La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

Pinocho
Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

Cotorras 300x225
Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

Lex Artis: una portada ejemplar de “Nueva España”

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: “Rescate de la banca en España”. Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo (“Rescate a España”). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: “la soledad de los mineros del suroccidente”.

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas “de parasitismo” (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.

Lucha de clases unilateral

Una de las secuelas de la inmodélica Transición española, como la apostilla siempre, con razón, Vicenç Navarro, es el desprestigio de nuestros sindicatos. Roto el hilo histórico de nuestro país por la genocida Dictadura de Franco, se perdió también la tradición y costumbre de la lucha y resistencia obreras de las viejas organizaciones sindicales republicanas. Sus enormes masas de afiliados y simpatizantes devinieron en las escuálidas cifras de afiliación actuales y en el olvido y pérdida de su antigua y admirable capacidad de organización espontánea y potencia ideológica.

Sindicalistas Asesinados
Cartel alusivo a los asesinatos de sindicalistas en Colombia, de Amnistía Internacional (http://antorchalibertaria.blogspot.com.es)
Del mismo modo han perdido su intuición para el feeling social contemporáneo, tanto como su legendaria bravura en la lucha. De ello no se ha librado ni CC. OO, la más reciente y novedosa central sindical española, en términos históricos, crecida -en inteligencia, capacidad organizativa y poder de convocatoria- en los mismos entresijos de los sindicatos verticales franquistas, hoy a la defensiva y medrosa, de la mano siempre de la UGT posmoderna.

Pero son los sindicatos que tenemos. Y aunque deben asumir su parte proporcional en el desprestigio e indiferencia social de que gozan en la actual España de la Restauración -por su medrosidad y afición a los pactos palaciegos, por sus previsibles, negociadísimas y siempre postergadas huelgas por un día- no podemos olvidar que han sido escarnecidos, vilipendiados, despreciados, ninguneados como ninguna otra organización colectiva: desde el famoso reloj de Cándido Méndez hasta el más popular aún tiempo libre de los «liberados». Esa campaña, continua, sistemática y laboriosa de los medios de comunicación de la derecha política y económica española, con su pimpampún ha conseguido un éxito «de crítica y público» realmente notable. Pero no tan merecido como creen muchos.

Ahí están los mineros del carbón, hoy mismo, del brazo con sus sindicatos, resistiéndose con bravura a dejar de ser mineros por orden de Bruselas. O los incansables servicios jurídicos sindicales, que han remediado tantísimos despidos improcedentes o han conseguido tamañas indemnizaciones que han paliado los paros de muchísimas familias obreras. Al menos antes de este golpe de mano conocido como Reforma Laboral, que, en realidad, se ha cargado la digna tradición del Derecho del Trabajo español de un plumazo. Para algunos, contará en su haber su histórica renuncia e inhibición en lo que se llamaron Pactos de la Moncloa, para otros -el que esto escribe- no. Es mucho, sin embargo, lo que les debe la sociedad española, como para haberse ganado un mínimo reconocimiento y respeto social.

Pero en España, como dijo Azaña y yo no me canso de repetir, se piensa más con sonsonetes que con ideas; somos tremendamente desconfiados y desagradecidos con los que «se señalan» en la vida pública y, a la vez, desesperadamente ingenuos y tolerantes con los histriones o corruptos, con los vivillos y vivalavirgen. Y eso nos vuelve muy vulnerables en esta guerra social universal, en esta lucha de clases unilateral que nos han declarado los ricos y poderosos del mundo..

¿Por qué ese silencio clamoroso (en la barra lateral del blog he puesto un enlace de fronterad.com a otro «silencio clamoroso» de los Medios: el de África) sobre la Conferencia Internacional del Trabajo que, desde el 30 de mayo al 14 de junio, está teniendo lugar en Ginebra? Allí, por ejemplo, se ha hablado del destino triste de muchos sindicalistas en el mundo, que han sufrido despidos, detenciones o que han sido asesinados (76, en 2011)por el simple hecho de ser miembros de algún sindicato. Según concretó en Ginebra la secretaria general de la CSI, Sharan Burrow, en el prólogo al Informe Anual sobre las Violaciones de los Derechos Sindicales. En una crónica de periodismohumano.com que glosa estos datos, se precisa que el mayor número de asesinatos de sindicalistas se produjo en Colombia, en un triste ranquin que, según ironiza el autor del texto, ha bajado del centenar anual anterior a sólo 29. El placebo de las cifras, como ocurre con el recuento semanal de accidentes de tráfico.

