En torno a ‘El caballero encantado’, de Benito Pérez Galdós, y 4

Publicado primero en Frontera Digital

La escuela y la despensa, la despensa y la escuela…

El autor de la inversión anterior es el mismo que dijo “Jamás habrá otra ni más España que la que salga de la cabeza de los españoles”: Joaquín Costa. Su repertorio de frases sentenciosas (hoy las llamaríamos memes) es abundante y muy conocido y citado. En particular, sobre la educación; compartía con los demás miembros del movimiento que llamamos Regeneracionismo, la creencia en la potencia transformadora de la escuela. Ponían en sus manos una utopía lenta, pero posible. Esa creencia fue heredada por la Generación del 98 y novecentistas –una generación de profesores– y llegó a hacerse realidad, de forma breve pero brillante, con la Generación de la República. Galdós, que fue muy longevo, vivió a caballo entre estas generaciones y, como Costa, pensaba que no habría nunca otra España que la que saliera de la cabeza de los españoles. También en El caballero encantado, del modo en que lo sugerimos ahora.

Esta es una novela “pedagógica”, en su estructura externa e interna. En la intencionalidad del autor, en cuanto el elemento discursivo, disperso por toda la narración, apela a la conciencia social del lector, a una toma de postura en el mundo real. De un modo complementario a la pareja, que cuando, terminado el proceso de re-educación, vuelve a Madrid con su hijo, está dispuesta a llevar su nuevo compromiso a la práctica. De una forma paradójica, Galdós mantiene una idea elitista de la política. El caballero Gil es un aristócrata, que conoció la experiencia de ser diputado “cunero”, esa práctica perversa que hacía de la democracia de la Restauración una farsa. Lo sigue siendo tras su vuelta a Madrid a través del tiempo y el espacio. Esto ocurre aunque haya sido re-educado en un conocimiento más profundo de la España real. Se trata de una creencia en las reformas hechas desde arriba por una élite ilustrada, que atraviesa el pensamiento político español hasta hoy mismo. Resonó con estruendo en el orteguiano “No es esto, no es esto”, y con la misma fuerza en la actual impugnación o defensa de la Transición política. Pero volvamos al cuento:

Internamente, la novela toda descansa en el plan “educativo” urdido por la Madre, que somete –gracias a su poder demiúrgico– a un grupo selecto de personas a un aprendizaje de la verdadera realidad española en la “Universidad de la vida”. Se trata de una educación crítica y práctica, esto es, basada en la experiencia.

Pero, además, el lector conoce desde el principio los errores formativos de algunos personajes y el trabajo –duro, infructuoso por las condiciones sociales y políticas de la Restauración– de otros. Así, la “mala educación” del caballero Gil, se nos presenta bajo esa perspectiva crítica desde el primer capítulo:

“… hijo único de padres opulentos”, “sometido en su adolescencia verde a la preceptoría de un clérigo maduro que debía enderezarle la conciencia y henchirle el caletre de conocimientos elementales”. Huérfano a los 20 años, “Carlitos se deshizo del clérigo (…) y se dedicó a desaprender las insípidas enseñanzas de su primer maestro y a llenar con ávidas lecturas lo vacío del cerebro”.

(Del Marqués de Torralba, que es su padrino y tutor) “… tolerancia y benignidad que no eran más que formas de pereza”. “A su ahijado no exigía más que el cumplimiento exacto de las fórmulas y reglas del honor, la cortesía, el decoro en las apariencias”.

Los maestros

Hay dos maestros entre los protagonistas de la novela, marcados simbólicamente por el pasado y por el futuro. Cintia/Pascuala, la hermosa colombiana portadora de la esperanza en el mundo del Doble, es una de ellas. En su aparición en La Dehesa (cap. XI, p. 226), donde se produce la reminiscencia que va a permitir al caballero Gil su reconocimiento de la Cintia del mundo real, es su lenguaje, su manera de hablar, la que delata sus estudios y profesión: “Ya en el encuentro o aparición en La Dehesa había notado Gil que el lenguaje de la moza no era el habla tosca del pueblo campesino con limpia dicción y con notoria pureza gramatical”. He aquí su confesión:

“(…) Soy maestra. En Zaragoza, donde he vivido cinco años con mi tío don Bruno Borjabad, procurador, hice mis estudios, y tengo título… ¿Qué te creías? Ahora estamos esperando a que don Feliciano Gaitín, que es el mandón de estos lugares, nos cumpla lo prometido: darme una escuelita de párvulos en cualquier pueblo de esta comarca”.

Uno de los Gaitines, en efecto, cacique de la comarca, cumple su promesa y le concede tener su “escuelita” en Calatañazor (Cap. XVI, p. 279). Tras la complicada búsqueda de Pascuala/Cintia, en compañía de Cíbico (un personaje secundario, simpático y sanchopancesco chamarilero, descubre por fin la escuela “en el lugar menos áspero de la ciudad»:

“Torciendo a la derecha, llegaron los caminantes al rincón menos áspero de la ciudad, una solana o miradero que dominaba un abismo, en cuyo fondo plateaba el río Milanos. —Aquí tenemos nuestro albergue –dijo Cíbico a su escudero, parando la borrica en un portalón desvencijado–. Aquella casa que allí ves, pintada de ocre, es la escuela. Yo me acerco al templo de Minerva, vulgo Instrucción Primaria; meto el hocico, y si veo que está Pascuala sola, te miro, llevándome la mano a la gorra como si te hiciera saludo militar. Vas tú, la ves, hablas un poco, y yo te espero en el parador”.

La presentación de la maestra de sus “pobres criaturas” e ilumina la intención de Galdós:

“(Habla Pascuala) …Mi único consuelo está en las pobres criaturas que aquí ves… Las quiero, y ellas me quieren a mí… creo yo que tanto como quieren a sus madres… tal vez más. Aquí, practicando el magisterio, he descubierto que sirvo para educar niños y encender en ellos las primeras luces del conocimiento”.

Como dice de forma tajante la Madre, en otro lugar: “En los tiempos que corren, los niños mandan”. Los niños, portadores de la utopía posible para la nueva España que sueña el novelista… Es la Señora/Madre, justamente, en su encarnación de la España desdoblada, la que, en el capítulo XVII –despensa y escuela, recordemos– la que nos presenta al otro maestro de la obra, que, en nuestra interpretación, representa el presente y el pasado del Magisterio. Ocurre en Boñices, el enclave narrativo donde el autor nos convoca a conocer, de la forma más desoladora, el hambre y la desigualdad social en la España de la época. La Madre que traía perdices, chorizos y pan para agasajar a sus hijos (el Estado protector) aclara: “y los demás no han de estimar corta la cena”. Responde don Alquiborontifosio, más comúnmente conocido como don Quiboro, maestro de párvulos del lugar (cap. XVII, p. 297):

“—¿Qué ha de ser corta –dijo el viejo melenudo y cegato– si, como sabe Vuecencia, estamos todos en el caso de aquel pueblo donde se pregonaba: ‘Aquí es Villagorda, un garbanzo en cada olla’?

El que así hablaba era el maestro de párvulos de Boñices, agraciado por la España oficial con el generoso estipendio de quinientas pesetas al año; hombre que en largos días de magisterio había utilizado su corta ciencia doctorándose a sí mismo en la gramática parda y en la filosofía parduzca, sabio en recetas de vida, eruditísimo en refranes. Su nombre, largo como un alfabeto, era de los que empiezan y no acaban: don Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias, mas por abreviar la gente lo llamaba don Quiboro, así las gentes acortaban kilómetros entre la primera y la última letra. El buen señor, rendido a su cansancio y la miseria del pueblo, no enseñaba cosa alguna a los chicos, y les entretenía contándoles cuentos para que adormecieran el hambre, o salía con ellos al atrio de la iglesia para jugar al chito”.

Volveremos a encontrar a este héroe de la enseñanza en varias ocasiones antes de su trágico destino en el peculiar Gólgota que planea Galdós para el final. Una es en la cuerda de presos en la que van nuestros protagonistas camino de la cárcel de Honrubia, con destino final en Medinaceli. Descansan en una venta[1] don Quiboro, en una situación tristísima, sin ropa, sin comida, había abandonado Boñices y, yendo al buen tuntún de los caminos, acaba también detenido y trasladado. Se produce el reconocimiento y el reencuentro:

(Cap. XXI, p. 335)

“—Buen hombre, se quedará usted helado si no tiene manta. Arrímese acá y participe de la mía (…) No tema que le pegue miseria, que yo, aunque pobre, no la tengo.

—Señor, yo lo conozco a usted; creo haberle visto en un lugar llamado Boñices. Dígame si es usted un maestro que tiene por nombre don Alqui… bori..

—… para servir a Dios y a usted –dijo el otro gravemente, mordiendo el queso con avidez–. Escóndese el rico mas no el mísero. Como los lobos bajan del monte al llano movidos del apetito de carne, así he salido yo de Boñices, y voy a la ventura por estas tierras, buscando el lugar de abundancia donde sobre un mendrugo”.

Y a la mañana siguiente, con ganas de contar su historia al caballero, asan unas patatas que le han regalado unos labriegos y, al calor de la lumbre, el maestro pronuncia el clarificador discurso, no de la Edad de Oro (siempre la presencia de fondo de Cervantes) sino su memorial de agravios:

“—A tal miseria han venido a parar mis cincuenta y más años de magisterio en Aliud primero, después en Torreblascos y por fin en el moribundo lugar de Boñices. Vea usted el premio que dan a una vida consagrada a la más alta función del Reino, que es disponer a los niños para que pasen de animalitos a personas… y aun a personajes, que yo con documento puedo atestiguar… carta canta… que en Buenos Aires, en México, y en otras partes de las Indias viven ricachones que fueron desasnados por mí, y que bajo mi palmeta, hoy en desuso, aprendieron a distinguir la e de la o. Y en esas Cortes o Senados de Madrid, en que tanto se parla, algunos hay que llegaron cerriles a mis manos, y de ellas salieron bien pulidos de lectura y escritura, con algo de aritmética. Nadie me ha favorecido en este viacrucis doloroso. Dos generaciones de Gaitines han pasado delante de mí con los oídos tapados a mis quejas. Y solo me atendieron a medias y de mala gana cuando reclamaba yo dos años de atrasos, dos años de paga, ¡Señor!, que me debía el Ayuntamiento. Los Gaitines han favorecido más la fábrica de aguardiente que la fábrica de ilustración. Y heme aquí errante, sin más ropa que la puesta y esta manta, atenido a la caridad pública, rodando como las hojas muertas que lleva el viento, sin encontrar ni protección, ni pan, ni siquiera sepultura, pues cuando menos lo piense, caeré muerto en lugar salvaje donde las bestias me pisen y los buitres me coman. ¡Oh, buitres, comedme y hartaos de mi carne podrida, y que os aproveche y hagáis buena digestión! