Trabajo, salud, felicidad: el sudor de tu frente (y 2)

Si la ingenuidad aún mantiene viva en algún lector la creencia de que a los gobiernos les importa nuestra salud, en algún sentido paternal o desinteresado, debería abandonarla y desterrarla: los gobiernos son patrones más que padres, como en aquella hermosa película, Padre padrone, de los hermanos Taviani, en la que un padre autoritario explotaba sin piedad a su hijo.

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Del blog: “Comprendre, agir et penser avec Hannah Arendt”
El gobierno nos dejaría fumar como locos en todos sitios si eso no ocasionara tantas bajas por bronquitis, o tan pobre productividad, o tantos gastos médicos, o como quiera que midan la equivalencia de la salud y el tiempo excedente de trabajo. Pues ese es su único y crudo interés. Aún recuerdo con tristeza que, en los momentos puntuales en que se empezó a hablar en los Medios de la implosión financiera, de la escandalosa destrucción de 50 millones de empleos en el mundo, un telediario emitió un largo reportaje sobre las bajas laborales fraudulentas.

Las preocupaciones del gobierno-patrón por la salud de los trabajadores, tan poco filantrópica, tiene su historia y sus vicisitudes, como todo. William Davies («La economía política de la infelicidad», New Left Review, 71) cuenta que un libro sobre el dolor de espalda de Gordon Waddell fue el inspirador de las preocupaciones del gobierno británico por la salud de los trabajadores ingleses. En ese libro descubría su autor que, en contra de la opinión tradicional -que del dolor de espalda se recupera uno con descanso- muchas de esas aperreadas dolencias se curan mejor y de forma más rápida si se sigue trabajando. El paradigma ejemplar para comprender que la salud y el bienestar son un simple factor económico para los estados.

Sobre todo teniendo en cuenta que la depresión es la causa de incapacidad más extendida, en la misma proporción en que se extiende el paro o el trabajo inmaterial, el que está relacionado con la información y los ordenadores, del que tanto se habla. Según nos cuenta Davies, en la década de los 90, a raíz del estudio de los efectos psicológicos del desempleo, se fraguó la economía de la felicidad. Es uno de los atolladeros en que anda metido el capitalismo zombie que padecemos; en este mismo artículo se mencionan intentos gubernamentales, más o menos descabellados, por paliar ese problema universal que les supone la infelicidad de la gente, que ha roto con el equilibrio hedonista del consumismo. Es ilustrador recordar, por ejemplo, que el nuevo laborismo de Tony Blair propició un programa de Acceso Creciente a las Terapias Psicológicas, un proyecto de terapia conductista que puso en manos de un técnico formado en la London School of Economics…

¿Qué les voy a contar más que no nos deprima también a nosotros…? Pues alguna perla podemos añadir aún. En 2007, según los datos que aporta Davies, el ministerio de Cultura británico encargó unos cálculos contables para comprobar la rentabilidad económica de los eventos culturales o los costes del deterioro psicológico del desempleo, descubriendo que, por ejemplo, la asistencia regular a conciertos tiene un impacto sobre la felicidad equivalente a 9000 libras de ingresos adicionales. O que habría que pagar 250000 libras a un desempleado para compensar los daños psicológicos ocasionados por la vivencia del paro…

EvolucionAunque no llegaremos nunca a la hipérbole del Reino de Bután, que mide estadísticamente su progreso por la Felicidad Nacional Bruta, en vez de por el PIB, una salida semejante andan buscando las democracias mercantiles contemporáneas, para salir del círculo vicioso y paradójico en que nos han metido: ser más felices, trabajando menos y en condiciones que en una enorme parte del mundo recuerdan a las que describían Marx o Dickens en sus novelas. Educar a los jóvenes en el estrés de la eficiencia y la producitvidad tecnológica, la competencia y la ambición en un mundo que los va a invitar, por el contrario, al desempleo y la depresión. Aceptar unas reglas de juego dramáticas en las que nadie cree. Jugar una partida de naipes en una mesa donde hay más tahures y burlangas que jugadores que siguen las normas del juego…

