas, Quai de la galère, en el ejemplar de Le Monde del jueves. Soy lector sin remedio de periódicos y, como todos los de mi hermandad, estoy preocupado, no por la crisis publicitaria que viven, sino por el hastío que provoca la naturaleza clónica y previsible de sus contenidos y la escritura chata, y aburrida, tan común en los  textos periodísticos contemporáneos, a menudo también plagados de errores, muletillas y eufemismos bienpensantes.

No es el caso de este ejemplar reportaje, en el que su autora -una periodista de raza, sin duda- cautiva al lector desde la elección de la percha inicial hasta el melancólico final. No me resisto a citar algunos fragmentos, a glosarlo y a interpretarlo, a compartirlo con los amigos del blog. Florence Aubenas nos mete desde la primera línea en el comedor de oficales de un barco varado:barco-atracado

«El camarero entra ceremonioso en el comedor de oficiales y sirve un plato de lentejas con carne de cordero. Bajo el retrato de la familia real marroquí, un reloj marca el mediodía, la hora inexcusable de la comida a bordo del Bni N’Sar. Cerca de la piscina vacía, unos marineros enlustran un pontón, el oficial mecánico cacharrea con los motores, cada cual en su tarea, todos los cordajes en su sitio, como si no pasara nada.»

Pero sí que pasa, y la autora, con gran maestría, nos va a ir desvelando el qué. El Bni N’Sar, junto a dos ferris marroquíes más, está a punto de zozobrar en un muelle de Sètes, en el Languedoc francés, frente a Marsella. Pero es un naufragio digno de estos tiempos nada heroicos. En palabras de Florence Aubenas:

«No es, ciertamente, una de esas catástrofes de antaño, brutal y heroica, en el tumulto de una tempestad, a causa de un icebert o en la caza de una ballena. La epopeya del Bni N’Sar es un naufragio contemporáneo, interminable y silencioso, en la inmovilidad de un puerto.»
Ferrie Amarrado
Doscientos marineros marroquíes, junto a sus oficiales, malviven desde hace cinco meses en este y en los otros dos ferries que son propiedad de una naviera de Tánger, a la que un juzgado de Montpellier se los ha embargado por deudas impagadas. Estos hombres melancólicos, a los que les va escaseando todo -el agua, el fuel y la luz, la comida…- y que no cobran sus sueldos desde hace meses, son, sin embargo, metódicos y orgullosos. Repiten sus rutinas diarias como si estuvieran en alta mar y rechazan los alimentos que algunos vecinos del lugar, en un amago solidario, han dejado alguna vez en la rampa de acceso al barco. Cuando las cosas se ponen verdaderamente mal, los armadores les envían 1000 y 2000 euros, con los que se atiborran de bocadillos de atún…

Otro de los barcos, el Marrakech, tiene su propia leyenda que lo hace brillar incluso en la decadencia de su naufragio inmóvil: es el barco del rey. En sus buenos tiempos lo requisó para su uso particular el rey Hassan, que no estaba muy inclinado a viajar en avión desde un intento fallido de atentado. Lo usaba para sus viajes particulares a Argelia o Trípoli y siempre tenía que estar a punto, como si la partida fuera inminente en cualquier momento. Tras su muerte, la compañía fue privatizada y, con ella el mítico ferri que hoy languidece amarrado. De su viejo esplendor real sólo queda ya la pintura desportillada y el moho… Pero dejemos que termine de entonar este naufragio posmoderno la ejemplar periodista francesa:

«Algo más lejos, sobre un brazo de mar, un atracadero ha sido bautizado como el muelle del olvido. Allí van a morir los navíos abandonados: los técnicos ya están tomando las medidas para el amarre del barco del rey.»

Un naufragio triste de estos «tiempos bobos» tan faltos de grandeza. Como tantas tragedias ridículas, tal la de Palinuro, el piloto de Eneas que, muerto de sueño, se cayó al agua y murió ahogado. Naufragios tituló nuestro cronista Cabeza de Vaca el relato inverosímil de su travesía asombrosa: recorrió a pie todo lo que hoy es la frontera sur de EE. UU., pateando su hambre durante miles de kilómetros y salvando su vida con una tonta fama de milagrero entre los indios hostiles con quienes se fue cruzando… Tragedias ridículas, naufragios inmóviles: como los de los millones de trabajadores despedidos en estos años plomizos, como los 20000 que anunciaba hace unos días HP, o los cientos o miles que ya anuncia el nuevo banco que va a nacer de Banca Cívica y la Caixa… Naufragios desconocidos y anónimos, afrontados con el mismo orgullo pundonoroso de los marinos marroquíes. Como sin creérselo, cacharreando mientras tanto y siguiendo con los madrugones de cada día, la rutina y los bocatas de atún, como si no fuera verdad tanta desdicha, tanto naufragio sin tempestad, sin ballena, sin iceberg alguno.

Niños y pobreza: la insoportable actualidad de Dickens y Marx

El informe de la UNICEF  sobre el aumento de la pobreza entre los niños españoles vuelve a poner en evidencia que la dignidad de la condición humana aparece o desaparece sobre todo en nuestra relación y conciencia crítica con la infancia. Los niños son víctimas fáciles y terribles de cualquier abuso: niños mineros, niños de la calle, niños de la guerra, niños hambrientos, niños violados, niños vendidos o comprados… La lista es tan interminable como la historia general de la infamia que imaginó Borges y que apenas esbozó.

