El autor de este artículo reivindica la falda para los hombres, pero alejándose, de propio intento, de argumentos sociológicos. Se ciñe, en efecto, a las ventajas prácticas de esa prenda, contradice a sus detractores e insinúa algunas posibles complicaciones en el futuro…
Por Karim Ganem Maloof

Me emociona que las faldas se estén poniendo de moda entre los hombres. Dejaré a los antropólogos esclarecer las importantes consecuencias en materia de género y sociedad de esta tendencia, para referirme en cambio a sus ventajas más evidentes. Para empezar, la falda es una excelente mesa plegable. Cuando estaba en el colegio, solía mirar con envidia el picnic que las niñas organizaban entre sus piernas, desplegando un poco esos manteles que llevaban puestos. En ese práctico tendido disponían las chucherías de la merienda, y ahí caían las migajas de pasteles de pollo y deditos de queso, como si ese entrepiso les diera más decoro que inclinarse como hacíamos los niños, tal vez un poco ridículos al intentar que, a cada mordisco, las boronas cayeran al suelo y no en nuestros pantalones. Pero era un esfuerzo inútil: las niñas más audaces acababan la ceremonia parándose de golpe y sacudiendo la falda como de hecho se haría con un mantel; las migajas salían despedidas al aire y aterrizaban en cualquier parte, incluidos los niños y nuestros asfixiantes pantalones de franela.
Así queda demostrado que la falda es un mobiliario versátil que promueve la higiene.
La segunda ventaja obvia de usar falda es garantizarnos una existencia más atlética. Como sabemos, muchos hombres andamos por la vida sin piernas ni pantorrillas, sustentados únicamente por la buena voluntad. Nuestra cintura se conecta con los pies por telepatía y no por músculos, secreto guardado por mucho tiempo en la encubridora anchura de los pantalones. Algún psicólogo podría adivinar que lo que no se exhibe en sociedad tampoco avergüenza en las alcobas, y en general no se acondiciona en los gimnasios. La vanidad tiene sus consecuencias benignas. La ausencia de faldas en nuestro guardarropa ha promovido la degeneración del cuerpo masculino, que cuelga del trapecio, apenas sostenido por la fuerza de los bíceps, viendo con horror el abismo que se abre de la cintura para abajo, territorio de faldas.
Tengo detractores de espíritu bélico. Preguntan, irónicos, si a un soldado se le puede ataviar con una coqueta falda. A esos críticos basta con mostrarles una foto de los regimientos escoceses al servicio del Imperio británico durante la Primera Guerra Mundial, los cuales, para no prescindir de sus tradicionales kilts, cambiaron el tartán de sus telas por el camuflado caqui. En las trincheras, entre el barro, la falda es más cómoda que los pantalones, se empapa menos y seca más rápido.
Visitas: 49
