La jaula del soneto

¡Ay los sonetos!

La jaula del soneto

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¡Ay los sonetos! Primero, las anécdotas, después un poquito de teoría:

Los sonetos, se decía, son el reto del verdadero poeta, la “puerta grande” por la que salir triunfante, por decirlo en el lenguaje de la tauromaquia. Es una forma métrica muy cerrada que siempre acaba como uno nunca esperaría, como una transacción obligada entre lo que se quiere decir y aquello a lo que obliga la férrea fórmula rítmica: el resultado de una lucha, un verdadero tormento…

He contado muchas veces que una mañana me desperté con un endecasílabo rondando mi cabeza. Aturdido aún por el sueño, cogí un lápiz, empecé a encadenar versos y escribí así mi primer soneto. Como soy de naturaleza adictiva – y tengo buen oído – seguí creando sonetos en los días y semanas posteriores, hasta decir basta, que para sueño aquello duraba ya demasiado…

No acaba ahí mi rara relación con los sonetos. Cuando empecé a dar clases, como colofón a los días dedicados al estudio de la Métrica, en un arranque de chulería que a punto estuvo de costarme un disgusto, reté a mis estudiantes a escribir un soneto. Tan sobrado estaba entonces que, en el colmo, prometí que aprobaría el curso aquel que creara un soneto perfecto. Creí cubrirme las espaldas advirtiendo que, por supuesto, descubriría cualquier intento de plagio. Triste de mí, tuve que comerme mis palabras al leer un soneto perfecto, que no conocía, entre los penosos intentos de la mayoría. Y me tuve que desdecir de la promesa inicial, sustituyéndola con un miserable punto arriba en la nota trimestral de aquel sospechoso poeta adolescente…

¡Ay los sonetos! El descubrimiento del “Soneto estadounidense para mi asesino del pasado y del futuro”, de Terrance Hayes me ha hecho recordar todo esto, para hacer como dijo Hayes: “Te encierro en un soneto estadounidense que es mitad cárcel, mitad armario antipánico” y más adelante “Te encierro en una forma que es mitad caja de música, mitad picadora de carne, para separar el canto del pájaro de los huesos”. Como ve el lector, una especie de conjuro… “Te fabrico una caja de oscuridad con un pájaro en el corazón”.

Se considera habitualmente que el soneto, esa jaula donde el poeta norteamericano quiere encerrar a su futuro asesino (el poema es de 2017 ¿el asesino es un policía?, ¿su violencia es la violencia racista tan actual?) se considera una forma literaria “fría”, que no deja escapar el pájaro del sentimiento o el grito y la proclama. Es, salvando los siglos de distancia, lo mismo que ocurría con la poesía del amor cortés, aquel artificio que, mediante una medida inversión, aplanaba el sentimiento amoroso del caballero hacia su dama considerándose su vasallo y a ella su señora. La jaula de la relación feudal servía al poeta para encerrar un sentimiento que, de otra forma, se desbordaría.

Así lo piensa Anahid Nersessian, en un ensayo sobre el tono literario que, como el musical, tiñe la composición toda. Este tono frío, mediante el distanciamiento que provoca, no le parece a este autor, sin embargo, el embotargamiento emocional que en psiquiatría se asocia a la esquizofrenia, la depresión profunda o el shock postraumático. No, sino que, como ocurre también en muchas obras de las vanguardias, aparentemente privadas de empatía, al refrenar el grito -de amor, desesperación o denuncia- y embridarlo en formas literarias férreas, evita el rechazo del lector u oyente, ganando su atención por el contrario, como el siseo suave consigue el silencio del niño, el susurro el de los enamorados o el bajo continuo el del oyente musical.

El soneto soñado del que hablaba al principio estaba dedicado a Leonor, la joven enamorada de Antonio Machado. Planteaba un rescate imposible de una adolescente que yo soñé como prisionera de un amor cautivo. ¿Cómo hablar de un amor tan imposible y literario, de tal sentimiento desmedido sino enjaulándolo en un soneto?

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