Es una actualidad insoportable que ya se denunciaba, en lo que respecta a nuestra contemporaneidad cercana, en Dickens y Marx. Por despedir por el momento estas entradas que he ido dedicando al trabajo, la pobreza, la salud y la felicidad, pongo a continuación unos textos de estos dos autores, unas fotografías que ilustran el trabajo infantil en distintos años y lugares y un radioteatro (¡presentado por Mario Vargas Llosa!) inspirado en Oliver Twist, de Charles Dickens…

De El Capital (Libro II, cap. 13), de Karl Marx:

En algunos ramos de la manufactura lanera inglesa el trabajo infantil, durante los últimos años, se ha reducido considerablemente, casi desapareciendo aquí y allá, incluso. ¿Por qué? La ley fabril establecía dos turnos de niños, uno de los cuales debía trabajar 6 horas y 4 el otro, o 5 cada turno. Pero los padres no querían vender a los half-timers (a los que trabajaban la mitad de la jornada) más barato que antes a los full-timers (a los que trabajaban toda la jornada). De ahí la sustitución de los half-timers por maquinaria. Antes que se prohibiera el trabajo de las mujeres y los niños (de menos de 10 años) en las minas, el capital llegó a la conclusión de que el procedimiento de utilizar en las minas de carbón y de otra índole mujeres y muchachas desnudas, a menudo mezcladas con hombres, estaba tan de acuerdo con su código de moral y sobre todo con su libro mayor, que sólo después de la prohibición recurrió a la maquinaria. Los yanquis han inventado máquinas para picar piedras. Los ingleses no las emplean, ya que el «miserable» (wretch es para la economía política inglesa un término técnico con el que designa al obrero agrícola) que ejecuta ese trabajo recibe como pago una parte tan infima de su labor, que la maquinaria encarecería la producción desde el punto de vista del capitalista. Para sirgar, etc., en los canales, en Inglaterra todavía hoy a veces se emplean mujeres en vez de caballos, porque el trabajo requerido para la producción de caballos y máquinas equivale a una cantidad matemáticamente dada, mientras que el necesario para mantener las mujeres integrantes de la población excedente está por debajo de todo cálculo. De ahí que en ninguna otra parte como en Inglaterra, el país de las máquinas, se vea un derroche tan desvergonzado de fuerza humana para ocupaciones miserables. (…)

La maquinaria, en la medida en que hace prescindible la fuerza muscular, se convierte en medio para emplear a obreros de escasa fuerza física o de desarrollo corporal incompleto, pero de miembros más ágiles. ¡Trabajo femenino e infantil fue, por consiguiente, la primera consigna del empleo capitalista de maquinaria! Así, este poderoso remplazante de trabajo y de obreros se convirtió sin demora en medio de aumentar el número de los asalariados, sometiendo a todos los integrantes de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edades, a la férula del capital. El trabajo forzoso en beneficio del capitalista no sólo usurpó el lugar de los juegos infantiles, sino también el del trabajo libre en la esfera doméstica (…)

De Oliver Twist, de Charles Dickens:

Durante los ocho o diez primeros meses de vida, Oliver Twist careció de nodriza y fue alimentado con biberón. Las autoridades del hospicio comunicaron a las de la parroquia que el estado del huérfano era grave, y como no había ninguna mujer en el establecimiento que se hiciera cargo de él, resolvieron enviarlo a una sucursal situada a cuatro kilómetros de distancia. Allí, veinte o treinta chiquillos, contraviniendo la ley de los pobres, pasaban el día arrastrándose por el suelo bajo la vigilancia maternal de una anciana, la señora Mann, que los recibía a razón de siete peniques por individuo (…).

Pero la señora Mann sabía lo que era más conveniente para sus ahijados, y sobre todo para sí misma, y reservaba para ella la mayor parte del socorro alimenticio. Reducía a sus pequeños pupilos a un régimen más exiguo que el que se administraba en la casa de asilo donde había nacido Oliver. (…) Pensaba hacer subsistir a sus ahijados mediante raciones de aire puro. Por desgracia, aún no había conseguido su propósito. Justamente cuando un niño estaba a punto de llegar a mantenerse con la más pequeña porción de su mísero alimento, caía enfermo de hambre y de frío, o bien se ahogaba por casualidad, o se abrasaba por descuido. Pasaba así al otro mundo, donde sin duda encontraría a los padres que no llegara a conocer en éste.

(…) Y así, cuando Oliver cumplió nueve años, era un niño pálido y raquítico, de escasa estatura y sumamente escuálido. Pero debido a la naturaleza o a sus padres, era de clara y despejada inteligencia.