Las clases medias (pero también, en gran medida, el precariado) de las sociedades occidentales vivimos aún como bajo los efectos de una anestesia, o en la neblina posterior a un gran colocón, acorchados y acolchados por el corcho del consumo y la placidez de una vida relativamente tranquila o la colcha de unos medios de comunicación dominados por poderosos grupos económicos y su efecto hipnótico de grandes demiurgos de realidades. Eso nos hace olvidar, víctimas del nihilismo individualista imperante como somos, que hay gente por el mundo que muere a cara de perro todos los días, a tiros, o que es encarcelada, ofendida, amenazada, sólo por pertenecer a un sindicato. Adjudiquemos a la crisis, como es uso corriente, también la falta de respeto social, tan generalizada, que translucen frases tan profundamente hipócritas e inmorales, como la de «ah, ése… ¡Ese es un liberado de sindicatos, un flojo que vive de puta madre!». Un sonsonete más.

Rubalcaba, por ejemplo (la miseria de la retórica)

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político 1.
Giorgio de Chirico Misterio y Melancolía de una calles 1914
Como es válido para todos, cualquier ejemplo vale. Tomo, para el caso, el uso de un tristísimo retruécano, una lene inversión que, por todo recurso, improvisó Pérez Rubalcaba en un impotente intento de desmarcar su opción de economía política frente a la del partido gobernante. Dijo, más o menos, que el PP quería control del déficit y crecimiento económico, pero que el PSOE, que él representa, pretende crecimiento económico y control del déficit. El pobrísimo retruécano de dos conceptos (tan vacíos, por su lado, como todos los que pueblan el desierto semántico y referencial de la ciencia económica) sin presencia humana no esconde más que la sombra verbal de la inacción en que él mismo y su partido están paralizados, la traducción simbólica de su impotencia real y proporcional, complementario, en un espejo invertido -como él quiso decir, tan pobremente- de la facción que ocupa el poder en la actualidad.

Este mismo veterano político del ala derecha del PSOE usaba, días atrás, otra penosísima figura retórica, que en su vertiginoso vacío transparentaba el vacío de su oferta política. Se trataba, aquella vez, de una antonomasia: «lo que dice Hollande es lo que hay que hacer en Europa». La antonomasia contemporánea es siempre paupérrima, porque estos no son tiempos fáciles para la emulación y la eponimia; queda ya tan lejos el «como dize Arisótiles, cosa es verdadera…». En cuanto al vecino listo francés con el que Rubalcaba quiso hacer su antonomasia, coincidirá el lector conmigo en que tampoco es que el hombre esté para tirar cohetes.

Tampoco se le habrá escapado al amigo lector, entre las abundantes y mustias manifestaciones verbales de diputados, ministros o periodistas que salpican los Medios, la admonición de De Guindos, ministro del ramo, que elegía una común y fastidiosa personificación para avisarnos de que «el euro se la juega en Italia y España en las próximas semanas». De nuevo el paisaje vacío de personas, otra vez el hiriente desierto geométrico, como una ciudad de De Chirico, sólo habitada por una suerte de guerrero o futbolista solitario que «se la juega» en dos campos de batalla o fútbol, Italia, España…

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica, política de quienes «nos representan», uno -que se dedica a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a diario, tantas veces. Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los deberes», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

Un naufragio de hoy en día

Disfruté mucho leyendo un reportaje de Florence Aubenas, Quai de la galère, en el ejemplar de Le Monde del jueves. Soy lector sin remedio de periódicos y, como todos los de mi hermandad, estoy preocupado, no por la crisis publicitaria que viven, sino por el hastío que provoca la naturaleza clónica y previsible de sus contenidos y la escritura chata, y aburrida, tan común en los  textos periodísticos contemporáneos, a menudo también plagados de errores, muletillas y eufemismos bienpensantes.

No es el caso de este ejemplar reportaje, en el que su autora -una periodista de raza, sin duda- cautiva al lector desde la elección de la percha inicial hasta el melancólico final. No me resisto a citar algunos fragmentos, a glosarlo y a interpretarlo, a compartirlo con los amigos del blog. Florence Aubenas nos mete desde la primera línea en el comedor de oficales de un barco varado:barco-atracado

«El camarero entra ceremonioso en el comedor de oficiales y sirve un plato de lentejas con carne de cordero. Bajo el retrato de la familia real marroquí, un reloj marca el mediodía, la hora inexcusable de la comida a bordo del Bni N’Sar. Cerca de la piscina vacía, unos marineros enlustran un pontón, el oficial mecánico cacharrea con los motores, cada cual en su tarea, todos los cordajes en su sitio, como si no pasara nada.»