A uno no se le ocurre, para acabar, nada mejor que recordar las palabras sabias que Epicuro dirigió a Meneceo: «El principio de todo esto, y el bien máximo, es el juicio (…) y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con juicio, belleza y justicia sin ser feliz». Que así sea. Podría ocurrir que el tiempo sobrante (ni socialmente necesario, ni plustrabajo) que pueda regalar el paro, la baja por depresión o la desazón de la infelicidad nos sirviera para recuperar el alma crítica y epicúrea (y no el «espíritu burlón y el alma quieta» que denunciaba Machado) que, al menos, nos ha sido dado sentir y adivinar en las plazas españolas en estos días, el mejor antidepresivo posible…

Capitalismo, salud, felicidad: el sudor de tu frente

Aunque el capitalismo ha conseguido durante las últimas décadas hacerse invisible, hacerse pasar por la única realidad posible, como el paisaje y el horizonte, como el marco y aire de la escena sobre cuyo fondo todo estaba permitido, excepto el cuestionamiento de su propia existencia (su dureza e injusticia extrema, su locura), a pesar de eso, el modo de produciión capitalista está siempre en precario, y ha tenido que justificar siempre su necesidad.

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“Strassenarbeiter” (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Lo ha hecho -antes de este vendaval de destrucción y muerte que es el neoliberalismo financiero- siempre con una doble promesa: de utilidad y placer, mediante la posesión de mercancías y fetiches -tangibles o intangibles-, pero también aportando un sentido, una justificación, cosas como la creación de riqueza, el fin de la pobreza y la enfermedad, el progreso científico humano, el enaltecimiento de la civilización… El olvido de esa necesidad de dotarse de sentido, algo que ocurre históricamente con el neoliberalismo, es el que está provocando la sensación de desafuero y ambición extrema, de orfandad y de intemperie cruda que transmite el mundo contemporáneo. La intuición de Max Weber de que el capitalismo no se puede mantener sólo con más dinero, más opciones y más placer está en el corazón de esta «crisis».

Es así como, perdido y olvidado su propio sentido -pese a la ingente máquina de propaganda que tiene a su disposición; a pesar de que los regímenes políticos de las democracias mercantiles se han fundido en él, con todo su aparato de dominación ideológico y ético, un hombre un voto, a su alcance-, el régimen del mercado, la república de la propiedad ha devenido en un régimen nihilista. Ese nihilismo lo sufren, de manera particularmente intensa, los trabajadores. La tesis fundamental de Hannah Arendt en La Condición humana es que nuestra sociedad contemporánea, a pesar del desarrollo tecnológico y la abundancia infinita (y la instisfacción e infelicidad también infinitas que acompañan siempre al consumo), significó la vuelta triunfante del Animal Laborans y la desparición del Homo Faber.

En la evolución del trabajo que ella estableció, el Animal Laborans correspondía al trabajador preindustrial, para quien el esfuerzo y la fatiga de trabajar formaba parte del ciclo biológico de sus necesidades: no tenía una idea del proceso de transformación que llevaba a cabo, no había sentido ni fin ni belleza posible en lo que hacía. El homo faber (que históricamente correspondería al trabajador de la era industrial), por el contrario, tenía un sentido para el proceso de su trabajo, que controloba de principio a fin: la transformación de la materia, que con su esfuerzo llevaba a cabo, tenía una finalidad, una utilidad, y él era el artífice. El homo faber era el carpintero o el albañil  -yo lo he conocido aún en su declive final; era todavía el mundo de mi infancia- que, terminada la faena, contemplaba con orgullo y placer la obra hecha, echando el cigarrillo del final de la jornada.

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“Büro” (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Ya en 1958 detectó Hannah Arendt su desaparición, la vuelta del Animal Laborans, el trabajador embrutecido y alienado, enfermo de melancolía, depresión y miedo, desposeído hasta de su condición en nombre del «culturalismo político». Porque, en efecto, hablamos de inmigrantes, de su diversidad religiosa, de tolerancia, de integración, de discriminación racial, pero no hablamos de su principal seña de identidad: la de trabajadores. Nuestro Isaac Rosa se ha atrevido, con éxito admirable, a convertir al animal laborans en protagonista de una ficción literaria, en su La Mano Invisible, libro desolado pero revelador y hermoso en su tristeza, sobre el trabajo posmoderno, su soledad y su humillación.

