Los futuros del hambre (y 2)

Sigamos ahora de la mano de Jean Ziegler, veterano relator de la ONU, experto, además en política alimentaria, y fiable pensador y escritor (recomiendo a los amigos del blog su El odio a Occidente, de Ediciones Península, recorrido radical y honesto por los excesos del colonialismo y los olvidos culpables del postcolonialismo y sus consecuencias, por ejemplo en la misma ONU). Cuenta Ziegler en un texto de Le Monde Diplomatique de febrero de este año, traducido al castellano en el blog Noticias de abajo con el título «Especulando con el hambre»:

«Me dirigía hacia el norte, hacia las grandes plantaciones de Senegal, con Adama Faye, un ingeniero agrónomo que asesora en cuestiones de desarrollo a la embajada de Suiza, y con el conductor Ibrahima Sar. Queríamos comprobar el impacto que está produciendo la especulación financiera en torno a los alimentos, aunque ya disponíamos de la última estadística del Banco Africano de Desarrollo. Pero Faye ya sabía que algo muy distinto nos estaba esperando. En el pueblo de Louga, a 100 kilómetros de San Luis, el coche se paró de forma repentina. “Venga a ver a mi hermana pequeña”, dijo Faye, “ ella no necesita su estadística para explicarle lo que está pasando”.
Hambre Mundo
Había algunos puestos al lado de la carretera, un mercado muy escaso: montones de caupí y yuca, unos pocos pollos cacareando en las jaulas, cacahuetes, tomates, patatas y naranjas y mandarinas españolas. No había mangos, aunque Senegal es conocido por ellos. Detrás de un puesto, una mujer joven con un pañuelo amarillo en la cabeza conversaba con sus vecinos. Era la hermana de Faye, Aisha. Estaba dispuesta a responder a nuestras preguntas, pero se enfadó mientras hablaba. En poco tiempo, una ruidosa multitud de niños, jóvenes y ancianas se reunieron a nuestro alrededor.

Un saco de arroz importado de 50 kilos había subido a un precio de 14000 francos ( 27 dólares), por lo que la comida había que hacerla más acuosa, con sólo unos pocos granos de arroz flotando en el plato. Las mujeres compraban arroz en los tenderetes en pequeñas cantidades. El precio de una botella de agua ha subido de 1300 a 1600 francos; un kilo de zanahorias, de 175 a 245 y una barra de pan de 140 a 175, mientras que un cartón con 30 huevos ha aumentado en un año de 1600 a 2500 francos. Igual ocurría con el pescado. Aisha regañaba a sus vecinos por ser demasiado tímidos en sus apreciaciones: “Dile al toubab (hombre blanco) lo que tenemos que pagar por un kilo de arroz. ¡Díselo! No tengas miedo. Los precios están subiendo casi todos los días.”»

MaizCreo que valía la pena la larga cita. Y ahora, de nuevo, los mercados agrícolas. Nos advierte Jean Ziegler de que estos son unos mercados muy especiales porque se consume más de lo que se vende. Es por ello por lo que a comienzos del siglo XX se inventaron en Chicago los derivados, es decir, que el precio «deriva» de otros productos subyacentes como bonos o acciones. Se creía que esto era beneficioso en un principio para los agricultores del Medio Oeste norteamericano: si el precio de las acciones caía en el momento de la cosecha, el agricultor estaba protegido; si subía, ganaba el inversor. Pero, sigue explicando Ziegler:

«En la década de 1990 estos activos comenzaron a utilizarse para especular en lugar de cumplir el objetivo de medida preventiva. Heiner Flassbeck, economista jefe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), estableció que entre 2003 y 2008, la especulación en torno a las materias primas que utilizan los fondos índice (Los fondos índice son fondos de inversión de renta variable que tratan de replicar el comportamiento de un índice bursátil. ), aumentó en un 2300%. Al finalizar este período, el repentino aumento del precio de los alimentos básicos provocó disturbios por los alimentos en 37 países. La televisión mostró imágenes de las mujeres haitianas en los tugurios de Cité-Soleil haciendo tortitas de barro para alimentar a su hijos. Se produjeron disturbios en las ciudades, saqueos y protestas de cientos de miles de personas en la calles del El Cairo, Dakar, Bombay, Puerto Príncipe y en Túnez, pidiendo pan para sobrevivir, algo que acaparó las portadas de los medios de comunicación.»

A mí me parece que esto no ha hecho más que empezar: la especulación con las deudas soberanas ya debe haberles dado suficientes beneficios y es un negocio que puede devenir incierto. Las puertas de la educación y la sanidad, que los capitales pugnaban por abrir desde hace décadas, ya están abiertas a sus «inversiones». Pero la tierra y su propiedad (el tabú más intocable de los estados, de la república contemporánea), la necesidad fundamental del alimento es un negocio tan rotundo que, pese a la conseja popular de que con las cosas de comer no se juega, van (quienes sean, cualesquiera que sean sus rostros y nombres propios, ellos, los mercados como se les llama ahora; los de siempre, ese 1 por ciento que nos ha declarado la lucha de clases unilateral, los amos del mundo) a persistir en esta sucia especulación. Mercados de futuros equivale, pues, a hambres futuras. Espero haber ayudado al lector a comprender la urgencia e importancia de saberlo, de incorporarlo a nuestros centros de atención tan aturdidos en el ruido informativo de este tiempo atroz.