Pero sí que pasa, y la autora, con gran maestría, nos va a ir desvelando el qué. El Bni N’Sar, junto a dos ferris marroquíes más, está a punto de zozobrar en un muelle de Sètes, en el Languedoc francés, frente a Marsella. Pero es un naufragio digno de estos tiempos nada heroicos. En palabras de Florence Aubenas:

«No es, ciertamente, una de esas catástrofes de antaño, brutal y heroica, en el tumulto de una tempestad, a causa de un icebert o en la caza de una ballena. La epopeya del Bni N’Sar es un naufragio contemporáneo, interminable y silencioso, en la inmovilidad de un puerto.»
Ferrie Amarrado
Doscientos marineros marroquíes, junto a sus oficiales, malviven desde hace cinco meses en este y en los otros dos ferries que son propiedad de una naviera de Tánger, a la que un juzgado de Montpellier se los ha embargado por deudas impagadas. Estos hombres melancólicos, a los que les va escaseando todo -el agua, el fuel y la luz, la comida…- y que no cobran sus sueldos desde hace meses, son, sin embargo, metódicos y orgullosos. Repiten sus rutinas diarias como si estuvieran en alta mar y rechazan los alimentos que algunos vecinos del lugar, en un amago solidario, han dejado alguna vez en la rampa de acceso al barco. Cuando las cosas se ponen verdaderamente mal, los armadores les envían 1000 y 2000 euros, con los que se atiborran de bocadillos de atún…

Otro de los barcos, el Marrakech, tiene su propia leyenda que lo hace brillar incluso en la decadencia de su naufragio inmóvil: es el barco del rey. En sus buenos tiempos lo requisó para su uso particular el rey Hassan, que no estaba muy inclinado a viajar en avión desde un intento fallido de atentado. Lo usaba para sus viajes particulares a Argelia o Trípoli y siempre tenía que estar a punto, como si la partida fuera inminente en cualquier momento. Tras su muerte, la compañía fue privatizada y, con ella el mítico ferri que hoy languidece amarrado. De su viejo esplendor real sólo queda ya la pintura desportillada y el moho… Pero dejemos que termine de entonar este naufragio posmoderno la ejemplar periodista francesa:

«Algo más lejos, sobre un brazo de mar, un atracadero ha sido bautizado como el muelle del olvido. Allí van a morir los navíos abandonados: los técnicos ya están tomando las medidas para el amarre del barco del rey.»

Un naufragio triste de estos «tiempos bobos» tan faltos de grandeza. Como tantas tragedias ridículas, tal la de Palinuro, el piloto de Eneas que, muerto de sueño, se cayó al agua y murió ahogado. Naufragios tituló nuestro cronista Cabeza de Vaca el relato inverosímil de su travesía asombrosa: recorrió a pie todo lo que hoy es la frontera sur de EE. UU., pateando su hambre durante miles de kilómetros y salvando su vida con una tonta fama de milagrero entre los indios hostiles con quienes se fue cruzando… Tragedias ridículas, naufragios inmóviles: como los de los millones de trabajadores despedidos en estos años plomizos, como los 20000 que anunciaba hace unos días HP, o los cientos o miles que ya anuncia el nuevo banco que va a nacer de Banca Cívica y la Caixa… Naufragios desconocidos y anónimos, afrontados con el mismo orgullo pundonoroso de los marinos marroquíes. Como sin creérselo, cacharreando mientras tanto y siguiendo con los madrugones de cada día, la rutina y los bocatas de atún, como si no fuera verdad tanta desdicha, tanto naufragio sin tempestad, sin ballena, sin iceberg alguno.

Niños y pobreza: la insoportable actualidad de Dickens y Marx

El informe de la UNICEF  sobre el aumento de la pobreza entre los niños españoles vuelve a poner en evidencia que la dignidad de la condición humana aparece o desaparece sobre todo en nuestra relación y conciencia crítica con la infancia. Los niños son víctimas fáciles y terribles de cualquier abuso: niños mineros, niños de la calle, niños de la guerra, niños hambrientos, niños violados, niños vendidos o comprados… La lista es tan interminable como la historia general de la infamia que imaginó Borges y que apenas esbozó.

Es una actualidad insoportable que ya se denunciaba, en lo que respecta a nuestra contemporaneidad cercana, en Dickens y Marx. Por despedir por el momento estas entradas que he ido dedicando al trabajo, la pobreza, la salud y la felicidad, pongo a continuación unos textos de estos dos autores, unas fotografías que ilustran el trabajo infantil en distintos años y lugares y un radioteatro (¡presentado por Mario Vargas Llosa!) inspirado en Oliver Twist, de Charles Dickens…

De El Capital (Libro II, cap. 13), de Karl Marx:

En algunos ramos de la manufactura lanera inglesa el trabajo infantil, durante los últimos años, se ha reducido considerablemente, casi desapareciendo aquí y allá, incluso. ¿Por qué? La ley fabril establecía dos turnos de niños, uno de los cuales debía trabajar 6 horas y 4 el otro, o 5 cada turno. Pero los padres no querían vender a los half-timers (a los que trabajaban la mitad de la jornada) más barato que antes a los full-timers (a los que trabajaban toda la jornada). De ahí la sustitución de los half-timers por maquinaria. Antes que se prohibiera el trabajo de las mujeres y los niños (de menos de 10 años) en las minas, el capital llegó a la conclusión de que el procedimiento de utilizar en las minas de carbón y de otra índole mujeres y muchachas desnudas, a menudo mezcladas con hombres, estaba tan de acuerdo con su código de moral y sobre todo con su libro mayor, que sólo después de la prohibición recurrió a la maquinaria. Los yanquis han inventado máquinas para picar piedras. Los ingleses no las emplean, ya que el «miserable» (wretch es para la economía política inglesa un término técnico con el que designa al obrero agrícola) que ejecuta ese trabajo recibe como pago una parte tan infima de su labor, que la maquinaria encarecería la producción desde el punto de vista del capitalista. Para sirgar, etc., en los canales, en Inglaterra todavía hoy a veces se emplean mujeres en vez de caballos, porque el trabajo requerido para la producción de caballos y máquinas equivale a una cantidad matemáticamente dada, mientras que el necesario para mantener las mujeres integrantes de la población excedente está por debajo de todo cálculo. De ahí que en ninguna otra parte como en Inglaterra, el país de las máquinas, se vea un derroche tan desvergonzado de fuerza humana para ocupaciones miserables. (…)

La maquinaria, en la medida en que hace prescindible la fuerza muscular, se convierte en medio para emplear a obreros de escasa fuerza física o de desarrollo corporal incompleto, pero de miembros más ágiles. ¡Trabajo femenino e infantil fue, por consiguiente, la primera consigna del empleo capitalista de maquinaria! Así, este poderoso remplazante de trabajo y de obreros se convirtió sin demora en medio de aumentar el número de los asalariados, sometiendo a todos los integrantes de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edades, a la férula del capital. El trabajo forzoso en beneficio del capitalista no sólo usurpó el lugar de los juegos infantiles, sino también el del trabajo libre en la esfera doméstica (…)

De Oliver Twist, de Charles Dickens:

Durante los ocho o diez primeros meses de vida, Oliver Twist careció de nodriza y fue alimentado con biberón. Las autoridades del hospicio comunicaron a las de la parroquia que el estado del huérfano era grave, y como no había ninguna mujer en el establecimiento que se hiciera cargo de él, resolvieron enviarlo a una sucursal situada a cuatro kilómetros de distancia. Allí, veinte o treinta chiquillos, contraviniendo la ley de los pobres, pasaban el día arrastrándose por el suelo bajo la vigilancia maternal de una anciana, la señora Mann, que los recibía a razón de siete peniques por individuo (…).

Pero la señora Mann sabía lo que era más conveniente para sus ahijados, y sobre todo para sí misma, y reservaba para ella la mayor parte del socorro alimenticio. Reducía a sus pequeños pupilos a un régimen más exiguo que el que se administraba en la casa de asilo donde había nacido Oliver. (…) Pensaba hacer subsistir a sus ahijados mediante raciones de aire puro. Por desgracia, aún no había conseguido su propósito. Justamente cuando un niño estaba a punto de llegar a mantenerse con la más pequeña porción de su mísero alimento, caía enfermo de hambre y de frío, o bien se ahogaba por casualidad, o se abrasaba por descuido. Pasaba así al otro mundo, donde sin duda encontraría a los padres que no llegara a conocer en éste.

(…) Y así, cuando Oliver cumplió nueve años, era un niño pálido y raquítico, de escasa estatura y sumamente escuálido. Pero debido a la naturaleza o a sus padres, era de clara y despejada inteligencia.

El día de su cumpleaños se hallaba metido en la carbonera con dos compañeros suyos, quienes, después de compartir con él una lluvia de golpes, habían sido allí encerrados por haber tenido la audacia de quejarse de hambre. De pronto, la señora Mann quedó sorprendida ante la imprevista aparición del guardián, señor Bumble, que trataba de abrir la puerta del jardín. (…)

─¿Le parece a usted respetuoso- dijo enfurecido- hacer esperar a los funcionarios de la parroquia, a la puerta del jardín? (…) Vengo a tratar de negocios, y necesito hablar con usted. (…) El niño llamado Oliverio Twist cumple hoy nueve años, y a pesar de haberse ofrecido una recompensa de

diez libras esterlinas, que se ha elevado poco a poco a doce, no ha sido posible descubrir quién es el padre, así como tampoco el nombre y la condición de la madre. (…) Como Oliver es ya demasiado mayor para permanecer aquí más tiempo, el Consejo ha resuelto que vuelva al asilo, y he venido por lo tanto a buscarlo. Tráigamelo usted al momento.

─Enseguida, enseguida – dijo la señora Mann (…)

─Oliver, ¿quieres venir conmigo? (…)

El niño tuvo el suficiente criterio para fingir pesar por su marcha. No tenía, por lo demás, que esforzarse por verter lágrimas, pues el hambre y los golpes recibidos eran poderosos auxiliares cuando se tiene necesidad de llorar; y Oliver lloró, pues, de la manera más natural del mundo. (…)

Por miserables que fuesen los pequeños compañeros de infortunio de quienes se separaba, eran los únicos amigos que había conocido. Por primera vez tuvo la sensación de su propia soledad en medio de un mundo inmenso y desconocido.

Fotografías de distintos años y lugares sobre el trabajo infantil

(Origen:  http://www.educima.com)

Trabajo, salud, felicidad: el sudor de tu frente (y 2)

Si la ingenuidad aún mantiene viva en algún lector la creencia de que a los gobiernos les importa nuestra salud, en algún sentido paternal o desinteresado, debería abandonarla y desterrarla: los gobiernos son patrones más que padres, como en aquella hermosa película, Padre padrone, de los hermanos Taviani, en la que un padre autoritario explotaba sin piedad a su hijo.

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Del blog: “Comprendre, agir et penser avec Hannah Arendt”
El gobierno nos dejaría fumar como locos en todos sitios si eso no ocasionara tantas bajas por bronquitis, o tan pobre productividad, o tantos gastos médicos, o como quiera que midan la equivalencia de la salud y el tiempo excedente de trabajo. Pues ese es su único y crudo interés. Aún recuerdo con tristeza que, en los momentos puntuales en que se empezó a hablar en los Medios de la implosión financiera, de la escandalosa destrucción de 50 millones de empleos en el mundo, un telediario emitió un largo reportaje sobre las bajas laborales fraudulentas.

Las preocupaciones del gobierno-patrón por la salud de los trabajadores, tan poco filantrópica, tiene su historia y sus vicisitudes, como todo. William Davies («La economía política de la infelicidad», New Left Review, 71) cuenta que un libro sobre el dolor de espalda de Gordon Waddell fue el inspirador de las preocupaciones del gobierno británico por la salud de los trabajadores ingleses. En ese libro descubría su autor que, en contra de la opinión tradicional -que del dolor de espalda se recupera uno con descanso- muchas de esas aperreadas dolencias se curan mejor y de forma más rápida si se sigue trabajando. El paradigma ejemplar para comprender que la salud y el bienestar son un simple factor económico para los estados.

Sobre todo teniendo en cuenta que la depresión es la causa de incapacidad más extendida, en la misma proporción en que se extiende el paro o el trabajo inmaterial, el que está relacionado con la información y los ordenadores, del que tanto se habla. Según nos cuenta Davies, en la década de los 90, a raíz del estudio de los efectos psicológicos del desempleo, se fraguó la economía de la felicidad. Es uno de los atolladeros en que anda metido el capitalismo zombie que padecemos; en este mismo artículo se mencionan intentos gubernamentales, más o menos descabellados, por paliar ese problema universal que les supone la infelicidad de la gente, que ha roto con el equilibrio hedonista del consumismo. Es ilustrador recordar, por ejemplo, que el nuevo laborismo de Tony Blair propició un programa de Acceso Creciente a las Terapias Psicológicas, un proyecto de terapia conductista que puso en manos de un técnico formado en la London School of Economics…

¿Qué les voy a contar más que no nos deprima también a nosotros…? Pues alguna perla podemos añadir aún. En 2007, según los datos que aporta Davies, el ministerio de Cultura británico encargó unos cálculos contables para comprobar la rentabilidad económica de los eventos culturales o los costes del deterioro psicológico del desempleo, descubriendo que, por ejemplo, la asistencia regular a conciertos tiene un impacto sobre la felicidad equivalente a 9000 libras de ingresos adicionales. O que habría que pagar 250000 libras a un desempleado para compensar los daños psicológicos ocasionados por la vivencia del paro…

EvolucionAunque no llegaremos nunca a la hipérbole del Reino de Bután, que mide estadísticamente su progreso por la Felicidad Nacional Bruta, en vez de por el PIB, una salida semejante andan buscando las democracias mercantiles contemporáneas, para salir del círculo vicioso y paradójico en que nos han metido: ser más felices, trabajando menos y en condiciones que en una enorme parte del mundo recuerdan a las que describían Marx o Dickens en sus novelas. Educar a los jóvenes en el estrés de la eficiencia y la producitvidad tecnológica, la competencia y la ambición en un mundo que los va a invitar, por el contrario, al desempleo y la depresión. Aceptar unas reglas de juego dramáticas en las que nadie cree. Jugar una partida de naipes en una mesa donde hay más tahures y burlangas que jugadores que siguen las normas del juego…

A uno no se le ocurre, para acabar, nada mejor que recordar las palabras sabias que Epicuro dirigió a Meneceo: «El principio de todo esto, y el bien máximo, es el juicio (…) y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con juicio, belleza y justicia sin ser feliz». Que así sea. Podría ocurrir que el tiempo sobrante (ni socialmente necesario, ni plustrabajo) que pueda regalar el paro, la baja por depresión o la desazón de la infelicidad nos sirviera para recuperar el alma crítica y epicúrea (y no el «espíritu burlón y el alma quieta» que denunciaba Machado) que, al menos, nos ha sido dado sentir y adivinar en las plazas españolas en estos días, el mejor antidepresivo posible…

Capitalismo, salud, felicidad: el sudor de tu frente

Aunque el capitalismo ha conseguido durante las últimas décadas hacerse invisible, hacerse pasar por la única realidad posible, como el paisaje y el horizonte, como el marco y aire de la escena sobre cuyo fondo todo estaba permitido, excepto el cuestionamiento de su propia existencia (su dureza e injusticia extrema, su locura), a pesar de eso, el modo de produciión capitalista está siempre en precario, y ha tenido que justificar siempre su necesidad.

Strassenarbeiter
“Strassenarbeiter” (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Lo ha hecho -antes de este vendaval de destrucción y muerte que es el neoliberalismo financiero- siempre con una doble promesa: de utilidad y placer, mediante la posesión de mercancías y fetiches -tangibles o intangibles-, pero también aportando un sentido, una justificación, cosas como la creación de riqueza, el fin de la pobreza y la enfermedad, el progreso científico humano, el enaltecimiento de la civilización… El olvido de esa necesidad de dotarse de sentido, algo que ocurre históricamente con el neoliberalismo, es el que está provocando la sensación de desafuero y ambición extrema, de orfandad y de intemperie cruda que transmite el mundo contemporáneo. La intuición de Max Weber de que el capitalismo no se puede mantener sólo con más dinero, más opciones y más placer está en el corazón de esta «crisis».

Es así como, perdido y olvidado su propio sentido -pese a la ingente máquina de propaganda que tiene a su disposición; a pesar de que los regímenes políticos de las democracias mercantiles se han fundido en él, con todo su aparato de dominación ideológico y ético, un hombre un voto, a su alcance-, el régimen del mercado, la república de la propiedad ha devenido en un régimen nihilista. Ese nihilismo lo sufren, de manera particularmente intensa, los trabajadores. La tesis fundamental de Hannah Arendt en La Condición humana es que nuestra sociedad contemporánea, a pesar del desarrollo tecnológico y la abundancia infinita (y la instisfacción e infelicidad también infinitas que acompañan siempre al consumo), significó la vuelta triunfante del Animal Laborans y la desparición del Homo Faber.

En la evolución del trabajo que ella estableció, el Animal Laborans correspondía al trabajador preindustrial, para quien el esfuerzo y la fatiga de trabajar formaba parte del ciclo biológico de sus necesidades: no tenía una idea del proceso de transformación que llevaba a cabo, no había sentido ni fin ni belleza posible en lo que hacía. El homo faber (que históricamente correspondería al trabajador de la era industrial), por el contrario, tenía un sentido para el proceso de su trabajo, que controloba de principio a fin: la transformación de la materia, que con su esfuerzo llevaba a cabo, tenía una finalidad, una utilidad, y él era el artífice. El homo faber era el carpintero o el albañil  -yo lo he conocido aún en su declive final; era todavía el mundo de mi infancia- que, terminada la faena, contemplaba con orgullo y placer la obra hecha, echando el cigarrillo del final de la jornada.

Büro
“Büro” (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Ya en 1958 detectó Hannah Arendt su desaparición, la vuelta del Animal Laborans, el trabajador embrutecido y alienado, enfermo de melancolía, depresión y miedo, desposeído hasta de su condición en nombre del «culturalismo político». Porque, en efecto, hablamos de inmigrantes, de su diversidad religiosa, de tolerancia, de integración, de discriminación racial, pero no hablamos de su principal seña de identidad: la de trabajadores. Nuestro Isaac Rosa se ha atrevido, con éxito admirable, a convertir al animal laborans en protagonista de una ficción literaria, en su La Mano Invisible, libro desolado pero revelador y hermoso en su tristeza, sobre el trabajo posmoderno, su soledad y su humillación.

Esta falta de sentido de que hablamos corroe como un cáncer la sociedad contemporánea. Y a los trabajadores / parados que, en las condiciones alienadas de la contemporaneidad, ni siquiera pueden vender su fuerza de trabajo, los transforma en enfermos, en personas tristes y solitarias. Sobre las relaciones históricas entre la salud y el trabajo, o sobre cómo la felicidad y la infelicidad de la gente se han convertido en uno de los atolladeros en que está metido el capitalismo neoliberal, seguiré hablando en la próxima entrada.