Esta falta de sentido de que hablamos corroe como un cáncer la sociedad contemporánea. Y a los trabajadores / parados que, en las condiciones alienadas de la contemporaneidad, ni siquiera pueden vender su fuerza de trabajo, los transforma en enfermos, en personas tristes y solitarias. Sobre las relaciones históricas entre la salud y el trabajo, o sobre cómo la felicidad y la infelicidad de la gente se han convertido en uno de los atolladeros en que está metido el capitalismo neoliberal, seguiré hablando en la próxima entrada.

Democracia y populismo (y 3)

Ayer mismo, sábado 12 de mayo, volvieron a ocupar las plazas de 80 ciudades españolas esas bandadas de gente, de todas las edades y condición, que conocemos bajo la advocación, algo triste aunque muy de estos tiempos, de 15M. Volvían a ponerse bajo los focos de la información oficial con la alegría del cumpleaños, y cargados de razón. Se han reunido en asamblea permanente hasta el martes y aparecen tan sin líderes, tan apasionados del debate, y tan enamorados de las acampadas como siempre. De «pueblo» viene populismo; pero más aún hunde ahí sus raíces, en el «populum» de la lengua madre, popular, como populares son estas revueltas.

Asamblea del 15M en Motaralaz (Tomás D'Angelo)
Asamblea del 15M en Motaralaz , deTomás D’Angelo (licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.)

Con paciencia, sine ira et studio, mucha gente le ha ido cogiendo gusto a juntarse, acampar, compartir, apelotonarse y hablar y discutir, y más hablar y discutir, y reír y enfadarse. Tal vez en ellos, en esa multitud sin líderes estemos asistiendo, como parteras, a los primeros vahídos de ese nuevo sujeto político colectivo necesario, que creemos atisbar, tanto o más que en las revoluciones, en los políticos y votantes populistas.

Las bandadas (uso la palabra adrede, como Deleuze, para designar a estos grupos deliberativos frutos de la organización espontánea, nómadas del antagonismo social) asamblearias, que luchan por estirar los límites de las actuales democracias formalistas y hueras, están aún en su etapa de crisálida. Corren el riesgo, como tantas y tantas revueltas, algaradas y revoluciones que han intentado antes alumbrar un mundo nuevo, de ser absorbidos por las poderosas, experimentadas y engrasadas, glotonas máquinas estatales, y devenir mariposas secas de coleccionistas hegelianos. Ya recordarán seguramente, en este año de vida secreta del 15M, unos anuncios de teléfonos móviles de Telefónica, pasados por televisión, en que un corro de jóvenes debatía -unos levantaban la mano para intervenir, otros discrepaban apasionadamente- sobre las virtudes de un telefonito frente a otro, en un infame remedo publicitario de una asamblea… La capacidad de integración de cualquier apocalipsis que han mostrado los regímenes de las democracias mercantiles es realmente asombroso. Y empieza siempre por el lenguaje, verbal y no verbal, de los disidentes, para apropiarse después de su realidad alternativa, con el apetito bulímico con que lo devora todo el capitalismo.

Por eso, veteranos teóricos de la revolución, como Antonio Negri y Michael Hardt, llevan años itentando pergeñar un nuevo léxico que ayude a nombrar y pensar las nuevas revoluciones, unas estrategias libertarias, al gusto contemporáneo, que nos lleven a ocupar el lugar vacío del poder, desde el que la tiranía de la exclusión (la propiedad, el dinero no se tocan) gobierna el mundo globalizado. Así, en ese intento, la vieja -hoy humillada, dispersa y enferma– clase obrera es sustituida por la multitud sin número ni líderes; se reivindica el ancestral, y no desgastado nunca, apelativo de pobres y hasta el amor, sentimiento tan atropellado por la burguesía o el cristianismo, se transforma de nuevo en fuerza revolucionaria poderosa, en sustitución de tecnicismos eufemísticos tenues y quebradizaos como solidaridad.