Los futuros del hambre

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ella, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelve sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra, a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso.

Interm%C3%B3nOxfam%C2%A9
Lourdes Benavides, responsable de Justicia Económica de Intermón Oxfam (Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Según cuentan (por ejemplo, BBC Mundo aquí), la reducción a la mitad el número de personas que pueden acceder a agua corriente tratada es el primer Objetivo del Milenio que se ha conseguido. Un alivio; aunque pasajero: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, con derivados financieros: enseguida intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

El protagonista de esta novela menor de Bellow se llama Wilhelm, es un actor fracasado, divorciado y arruinado que acaba invirtiendo 700 dólares -el único dinero que le queda- en acciones de mantecas de cerdo (y no en cereales, que era su primera intención) por consejo de un lunático psiquiatra, el doctor Tomkin, que presume de la naturaleza científica de la inversión en bolsa. Yo me quedé sorprendido al leer, por ejemplo, la respuesta de Tomkin a la nerviosa petición de Wilhelm de acudir a la bolsa a primeras horas de la mañana: «Pero hombre, si ni siquiera son las nueve (…). En cualquier caso le digo que la manteca va a subir, y subirá. Se lo prometo. He hecho un estudio del ciclo culpabilidad-agresividad que hay detrás de todo esto. (…) Pero entre tanto esta semana nos han dado una buena tunda -observó Wilhelm- ¿Se fía usted completamente de su corazonada?» Y le responde Tomkin: «A mí la tunda me la han dado en pieles y café. Pero tenga confianza. Estoy seguro de que acabaré acertando». En esta novela entendí yo, traducido a un contexto cotidiano, lo que se llamó «capitalismo popular» desde la era Tatcher y que se nos presentaba a los europeos como el nuevo paradigma de la sociedad neoliberal que se inauguraba. Muchos de los lectores recordarán más tarde, en esta España de los frutos tardíos, la invitación que se nos hacía a los españoles, en los años neoliberales de Aznar, a invertir en bolsa nuestros ahorros, sin ningún complejo.

IObuena2Irina Fuhrmann
¿Qué impacto tuvieron los precios globales de los alimentos en la grave crisis en Somalia, Kenia o Etiopía? Decenas de miles de personas han fallecido en Somalia como consecuencia del hambre, cuatro millones están aún en situación de riesgo y necesidad de asistencia a lo largo y ancho de toda la región.(Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Después descubrí que no sólo existe ese mercado de derivados agrícolas en el Chicago de Bellow, sino que, en Europa, hay tres grandes bolsas donde se especula con «futuros» de materias primas cuyas cotizaciones dan lugar a grandes beneficios: las de Londres, París y Fráncfort. Antes de que la financiarización galopante del capitalismo que padecemos lo pervirtiera, los contratos de futuros eran una práctica común y beneficiosa para los agricultores, que podían asegurar de este modo el precio de sus cosechas con antelación, frente a las contrariedades imprevisibles del azar. La especulación con el futuro, por otro lado, es intrínseca a la economía capitalista: recuerde el lector la «t» de las reglas del interés que aprendíamos en el colegio (también los estados, naturalmente, manejan el futuro como un dato inmediato de la realidad que nos construye: hoy mismo se puede leer en la prensa que el Tribunal Supremo ruso ha dictado una sentencia en la que prohíbe las convocatorias del «Día del Orgullo Gay» ¡durante 100 años!)

Como quiera que últimamente aumenta la frecuencia de noticias sobre la subida alarmante de precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales o el mismo maíz norteamericano, hasta el punto de que -aunque discretamente, como siempre- obligó al Grupo de los 20 a convocar un reunión extraordinaria hace poco para examinar la situación, voy a intentar explicarle al lector, en la medida en que pueda saber hacerlo, qué siniestra relación hay entre estas bolsas de futuros, el precio de los alimentos y el hambre creciente en el mundo.

En primer lugar, lo más llamativo y gordo: según el Instituto Internacional de Política Alimentaria, desde 2006 a 2009, entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras agrícolas en los países pobres han sido objeto de transacciones o adquisiciones por países extanjeros (el caso de China ha sido el más citado, pero hay muchos más, entre ellos, países europeos), lo que es equivalente a la quinta parte de todas las actuales tierras agrícolas de la Unión Euorpea. Según Vicente Verdú (La hoguera del capital, p. 129), «esto coincide, de acuerdo con L’Economist (23-5-2009), con el aumento del índice de precios de los alimentos en un 78 por ciento, y con que algunos productos como la soja y el maíz subieran en un 130 por ciento». La relación parece clara.