El día de su cumpleaños se hallaba metido en la carbonera con dos compañeros suyos, quienes, después de compartir con él una lluvia de golpes, habían sido allí encerrados por haber tenido la audacia de quejarse de hambre. De pronto, la señora Mann quedó sorprendida ante la imprevista aparición del guardián, señor Bumble, que trataba de abrir la puerta del jardín. (…)

─¿Le parece a usted respetuoso- dijo enfurecido- hacer esperar a los funcionarios de la parroquia, a la puerta del jardín? (…) Vengo a tratar de negocios, y necesito hablar con usted. (…) El niño llamado Oliverio Twist cumple hoy nueve años, y a pesar de haberse ofrecido una recompensa de

diez libras esterlinas, que se ha elevado poco a poco a doce, no ha sido posible descubrir quién es el padre, así como tampoco el nombre y la condición de la madre. (…) Como Oliver es ya demasiado mayor para permanecer aquí más tiempo, el Consejo ha resuelto que vuelva al asilo, y he venido por lo tanto a buscarlo. Tráigamelo usted al momento.

─Enseguida, enseguida – dijo la señora Mann (…)

─Oliver, ¿quieres venir conmigo? (…)

El niño tuvo el suficiente criterio para fingir pesar por su marcha. No tenía, por lo demás, que esforzarse por verter lágrimas, pues el hambre y los golpes recibidos eran poderosos auxiliares cuando se tiene necesidad de llorar; y Oliver lloró, pues, de la manera más natural del mundo. (…)

Por miserables que fuesen los pequeños compañeros de infortunio de quienes se separaba, eran los únicos amigos que había conocido. Por primera vez tuvo la sensación de su propia soledad en medio de un mundo inmenso y desconocido.

Fotografías de distintos años y lugares sobre el trabajo infantil

(Origen:  http://www.educima.com)

Trabajo, salud, felicidad: el sudor de tu frente (y 2)

Si la ingenuidad aún mantiene viva en algún lector la creencia de que a los gobiernos les importa nuestra salud, en algún sentido paternal o desinteresado, debería abandonarla y desterrarla: los gobiernos son patrones más que padres, como en aquella hermosa película, Padre padrone, de los hermanos Taviani, en la que un padre autoritario explotaba sin piedad a su hijo.

adametravail
Del blog: “Comprendre, agir et penser avec Hannah Arendt”
El gobierno nos dejaría fumar como locos en todos sitios si eso no ocasionara tantas bajas por bronquitis, o tan pobre productividad, o tantos gastos médicos, o como quiera que midan la equivalencia de la salud y el tiempo excedente de trabajo. Pues ese es su único y crudo interés. Aún recuerdo con tristeza que, en los momentos puntuales en que se empezó a hablar en los Medios de la implosión financiera, de la escandalosa destrucción de 50 millones de empleos en el mundo, un telediario emitió un largo reportaje sobre las bajas laborales fraudulentas.

Las preocupaciones del gobierno-patrón por la salud de los trabajadores, tan poco filantrópica, tiene su historia y sus vicisitudes, como todo. William Davies («La economía política de la infelicidad», New Left Review, 71) cuenta que un libro sobre el dolor de espalda de Gordon Waddell fue el inspirador de las preocupaciones del gobierno británico por la salud de los trabajadores ingleses. En ese libro descubría su autor que, en contra de la opinión tradicional -que del dolor de espalda se recupera uno con descanso- muchas de esas aperreadas dolencias se curan mejor y de forma más rápida si se sigue trabajando. El paradigma ejemplar para comprender que la salud y el bienestar son un simple factor económico para los estados.

Sobre todo teniendo en cuenta que la depresión es la causa de incapacidad más extendida, en la misma proporción en que se extiende el paro o el trabajo inmaterial, el que está relacionado con la información y los ordenadores, del que tanto se habla. Según nos cuenta Davies, en la década de los 90, a raíz del estudio de los efectos psicológicos del desempleo, se fraguó la economía de la felicidad. Es uno de los atolladeros en que anda metido el capitalismo zombie que padecemos; en este mismo artículo se mencionan intentos gubernamentales, más o menos descabellados, por paliar ese problema universal que les supone la infelicidad de la gente, que ha roto con el equilibrio hedonista del consumismo. Es ilustrador recordar, por ejemplo, que el nuevo laborismo de Tony Blair propició un programa de Acceso Creciente a las Terapias Psicológicas, un proyecto de terapia conductista que puso en manos de un técnico formado en la London School of Economics…

¿Qué les voy a contar más que no nos deprima también a nosotros…? Pues alguna perla podemos añadir aún. En 2007, según los datos que aporta Davies, el ministerio de Cultura británico encargó unos cálculos contables para comprobar la rentabilidad económica de los eventos culturales o los costes del deterioro psicológico del desempleo, descubriendo que, por ejemplo, la asistencia regular a conciertos tiene un impacto sobre la felicidad equivalente a 9000 libras de ingresos adicionales. O que habría que pagar 250000 libras a un desempleado para compensar los daños psicológicos ocasionados por la vivencia del paro…