Otros recios pensadores, como el proteico esloveno Slavoj Žižek ya mencionado, llevan años en un intento, divergente pero complementario al de Negri y Hardt, de rearmar el pensamiento crítico. En un esfuerzo desmesurado por aunar el pensamiento marxista con el psicoanálisis ecléctico de Jacques Lacan, Žižek propone una relectura crítica continua de los intentos revolucionarios fallidos, apoyándose en conceptos aún tremendamente vivos y útiles como el del fetiche; pero no sólo el fetiche marxista de la mercancía, sino el fetiche ideológico que, como el psicoanalítico, nos hace aceptar sin más la tragedia de la realidad social contemporánea.

En sus palabras: «Cuando nos encontramos con una persona que afirma no creer ya en nada, que asegura aceptar la realidad social tal como es realmente, hay que hacer frente a tales afirmaciones diciendo: De acuerdo, pero ¿dónde está tu hámster, el fetiche que te permite aceptar (fingidamente) la realidad tal como es?» El hámster a que se refiere es el de un conocido caso en el mundo del psicoanálisis que cuenta la historia de un viudo que había perdido a su mujer a causa de un cáncer terrible y que, sin embargo, parecía sobrevellarlo todo con una tranquilidad inesperada e increíble. Se vino abajo, hasta tener que ser internado, cuando murió el hámster de su mujer, que le permitió durante un tiempo soportar el dolor terrible…

Democracia y populismo (2)

Así que el populismo lo vemos aquí como una manifestación de la incomodidad que producen los límites de la democracia cuando se convierte en un régimen legalista, procedimental y mercantil. Para recordar hasta qué punto es así, nos bastaría recordar que el presidente Bush ganó sus primeras elecciones por unos doscientos votos disputados hasta el final en el estado de Florida, y que tras agrias y dudosas intervenciones judiciales, lo auparon a la presidencia de EE. UU. Sobran los comentarios sobre las tremendas consecuencias históricas que aquel puñado de votos tuvieron para los pueblos del mundo.

Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz)
Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz).

Del mismo modo es una verdad compartida que las democracias contemporáneas reducen la relación partidos / votantes a una relación fiduciaria, en la que el voto equivale a un capital que se invierte en acciones para obtener determinados servicios. Tanto como que los partidos se comportan como empresas o fondos de inversión que, mediante técnicas publicitarias, de pura mercadotecnia, ponen todos sus esfuerzos en captar inversionistas que les den la mayoría en la junta de accionistas. Por eso se producen tan ácidas y descarnadas disputas en torno a la posesión o control de los grandes medios de comunicación, o -como ocurre ahora tan a menudo- la información, la debida rendición de cuentas de los gobernantes, se sustituye por la realización y difusión de vídeos propagandísticos, o anuncios institucionales, zafios y consignatarios -ahora menudean los del PP con las bondades futuras de las reformas-recortes, y los del PSOE, en adecuada réplica especular-, pergeñados con el mismo lenguaje infame de la publicidad, con sus promesas implícitas de felicidad fetichista y sus elementales artificios retóricos.

No hay democracia deliberativa, ni en las instituciones ni en los grandes Medios. Ha sobrevivido , tal vez, en ese movimiento asambleario, que conocemos con el nombre genérico de 15M y que, pese a su alejamiento de los focos de las cámaras, parece que ha ido tejiendo, como una paciente araña, una red de de debates abiertos, de incipientes grupos de ayuda mutua -un poco al estilo de lo que hacen los Hermanos Musulmanes egipcios, slavando las distancias, naturalmente- por barrios y poblaciones de los hinterland metropolitanos, sobre todo. De esta otra manera de organización popular, no populista, hablaremos enseguida, en la tercera y última entrada de este miniserie.