Democracia y populismo (y 3)

Ayer mismo, sábado 12 de mayo, volvieron a ocupar las plazas de 80 ciudades españolas esas bandadas de gente, de todas las edades y condición, que conocemos bajo la advocación, algo triste aunque muy de estos tiempos, de 15M. Volvían a ponerse bajo los focos de la información oficial con la alegría del cumpleaños, y cargados de razón. Se han reunido en asamblea permanente hasta el martes y aparecen tan sin líderes, tan apasionados del debate, y tan enamorados de las acampadas como siempre. De «pueblo» viene populismo; pero más aún hunde ahí sus raíces, en el «populum» de la lengua madre, popular, como populares son estas revueltas.

Asamblea del 15M en Motaralaz (Tomás D'Angelo)
Asamblea del 15M en Motaralaz , deTomás D’Angelo (licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.)

Con paciencia, sine ira et studio, mucha gente le ha ido cogiendo gusto a juntarse, acampar, compartir, apelotonarse y hablar y discutir, y más hablar y discutir, y reír y enfadarse. Tal vez en ellos, en esa multitud sin líderes estemos asistiendo, como parteras, a los primeros vahídos de ese nuevo sujeto político colectivo necesario, que creemos atisbar, tanto o más que en las revoluciones, en los políticos y votantes populistas.

Las bandadas (uso la palabra adrede, como Deleuze, para designar a estos grupos deliberativos frutos de la organización espontánea, nómadas del antagonismo social) asamblearias, que luchan por estirar los límites de las actuales democracias formalistas y hueras, están aún en su etapa de crisálida. Corren el riesgo, como tantas y tantas revueltas, algaradas y revoluciones que han intentado antes alumbrar un mundo nuevo, de ser absorbidos por las poderosas, experimentadas y engrasadas, glotonas máquinas estatales, y devenir mariposas secas de coleccionistas hegelianos. Ya recordarán seguramente, en este año de vida secreta del 15M, unos anuncios de teléfonos móviles de Telefónica, pasados por televisión, en que un corro de jóvenes debatía -unos levantaban la mano para intervenir, otros discrepaban apasionadamente- sobre las virtudes de un telefonito frente a otro, en un infame remedo publicitario de una asamblea… La capacidad de integración de cualquier apocalipsis que han mostrado los regímenes de las democracias mercantiles es realmente asombroso. Y empieza siempre por el lenguaje, verbal y no verbal, de los disidentes, para apropiarse después de su realidad alternativa, con el apetito bulímico con que lo devora todo el capitalismo.

Por eso, veteranos teóricos de la revolución, como Antonio Negri y Michael Hardt, llevan años itentando pergeñar un nuevo léxico que ayude a nombrar y pensar las nuevas revoluciones, unas estrategias libertarias, al gusto contemporáneo, que nos lleven a ocupar el lugar vacío del poder, desde el que la tiranía de la exclusión (la propiedad, el dinero no se tocan) gobierna el mundo globalizado. Así, en ese intento, la vieja -hoy humillada, dispersa y enferma– clase obrera es sustituida por la multitud sin número ni líderes; se reivindica el ancestral, y no desgastado nunca, apelativo de pobres y hasta el amor, sentimiento tan atropellado por la burguesía o el cristianismo, se transforma de nuevo en fuerza revolucionaria poderosa, en sustitución de tecnicismos eufemísticos tenues y quebradizaos como solidaridad.

Otros recios pensadores, como el proteico esloveno Slavoj Žižek ya mencionado, llevan años en un intento, divergente pero complementario al de Negri y Hardt, de rearmar el pensamiento crítico. En un esfuerzo desmesurado por aunar el pensamiento marxista con el psicoanálisis ecléctico de Jacques Lacan, Žižek propone una relectura crítica continua de los intentos revolucionarios fallidos, apoyándose en conceptos aún tremendamente vivos y útiles como el del fetiche; pero no sólo el fetiche marxista de la mercancía, sino el fetiche ideológico que, como el psicoanalítico, nos hace aceptar sin más la tragedia de la realidad social contemporánea.

En sus palabras: «Cuando nos encontramos con una persona que afirma no creer ya en nada, que asegura aceptar la realidad social tal como es realmente, hay que hacer frente a tales afirmaciones diciendo: De acuerdo, pero ¿dónde está tu hámster, el fetiche que te permite aceptar (fingidamente) la realidad tal como es?» El hámster a que se refiere es el de un conocido caso en el mundo del psicoanálisis que cuenta la historia de un viudo que había perdido a su mujer a causa de un cáncer terrible y que, sin embargo, parecía sobrevellarlo todo con una tranquilidad inesperada e increíble. Se vino abajo, hasta tener que ser internado, cuando murió el hámster de su mujer, que le permitió durante un tiempo soportar el dolor terrible…

Democracia y populismo (2)

Así que el populismo lo vemos aquí como una manifestación de la incomodidad que producen los límites de la democracia cuando se convierte en un régimen legalista, procedimental y mercantil. Para recordar hasta qué punto es así, nos bastaría recordar que el presidente Bush ganó sus primeras elecciones por unos doscientos votos disputados hasta el final en el estado de Florida, y que tras agrias y dudosas intervenciones judiciales, lo auparon a la presidencia de EE. UU. Sobran los comentarios sobre las tremendas consecuencias históricas que aquel puñado de votos tuvieron para los pueblos del mundo.

Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz)
Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, en mayo de 2011 (Javier Bauluz).

Del mismo modo es una verdad compartida que las democracias contemporáneas reducen la relación partidos / votantes a una relación fiduciaria, en la que el voto equivale a un capital que se invierte en acciones para obtener determinados servicios. Tanto como que los partidos se comportan como empresas o fondos de inversión que, mediante técnicas publicitarias, de pura mercadotecnia, ponen todos sus esfuerzos en captar inversionistas que les den la mayoría en la junta de accionistas. Por eso se producen tan ácidas y descarnadas disputas en torno a la posesión o control de los grandes medios de comunicación, o -como ocurre ahora tan a menudo- la información, la debida rendición de cuentas de los gobernantes, se sustituye por la realización y difusión de vídeos propagandísticos, o anuncios institucionales, zafios y consignatarios -ahora menudean los del PP con las bondades futuras de las reformas-recortes, y los del PSOE, en adecuada réplica especular-, pergeñados con el mismo lenguaje infame de la publicidad, con sus promesas implícitas de felicidad fetichista y sus elementales artificios retóricos.

No hay democracia deliberativa, ni en las instituciones ni en los grandes Medios. Ha sobrevivido , tal vez, en ese movimiento asambleario, que conocemos con el nombre genérico de 15M y que, pese a su alejamiento de los focos de las cámaras, parece que ha ido tejiendo, como una paciente araña, una red de de debates abiertos, de incipientes grupos de ayuda mutua -un poco al estilo de lo que hacen los Hermanos Musulmanes egipcios, slavando las distancias, naturalmente- por barrios y poblaciones de los hinterland metropolitanos, sobre todo. De esta otra manera de organización popular, no populista, hablaremos enseguida, en la tercera y última entrada de este miniserie.

Weil02 Populismo 300x252El populismo, pues, es un síntoma del malestar que producen esas características -degeneradas, perversas- de las democracias actuales en las que, eufemísticamente, se suelen llamar capas mas desfavorecidas de la sociedad. Como también lo son estas movidas populares que, en forma de marchas, protestas en vivo, inmediatas, en los lugares del descontento social: embargos, despidos, cierres; o reuniones en forma de corros en parques o plazas. Populares, hemos dicho, no populistas. Pero una y otra palabra vienen de «pueblo». Como decía al comienzo de la entrega anterior, los caudillos populistas, en su intenta de franquear los límites insatisfactorios de las democracias mercantiles, apelan en sus llamadas electores o insurreccionales, al «pueblo», es decir, invocan al sujeto político colectivo que la izquierda revolucionaria perdió u olvidó en el camino.

El «pueblo» es, en este sentido, la amalgama de los que hoy son tildados de «excluidos», las víctimas del antagonismo social, de esa lucha de clases unilateral declarada contra nosotros por los poderosos y ambiciosos del planeta, de que nos habla Noam Chomsky. El fenómeno populista, claro, ni es nuevo ni tan perverso como se nos ha querido hacer creer siempre. Ayer mismo (viernes, 11 de mayo), traía El País, en la sección de Internacional, unas declaraciones de la Secretaría General de la Presidencia de Chile con el tenor siguiente: «En Chile no existe el temor a un líder populista». Siempre es así, el populismo aparece como una descarte de póquer de quienes se sitúan con comodidad en el terreno de la realidad construida, dentro de los límites formales, legalistas y procedimentales de las democracias actuales.

El populismo supone siempre un peligro a conjurar por los políticos comme il fault, los portadores de los significantes vacíos (pero signigicantes-amo, por usar el vocabulario pisconalítico de Lacan, que dominan el espacio del debate público): como el de «crisis» como tópico explicativo que no explica nada. Ya nos explicó Marx que el modo de producción capitalista se define por sus crisis continuas. Y suponen un peligro porque, aunque sea de forma aprovechada o manipulada (o directamente peligrosa, como en el caso de los populistas de extrema derecha, o los que llegan al golpe militar), en el populismo se actualizan las referencias a los problemas reales de la gente, se habla de la vida cotidiana y sus infelicidades o incomodidades, el significante-amo de la economía es convocado, al menos, como un paisaje con figuras y no como un lugar vacío, sólo habitado por las estadísticas. Termino esta reflexión en la siguiente y última entrada.