Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical (y 2)

«Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es la indagación crítica de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico, no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

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Prisioneros de la escena: la visualización de lo que entendemos por una ética radical.

Pero este examen requiere de dos axiomas: la superioridad de la ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, por usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hace Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacer pasar por tal quienes quieren hacer de la moral egocéntrica el motor del mundo, con mentiras como las del neoliberalismo -el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo- lo confirma. En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparecen como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en un rosario interminable de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos, que ejemplarizan esta moral radical. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en el hecho de que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto primario de la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo, son solo una parte), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano, y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia social. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales, choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hace con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino, a la que yo había llegado por otro lado hace unos años (el lector curioso puede leer a este respecto, por ejemplo, mi penúltimo artículo en La Opinión, en mayo de 2010, «Prisioneros de la escena»). Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionada por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, como hacía yo, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno, tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

Hoy mismo veo confirmada la intuición con que empezaba esta serie de que el crecimiento de artículos en los que predominaba la reflexión ética, en concreto en diario El País, parecía llevarnos a la génesis de un cambio de perspectiva (la incorporación del pensamiento ético a la razón común) con la publicación de dos artículos más, en el mismo diario, en esa línea. Uno es de Reyes Mate, sobre un tema al que ha dedicado mucha atención siempre: la culpa política y la culpa moral, a propósito en esta ocasión de las entrevistas que están teniendo lugar entre victimarios y víctimas de crímenes terroristas de ETA en Manglares de Oca. Reyes Mate tiene una cabeza muy bien ordenada y su exposición es, en consecuencia, clara y pedagógica. Se puede leer con provecho su inquisición sobre la función o utilidad de estas entrevistas, que no es otra que propiciar el nacimiento del ámbito de la culpa individual (el sufrimiento personal consecuente, y el arrepentimiento) y del perdón («el asesino es más que su crimen»). Como conclusión de todo ello, según se nos deja adivinar en el artículo, está la presumible toma de medidas de reinserción de estos presos en un futuro cercano.

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Adelson presentando su proyecto en Madrid

El otro es un texto de Rafael Sánchez Ferlosio (Luz de neón) sobre la azarosa -vergonzante y vergonzosa- ubicación de Eurovegas, actualidad que también era objeto de crítica por parte de Francisco Rubio Llorente hace una semana, según se recordará de la referencia que a él hacíamos en la primera entrega. de esta reflexión. La comparación entre los dos enfoques nos puede servir a nosotros, también, de corolario final. Era la cosa que Rubio Llorente criticaba sobre todo el olvido de los valores morales de los políticos regionales y locales implicados, en situación de gobierno y de oposición en la definitiva ubicación del supercasino, lo que para él, además, era un error político. Ferlosio, sin mencionar en ningún momento términos relacionados con la ética o la moral, adopta, sin embargo, esta perspectiva del escenario, de ética radical que defendemos aquí. El escenario que dibuja es geográfico y político: las Vegas fue construido en un desierto del estado de Nevada, lejos de cualquier población. Una legislación muy restrictiva -en la se incluía un referéndum- obligó a hacerlo así. Nuestro Eurovegas, por el contrario, pretende erigirse a cinco kilómetros de Madrid o Barcelona. El escenario político es, por otro lado, la elección de España por nuestra voluminoso índice de paro, es decir, la escena perfecta de un chantaje. Una joya periodística escrita de forma transparente desde una ética (y estética) radical con cuya evocación acabamos, por ahora, esta serie. Tal vez aún quepa apurarla más adelante, porque, lejos de la especulación más o menos académica a que pueda sonar, como habrá comprobado el lector atento, tiene que ver más bien con nuestra misma vida cotidiana y nuestros actos, nuestros apuros, confusión y agobios.

Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad, de la pérdida de una ética compatible con la condición humana tal como la entendemos hoy. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del supuesto espíritu de equipo de los futbolistas españoles que acaban de ganar la Copa de Europa, Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría.

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Pangloss adaptando el mundo a su medida: una ética de diseño

Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de un grupo de futbolistas multimillonarios puede ser un ideal colectivo, un modelo ético. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Por no mencionar el grado en que el fatuo mundo del fútbol contribuyó a la burbuja financiera en Europa. Cuánto cinismo; tanto como el que delataban unas cuentas que hizo el diario Público el 8 de diciembre de 2007, que mostraban cómo, de los 133 alcaldes acusados de alguna irregularidad antes de las elecciones municipales de ese año, el 70 por 100 volvió a ser elegido para ocupar el cargo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, una cierta hartura de esta falta de ética y cara dura, aceptada tan resignadamente por todos durante estos años de plomo, empieza a notarse y a trascender, no sólo en los corros incansables del 15M, sino en los medios periodísticos y judiciales. Un leve cambio de perspectiva, si quiere el lector, una ligera brisa de aire de pensamiento fresco en el país más panglosiano de Europa. No me refiero tanto a esos desfiles de imputados en el desfalco de Bankia, que hemos visto hoy en los telediarios con Rato a la cabeza, de entre los que gozan de merecida fama. No: ese desfile acabará pronto, me temo, olvidado o difuminado entre recursos, apelaciones, legajos, polvo, olvido. Los delitos de guante blanco, ya sabemos. No, me causa más sorpresa la coincidencia en estos días de, al menos que yo haya leído, dos artículos publicados en El País que tienen en común una reivindicación del pensamiento ético como condición imprescindible para abordar la cosa. No es nada novedoso, ya lo sé, y quizá únicamente se deben al mes de julio: la canícula es adecuada para la lectura reflexiva (agosto es el mes de los relatos literarios), según reza el tópico de la prensa en verano. O tal vez es sólo la pachorra tonta y blandita que entra con la calor, o las ganas que tiene uno de ver algunas luces donde, a lo peor, sólo están las sombras de siempre.