EvolucionAunque no llegaremos nunca a la hipérbole del Reino de Bután, que mide estadísticamente su progreso por la Felicidad Nacional Bruta, en vez de por el PIB, una salida semejante andan buscando las democracias mercantiles contemporáneas, para salir del círculo vicioso y paradójico en que nos han metido: ser más felices, trabajando menos y en condiciones que en una enorme parte del mundo recuerdan a las que describían Marx o Dickens en sus novelas. Educar a los jóvenes en el estrés de la eficiencia y la producitvidad tecnológica, la competencia y la ambición en un mundo que los va a invitar, por el contrario, al desempleo y la depresión. Aceptar unas reglas de juego dramáticas en las que nadie cree. Jugar una partida de naipes en una mesa donde hay más tahures y burlangas que jugadores que siguen las normas del juego…

A uno no se le ocurre, para acabar, nada mejor que recordar las palabras sabias que Epicuro dirigió a Meneceo: «El principio de todo esto, y el bien máximo, es el juicio (…) y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con juicio, belleza y justicia sin ser feliz». Que así sea. Podría ocurrir que el tiempo sobrante (ni socialmente necesario, ni plustrabajo) que pueda regalar el paro, la baja por depresión o la desazón de la infelicidad nos sirviera para recuperar el alma crítica y epicúrea (y no el «espíritu burlón y el alma quieta» que denunciaba Machado) que, al menos, nos ha sido dado sentir y adivinar en las plazas españolas en estos días, el mejor antidepresivo posible…

Capitalismo, salud, felicidad: el sudor de tu frente

Aunque el capitalismo ha conseguido durante las últimas décadas hacerse invisible, hacerse pasar por la única realidad posible, como el paisaje y el horizonte, como el marco y aire de la escena sobre cuyo fondo todo estaba permitido, excepto el cuestionamiento de su propia existencia (su dureza e injusticia extrema, su locura), a pesar de eso, el modo de produciión capitalista está siempre en precario, y ha tenido que justificar siempre su necesidad.

Strassenarbeiter
“Strassenarbeiter” (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Lo ha hecho -antes de este vendaval de destrucción y muerte que es el neoliberalismo financiero- siempre con una doble promesa: de utilidad y placer, mediante la posesión de mercancías y fetiches -tangibles o intangibles-, pero también aportando un sentido, una justificación, cosas como la creación de riqueza, el fin de la pobreza y la enfermedad, el progreso científico humano, el enaltecimiento de la civilización… El olvido de esa necesidad de dotarse de sentido, algo que ocurre históricamente con el neoliberalismo, es el que está provocando la sensación de desafuero y ambición extrema, de orfandad y de intemperie cruda que transmite el mundo contemporáneo. La intuición de Max Weber de que el capitalismo no se puede mantener sólo con más dinero, más opciones y más placer está en el corazón de esta «crisis».

Es así como, perdido y olvidado su propio sentido -pese a la ingente máquina de propaganda que tiene a su disposición; a pesar de que los regímenes políticos de las democracias mercantiles se han fundido en él, con todo su aparato de dominación ideológico y ético, un hombre un voto, a su alcance-, el régimen del mercado, la república de la propiedad ha devenido en un régimen nihilista. Ese nihilismo lo sufren, de manera particularmente intensa, los trabajadores. La tesis fundamental de Hannah Arendt en La Condición humana es que nuestra sociedad contemporánea, a pesar del desarrollo tecnológico y la abundancia infinita (y la instisfacción e infelicidad también infinitas que acompañan siempre al consumo), significó la vuelta triunfante del Animal Laborans y la desparición del Homo Faber.

En la evolución del trabajo que ella estableció, el Animal Laborans correspondía al trabajador preindustrial, para quien el esfuerzo y la fatiga de trabajar formaba parte del ciclo biológico de sus necesidades: no tenía una idea del proceso de transformación que llevaba a cabo, no había sentido ni fin ni belleza posible en lo que hacía. El homo faber (que históricamente correspondería al trabajador de la era industrial), por el contrario, tenía un sentido para el proceso de su trabajo, que controloba de principio a fin: la transformación de la materia, que con su esfuerzo llevaba a cabo, tenía una finalidad, una utilidad, y él era el artífice. El homo faber era el carpintero o el albañil  -yo lo he conocido aún en su declive final; era todavía el mundo de mi infancia- que, terminada la faena, contemplaba con orgullo y placer la obra hecha, echando el cigarrillo del final de la jornada.

Büro
“Büro” (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Ya en 1958 detectó Hannah Arendt su desaparición, la vuelta del Animal Laborans, el trabajador embrutecido y alienado, enfermo de melancolía, depresión y miedo, desposeído hasta de su condición en nombre del «culturalismo político». Porque, en efecto, hablamos de inmigrantes, de su diversidad religiosa, de tolerancia, de integración, de discriminación racial, pero no hablamos de su principal seña de identidad: la de trabajadores. Nuestro Isaac Rosa se ha atrevido, con éxito admirable, a convertir al animal laborans en protagonista de una ficción literaria, en su La Mano Invisible, libro desolado pero revelador y hermoso en su tristeza, sobre el trabajo posmoderno, su soledad y su humillación.

Esta falta de sentido de que hablamos corroe como un cáncer la sociedad contemporánea. Y a los trabajadores / parados que, en las condiciones alienadas de la contemporaneidad, ni siquiera pueden vender su fuerza de trabajo, los transforma en enfermos, en personas tristes y solitarias. Sobre las relaciones históricas entre la salud y el trabajo, o sobre cómo la felicidad y la infelicidad de la gente se han convertido en uno de los atolladeros en que está metido el capitalismo neoliberal, seguiré hablando en la próxima entrada.