Weil02 Populismo 300x252El populismo, pues, es un síntoma del malestar que producen esas características -degeneradas, perversas- de las democracias actuales en las que, eufemísticamente, se suelen llamar capas mas desfavorecidas de la sociedad. Como también lo son estas movidas populares que, en forma de marchas, protestas en vivo, inmediatas, en los lugares del descontento social: embargos, despidos, cierres; o reuniones en forma de corros en parques o plazas. Populares, hemos dicho, no populistas. Pero una y otra palabra vienen de «pueblo». Como decía al comienzo de la entrega anterior, los caudillos populistas, en su intenta de franquear los límites insatisfactorios de las democracias mercantiles, apelan en sus llamadas electores o insurreccionales, al «pueblo», es decir, invocan al sujeto político colectivo que la izquierda revolucionaria perdió u olvidó en el camino.

El «pueblo» es, en este sentido, la amalgama de los que hoy son tildados de «excluidos», las víctimas del antagonismo social, de esa lucha de clases unilateral declarada contra nosotros por los poderosos y ambiciosos del planeta, de que nos habla Noam Chomsky. El fenómeno populista, claro, ni es nuevo ni tan perverso como se nos ha querido hacer creer siempre. Ayer mismo (viernes, 11 de mayo), traía El País, en la sección de Internacional, unas declaraciones de la Secretaría General de la Presidencia de Chile con el tenor siguiente: «En Chile no existe el temor a un líder populista». Siempre es así, el populismo aparece como una descarte de póquer de quienes se sitúan con comodidad en el terreno de la realidad construida, dentro de los límites formales, legalistas y procedimentales de las democracias actuales.

El populismo supone siempre un peligro a conjurar por los políticos comme il fault, los portadores de los significantes vacíos (pero signigicantes-amo, por usar el vocabulario pisconalítico de Lacan, que dominan el espacio del debate público): como el de «crisis» como tópico explicativo que no explica nada. Ya nos explicó Marx que el modo de producción capitalista se define por sus crisis continuas. Y suponen un peligro porque, aunque sea de forma aprovechada o manipulada (o directamente peligrosa, como en el caso de los populistas de extrema derecha, o los que llegan al golpe militar), en el populismo se actualizan las referencias a los problemas reales de la gente, se habla de la vida cotidiana y sus infelicidades o incomodidades, el significante-amo de la economía es convocado, al menos, como un paisaje con figuras y no como un lugar vacío, sólo habitado por las estadísticas. Termino esta reflexión en la siguiente y última entrada.

Democracia y populismo (1)

Siempre que hay elecciones (y las tenemos fresquitas; a ellas vamos enseguida) el término populismo se multiplica en boca de periodistas o analistas políticos; sobre todo si, como en las francesas, griegas o municipales italianas, aparecen porcentajes de votos altos a partidos extremistas -en particular los de extrema derecha, que se llevan su buen trozo de la tarta electoral en Francia y Grecia- o a antipartidos, como los reunidos en el Movimiento 5 Estrellas que, bajo la irónica inspiración del cómico Beppe Grillo, va a llenar de concejales y alcaldes -esperemos que también y, al menos, de aire fresco y humor- muchas ciudades italianas.Populismo1 300x252

Y, sin embargo, hay pocos términos más imprecisos y escurridizos en el lenguaje político: compruébenlo los lectores en la misma provisionalidad con que presenta la entrada la Wikipedia, pulsando en la misma palabra «populismo» unas líneas más arriba. A mí me parece que la mejor aproximación es la que ensayó Slavoj Žižek, el provocador pensador esloveno, a partir del chiste del borracho que, tras perder el reloj camino de casa, de noche, se puso a buscarlo debajo de una farola, lejos del lugar donde lo había perdido. Al preguntarle uno que había presenciado la escena que por qué lo buscaba allí y no donde se le había caído, el borracho respondió: «es que allí no se ve nada y a la luz de la farola, sí».