Subalternos (y 2)

Decir de las clases subalternas, como yo hacía en la anterior entrada, que son la esperanza, es una manera de apelar a la sorpresa, de invocar la suerte de que la ampliación de la conciencia necesaria para que algo cambie (en el sentido en que lo explicaba y defendía en Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical, 1 y 2) provoque  el levantamiento social que necesitamos, la rebelión necesaria, que podrían encabezar los subalternos. Y que esa rebelión no fuera una repetición más de lo mismo, que no trajera otra reencarnación más de la democracia mercantil, que no consistiera en la reivindicación de un capitalismo más llevadero. Y es que parece que el discurso unilateral y  claustrofóbico de Occidente nos lleva a eso una y otra vez: la repetición de lo mismo.

Asamblea en Moratalaz
Asamblea en Moratalaz

Pero chocamos, como decíamos, con el silencio de los subalternos (o nuestra incapacidad de escuchar, nuestro miedo paralizante a otorgar una subjetividad al otro, sea ese otro mujer, inmigrante o nómada, prisionero o loco, aunque ya nos lo advertía la soleá de Machado: «el ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve»).

Agustín García Calvo -he puesto aquí al lado un vídeo de youtube con su intervención en la asamblea del 15M en Puerta del Sol en mayo del 2011- ha basado siempre su particular esperanza justamente en ese silencio de los excluidos del discurso oficial, en su indefinición y en su no cuantificación, pues muchos no son todos, o como decía en su libro de conjuros «mientras se está sumando no se puede saber el resultado de la suma». Con la intención de salvar ese «no saber», siempre se ha referido a los subalternos con nombres genéricos no excesivamente marcados: «la gente», «el pueblo», «los de abajo»; por la sorpresa que pudieran darnos esos de los que nadie sabe nada. En la charla en la Puerta del Sol habla precisamente de la «alegría inesperada» que aquella asamblea, que llevaba esperando 45 años (fue destacado protagonista de las rebeliones estudiantiles del 65), le había proporcionado.

El peligro, que ya preveníamos en Democracia y populismo (1, 2 y 3), es que el silencio es interpretable, el lugar del sujeto social, como el del poder, es un lugar vacío que cualquiera puede ocupar. De manera que, de pretender oír la voz de los subalternos, podemos pasar a hablar nosotros en su lugar. Es la advertencia que Luce Irigaray hacía respecto a las mujeres: está el hablar-mujer (el posible lenguaje, la escondida sintaxis que la mujer pueda rescatar de su silencio reprimido) pero está también el hablar-de-la-mujer, que no es más que una reproducción del discurso masculino sobre el mundo, el deseo o el amor, la política y el poder, más de lo mismo aunque sea otra mujer la que hable. Yo he denunciado en otros sitios cómo sucede del mismo modo en el dominio de la enseñanza y los adolescentes: hablamos todo el tiempo de ellos, pero no hablamos con ellos, no oímos su voz. Algo nos condena a eso.

Clases socialesFijémonos en algunos textos periodísticos de estos días en los que el subalterno emigrante, por ejemplo, es protagonista. María Antonia Sánchez-Vallejo, en un análisis en El País: «En la misma plaza Syntagma, epicentro del orden institucional, los neonazis de Aurora Dorada organizaron el miércoles un masivo reparto de comida solo para griegos. La beneficencia no tendría por qué resultar extraña (…) si los ciudadanos que guardaron fila para llevarse unos paquetes de pasta o arroz no hubieran tenido que rellenar un cuestionario con datos de su filiación personal, incluido el tipo de grupo sanguíneo». O un titular del mismo diario del martes: «Grecia se lanza a la caza del emigrante con la detención de 6000 sin papeles». Hoy mismo, cuenta Público en una noticia (habla Amadou Balde, senegalés de 27 años que vive del top-manta en Lavapiés, a propósito de la póliza estatal de 710 euros que van a necesitar los extranjeros que quieran asistencia médica y no coticen a la Seguridad Social): «Sabíamos que los gobiernos no se preocupaban por nosotros. Ahora sabemos que nuestra vida es un estorbo para ellos». Esa es la voz del subalterno, la pulsión de muerte de la exclusión social, la voz del sujeto postcolonial, del emigrante llegado hace 4 años a España por mor de la nueva división internacional del trabajo, que tiene otro color, otra mirada que no miramos. Deleuze explicaba el racismo de una forma aún más cerrada y siniestra en sus Mil mesetas: «El racismo europeo como pretensión del hombre blanco nunca ha procedido por exclusión ni asignación de alguien designado como «otro» (…). Desde el punto de vista del racismo, no hay exterior, no hay personas de fuera, sino únicamente personas que deberían ser como nosotros, y cuyo crimen es no serlo».

El colmo de la mudez del subalterno, como ironizaba Gayatri Chakravorty Spivak, es ser mujer, pobre y emigrante, todo junto. En ese caso, su voz no habría llegado siquiera al periodista de Público, o habría musitado tan bajo que el reportero no la habría escuchado, o habría sido tan invisible que no habría reparado en ella. Tanto Spivak como otras mujeres de una potente voz, que sí se dejan oír, como la feminista y psicoanalista Luce Irigaray, defienden lo que se conoce como «cultura de la diferencia» que haga más visible a la mujer (la subalterna más antigua de nuestra historia de hombres), ahondando en el «no por lo que sois sino por lo que no sois» con que García Calvo se ha dirigido a ellas tantas veces.

La voz de las mujeres
La voz de las mujeres

Luce Irigaray, que somete las teorías psicoanalíticas, sobre todo el Edipo y el pre Edipo, a una profunda revisión crítica, llega a demostrar que, incluso en una reflexión tan radical como la de Freud, que hizo temblar los paradigmas del pensamiento ilustrado, el lenguaje único del hombre anuló, en realidad, la diferencia entre sexos, condenando a la mujer, con su envidia del pene y el complejo de castración, desatendiendo la relación hija-madre, a ser otra versión del hombre sin voz propia, el único sexo: «¿cómo recobrar o inventar su lenguaje? ¿Cómo articular, para las mujeres, la cuestión de su explotación sexual con la de su explotación social? ¿Cómo puede ser hoy la posición de las mujeres respecto a la política? ¿Deben o no intervenir en o sobre las instituciones? ¿Cómo pueden desprenderse del dominio que soportan en la cultura patriarcal? ¿Qué cuestiones deben plantear a sus discursos? ¿A sus teorías? ¿A sus ciencias?» (Luce Irigaray, Ese sexo que no es uno)

Cuántas preguntas: pero, en las tierras del silencio de los subalternos, es lo único que tenemos, preguntas. No hay prisa por responderlas, la tarea es tan ardua y tan incierta como recuperar el mundo y la vida. Piense el lector si hay tiempo y paciencia. Mientras tanto, pues ir «reconduciendo los deseos de la gente» -como dice tan tiernamente Spivak, que ha enseñado a leer en aldeas remotas de la India-, ir combatiendo la fe en la realidad construida, como hace Agustín. Por mi parte, acabo mostrando mi hermandad con Carlos París, el viejo profesor rojo, que dedicó su último libro «a mi maestra y mentora Lydia Falcón». A mí me emocionó que un hombre público reconociera a Lydia Falcón -tan ofendida, detestada y odiada por tantos otros en España, mientras vivió, pero tan firme en sus convicciones y en su ética radical feminista- como su maestra.

Si los que tenemos voz la alzamos para hablar, más que de los subalternos, en su nombre, igual los animamos a hablar a ellos, a buscar su lenguaje, sus intereses, su clave de bóveda en el mundo. Igualmente evitamos que otro Amadou Balde vuelva a decir que ahora sabe que su vida es un estorbo para ellos.

Subalternos

Cuando ya se consagraba nuestra condición universal de consumidores, que venía a sustituir a las viejas categorías obsoletas de ciudadanos o trabajadores (como decía el artículo 1 de la constitución republicana de 1931: «España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia»), justo en esas albricias, llegó la crisis y nos dejó desnudos, desclasados, en la nueva clase-masa, con la cara de Pierrot, que se nos ha quedado, de consumidores que no pueden consumir.

Pensadores de las clases subalternas, en la estética de los Simpson
Pensadores de las clases subalternas, en el mundo de los Simpson

Alguna consciencia deben tener los gobiernos de ello a tenor del melodramático ataque y amenazas con que el nuestro quiere acoquinar a FACUA: «La directora del Instituto Nacional de Consumo envía una carta a la asociación de Consumidores en la que le insta a abstenerse de emprender campañas contra “la racionalización de gasto público” o será excluida del Registro de asociaciones.» (Público, 6 de agosto de 2012) Quién iba a decirnos que una inocente (políticamente hablando) organización de consumidores iba a concitar las iras del estado, con mayor virulencia que los mismísimos sindicatos.

En su calidad de representante de la clase-masa desposeída y ninguneada, FACUA responde con las ínfulas y dignidad -adecuadas a la nueva situación- de quien representa al agente social emergente, al sujeto colectivo de los consumidores atenazados por el IVA y la falta de crédito: «El ministerio de Ana Mato ha amenazado a FACUA con tomar represalias contundentes si seguimos criticando los recortes en sanidad y educación». ¿Asistiremos a huelgas y movilizaciones convocadas por las asociaciones de consumidores?, ¿conseguirá FACUA regenerar la «conciencia de clase» en nuestra sociedad?

No estamos exagerando. Recordemos cómo explicaba Marx la cuestión de las clases sociales en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte: «En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase». Comprobémoslo: El precariado (ex clase consumidora venida a menos) es el «estado general» de nuestras sociedades occidentales: incorpora a millones de familias con intereses comunes, tiene nostalgia de su antiguo modo de vivir -y siente un profundo rechazo por el actual-, se identifican con una cultura y aficiones diferentes a las de las clases de los ricos tanto como de las de las clases subalternas y está cargándose de razón y hostilidad porque se siente amenazada.

Lo que ocurre es que el precariado se disolverá, como una manifestación, como un azucarillo, en el momento en que vuelva a tener acceso al crédito fácil y se diluya su disgusto cuando, acaso, aumente de nuevo la «felicidad nacional bruta» del consumo. De la clase del 1/99, la de los ricos impenitentes qué podemos decir salvo que siguen a lo suyo con la constancia y el savoir faire de siempre, como una piña. Son mucho más aguerridos y ambiciosos que sus padres y abuelos (¡muchos echan de menos aquellos ricos con «responsabilidad social», con un punto patriarcal, del primer capitalismo industrial europeo, de la antigua banca timorata que defendía los intereses de sus clientes como una gallina clueca!), eso sí, en su inclemente declaración de lucha de clases unilateral. Ayer mismo publicaba El País un artículo de Joseph S. Nye en el que, a propósito de la nueva locura tecnológica (la extracción de gas y petróleo gracias al bombardeo con agua de las rocas de esquisto), reivindica a Nixon y su sueño de la independencia energética de EE. UU, que «podría hacer que este fuera el nuevo siglo norteamericano, al crear un ambiente económico en el que Estados Unidos goce de acceso a suministros energéticos a un coste muy inferior al de otras partes del mundo».

Sesión Extraordinaria I
El sujeto colonial

Como en la Guerra Fría, como si no hubiera ocurrido nada, como si los sueños rotos de la humanidad occidental desde el final de la II Guerra Mundial no hubieran existido siquiera. Qué decir de la clase dominante, que ejerce el poder con mano de hierro, de esta forma tan fiera y salvaje, salvo que si no surge un nuevo sujeto colectivo capaz de arrebatárselo, ella, la clase del uno por ciento, nos arrebatará, definitivamente, la vida, pues el mundo ya se lo quedó…

Queda la última esperanza, la de las «clases subalternas», como las llamó -el primero, que yo sepa- Antonio Gramsci, el lúcido pensador marxista italiano. Pero el problema de los subalternos es múltiple. Primero, conocer su extensión: cuántos son, dónde están. Y segundo y principal, que no tienen voz, que no hablan, que no sabemos escucharlos. Han crecido y se han multiplicado, son muchos más que el lumpen social tradicional, más que los prisioneros, los locos, los mendigos de los que hablaba Foucault. La nueva división internacional del trabajo forzada por la mundialización económica y las migraciones masivas que provocó, añadida y superpuesta a las dislocaciones -políticas, identitarias, sociales, sexuales, bélicas- del proceso postcolonizador han convertido a la clase de los subalternos en multimillonaria. En ella debe incluirse a las mujeres, víctimas de una «violencia epistémica» y real, transversal a todas las otras clases, en lucha secular por encontrar su propia voz y discurso, su sentimentalidad y su política. Pero no tienen voz, o no la oímos, o no pueden hablar. Gayatri Chakravorty Spivak, la más potente interrogadora del «sujeto postcolonial», lleva años indagando sobre esa mudez. Esta activa e inteligente escritora bengalí intenta explicar la distancia infranqueable entre Occidente y sus «otros» postcoloniales, en una relación equívoca basada en sus propias mentiras. No tienen voz los niños, ni los trabajadores, humillados y ofendidos, medicalizados y alienados como nunca en tan desgraciada medida como ahora. Seguiremos indagando y buscando la voz de los subalternos en otra entrada, si le parece al paciente lector, para no alargar más aún esta que aquí acaba.

El reino de la necesidad

Rajoy se ha instalado en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Cuando dijo, en la presentación parlamentaria de la penúltima tanda de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone», renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce el poder de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI o del mismo gobierno alemán, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa.

Necesidad 2 300x225
El reino de la necesidad

Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando» (ya hablamos de ese estado de cosas hace un par de años en El golpe blando). Pero en tal caso, lo que debe hacer un gobernante que crea en puridad en una democracia deliberativa, a quien le impiden cumplir un programa electoral por el que fue votado, y, en el límite, fuerzas ocultas lo inhabilitan para elaborar estrategias alternativas, para poder elegir libremente la mejor opción para los ciudadanos a quienes representa, ese tal gobernante debe dimitir. Muchos, en España, nos preguntamos por qué, en estas circunstancias, Rajoy no dimite.

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga Lo que sea necesario»)el funesto abuso, por parte del ex presidente Zapatero, de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a Rajoy, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual o la Roma imperial.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, adaptar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical (y 2)

«Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es la indagación crítica de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico, no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

Prisioneros De La Escena 292x300
Prisioneros de la escena: la visualización de lo que entendemos por una ética radical.