Democracia y populismo (y 3)

Ayer mismo, sábado 12 de mayo, volvieron a ocupar las plazas de 80 ciudades españolas esas bandadas de gente, de todas las edades y condición, que conocemos bajo la advocación, algo triste aunque muy de estos tiempos, de 15M. Volvían a ponerse bajo los focos de la información oficial con la alegría del cumpleaños, y cargados de razón. Se han reunido en asamblea permanente hasta el martes y aparecen tan sin líderes, tan apasionados del debate, y tan enamorados de las acampadas como siempre. De «pueblo» viene populismo; pero más aún hunde ahí sus raíces, en el «populum» de la lengua madre, popular, como populares son estas revueltas.

Asamblea del 15M en Motaralaz (Tomás D'Angelo)
Asamblea del 15M en Motaralaz , deTomás D’Angelo (licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.)

Con paciencia, sine ira et studio, mucha gente le ha ido cogiendo gusto a juntarse, acampar, compartir, apelotonarse y hablar y discutir, y más hablar y discutir, y reír y enfadarse. Tal vez en ellos, en esa multitud sin líderes estemos asistiendo, como parteras, a los primeros vahídos de ese nuevo sujeto político colectivo necesario, que creemos atisbar, tanto o más que en las revoluciones, en los políticos y votantes populistas.

Las bandadas (uso la palabra adrede, como Deleuze, para designar a estos grupos deliberativos frutos de la organización espontánea, nómadas del antagonismo social) asamblearias, que luchan por estirar los límites de las actuales democracias formalistas y hueras, están aún en su etapa de crisálida. Corren el riesgo, como tantas y tantas revueltas, algaradas y revoluciones que han intentado antes alumbrar un mundo nuevo, de ser absorbidos por las poderosas, experimentadas y engrasadas, glotonas máquinas estatales, y devenir mariposas secas de coleccionistas hegelianos. Ya recordarán seguramente, en este año de vida secreta del 15M, unos anuncios de teléfonos móviles de Telefónica, pasados por televisión, en que un corro de jóvenes debatía -unos levantaban la mano para intervenir, otros discrepaban apasionadamente- sobre las virtudes de un telefonito frente a otro, en un infame remedo publicitario de una asamblea… La capacidad de integración de cualquier apocalipsis que han mostrado los regímenes de las democracias mercantiles es realmente asombroso. Y empieza siempre por el lenguaje, verbal y no verbal, de los disidentes, para apropiarse después de su realidad alternativa, con el apetito bulímico con que lo devora todo el capitalismo.

Por eso, veteranos teóricos de la revolución, como Antonio Negri y Michael Hardt, llevan años itentando pergeñar un nuevo léxico que ayude a nombrar y pensar las nuevas revoluciones, unas estrategias libertarias, al gusto contemporáneo, que nos lleven a ocupar el lugar vacío del poder, desde el que la tiranía de la exclusión (la propiedad, el dinero no se tocan) gobierna el mundo globalizado. Así, en ese intento, la vieja -hoy humillada, dispersa y enferma– clase obrera es sustituida por la multitud sin número ni líderes; se reivindica el ancestral, y no desgastado nunca, apelativo de pobres y hasta el amor, sentimiento tan atropellado por la burguesía o el cristianismo, se transforma de nuevo en fuerza revolucionaria poderosa, en sustitución de tecnicismos eufemísticos tenues y quebradizaos como solidaridad.

Otros recios pensadores, como el proteico esloveno Slavoj Žižek ya mencionado, llevan años en un intento, divergente pero complementario al de Negri y Hardt, de rearmar el pensamiento crítico. En un esfuerzo desmesurado por aunar el pensamiento marxista con el psicoanálisis ecléctico de Jacques Lacan, Žižek propone una relectura crítica continua de los intentos revolucionarios fallidos, apoyándose en conceptos aún tremendamente vivos y útiles como el del fetiche; pero no sólo el fetiche marxista de la mercancía, sino el fetiche ideológico que, como el psicoanalítico, nos hace aceptar sin más la tragedia de la realidad social contemporánea.

En sus palabras: «Cuando nos encontramos con una persona que afirma no creer ya en nada, que asegura aceptar la realidad social tal como es realmente, hay que hacer frente a tales afirmaciones diciendo: De acuerdo, pero ¿dónde está tu hámster, el fetiche que te permite aceptar (fingidamente) la realidad tal como es?» El hámster a que se refiere es el de un conocido caso en el mundo del psicoanálisis que cuenta la historia de un viudo que había perdido a su mujer a causa de un cáncer terrible y que, sin embargo, parecía sobrevellarlo todo con una tranquilidad inesperada e increíble. Se vino abajo, hasta tener que ser internado, cuando murió el hámster de su mujer, que le permitió durante un tiempo soportar el dolor terrible…

Democracia y populismo (2)

Así que el populismo lo vemos aquí como una manifestación de la incomodidad que producen los límites de la democracia cuando se convierte en un régimen legalista, procedimental y mercantil. Para recordar hasta qué punto es así, nos bastaría recordar que el presidente Bush ganó sus primeras elecciones por unos doscientos votos disputados hasta el final en el estado de Florida, y que tras agrias y dudosas intervenciones judiciales, lo auparon a la presidencia de EE. UU. Sobran los comentarios sobre las tremendas consecuencias históricas que aquel puñado de votos tuvieron para los pueblos del mundo.

Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz)
Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz).

Del mismo modo es una verdad compartida que las democracias contemporáneas reducen la relación partidos / votantes a una relación fiduciaria, en la que el voto equivale a un capital que se invierte en acciones para obtener determinados servicios. Tanto como que los partidos se comportan como empresas o fondos de inversión que, mediante técnicas publicitarias, de pura mercadotecnia, ponen todos sus esfuerzos en captar inversionistas que les den la mayoría en la junta de accionistas. Por eso se producen tan ácidas y descarnadas disputas en torno a la posesión o control de los grandes medios de comunicación, o -como ocurre ahora tan a menudo- la información, la debida rendición de cuentas de los gobernantes, se sustituye por la realización y difusión de vídeos propagandísticos, o anuncios institucionales, zafios y consignatarios -ahora menudean los del PP con las bondades futuras de las reformas-recortes, y los del PSOE, en adecuada réplica especular-, pergeñados con el mismo lenguaje infame de la publicidad, con sus promesas implícitas de felicidad fetichista y sus elementales artificios retóricos.

No hay democracia deliberativa, ni en las instituciones ni en los grandes Medios. Ha sobrevivido , tal vez, en ese movimiento asambleario, que conocemos con el nombre genérico de 15M y que, pese a su alejamiento de los focos de las cámaras, parece que ha ido tejiendo, como una paciente araña, una red de de debates abiertos, de incipientes grupos de ayuda mutua -un poco al estilo de lo que hacen los Hermanos Musulmanes egipcios, slavando las distancias, naturalmente- por barrios y poblaciones de los hinterland metropolitanos, sobre todo. De esta otra manera de organización popular, no populista, hablaremos enseguida, en la tercera y última entrada de este miniserie.

Weil02 Populismo 300x252El populismo, pues, es un síntoma del malestar que producen esas características -degeneradas, perversas- de las democracias actuales en las que, eufemísticamente, se suelen llamar capas mas desfavorecidas de la sociedad. Como también lo son estas movidas populares que, en forma de marchas, protestas en vivo, inmediatas, en los lugares del descontento social: embargos, despidos, cierres; o reuniones en forma de corros en parques o plazas. Populares, hemos dicho, no populistas. Pero una y otra palabra vienen de «pueblo». Como decía al comienzo de la entrega anterior, los caudillos populistas, en su intenta de franquear los límites insatisfactorios de las democracias mercantiles, apelan en sus llamadas electores o insurreccionales, al «pueblo», es decir, invocan al sujeto político colectivo que la izquierda revolucionaria perdió u olvidó en el camino.

El «pueblo» es, en este sentido, la amalgama de los que hoy son tildados de «excluidos», las víctimas del antagonismo social, de esa lucha de clases unilateral declarada contra nosotros por los poderosos y ambiciosos del planeta, de que nos habla Noam Chomsky. El fenómeno populista, claro, ni es nuevo ni tan perverso como se nos ha querido hacer creer siempre. Ayer mismo (viernes, 11 de mayo), traía El País, en la sección de Internacional, unas declaraciones de la Secretaría General de la Presidencia de Chile con el tenor siguiente: «En Chile no existe el temor a un líder populista». Siempre es así, el populismo aparece como una descarte de póquer de quienes se sitúan con comodidad en el terreno de la realidad construida, dentro de los límites formales, legalistas y procedimentales de las democracias actuales.

El populismo supone siempre un peligro a conjurar por los políticos comme il fault, los portadores de los significantes vacíos (pero signigicantes-amo, por usar el vocabulario pisconalítico de Lacan, que dominan el espacio del debate público): como el de «crisis» como tópico explicativo que no explica nada. Ya nos explicó Marx que el modo de producción capitalista se define por sus crisis continuas. Y suponen un peligro porque, aunque sea de forma aprovechada o manipulada (o directamente peligrosa, como en el caso de los populistas de extrema derecha, o los que llegan al golpe militar), en el populismo se actualizan las referencias a los problemas reales de la gente, se habla de la vida cotidiana y sus infelicidades o incomodidades, el significante-amo de la economía es convocado, al menos, como un paisaje con figuras y no como un lugar vacío, sólo habitado por las estadísticas. Termino esta reflexión en la siguiente y última entrada.

