La hipótesis de Condorcet tiene aún cierto valor: considerar que las dinámicas sociales están protagonizadas por la humanidad entendida como un pueblo único, sin que se vean afectadas por las vicisitudes de las naciones o patrias, constituido en comunidad política. La perspectiva de esta abstracción es la que ha conseguido, por ejemplo, el avance imparable de las políticas de Derechos Humanos. Pero tal vez aún mayor que este acierto fue el error del filósofo francés de creer ciegamente en la perfectibilidad de los seres humanos, y, como consecuencia, en el progreso continuo. Es uno de los padres de tan nefasta sugestión.
Esa idea tan dañina, asumida desde la Ilustración, resumida en la conocida frase de Leibnitz, “el presente está preñado de porvenir”, se ha mostrado, tras la última ilusión (un hedonista presente continuo, preconizado por la posmodernidad desde los años 80), como un “progreso” hacia la nada, el de una humanidad sonámbula en un tren sin conductor, por decirlo con la conocida metáfora.

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