Ignorancia nada docta

En estos tiempos no hay lo que en otros llamó Nicolás de Cusa docta ignorantia. No, sino una ignorancia nada humilde ni filosófica sino zafia y presuntuosa, irascible y vocinglera, que afirma su estólida presencia en las esquinas de los bares, en las tertulias televisivas, en las comidas familiares (cuando existen, “¡niña, qué sabrás tú, callate, anda!), en las reuniones arrabaleras de la internet…

El problema, como decía hace poco John Carlin, no es la verdad tergiversada de los bulos o los falsos relatos o las noticias manipuladas: no, el verdadero problema es la ignorancia general y la fe indiferente en cualquier mentira. Ese es, para él el verdadero combate al que se enfrenta el periodismo honesto (escaso, pero lo hay): el desmontaje de las mentiras.

La versión más irritante de la ignorancia pública es la que podríamos llamar ignorancia gugliana: la de ese que, en medio de una discusión más o menos interesante (a veces surgen), coge el telefonito, teclea lo que sea y levanta la mano admonitoria diciendo, ufano:

-Eso no es así, es…

Ese, digo bien, no esa, porque son los hombres los que explican cosas, venga o no venga a cuento, soberbios y orgullosos de su saber indocto, de su gritona ignorancia, de su aparatoso y fálico móvil:

-¡Cállate, María, qué sabrás tú!

Visitas: 4

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.