Al votante seducido por el mensaje populista le pasa un poco como al borracho del chiste: le resulta más fácil de entender, se ve mejor. Y se ve mejor porque el político o partido que buscaba su voto había hecho dos cosas que son la luz de la farola: construir un enemigo, un antagonista fácil de identificar en la vida cotidiana, un culpable accesible sobre el que descargar el malestar. En el caso europeo, los emigrantes. Las fanfarronadas de los Le Pen, en Francia; los gritos y amenazas de la Aurora Dorada, en Grecia, son los ejemplos más recientes. Pero ya ocurrió hace años en la civilizada y musical Austria, en los países escandinavos. Aquí, entre nosotros, es fácil adivinar el secreto regocijo que habrán sentido muchos españoles con la medida, anunciada por el Gobierno, de negar el acceso, a los inmigrantes sin papeles, a los centros de salud. El votante así seducido es perezoso, como el borracho, para ponerse a buscar explicaciones en la calle en sombras de las ideas abstractas o de los rosarios de razones: se ve mejor a la luz de la farola.

Pero también el populismo, que tiene su caldo de cultivo en el descontento hacia la democracia, tiene el mérito -demérito de los anquilosados partidos tradicionales- de devolver estatuto público y meter en la realidad a un sujeto político colectivo: el pueblo. Al puebo, en efecto, se dirige con la complicidad persuasiva que, en coloquial, se traduciría por un «yo estoy tan harto como vosotros del turno de los partidos tradicionales, que sólo van a lo suyo; fijaos en esos emigrantes vagos que nos quitan el poco trabajo que nos queda, y que llenan los centros de salud; por eso me dirijo a vosotros, pueblo, sé que me entendéis, al pan pan y al vino vino…». A cuyo guiño, el votante seducido respondería con un «es que ya no puedo más, todos van a lo mismo, al trinque; tanta democracia y tanta palabrería…». Y, en efecto, el populismo político es una respuesta -sólo que muy sesgada, manipulada y basta-, y una manera de sacar provecho de, ese descontento que provocan los sistemas democráticos vigentes, que responden sólo a mecanismos procedimentales y formales, pero en las que la democracia deliberativa, la que encarnaría el verdadero antagonismo social, está ausente.

Cuando el populismo llega al poder -Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina-, y es lo suficientemente inteligente, da forma a ese sujeto político (el pueblo) fomentando la autoorganización o la ayuda mutua, una nueva identidad prestigiosa. Chávez supo hacerlo: economatos, centros médicos móviles, la educación musical como mecanismo de recuperación y nivelación social, los voluntarios paramilitares para crear orden… La misma inteligencia populista que muestra el recurso a las nacionalizaciones -de las que en España nos quejamos como gachupines ofendidos frente al atrevimiento criollo- que están usando los gobiernos argentino o boliviano, con la consiguiente reafirmación de sus imaginarios nacionales, hinchando su afirmación como «pueblos soberanos». Etcétera.

El populismo puede ser perezoso, pero no tonto. Ocupa el «lugar vacío» (como el de Ley, en el cuento de Kafka que comentábamos en las dos últimas entradas) que, según la teoría política, es el poder en las democracias. Como el gas, llena el espacio disponible abandonado por los partidos de la izquierda tradicional, o por los sindicatos, y su renuncia al sueño revolucionario. Aunque nos parezca algo socialmente monstruoso, el porcentaje de votantes de los Le Pen, en Francia, es proporcional al que tenía el viejo Partido Comunista Francés, hoy en el sueño de los justos. El populismo, pues, es el heredero, deforme y feo de la revolución; pero lo suficientemente hábil como para llenar su hueco. Su propia imperfección y obscelencia programada, no obstante, hace necesario seguir pensando en ese hueco social, en el irredentismo e invisibilidad del sujeto político sin nombre propio ni palabra que, mediante un nuevo antagonismo inteligente, sea capaz de torcer los inquietantes destinos a que nos aboca el capitalismo. Lo dejamos para la siguiente entrega, que esta ya se ha alargado demasiado.