Pero en fin, sea como sea, vamos al cuento. Uno de los artículos a que me refería es de Adela Cortina, que lo tituló como Ética en tiempos de crisis. En el tono de bonhomía habitual en ella, sintetiza de maravilla la «filosofía» neoliberal y panglosiana con un refrán que yo no conocía: «todo lo que no son cuentas son cuentos», y reivindica el enfoque ético de la economía política con argumentos sensatos pero ingenuos, pues todo queda reducido a la esperable petición de responsabilidades, transparencia y ejemplaridad en la vida pública. Es decir, la perspectiva tradicional que limita la moralidad al comportamiento individual. Más intencionado, pero con las mismas limitaciones en el fondo, es el artículo que el prestigioso constitucionalista Francisco Rubio Llorente dedicó a relacionar el «nuevo modelo productivo» (que de «nuevo», como él mismo dice, no tiene nada) con la mezquina disputa entre las autoridades de Madrid, Barcelona y Valencia -que se sepa- por atraer a sus demarcaciones esas Vegas europeas que Sheldon Adelson, el magnate de la «industria del vicio» de Nevada, está decidido, con empeño sospechoso (sospechoso por el prejuicio fundado que pueda tener respecto a nuestros gobernantes), a instalar en nuestro país.

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I+D+I según Forges

La profunda inmoralidad de esto es, en las claras palabras de Rubio Llorente: la «alborozada disposición» de nuestras autoridades a «darle cuanto pida y aún más. Y según las informaciones de la prensa, lo que pide no es poco: edificabilidad sin restricciones en los terrenos elegidos, vías de acceso, servicios de agua y energía, exención de impuestos y cuotas a la Seguridad Social, supresión de trabas en el mercado de trabajo, en la inmigración y en el mercado de capitales». Y termina con esta contundente afirmación: «Forzados a hacer todos ellos (nuestros gobernantes) la misma política económica y social, habían intentado mantener sus diferencias ideológicas en el campo de los valores morales: por ejemplo, ampliando la libertad de la mujer gestante para abortar o, por el contrario, restringiéndola para protegerla así de la presión social que induce al aborto. Si dejan de lado la moral a la hora de optar por el nuevo modelo productivo, nadie podrá nunca volver a tomarse en serio su preocupación por los valores».

En Rubio Llorente hay una mayor intuición que en Elena Cortina respecto a la correcta perspectiva que debe adoptar la ética si queremos que sea realmente valiosa y útil para ayudarnos a salir del planeta panglosiano. Esa mayor lucidez nos parece verla en que no quiere reducir la ética a las relaciones interpersonales, a un acto de la voluntad, sino imbricarla en el nuevo modelo productivo. Pero, al reducirlo todo al final a un simple error de cálculo político, tampoco aparece en su reflexión la reclamación de lo que Carlos París llama una ética radical, la única que podría salvarnos. Si el paciente lector me acompaña hasta el final en este rosario de razones, en la segunda entrega de esta larga entrada, entenderá por qué.

Contra Europa

Si Europa no es una federación como quería Jean Monnet (ni lo fue nunca, ni lo es, ni tiene pinta de llegar a serlo), ni tampoco es (ni antes, ni ahora, ni en un futuro imaginable) esa suerte de hermandad de gobiernos de naciones soberanas que le gustaba imaginar a Charles de Gaulle, ¿qué es Europa? Quizá la mejor respuesta es la del economista ultraliberal Friedrich Hayek, que la definió como una catalaxia, es decir, como un orden que nace del ajuste mutuo de muchas economías en un mercado único.

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Pintoresca, vieja Europa…

Aún hace apenas unas décadas, antes de la implantación del euro, cuando todavía la socialdemocracia de los países occidentales tenía alguna conciencia crítica respecto a la Unión, se rechazaba ese constructo antidemocrático tildándola de la «Europa de los mercaderes». Qué lejos queda ya, en esta aceleración de la estulticia universal, incluso esa mínima reserva mental ante el atropello que vivimos, en nombre, para colmo, de un supuesto ideal fríamente ideado desde su origen para que se desarrollara al margen de la voluntad, los votos y los plebiscitos o deseos de sus ciudadanos. La misma idea de ciudadanía europea fue cuidadosamente apartada de los sucesivos planes con que se ha ido forjando este engendro.

