Para Annie Ernaux, la reciente Nóbel de Literatura, el «yo» es un lugar, no la expresión de una subjetividad. La razón le asiste: como bien saben los expertos publicitarios, «yo» en un anuncio es cualquiera que lo lee y dice «yo». La culpa de la sobrevaloración de la primera persona del verbo es, seguramente, de la poesía lírica. Más aún, de la identificación del que habla con la biografía real del autor/persona.
Nada más lejos. En realidad, los pronombres personales son deícticos, señaladores de las lenguas, perfectamente equiparables al dedo índice dirigido a quien habla o a quien escucha: «yo» es toc-toc… Nos engaña, así, ese relleno metafísico que llamamos identidad o conciencia, muy antiguo ya en nuestra cultura, una amalgama de recuerdos mal hilvanados y vaporosos sueños de futuros, no menos neblinosos.
Como bien explica Annie Arnoux, el «yo» usado sin excepción en su obra literaria no es más que un espacio donde impactan las experiencias vividas como reales, modificadas por y modificando a los infinitos contextos en que nos pasan las cosas. Su libro Los años da buena cuenta de ello.
Ni siquiera es aplicable a la primera persona gramatical el concepto, y medida, de verdad. En nuestro auxilio, los hermosos versos de José Saramago en su «El poeta es un fingidor»: finge tan certeramente / que hasta finge que es verdad / el dolor que en verdad siente… En el límite, todas las autobiografías son historias de ficción, sostenidas a duras penas por los testigos de las distintas tramas de la vida, tan poco fiables como la pretenciosa voz del «yo» protagonista.
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