Líos de faldas

El autor de este artículo reivindica la falda para los hombres, pero alejándose, de propio intento, de argumentos sociológicos. Se ciñe, en efecto, a las ventajas prácticas de esa prenda, contradice a sus detractores e insinúa algunas posibles complicaciones en el futuro…

Por Karim Ganem Maloof

© Gustavo Perdomo | El autor viste una túnica de lino de A New Cross. La pieza es una combinación entre el kimono y la túnica cerrada. Tiene una silueta amplia y unisex, con dos cruces yuxtapuestos que crean el efecto visual de una pieza inferior y otra superior.

Me emociona que las faldas se estén poniendo de moda entre los hombres. Dejaré a los antropólogos esclarecer las importantes consecuencias en materia de género y sociedad de esta tendencia, para referirme en cambio a sus ventajas más evidentes. Para empezar, la falda es una excelente mesa plegable. Cuando estaba en el colegio, solía mirar con envidia el picnic que las niñas organizaban entre sus piernas, desplegando un poco esos manteles que llevaban puestos. En ese práctico tendido disponían las chucherías de la merienda, y ahí caían las migajas de pasteles de pollo y deditos de queso, como si ese entrepiso les diera más decoro que inclinarse como hacíamos los niños, tal vez un poco ridículos al intentar que, a cada mordisco, las boronas cayeran al suelo y no en nuestros pantalones. Pero era un esfuerzo inútil: las niñas más audaces acababan la ceremonia parándose de golpe y sacudiendo la falda como de hecho se haría con un mantel; las migajas salían despedidas al aire y aterrizaban en cualquier parte, incluidos los niños y nuestros asfixiantes pantalones de franela.

Así queda demostrado que la falda es un mobiliario versátil que promueve la higiene.

La segunda ventaja obvia de usar falda es garantizarnos una existencia más atlética. Como sabemos, muchos hombres andamos por la vida sin piernas ni pantorrillas, sustentados únicamente por la buena voluntad. Nuestra cintura se conecta con los pies por telepatía y no por músculos, secreto guardado por mucho tiempo en la encubridora anchura de los pantalones. Algún psicólogo podría adivinar que lo que no se exhibe en sociedad tampoco avergüenza en las alcobas, y en general no se acondiciona en los gimnasios. La vanidad tiene sus consecuencias benignas. La ausencia de faldas en nuestro guardarropa ha promovido la degeneración del cuerpo masculino, que cuelga del trapecio, apenas sostenido por la fuerza de los bíceps, viendo con horror el abismo que se abre de la cintura para abajo, territorio de faldas.

Tengo detractores de espíritu bélico. Preguntan, irónicos, si a un soldado se le puede ataviar con una coqueta falda. A esos críticos basta con mostrarles una foto de los regimientos escoceses al servicio del Imperio británico durante la Primera Guerra Mundial, los cuales, para no prescindir de sus tradicionales kilts, cambiaron el tartán de sus telas por el camuflado caqui. En las trincheras, entre el barro, la falda es más cómoda que los pantalones, se empapa menos y seca más rápido.

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«Cerca y lejos» y otras glosas y sermones (Apuntes, 19)

Cerca y lejos

Wolfgang Schivelbusch (The industrialization of Time and Space in the Nineteenth Century) distinguía entre «paisaje» y «panorama». El panorama lo asociaba al viaje en tren, porque tal como se ve desde la ventanilla, el primer plano pasa tan rápido que debe ser omitido de la escena. El panorama es un paisaje cuyo primer plano, la parte más cercana al observador, ha sido suprimido. Hoy en día, para nosotros, el mundo entero se ve como un panorama. Estamos ahora ciegos ante todo lo que se mueve en el primer plano, justo delante nuestro, y no sabemos cómo reconstruir el paisaje.

El autor de esta observación, Marco d’Eramo, comienza su reflexión (en la tan leída y citada por mí NLR) sobre el espacio-tiempo contemporáneo con una confesión llena de perplejidad: «Al cumplir mi hijo los 16 años, me percaté de un hecho extraño. Unas veces con su madre y otras conmigo había viajado por cuatro continentes y visitado ciudades lejanas como Yakarta, Los Ángeles, Nairobi o Moscú, pero nunca había estado en Lucca, Pisa o Florencia.»

Esta paradoja (comprobable también en nuestras relaciones sociales en Internet) tienen que ver con la revolución de lis transportes que ya llamó la atención a Marx, quien se dio cuenta de que, gracias a ellos, el capitalismo estaba trastocando la percepción del tiempo y el espacio, pese a no haber conocido la revolución de las comunicaciones.  Ese trastorno de la perspectiva del cerca y el lejos explica también por qué la caridad o el apoyo solidario se dirige tan elocuentemente a los necesitados lejanos: nuestro pobre ideal está en otras latitudes, nunca a la vuelta de la esquina: porque no lo vemos, ya no forma parte del paisaje…

Las faldas de Prada

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como «una instalación vanguardista sobre el arte de las compras». Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: «La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek

Creced y multiplicaos

Hay fenómenos de naturaleza involuntaria (por más que los gobiernos pretendan a menudo potenciarlo con dádivas: recordemos a nuestro Zapatero) como el crecimiento demográfico, que pueden tener consecuencias muy profundas en el cambio social. Recordemos, por ejemplo, el derrumbe de las fronteras del Rhin del Imperio romano a causa de las oleadas imparables de los pueblos germánicos. Leo un análisis, de una periodista de mediapart.fr (en la versión española de infoLibre, ¿aún no quieres pagar por una prensa independiente y crítica?) sobre esto mismo en Israel y Palestina:

Un mando del Ejército israelí así lo aseguró ante la Comisión de Asuntos Extranjeros y de Defensa de la Knesset el pasado 26 de marzo. Alrededor de cinco millones de palestinos viven en Cisjordania y en la Franja de Gaza. Si a esas cifras se le suman los residentes palestinos de Jerusalén Oriental, en torno a 323.000, y los árabes israelíes (1,8 millones), los árabes (7,1 millones) superarían en número a lo judíos en la zona que abarca del Mediterráneo al río Jordán. Según el censo anual publicado por el servicio israelí de estadística el pasado 16 de abril, los judíos son 6,5 millones en la región (un cifra que incluye a los colonos instalados en Cisjordania).

Dichos cálculos tienen repercusiones políticas. Y confirma el argumento enarbolado por la izquierda israelí desde hace décadas, a saber, que la demografía palestina es una “bomba de efecto retardado” y que es urgente dar con la solución de los dos Estados antes de que los judíos sean minoría. Sin embargo, en la derecha, esta teoría ha sido invalidada sistemáticamente. Al contrario, los partidarios del Gran Israel, o al menos de la anexión de una parte de Cisjordania, aspiran a conservar una mayoría judía, consideran que la dinámica demográfica es propia a los judíos y que las cifras facilitadas por el Ejército son “falsas”. Israel-Palestina: el desafío demográfico

Recuerdo que lo advertía frecuentemente el periodista Eduardo Haro Tecglen, cuando apenas se atisbaban las masas migratorias y de refugiados, empujando los fuertes de Occidente, que vemos hoy, con tan estúpida indiferencia. Al fin y al cabo, es el arma más vieja de los pobres: tener más hijos, formar una prole. Tirando muy largo y muy atrás, tal vez ese fue el secreto del homo sapiens en su expansión y preponderancia por todo el planeta: ser más, desbordar el espacio para crear un nuevo tiempo…

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