Europa es una selectiva maraña de disposiciones legales, jurídicas y administrativas diseñadas a la mayor gloria del dios de los negocios, infinitamente adaptables a las circunstancias. Piénsese en la manera en que los subterfugios del Tratado de Lisboa sortearon, como si nada, los refrendos negativos de los votantes de Francia y Holanda, o cómo del Tratado de Mastrique (así españolizó nuestro Lope de Vega el nombre de la vieja ciudad imperial de Maastrich), que, según se lea de una forma u otra, permite o no que el Banco Central financie a los estados miembros de la Unión, ha sido interpretado y sancionado según las conveniencias del gobierno y los banqueros alemanes actuales, facción dominante de la catalaxia.

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Mercader de otros tiempos.

Del mismo modo que se olvidó el interesante debate sobre la Europa Oriental, con Turquía en primer término, con las importantes cuestiones religiosas que trajo al primer plano; o cómo, después de la grande bouffe de la banca alemana en Grecia (financiación del crédito que debía ser gastado en la compra de productos alemanes, en un círculo que se consideró virtuoso mientras convino), ese país ha sido transformado en el invitado gorrón e incómodo al que se invita discretamente a abandonar la fiesta…

La Unión Europea, en efecto, es un producto de la guerra fría y de la democracia cristiana dominante en Europa al finalizar de la II Guerra Mundial. Las reformas constitucionales que se hicieron entonces (las que se ultiman ahora para el control del déficit presupuestario son su culminación) formaban parte de lo que algunos estudiosos llaman la democracia militante: un conjunto de normas que querían prevenir fenómenos como el nazismo o el comunismo, que ocuparon con tanta facilidad el territorio sin vigilar de la República de Weimar o la soñolienta Rusia de los zares; un proyecto muy meditado que, con la ayuda del Plan Marshall, pretendía amurallar las democracias débiles, excesivamente deliberativas y expuestas a revueltas y plebiscitos de la Europa de los años 30. No hay más que caer en la cuenta de que las instituciones europeas que detentan el poder -el Consejo, la Comisión, el Tribunal, el Banco- no han sido elegidas por nadie. Sí lo es el Parlamento; pero es un parlamento merovingio, de ornato, inútil, sin poder. Aún así y todo, el miedo a la URSS y a la porosidad del telón de acero trajeron como consecuencia (estratégica, no deseada) los años mitificados del welfare, del traído y llevado (en España apenas entrevisto en los años del boom financiero) estado del bienestar, hoy subastado en almoneda pública, junto a todo el procomún todavía vendible.

Europa no es en absoluto un sueño utópico, como algunos se empeñan aún en afirmar. No sé siquiera si lo ha sido alguna vez. Tal vez hubiera presentimientos de una Europa posible en la cabeza de Arias Montano, de los Valdés o de tantos humanistas como se pasearon por la Europa imperial como por su casa, con el latín como lengua viva. Quizá incluso, aun militarizado y onírico, planeara en las inteligencias malversadas de intelectuales nazis como Carl Schmitt o Martin Heidegger. A lo mejor en el medievalista E. R. Curtius o en nuestro Ortega y Gasset y sus utopías de un nuevo humanismo dirigido por las élites cultas de Europa. Seguro que también en el universalismo eurocéntrico de Karl Marx o en la hiperactividad de la revolución continua de León Trotski.

Pero la misma diversidad e inconcreción de ese sueño, su poco enraizamiento entre los ciudadanos e intelectuales de hoy mismo desprenden sólo un fútil aroma de nostalgia inútil y frustrante. Quizá la sola excepción sea (por su cantidad y duración en el tiempo) la de las conocidas becas erasmus o similares. Más que nada por las dudas que provoca, por su naturaleza de semilla, en el sentido de alguna Europa de ciudadanos que pudiera estar germinando, o convirtiéndose en crisálida, en estos miles de jóvenes estudiantes esparcidos por los estados de la Unión, aprendiendo, compartiendo, dialogando…

Bien poca cosa, como ven los amigos del blog, frente a esta bacanal inmoral del euro y su salvamento en que los impuestos se han convertido en confiscaciones, el humanismo europeo en mera palabrería, la política, en el renovado «tinglado de la antigua farsa» y la soñada universalidad europea ha devenido en este triste y asfixiante provincianismo cultural

Contra Europa, pues como decía Anna Harendt, hemos perdido el mundo. Para lo que interesa en nuestro asunto: hemos perdido Europa, entendida esta como un contorno dador de un sentido a nuestros trabajos y fatigas, un orden que eliminara la posibilidad de cualquier guerra como imaginaba Monnet, un nuevo humanismo como el soñado por Curtius… Contra Europa, pues; contra esta Europa de los mercaderes, en tanto al menos que crecen y sueñan los erasmus, por si acaso se transformaran en mariposas de un nuevo viejo mundo.

La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

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Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

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Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

Lex Artis: una portada ejemplar de “Nueva España”

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: “Rescate de la banca en España”. Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo (“Rescate a España”). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: “la soledad de los mineros del suroccidente”.

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas “de parasitismo” (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.

Lucha de clases unilateral

Una de las secuelas de la inmodélica Transición española, como la apostilla siempre, con razón, Vicenç Navarro, es el desprestigio de nuestros sindicatos. Roto el hilo histórico de nuestro país por la genocida Dictadura de Franco, se perdió también la tradición y costumbre de la lucha y resistencia obreras de las viejas organizaciones sindicales republicanas. Sus enormes masas de afiliados y simpatizantes devinieron en las escuálidas cifras de afiliación actuales y en el olvido y pérdida de su antigua y admirable capacidad de organización espontánea y potencia ideológica.

Sindicalistas Asesinados
Cartel alusivo a los asesinatos de sindicalistas en Colombia, de Amnistía Internacional (http://antorchalibertaria.blogspot.com.es)
Del mismo modo han perdido su intuición para el feeling social contemporáneo, tanto como su legendaria bravura en la lucha. De ello no se ha librado ni CC. OO, la más reciente y novedosa central sindical española, en términos históricos, crecida -en inteligencia, capacidad organizativa y poder de convocatoria- en los mismos entresijos de los sindicatos verticales franquistas, hoy a la defensiva y medrosa, de la mano siempre de la UGT posmoderna.

Pero son los sindicatos que tenemos. Y aunque deben asumir su parte proporcional en el desprestigio e indiferencia social de que gozan en la actual España de la Restauración -por su medrosidad y afición a los pactos palaciegos, por sus previsibles, negociadísimas y siempre postergadas huelgas por un día- no podemos olvidar que han sido escarnecidos, vilipendiados, despreciados, ninguneados como ninguna otra organización colectiva: desde el famoso reloj de Cándido Méndez hasta el más popular aún tiempo libre de los «liberados». Esa campaña, continua, sistemática y laboriosa de los medios de comunicación de la derecha política y económica española, con su pimpampún ha conseguido un éxito «de crítica y público» realmente notable. Pero no tan merecido como creen muchos.

Ahí están los mineros del carbón, hoy mismo, del brazo con sus sindicatos, resistiéndose con bravura a dejar de ser mineros por orden de Bruselas. O los incansables servicios jurídicos sindicales, que han remediado tantísimos despidos improcedentes o han conseguido tamañas indemnizaciones que han paliado los paros de muchísimas familias obreras. Al menos antes de este golpe de mano conocido como Reforma Laboral, que, en realidad, se ha cargado la digna tradición del Derecho del Trabajo español de un plumazo. Para algunos, contará en su haber su histórica renuncia e inhibición en lo que se llamaron Pactos de la Moncloa, para otros -el que esto escribe- no. Es mucho, sin embargo, lo que les debe la sociedad española, como para haberse ganado un mínimo reconocimiento y respeto social.

Pero en España, como dijo Azaña y yo no me canso de repetir, se piensa más con sonsonetes que con ideas; somos tremendamente desconfiados y desagradecidos con los que «se señalan» en la vida pública y, a la vez, desesperadamente ingenuos y tolerantes con los histriones o corruptos, con los vivillos y vivalavirgen. Y eso nos vuelve muy vulnerables en esta guerra social universal, en esta lucha de clases unilateral que nos han declarado los ricos y poderosos del mundo..

¿Por qué ese silencio clamoroso (en la barra lateral del blog he puesto un enlace de fronterad.com a otro «silencio clamoroso» de los Medios: el de África) sobre la Conferencia Internacional del Trabajo que, desde el 30 de mayo al 14 de junio, está teniendo lugar en Ginebra? Allí, por ejemplo, se ha hablado del destino triste de muchos sindicalistas en el mundo, que han sufrido despidos, detenciones o que han sido asesinados (76, en 2011)por el simple hecho de ser miembros de algún sindicato. Según concretó en Ginebra la secretaria general de la CSI, Sharan Burrow, en el prólogo al Informe Anual sobre las Violaciones de los Derechos Sindicales. En una crónica de periodismohumano.com que glosa estos datos, se precisa que el mayor número de asesinatos de sindicalistas se produjo en Colombia, en un triste ranquin que, según ironiza el autor del texto, ha bajado del centenar anual anterior a sólo 29. El placebo de las cifras, como ocurre con el recuento semanal de accidentes de tráfico.