Democracia y populismo (1)

Siempre que hay elecciones (y las tenemos fresquitas; a ellas vamos enseguida) el término populismo se multiplica en boca de periodistas o analistas políticos; sobre todo si, como en las francesas, griegas o municipales italianas, aparecen porcentajes de votos altos a partidos extremistas -en particular los de extrema derecha, que se llevan su buen trozo de la tarta electoral en Francia y Grecia- o a antipartidos, como los reunidos en el Movimiento 5 Estrellas que, bajo la irónica inspiración del cómico Beppe Grillo, va a llenar de concejales y alcaldes -esperemos que también y, al menos, de aire fresco y humor- muchas ciudades italianas.Populismo1 300x252

Y, sin embargo, hay pocos términos más imprecisos y escurridizos en el lenguaje político: compruébenlo los lectores en la misma provisionalidad con que presenta la entrada la Wikipedia, pulsando en la misma palabra «populismo» unas líneas más arriba. A mí me parece que la mejor aproximación es la que ensayó Slavoj Žižek, el provocador pensador esloveno, a partir del chiste del borracho que, tras perder el reloj camino de casa, de noche, se puso a buscarlo debajo de una farola, lejos del lugar donde lo había perdido. Al preguntarle uno que había presenciado la escena que por qué lo buscaba allí y no donde se le había caído, el borracho respondió: «es que allí no se ve nada y a la luz de la farola, sí».

Al votante seducido por el mensaje populista le pasa un poco como al borracho del chiste: le resulta más fácil de entender, se ve mejor. Y se ve mejor porque el político o partido que buscaba su voto había hecho dos cosas que son la luz de la farola: construir un enemigo, un antagonista fácil de identificar en la vida cotidiana, un culpable accesible sobre el que descargar el malestar. En el caso europeo, los emigrantes. Las fanfarronadas de los Le Pen, en Francia; los gritos y amenazas de la Aurora Dorada, en Grecia, son los ejemplos más recientes. Pero ya ocurrió hace años en la civilizada y musical Austria, en los países escandinavos. Aquí, entre nosotros, es fácil adivinar el secreto regocijo que habrán sentido muchos españoles con la medida, anunciada por el Gobierno, de negar el acceso, a los inmigrantes sin papeles, a los centros de salud. El votante así seducido es perezoso, como el borracho, para ponerse a buscar explicaciones en la calle en sombras de las ideas abstractas o de los rosarios de razones: se ve mejor a la luz de la farola.

Pero también el populismo, que tiene su caldo de cultivo en el descontento hacia la democracia, tiene el mérito -demérito de los anquilosados partidos tradicionales- de devolver estatuto público y meter en la realidad a un sujeto político colectivo: el pueblo. Al puebo, en efecto, se dirige con la complicidad persuasiva que, en coloquial, se traduciría por un «yo estoy tan harto como vosotros del turno de los partidos tradicionales, que sólo van a lo suyo; fijaos en esos emigrantes vagos que nos quitan el poco trabajo que nos queda, y que llenan los centros de salud; por eso me dirijo a vosotros, pueblo, sé que me entendéis, al pan pan y al vino vino…». A cuyo guiño, el votante seducido respondería con un «es que ya no puedo más, todos van a lo mismo, al trinque; tanta democracia y tanta palabrería…». Y, en efecto, el populismo político es una respuesta -sólo que muy sesgada, manipulada y basta-, y una manera de sacar provecho de, ese descontento que provocan los sistemas democráticos vigentes, que responden sólo a mecanismos procedimentales y formales, pero en las que la democracia deliberativa, la que encarnaría el verdadero antagonismo social, está ausente.

Cuando el populismo llega al poder -Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina-, y es lo suficientemente inteligente, da forma a ese sujeto político (el pueblo) fomentando la autoorganización o la ayuda mutua, una nueva identidad prestigiosa. Chávez supo hacerlo: economatos, centros médicos móviles, la educación musical como mecanismo de recuperación y nivelación social, los voluntarios paramilitares para crear orden… La misma inteligencia populista que muestra el recurso a las nacionalizaciones -de las que en España nos quejamos como gachupines ofendidos frente al atrevimiento criollo- que están usando los gobiernos argentino o boliviano, con la consiguiente reafirmación de sus imaginarios nacionales, hinchando su afirmación como «pueblos soberanos». Etcétera.

El populismo puede ser perezoso, pero no tonto. Ocupa el «lugar vacío» (como el de Ley, en el cuento de Kafka que comentábamos en las dos últimas entradas) que, según la teoría política, es el poder en las democracias. Como el gas, llena el espacio disponible abandonado por los partidos de la izquierda tradicional, o por los sindicatos, y su renuncia al sueño revolucionario. Aunque nos parezca algo socialmente monstruoso, el porcentaje de votantes de los Le Pen, en Francia, es proporcional al que tenía el viejo Partido Comunista Francés, hoy en el sueño de los justos. El populismo, pues, es el heredero, deforme y feo de la revolución; pero lo suficientemente hábil como para llenar su hueco. Su propia imperfección y obscelencia programada, no obstante, hace necesario seguir pensando en ese hueco social, en el irredentismo e invisibilidad del sujeto político sin nombre propio ni palabra que, mediante un nuevo antagonismo inteligente, sea capaz de torcer los inquietantes destinos a que nos aboca el capitalismo. Lo dejamos para la siguiente entrega, que esta ya se ha alargado demasiado.