Ante la ley: interpretaciones y un corto

Tiene razón Pepa en su comentario. Yo, la verdad, me dejé llevar, en la sugerencia sobre el Infante consorte, por el tremendo final de la parábola: cuando el guardián le “ruge” al oído del moribundo campesino, que aquella puerta sólo estuvo abierta para él y que, tras su muerte, la cerrará. Es decir, que pese al carácter atemporal e inexorable con que se nos presenta la Ley, es un producto histórico y sus efectos y aplicación, desde luego, son personales. Pensemos, por poner sólo un caso cercano, en la ley que ha diseñado la Reforma Laboral en curso: se presenta como producto natural de la necesidad histórica, como si no tuviera autor ni voluntad conocidos, como surgiendo de detrás de esa puerta tras la que sólo hay guardianes. Pero la reflexión, las interpretaciones de este texto, absolutamente elíptico, van mucho más allá.

Hay un lectura política inmediata (que es parecida a la tentativa que ensayé en el último de mis Quince Asaltos, “Tirarse al monte”, al evocar el sinsentido de los estados y su Ley si los guardianes abandonaran sus puestos… O en el primero, con Pedro Picapiedra, desesperado y aporreando la puerta de la Ley que a él lo echaba de su propia casa.) y es la de que en el lugar de la Ley no hay nada. Que precisamente por eso, se necesitan tantos y terribles guardianes que custodien esa nada que decide, sin embargo, nuestras vidas. La Ley es sus guardianes.

Hay, también, una interpretación metafísica: la Ley es el Ser, que, inaccesible y secreto, oculto en el gran templo vacío, hizo nacer la pregunta filosófica por excelencia, la misma que provoca la espera angustiosa del campesino, hasta quedar casi ciego, empequeñecido, hasta su propia muerte tras la que la puerta abierta se cierra.

Y aun tiene el texto -Derrida se recrea en ello- una derivada literaria: la Ley es la ley del texto mismo, en relación a la literatura (con su propia Ley, con sus propias leyes históricas) y, sobre todo, en relación al lector. El lector es el campesino, que quiere descubrir el sentido último del relato. El guardián es el propio título, o un enviado del autor, que no niega la entrada a la sede de la respuesta: nunca dice que no, la puerta está abierta; sólo dice “aún no”; el sentido exige tiempo, se difiere, pero no se cierra ni desaparece…

Da mucho de sí, para meditar un rato, este mínimo relato de Kafka. He encontrado, para terminar, este cortometraje, de José Luis González Linares, que fue seleccionado en 2009 en el New York short film festival. Está basado directamente, como podréis ver, en este misterioso y desolado texto de Kafka. Me parece muy sugerente la traducción urbana que hace González Linares del diálogo entre el campesino y el guardián de este “relato sin relato” tan enigmático; también el blanco y negro ayudan, o la música o el viento, y hasta el estimable trabajo de los actores, a la evocación contemporánea de la intemporal escena kafkiana.

Ante la Ley

He vuelto a encontrarme, al cabo de los años, con un cuentecito (o apólogo, mejor; o tal vez, parábola) de Kafka que apareció en vida del autor en el volumen de relatos titulado Un médico rural. Tras su muerte, se publicó inserta en el capítulo noveno de El proceso. Lo he vuelto a leer al albur de la lectura de otro libro -un buen lector descansa de un libro leyendo otro-, la transcripción de unas conferencias del filósofo francés Jacques Derrida sobre los límites y contradicciones de la capacidad y acto de juzgar (editadas en forma de libro por Avarigani con el título de Prejuzgados). Derrida lo transcribe entero -es muy cortito- y a mí me ha apetecido hacerlo también aquí, por si los amigos del blog no lo conocen.

Fotograma de "El Proceso"
Fotograma de "El Proceso" (1962), de Orson Wells
Uso, sin embargo, no la versión más difundida en castellano, sino la traducción que realizó Jorge Luis Borges -el mejor escritor kafkiano en español- en 1938, en la revista El Hogar. El apólogo tiene mucha miga, como pueden comprobar enseguida tras leerlo. Y ha generado muchas reflexiones e interpretaciones. Desde la extensa e inteligente indagación que dedicó Lorenzo Silva al Derecho en la obra de Kafka, en su cuarta entrega -donde explica que esta parábola entraría, junto a El Castillo, en el ciclo de la búsqueda de redención o acogida en la obra del autor checo- hasta una pequeña redacción escolar de 2009, que he encontrado en un blog del complejo penitenciario de Devoto, en Buenos Aires; supongo que escrita por algún preso. Nada más kafkiano