Las clases medias (pero también, en gran medida, el precariado) de las sociedades occidentales vivimos aún como bajo los efectos de una anestesia, o en la neblina posterior a un gran colocón, acorchados y acolchados por el corcho del consumo y la placidez de una vida relativamente tranquila o la colcha de unos medios de comunicación dominados por poderosos grupos económicos y su efecto hipnótico de grandes demiurgos de realidades. Eso nos hace olvidar, víctimas del nihilismo individualista imperante como somos, que hay gente por el mundo que muere a cara de perro todos los días, a tiros, o que es encarcelada, ofendida, amenazada, sólo por pertenecer a un sindicato. Adjudiquemos a la crisis, como es uso corriente, también la falta de respeto social, tan generalizada, que translucen frases tan profundamente hipócritas e inmorales, como la de «ah, ése… ¡Ese es un liberado de sindicatos, un flojo que vive de puta madre!». Un sonsonete más.

Rubalcaba, por ejemplo (la miseria de la retórica)

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político 1.
Giorgio de Chirico Misterio y Melancolía de una calles 1914
Como es válido para todos, cualquier ejemplo vale. Tomo, para el caso, el uso de un tristísimo retruécano, una lene inversión que, por todo recurso, improvisó Pérez Rubalcaba en un impotente intento de desmarcar su opción de economía política frente a la del partido gobernante. Dijo, más o menos, que el PP quería control del déficit y crecimiento económico, pero que el PSOE, que él representa, pretende crecimiento económico y control del déficit. El pobrísimo retruécano de dos conceptos (tan vacíos, por su lado, como todos los que pueblan el desierto semántico y referencial de la ciencia económica) sin presencia humana no esconde más que la sombra verbal de la inacción en que él mismo y su partido están paralizados, la traducción simbólica de su impotencia real y proporcional, complementario, en un espejo invertido -como él quiso decir, tan pobremente- de la facción que ocupa el poder en la actualidad.

Este mismo veterano político del ala derecha del PSOE usaba, días atrás, otra penosísima figura retórica, que en su vertiginoso vacío transparentaba el vacío de su oferta política. Se trataba, aquella vez, de una antonomasia: «lo que dice Hollande es lo que hay que hacer en Europa». La antonomasia contemporánea es siempre paupérrima, porque estos no son tiempos fáciles para la emulación y la eponimia; queda ya tan lejos el «como dize Arisótiles, cosa es verdadera…». En cuanto al vecino listo francés con el que Rubalcaba quiso hacer su antonomasia, coincidirá el lector conmigo en que tampoco es que el hombre esté para tirar cohetes.

Tampoco se le habrá escapado al amigo lector, entre las abundantes y mustias manifestaciones verbales de diputados, ministros o periodistas que salpican los Medios, la admonición de De Guindos, ministro del ramo, que elegía una común y fastidiosa personificación para avisarnos de que «el euro se la juega en Italia y España en las próximas semanas». De nuevo el paisaje vacío de personas, otra vez el hiriente desierto geométrico, como una ciudad de De Chirico, sólo habitada por una suerte de guerrero o futbolista solitario que «se la juega» en dos campos de batalla o fútbol, Italia, España…

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica, política de quienes «nos representan», uno -que se dedica a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a diario, tantas veces. Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los deberes», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

Un naufragio de hoy en día

Disfruté mucho leyendo un reportaje de Florence Aubenas, Quai de la galère, en el ejemplar de Le Monde del jueves. Soy lector sin remedio de periódicos y, como todos los de mi hermandad, estoy preocupado, no por la crisis publicitaria que viven, sino por el hastío que provoca la naturaleza clónica y previsible de sus contenidos y la escritura chata, y aburrida, tan común en los  textos periodísticos contemporáneos, a menudo también plagados de errores, muletillas y eufemismos bienpensantes.

No es el caso de este ejemplar reportaje, en el que su autora -una periodista de raza, sin duda- cautiva al lector desde la elección de la percha inicial hasta el melancólico final. No me resisto a citar algunos fragmentos, a glosarlo y a interpretarlo, a compartirlo con los amigos del blog. Florence Aubenas nos mete desde la primera línea en el comedor de oficales de un barco varado:barco-atracado

«El camarero entra ceremonioso en el comedor de oficiales y sirve un plato de lentejas con carne de cordero. Bajo el retrato de la familia real marroquí, un reloj marca el mediodía, la hora inexcusable de la comida a bordo del Bni N’Sar. Cerca de la piscina vacía, unos marineros enlustran un pontón, el oficial mecánico cacharrea con los motores, cada cual en su tarea, todos los cordajes en su sitio, como si no pasara nada.»