Ante la ley: interpretaciones y un corto

Tiene razón Pepa en su comentario. Yo, la verdad, me dejé llevar, en la sugerencia sobre el Infante consorte, por el tremendo final de la parábola: cuando el guardián le “ruge” al oído del moribundo campesino, que aquella puerta sólo estuvo abierta para él y que, tras su muerte, la cerrará. Es decir, que pese al carácter atemporal e inexorable con que se nos presenta la Ley, es un producto histórico y sus efectos y aplicación, desde luego, son personales. Pensemos, por poner sólo un caso cercano, en la ley que ha diseñado la Reforma Laboral en curso: se presenta como producto natural de la necesidad histórica, como si no tuviera autor ni voluntad conocidos, como surgiendo de detrás de esa puerta tras la que sólo hay guardianes. Pero la reflexión, las interpretaciones de este texto, absolutamente elíptico, van mucho más allá.

Hay un lectura política inmediata (que es parecida a la tentativa que ensayé en el último de mis Quince Asaltos, “Tirarse al monte”, al evocar el sinsentido de los estados y su Ley si los guardianes abandonaran sus puestos… O en el primero, con Pedro Picapiedra, desesperado y aporreando la puerta de la Ley que a él lo echaba de su propia casa.) y es la de que en el lugar de la Ley no hay nada. Que precisamente por eso, se necesitan tantos y terribles guardianes que custodien esa nada que decide, sin embargo, nuestras vidas. La Ley es sus guardianes.

Hay, también, una interpretación metafísica: la Ley es el Ser, que, inaccesible y secreto, oculto en el gran templo vacío, hizo nacer la pregunta filosófica por excelencia, la misma que provoca la espera angustiosa del campesino, hasta quedar casi ciego, empequeñecido, hasta su propia muerte tras la que la puerta abierta se cierra.

Y aun tiene el texto -Derrida se recrea en ello- una derivada literaria: la Ley es la ley del texto mismo, en relación a la literatura (con su propia Ley, con sus propias leyes históricas) y, sobre todo, en relación al lector. El lector es el campesino, que quiere descubrir el sentido último del relato. El guardián es el propio título, o un enviado del autor, que no niega la entrada a la sede de la respuesta: nunca dice que no, la puerta está abierta; sólo dice “aún no”; el sentido exige tiempo, se difiere, pero no se cierra ni desaparece…

Da mucho de sí, para meditar un rato, este mínimo relato de Kafka. He encontrado, para terminar, este cortometraje, de José Luis González Linares, que fue seleccionado en 2009 en el New York short film festival. Está basado directamente, como podréis ver, en este misterioso y desolado texto de Kafka. Me parece muy sugerente la traducción urbana que hace González Linares del diálogo entre el campesino y el guardián de este “relato sin relato” tan enigmático; también el blanco y negro ayudan, o la música o el viento, y hasta el estimable trabajo de los actores, a la evocación contemporánea de la intemporal escena kafkiana.

Ante la Ley

He vuelto a encontrarme, al cabo de los años, con un cuentecito (o apólogo, mejor; o tal vez, parábola) de Kafka que apareció en vida del autor en el volumen de relatos titulado Un médico rural. Tras su muerte, se publicó inserta en el capítulo noveno de El proceso. Lo he vuelto a leer al albur de la lectura de otro libro -un buen lector descansa de un libro leyendo otro-, la transcripción de unas conferencias del filósofo francés Jacques Derrida sobre los límites y contradicciones de la capacidad y acto de juzgar (editadas en forma de libro por Avarigani con el título de Prejuzgados). Derrida lo transcribe entero -es muy cortito- y a mí me ha apetecido hacerlo también aquí, por si los amigos del blog no lo conocen.

Fotograma de "El Proceso"
Fotograma de "El Proceso" (1962), de Orson Wells
Uso, sin embargo, no la versión más difundida en castellano, sino la traducción que realizó Jorge Luis Borges -el mejor escritor kafkiano en español- en 1938, en la revista El Hogar. El apólogo tiene mucha miga, como pueden comprobar enseguida tras leerlo. Y ha generado muchas reflexiones e interpretaciones. Desde la extensa e inteligente indagación que dedicó Lorenzo Silva al Derecho en la obra de Kafka, en su cuarta entrega -donde explica que esta parábola entraría, junto a El Castillo, en el ciclo de la búsqueda de redención o acogida en la obra del autor checo- hasta una pequeña redacción escolar de 2009, que he encontrado en un blog del complejo penitenciario de Devoto, en Buenos Aires; supongo que escrita por algún preso. Nada más kafkiano

Como kafkianos son los múltiples procesos en que anda enmarañada de siempre la actualidad española. Invito a los lectores a escribir, tras la lectura del relatito de Kafka, un comentario sobre esa otra espera ante la ley -esperemos que no tan larga como la del personaje del apólogo…- del conocido miembro morganático de la familia real española. Y sin más, el cuento:

Ante la ley

Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le dice que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. «Es posible», dice el guardián, «pero no ahora». Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: «Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar.» El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: «Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.» En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. «¿Qué pretendes ahora?», dice el guardián; «eres insaciable», «Todos se esfuerzan por la Ley», dice el hombre. «¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?» El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: «Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla.»

Franz Kafka

(Versión de Jorge Luis Borges, 27 de mayo de 1938, publicada en El Hogar)