Como kafkianos son los múltiples procesos en que anda enmarañada de siempre la actualidad española. Invito a los lectores a escribir, tras la lectura del relatito de Kafka, un comentario sobre esa otra espera ante la ley -esperemos que no tan larga como la del personaje del apólogo…- del conocido miembro morganático de la familia real española. Y sin más, el cuento:

Ante la ley

Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le dice que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. «Es posible», dice el guardián, «pero no ahora». Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: «Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar.» El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: «Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.» En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. «¿Qué pretendes ahora?», dice el guardián; «eres insaciable», «Todos se esfuerzan por la Ley», dice el hombre. «¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?» El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: «Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla.»

Franz Kafka

(Versión de Jorge Luis Borges, 27 de mayo de 1938, publicada en El Hogar)

Elegía tuareg

En las calles de Tombuctú, la mítica ciudad del norte de Malí, el viejo cruce de caminos, la surreal ciudad de la tierra y la arena, de oníricos rascacielos de adobe y de archivos inmemoriales, están sueltos los perros de la guerra. Los tuareg, los pastores nómadas a los que los árabes llamaban, antes de islamización, «abandonados de Dios», orgullosos de ser el único pueblo africano con escritura propia, participaron en la ocupación militar de la ciudad ancestral del Sahel. Los tuareg, los nómadas del velo, que eligieron vivir al margen de la historia oficial y de las fronteras, antes de la «rebatiña por África» -como llamaba Anna Harendt a la colonización-, durante y después de ella, han decidido también tomar las armas por un estado propio.

Tuareg, Algeria. Photograph by Brent Stirton, National Geographic.
Desierto de Argelia. Fotografía de Brent Stirton, National Geographic.
La elegía por los tuareg es esa: la desaparición de uno de los últimos pueblos sin estado. Encuadrados la mayoría, por lo que cuentan los que saben, en el Movimiento Nacional por la Liberación de Azawad -el misterioso nombre con que llaman a ese desierto y enorme territorio del septentrión de Malí- y otros, más belicosos e islamizados, en otras organizaciones más minoritarias, han irrumpido en la historia contemporánea reclamando más fronteras, un estado y un nombre propio. Pasó con los judíos, pasó con los palestinos, ocurrirá con los kurdos… Eso que nos condena a que «fuera» de aquí sea siempre el «dentro de allí», en ese eje de coordenadas asfixiantes que arrambla con cualquier espacio libre o fronterizo, aunque sea el desierto. Ahora parece que les toca a los libertarios tuareg, pastores de cabras y camellos, tan orgullosos de su origen mediterráneo, de su escritura, su música y de sus historias contadas bajo ese cielo tan lleno de estrellas…

Guilles Deleuze explicaba, de hecho, la historia humana como un enfrentamiento eterna entre los nómadas y la máquina de captura de los estados, nunca resuelta porque el desencaje, la fuga de los nómadas (un término muy holgado que en Deleuze siempre remite al devenir y a la desterritorialización), rebeldes al jardín cerrado estatal, nunca termina, y surge una y otra vez. En esa visión del filósofo francés pensé cuando leí la historia de la liberación de Steffi Lem. Se trata de una chica alemana, de veintipocos años, que, tras haber viajado a Tombuctú para asistir al festival de música tuareg de Essakane hace unos años, quedó tan fascinada con la ancestral ciudad mítica, que decidió quedarse a vivir allí para siempre. En la refriega armada que tuvo lugar en la ciudad, tras su ocupación, resultó secuestrada, junto a un grupo no muy numeroso de europeos, por un grupo armado islamista. La justicia poética hizo que una patrulla tuareg del MLNA la liberara y dejara sana y salva en la frontera de Mauritania, tras un largo y accidentado viaje por el desierto en un viejo camión renqueante. Hermandad nómada, fraternidad de los pastores libres del desierto, presentimiento del desastre de los estados, minima moralia del desengaño: qué se yo lo que me emocionó tanto de esta historia, tan de estos tiempos…