Pero sí que pasa, y la autora, con gran maestría, nos va a ir desvelando el qué. El Bni N’Sar, junto a dos ferris marroquíes más, está a punto de zozobrar en un muelle de Sètes, en el Languedoc francés, frente a Marsella. Pero es un naufragio digno de estos tiempos nada heroicos. En palabras de Florence Aubenas:

«No es, ciertamente, una de esas catástrofes de antaño, brutal y heroica, en el tumulto de una tempestad, a causa de un icebert o en la caza de una ballena. La epopeya del Bni N’Sar es un naufragio contemporáneo, interminable y silencioso, en la inmovilidad de un puerto.»
Ferrie Amarrado
Doscientos marineros marroquíes, junto a sus oficiales, malviven desde hace cinco meses en este y en los otros dos ferries que son propiedad de una naviera de Tánger, a la que un juzgado de Montpellier se los ha embargado por deudas impagadas. Estos hombres melancólicos, a los que les va escaseando todo -el agua, el fuel y la luz, la comida…- y que no cobran sus sueldos desde hace meses, son, sin embargo, metódicos y orgullosos. Repiten sus rutinas diarias como si estuvieran en alta mar y rechazan los alimentos que algunos vecinos del lugar, en un amago solidario, han dejado alguna vez en la rampa de acceso al barco. Cuando las cosas se ponen verdaderamente mal, los armadores les envían 1000 y 2000 euros, con los que se atiborran de bocadillos de atún…

Otro de los barcos, el Marrakech, tiene su propia leyenda que lo hace brillar incluso en la decadencia de su naufragio inmóvil: es el barco del rey. En sus buenos tiempos lo requisó para su uso particular el rey Hassan, que no estaba muy inclinado a viajar en avión desde un intento fallido de atentado. Lo usaba para sus viajes particulares a Argelia o Trípoli y siempre tenía que estar a punto, como si la partida fuera inminente en cualquier momento. Tras su muerte, la compañía fue privatizada y, con ella el mítico ferri que hoy languidece amarrado. De su viejo esplendor real sólo queda ya la pintura desportillada y el moho… Pero dejemos que termine de entonar este naufragio posmoderno la ejemplar periodista francesa:

«Algo más lejos, sobre un brazo de mar, un atracadero ha sido bautizado como el muelle del olvido. Allí van a morir los navíos abandonados: los técnicos ya están tomando las medidas para el amarre del barco del rey.»

Un naufragio triste de estos «tiempos bobos» tan faltos de grandeza. Como tantas tragedias ridículas, tal la de Palinuro, el piloto de Eneas que, muerto de sueño, se cayó al agua y murió ahogado. Naufragios tituló nuestro cronista Cabeza de Vaca el relato inverosímil de su travesía asombrosa: recorrió a pie todo lo que hoy es la frontera sur de EE. UU., pateando su hambre durante miles de kilómetros y salvando su vida con una tonta fama de milagrero entre los indios hostiles con quienes se fue cruzando… Tragedias ridículas, naufragios inmóviles: como los de los millones de trabajadores despedidos en estos años plomizos, como los 20000 que anunciaba hace unos días HP, o los cientos o miles que ya anuncia el nuevo banco que va a nacer de Banca Cívica y la Caixa… Naufragios desconocidos y anónimos, afrontados con el mismo orgullo pundonoroso de los marinos marroquíes. Como sin creérselo, cacharreando mientras tanto y siguiendo con los madrugones de cada día, la rutina y los bocatas de atún, como si no fuera verdad tanta desdicha, tanto naufragio sin tempestad, sin ballena, sin iceberg alguno.

Niños y pobreza: la insoportable actualidad de Dickens y Marx

El informe de la UNICEF  sobre el aumento de la pobreza entre los niños españoles vuelve a poner en evidencia que la dignidad de la condición humana aparece o desaparece sobre todo en nuestra relación y conciencia crítica con la infancia. Los niños son víctimas fáciles y terribles de cualquier abuso: niños mineros, niños de la calle, niños de la guerra, niños hambrientos, niños violados, niños vendidos o comprados… La lista es tan interminable como la historia general de la infamia que imaginó Borges y que apenas esbozó.

Es una actualidad insoportable que ya se denunciaba, en lo que respecta a nuestra contemporaneidad cercana, en Dickens y Marx. Por despedir por el momento estas entradas que he ido dedicando al trabajo, la pobreza, la salud y la felicidad, pongo a continuación unos textos de estos dos autores, unas fotografías que ilustran el trabajo infantil en distintos años y lugares y un radioteatro (¡presentado por Mario Vargas Llosa!) inspirado en Oliver Twist, de Charles Dickens…

De El Capital (Libro II, cap. 13), de Karl Marx:

En algunos ramos de la manufactura lanera inglesa el trabajo infantil, durante los últimos años, se ha reducido considerablemente, casi desapareciendo aquí y allá, incluso. ¿Por qué? La ley fabril establecía dos turnos de niños, uno de los cuales debía trabajar 6 horas y 4 el otro, o 5 cada turno. Pero los padres no querían vender a los half-timers (a los que trabajaban la mitad de la jornada) más barato que antes a los full-timers (a los que trabajaban toda la jornada). De ahí la sustitución de los half-timers por maquinaria. Antes que se prohibiera el trabajo de las mujeres y los niños (de menos de 10 años) en las minas, el capital llegó a la conclusión de que el procedimiento de utilizar en las minas de carbón y de otra índole mujeres y muchachas desnudas, a menudo mezcladas con hombres, estaba tan de acuerdo con su código de moral y sobre todo con su libro mayor, que sólo después de la prohibición recurrió a la maquinaria. Los yanquis han inventado máquinas para picar piedras. Los ingleses no las emplean, ya que el «miserable» (wretch es para la economía política inglesa un término técnico con el que designa al obrero agrícola) que ejecuta ese trabajo recibe como pago una parte tan infima de su labor, que la maquinaria encarecería la producción desde el punto de vista del capitalista. Para sirgar, etc., en los canales, en Inglaterra todavía hoy a veces se emplean mujeres en vez de caballos, porque el trabajo requerido para la producción de caballos y máquinas equivale a una cantidad matemáticamente dada, mientras que el necesario para mantener las mujeres integrantes de la población excedente está por debajo de todo cálculo. De ahí que en ninguna otra parte como en Inglaterra, el país de las máquinas, se vea un derroche tan desvergonzado de fuerza humana para ocupaciones miserables. (…)

La maquinaria, en la medida en que hace prescindible la fuerza muscular, se convierte en medio para emplear a obreros de escasa fuerza física o de desarrollo corporal incompleto, pero de miembros más ágiles. ¡Trabajo femenino e infantil fue, por consiguiente, la primera consigna del empleo capitalista de maquinaria! Así, este poderoso remplazante de trabajo y de obreros se convirtió sin demora en medio de aumentar el número de los asalariados, sometiendo a todos los integrantes de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edades, a la férula del capital. El trabajo forzoso en beneficio del capitalista no sólo usurpó el lugar de los juegos infantiles, sino también el del trabajo libre en la esfera doméstica (…)

De Oliver Twist, de Charles Dickens:

Durante los ocho o diez primeros meses de vida, Oliver Twist careció de nodriza y fue alimentado con biberón. Las autoridades del hospicio comunicaron a las de la parroquia que el estado del huérfano era grave, y como no había ninguna mujer en el establecimiento que se hiciera cargo de él, resolvieron enviarlo a una sucursal situada a cuatro kilómetros de distancia. Allí, veinte o treinta chiquillos, contraviniendo la ley de los pobres, pasaban el día arrastrándose por el suelo bajo la vigilancia maternal de una anciana, la señora Mann, que los recibía a razón de siete peniques por individuo (…).

Pero la señora Mann sabía lo que era más conveniente para sus ahijados, y sobre todo para sí misma, y reservaba para ella la mayor parte del socorro alimenticio. Reducía a sus pequeños pupilos a un régimen más exiguo que el que se administraba en la casa de asilo donde había nacido Oliver. (…) Pensaba hacer subsistir a sus ahijados mediante raciones de aire puro. Por desgracia, aún no había conseguido su propósito. Justamente cuando un niño estaba a punto de llegar a mantenerse con la más pequeña porción de su mísero alimento, caía enfermo de hambre y de frío, o bien se ahogaba por casualidad, o se abrasaba por descuido. Pasaba así al otro mundo, donde sin duda encontraría a los padres que no llegara a conocer en éste.

(…) Y así, cuando Oliver cumplió nueve años, era un niño pálido y raquítico, de escasa estatura y sumamente escuálido. Pero debido a la naturaleza o a sus padres, era de clara y despejada inteligencia.

El día de su cumpleaños se hallaba metido en la carbonera con dos compañeros suyos, quienes, después de compartir con él una lluvia de golpes, habían sido allí encerrados por haber tenido la audacia de quejarse de hambre. De pronto, la señora Mann quedó sorprendida ante la imprevista aparición del guardián, señor Bumble, que trataba de abrir la puerta del jardín. (…)

─¿Le parece a usted respetuoso- dijo enfurecido- hacer esperar a los funcionarios de la parroquia, a la puerta del jardín? (…) Vengo a tratar de negocios, y necesito hablar con usted. (…) El niño llamado Oliverio Twist cumple hoy nueve años, y a pesar de haberse ofrecido una recompensa de

diez libras esterlinas, que se ha elevado poco a poco a doce, no ha sido posible descubrir quién es el padre, así como tampoco el nombre y la condición de la madre. (…) Como Oliver es ya demasiado mayor para permanecer aquí más tiempo, el Consejo ha resuelto que vuelva al asilo, y he venido por lo tanto a buscarlo. Tráigamelo usted al momento.

─Enseguida, enseguida – dijo la señora Mann (…)

─Oliver, ¿quieres venir conmigo? (…)

El niño tuvo el suficiente criterio para fingir pesar por su marcha. No tenía, por lo demás, que esforzarse por verter lágrimas, pues el hambre y los golpes recibidos eran poderosos auxiliares cuando se tiene necesidad de llorar; y Oliver lloró, pues, de la manera más natural del mundo. (…)

Por miserables que fuesen los pequeños compañeros de infortunio de quienes se separaba, eran los únicos amigos que había conocido. Por primera vez tuvo la sensación de su propia soledad en medio de un mundo inmenso y desconocido.

Fotografías de distintos años y lugares sobre el trabajo infantil

(Origen:  http://www.educima.com)

Trabajo, salud, felicidad: el sudor de tu frente (y 2)

Si la ingenuidad aún mantiene viva en algún lector la creencia de que a los gobiernos les importa nuestra salud, en algún sentido paternal o desinteresado, debería abandonarla y desterrarla: los gobiernos son patrones más que padres, como en aquella hermosa película, Padre padrone, de los hermanos Taviani, en la que un padre autoritario explotaba sin piedad a su hijo.

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Del blog: “Comprendre, agir et penser avec Hannah Arendt”
El gobierno nos dejaría fumar como locos en todos sitios si eso no ocasionara tantas bajas por bronquitis, o tan pobre productividad, o tantos gastos médicos, o como quiera que midan la equivalencia de la salud y el tiempo excedente de trabajo. Pues ese es su único y crudo interés. Aún recuerdo con tristeza que, en los momentos puntuales en que se empezó a hablar en los Medios de la implosión financiera, de la escandalosa destrucción de 50 millones de empleos en el mundo, un telediario emitió un largo reportaje sobre las bajas laborales fraudulentas.

Las preocupaciones del gobierno-patrón por la salud de los trabajadores, tan poco filantrópica, tiene su historia y sus vicisitudes, como todo. William Davies («La economía política de la infelicidad», New Left Review, 71) cuenta que un libro sobre el dolor de espalda de Gordon Waddell fue el inspirador de las preocupaciones del gobierno británico por la salud de los trabajadores ingleses. En ese libro descubría su autor que, en contra de la opinión tradicional -que del dolor de espalda se recupera uno con descanso- muchas de esas aperreadas dolencias se curan mejor y de forma más rápida si se sigue trabajando. El paradigma ejemplar para comprender que la salud y el bienestar son un simple factor económico para los estados.

Sobre todo teniendo en cuenta que la depresión es la causa de incapacidad más extendida, en la misma proporción en que se extiende el paro o el trabajo inmaterial, el que está relacionado con la información y los ordenadores, del que tanto se habla. Según nos cuenta Davies, en la década de los 90, a raíz del estudio de los efectos psicológicos del desempleo, se fraguó la economía de la felicidad. Es uno de los atolladeros en que anda metido el capitalismo zombie que padecemos; en este mismo artículo se mencionan intentos gubernamentales, más o menos descabellados, por paliar ese problema universal que les supone la infelicidad de la gente, que ha roto con el equilibrio hedonista del consumismo. Es ilustrador recordar, por ejemplo, que el nuevo laborismo de Tony Blair propició un programa de Acceso Creciente a las Terapias Psicológicas, un proyecto de terapia conductista que puso en manos de un técnico formado en la London School of Economics…

¿Qué les voy a contar más que no nos deprima también a nosotros…? Pues alguna perla podemos añadir aún. En 2007, según los datos que aporta Davies, el ministerio de Cultura británico encargó unos cálculos contables para comprobar la rentabilidad económica de los eventos culturales o los costes del deterioro psicológico del desempleo, descubriendo que, por ejemplo, la asistencia regular a conciertos tiene un impacto sobre la felicidad equivalente a 9000 libras de ingresos adicionales. O que habría que pagar 250000 libras a un desempleado para compensar los daños psicológicos ocasionados por la vivencia del paro…

EvolucionAunque no llegaremos nunca a la hipérbole del Reino de Bután, que mide estadísticamente su progreso por la Felicidad Nacional Bruta, en vez de por el PIB, una salida semejante andan buscando las democracias mercantiles contemporáneas, para salir del círculo vicioso y paradójico en que nos han metido: ser más felices, trabajando menos y en condiciones que en una enorme parte del mundo recuerdan a las que describían Marx o Dickens en sus novelas. Educar a los jóvenes en el estrés de la eficiencia y la producitvidad tecnológica, la competencia y la ambición en un mundo que los va a invitar, por el contrario, al desempleo y la depresión. Aceptar unas reglas de juego dramáticas en las que nadie cree. Jugar una partida de naipes en una mesa donde hay más tahures y burlangas que jugadores que siguen las normas del juego…

A uno no se le ocurre, para acabar, nada mejor que recordar las palabras sabias que Epicuro dirigió a Meneceo: «El principio de todo esto, y el bien máximo, es el juicio (…) y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con juicio, belleza y justicia sin ser feliz». Que así sea. Podría ocurrir que el tiempo sobrante (ni socialmente necesario, ni plustrabajo) que pueda regalar el paro, la baja por depresión o la desazón de la infelicidad nos sirviera para recuperar el alma crítica y epicúrea (y no el «espíritu burlón y el alma quieta» que denunciaba Machado) que, al menos, nos ha sido dado sentir y adivinar en las plazas españolas en estos días, el mejor antidepresivo posible…