Pero este examen requiere de dos axiomas: la superioridad de la ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, por usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hace Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacer pasar por tal quienes quieren hacer de la moral egocéntrica el motor del mundo, con mentiras como las del neoliberalismo -el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo- lo confirma. En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparecen como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en un rosario interminable de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos, que ejemplarizan esta moral radical. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en el hecho de que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto primario de la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo, son solo una parte), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano, y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia social. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales, choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hace con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino, a la que yo había llegado por otro lado hace unos años (el lector curioso puede leer a este respecto, por ejemplo, mi penúltimo artículo en La Opinión, en mayo de 2010, «Prisioneros de la escena»). Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionada por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, como hacía yo, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno, tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

Hoy mismo veo confirmada la intuición con que empezaba esta serie de que el crecimiento de artículos en los que predominaba la reflexión ética, en concreto en diario El País, parecía llevarnos a la génesis de un cambio de perspectiva (la incorporación del pensamiento ético a la razón común) con la publicación de dos artículos más, en el mismo diario, en esa línea. Uno es de Reyes Mate, sobre un tema al que ha dedicado mucha atención siempre: la culpa política y la culpa moral, a propósito en esta ocasión de las entrevistas que están teniendo lugar entre victimarios y víctimas de crímenes terroristas de ETA en Manglares de Oca. Reyes Mate tiene una cabeza muy bien ordenada y su exposición es, en consecuencia, clara y pedagógica. Se puede leer con provecho su inquisición sobre la función o utilidad de estas entrevistas, que no es otra que propiciar el nacimiento del ámbito de la culpa individual (el sufrimiento personal consecuente, y el arrepentimiento) y del perdón («el asesino es más que su crimen»). Como conclusión de todo ello, según se nos deja adivinar en el artículo, está la presumible toma de medidas de reinserción de estos presos en un futuro cercano.

Adelson Eurovegas 300x225
Adelson presentando su proyecto en Madrid

El otro es un texto de Rafael Sánchez Ferlosio (Luz de neón) sobre la azarosa -vergonzante y vergonzosa- ubicación de Eurovegas, actualidad que también era objeto de crítica por parte de Francisco Rubio Llorente hace una semana, según se recordará de la referencia que a él hacíamos en la primera entrega. de esta reflexión. La comparación entre los dos enfoques nos puede servir a nosotros, también, de corolario final. Era la cosa que Rubio Llorente criticaba sobre todo el olvido de los valores morales de los políticos regionales y locales implicados, en situación de gobierno y de oposición en la definitiva ubicación del supercasino, lo que para él, además, era un error político. Ferlosio, sin mencionar en ningún momento términos relacionados con la ética o la moral, adopta, sin embargo, esta perspectiva del escenario, de ética radical que defendemos aquí. El escenario que dibuja es geográfico y político: las Vegas fue construido en un desierto del estado de Nevada, lejos de cualquier población. Una legislación muy restrictiva -en la se incluía un referéndum- obligó a hacerlo así. Nuestro Eurovegas, por el contrario, pretende erigirse a cinco kilómetros de Madrid o Barcelona. El escenario político es, por otro lado, la elección de España por nuestra voluminoso índice de paro, es decir, la escena perfecta de un chantaje. Una joya periodística escrita de forma transparente desde una ética (y estética) radical con cuya evocación acabamos, por ahora, esta serie. Tal vez aún quepa apurarla más adelante, porque, lejos de la especulación más o menos académica a que pueda sonar, como habrá comprobado el lector atento, tiene que ver más bien con nuestra misma vida cotidiana y nuestros actos, nuestros apuros, confusión y agobios.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad, de la pérdida de una ética compatible con la condición humana tal como la entendemos hoy. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del supuesto espíritu de equipo de los futbolistas españoles que acaban de ganar la Copa de Europa, Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría.

Pangloss 300x269
Pangloss adaptando el mundo a su medida: una ética de diseño

Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de un grupo de futbolistas multimillonarios puede ser un ideal colectivo, un modelo ético. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Por no mencionar el grado en que el fatuo mundo del fútbol contribuyó a la burbuja financiera en Europa. Cuánto cinismo; tanto como el que delataban unas cuentas que hizo el diario Público el 8 de diciembre de 2007, que mostraban cómo, de los 133 alcaldes acusados de alguna irregularidad antes de las elecciones municipales de ese año, el 70 por 100 volvió a ser elegido para ocupar el cargo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, una cierta hartura de esta falta de ética y cara dura, aceptada tan resignadamente por todos durante estos años de plomo, empieza a notarse y a trascender, no sólo en los corros incansables del 15M, sino en los medios periodísticos y judiciales. Un leve cambio de perspectiva, si quiere el lector, una ligera brisa de aire de pensamiento fresco en el país más panglosiano de Europa. No me refiero tanto a esos desfiles de imputados en el desfalco de Bankia, que hemos visto hoy en los telediarios con Rato a la cabeza, de entre los que gozan de merecida fama. No: ese desfile acabará pronto, me temo, olvidado o difuminado entre recursos, apelaciones, legajos, polvo, olvido. Los delitos de guante blanco, ya sabemos. No, me causa más sorpresa la coincidencia en estos días de, al menos que yo haya leído, dos artículos publicados en El País que tienen en común una reivindicación del pensamiento ético como condición imprescindible para abordar la cosa. No es nada novedoso, ya lo sé, y quizá únicamente se deben al mes de julio: la canícula es adecuada para la lectura reflexiva (agosto es el mes de los relatos literarios), según reza el tópico de la prensa en verano. O tal vez es sólo la pachorra tonta y blandita que entra con la calor, o las ganas que tiene uno de ver algunas luces donde, a lo peor, sólo están las sombras de siempre.

Pero en fin, sea como sea, vamos al cuento. Uno de los artículos a que me refería es de Adela Cortina, que lo tituló como Ética en tiempos de crisis. En el tono de bonhomía habitual en ella, sintetiza de maravilla la «filosofía» neoliberal y panglosiana con un refrán que yo no conocía: «todo lo que no son cuentas son cuentos», y reivindica el enfoque ético de la economía política con argumentos sensatos pero ingenuos, pues todo queda reducido a la esperable petición de responsabilidades, transparencia y ejemplaridad en la vida pública. Es decir, la perspectiva tradicional que limita la moralidad al comportamiento individual. Más intencionado, pero con las mismas limitaciones en el fondo, es el artículo que el prestigioso constitucionalista Francisco Rubio Llorente dedicó a relacionar el «nuevo modelo productivo» (que de «nuevo», como él mismo dice, no tiene nada) con la mezquina disputa entre las autoridades de Madrid, Barcelona y Valencia -que se sepa- por atraer a sus demarcaciones esas Vegas europeas que Sheldon Adelson, el magnate de la «industria del vicio» de Nevada, está decidido, con empeño sospechoso (sospechoso por el prejuicio fundado que pueda tener respecto a nuestros gobernantes), a instalar en nuestro país.

Investigacion Mas Desarrollo 300x208
I+D+I según Forges

La profunda inmoralidad de esto es, en las claras palabras de Rubio Llorente: la «alborozada disposición» de nuestras autoridades a «darle cuanto pida y aún más. Y según las informaciones de la prensa, lo que pide no es poco: edificabilidad sin restricciones en los terrenos elegidos, vías de acceso, servicios de agua y energía, exención de impuestos y cuotas a la Seguridad Social, supresión de trabas en el mercado de trabajo, en la inmigración y en el mercado de capitales». Y termina con esta contundente afirmación: «Forzados a hacer todos ellos (nuestros gobernantes) la misma política económica y social, habían intentado mantener sus diferencias ideológicas en el campo de los valores morales: por ejemplo, ampliando la libertad de la mujer gestante para abortar o, por el contrario, restringiéndola para protegerla así de la presión social que induce al aborto. Si dejan de lado la moral a la hora de optar por el nuevo modelo productivo, nadie podrá nunca volver a tomarse en serio su preocupación por los valores».

En Rubio Llorente hay una mayor intuición que en Elena Cortina respecto a la correcta perspectiva que debe adoptar la ética si queremos que sea realmente valiosa y útil para ayudarnos a salir del planeta panglosiano. Esa mayor lucidez nos parece verla en que no quiere reducir la ética a las relaciones interpersonales, a un acto de la voluntad, sino imbricarla en el nuevo modelo productivo. Pero, al reducirlo todo al final a un simple error de cálculo político, tampoco aparece en su reflexión la reclamación de lo que Carlos París llama una ética radical, la única que podría salvarnos. Si el paciente lector me acompaña hasta el final en este rosario de razones, en la segunda entrega de esta larga entrada, entenderá por qué.

Contra Europa

Si Europa no es una federación como quería Jean Monnet (ni lo fue nunca, ni lo es, ni tiene pinta de llegar a serlo), ni tampoco es (ni antes, ni ahora, ni en un futuro imaginable) esa suerte de hermandad de gobiernos de naciones soberanas que le gustaba imaginar a Charles de Gaulle, ¿qué es Europa? Quizá la mejor respuesta es la del economista ultraliberal Friedrich Hayek, que la definió como una catalaxia, es decir, como un orden que nace del ajuste mutuo de muchas economías en un mercado único.

Europa 300x178
Pintoresca, vieja Europa…

Aún hace apenas unas décadas, antes de la implantación del euro, cuando todavía la socialdemocracia de los países occidentales tenía alguna conciencia crítica respecto a la Unión, se rechazaba ese constructo antidemocrático tildándola de la «Europa de los mercaderes». Qué lejos queda ya, en esta aceleración de la estulticia universal, incluso esa mínima reserva mental ante el atropello que vivimos, en nombre, para colmo, de un supuesto ideal fríamente ideado desde su origen para que se desarrollara al margen de la voluntad, los votos y los plebiscitos o deseos de sus ciudadanos. La misma idea de ciudadanía europea fue cuidadosamente apartada de los sucesivos planes con que se ha ido forjando este engendro.

Europa es una selectiva maraña de disposiciones legales, jurídicas y administrativas diseñadas a la mayor gloria del dios de los negocios, infinitamente adaptables a las circunstancias. Piénsese en la manera en que los subterfugios del Tratado de Lisboa sortearon, como si nada, los refrendos negativos de los votantes de Francia y Holanda, o cómo del Tratado de Mastrique (así españolizó nuestro Lope de Vega el nombre de la vieja ciudad imperial de Maastrich), que, según se lea de una forma u otra, permite o no que el Banco Central financie a los estados miembros de la Unión, ha sido interpretado y sancionado según las conveniencias del gobierno y los banqueros alemanes actuales, facción dominante de la catalaxia.

Mercader 207x300
Mercader de otros tiempos.

Del mismo modo que se olvidó el interesante debate sobre la Europa Oriental, con Turquía en primer término, con las importantes cuestiones religiosas que trajo al primer plano; o cómo, después de la grande bouffe de la banca alemana en Grecia (financiación del crédito que debía ser gastado en la compra de productos alemanes, en un círculo que se consideró virtuoso mientras convino), ese país ha sido transformado en el invitado gorrón e incómodo al que se invita discretamente a abandonar la fiesta…

La Unión Europea, en efecto, es un producto de la guerra fría y de la democracia cristiana dominante en Europa al finalizar de la II Guerra Mundial. Las reformas constitucionales que se hicieron entonces (las que se ultiman ahora para el control del déficit presupuestario son su culminación) formaban parte de lo que algunos estudiosos llaman la democracia militante: un conjunto de normas que querían prevenir fenómenos como el nazismo o el comunismo, que ocuparon con tanta facilidad el territorio sin vigilar de la República de Weimar o la soñolienta Rusia de los zares; un proyecto muy meditado que, con la ayuda del Plan Marshall, pretendía amurallar las democracias débiles, excesivamente deliberativas y expuestas a revueltas y plebiscitos de la Europa de los años 30. No hay más que caer en la cuenta de que las instituciones europeas que detentan el poder -el Consejo, la Comisión, el Tribunal, el Banco- no han sido elegidas por nadie. Sí lo es el Parlamento; pero es un parlamento merovingio, de ornato, inútil, sin poder. Aún así y todo, el miedo a la URSS y a la porosidad del telón de acero trajeron como consecuencia (estratégica, no deseada) los años mitificados del welfare, del traído y llevado (en España apenas entrevisto en los años del boom financiero) estado del bienestar, hoy subastado en almoneda pública, junto a todo el procomún todavía vendible.

Europa no es en absoluto un sueño utópico, como algunos se empeñan aún en afirmar. No sé siquiera si lo ha sido alguna vez. Tal vez hubiera presentimientos de una Europa posible en la cabeza de Arias Montano, de los Valdés o de tantos humanistas como se pasearon por la Europa imperial como por su casa, con el latín como lengua viva. Quizá incluso, aun militarizado y onírico, planeara en las inteligencias malversadas de intelectuales nazis como Carl Schmitt o Martin Heidegger. A lo mejor en el medievalista E. R. Curtius o en nuestro Ortega y Gasset y sus utopías de un nuevo humanismo dirigido por las élites cultas de Europa. Seguro que también en el universalismo eurocéntrico de Karl Marx o en la hiperactividad de la revolución continua de León Trotski.

Pero la misma diversidad e inconcreción de ese sueño, su poco enraizamiento entre los ciudadanos e intelectuales de hoy mismo desprenden sólo un fútil aroma de nostalgia inútil y frustrante. Quizá la sola excepción sea (por su cantidad y duración en el tiempo) la de las conocidas becas erasmus o similares. Más que nada por las dudas que provoca, por su naturaleza de semilla, en el sentido de alguna Europa de ciudadanos que pudiera estar germinando, o convirtiéndose en crisálida, en estos miles de jóvenes estudiantes esparcidos por los estados de la Unión, aprendiendo, compartiendo, dialogando…

Bien poca cosa, como ven los amigos del blog, frente a esta bacanal inmoral del euro y su salvamento en que los impuestos se han convertido en confiscaciones, el humanismo europeo en mera palabrería, la política, en el renovado «tinglado de la antigua farsa» y la soñada universalidad europea ha devenido en este triste y asfixiante provincianismo cultural

Contra Europa, pues como decía Anna Harendt, hemos perdido el mundo. Para lo que interesa en nuestro asunto: hemos perdido Europa, entendida esta como un contorno dador de un sentido a nuestros trabajos y fatigas, un orden que eliminara la posibilidad de cualquier guerra como imaginaba Monnet, un nuevo humanismo como el soñado por Curtius… Contra Europa, pues; contra esta Europa de los mercaderes, en tanto al menos que crecen y sueñan los erasmus, por si acaso se transformaran en mariposas de un nuevo viejo mundo.

La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

Pinocho
Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

Cotorras 300x225
Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

Lex Artis: una portada ejemplar de “Nueva España”

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: “Rescate de la banca en España”. Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo (“Rescate a España”). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: “la soledad de los mineros del suroccidente”.

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas “de parasitismo” (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.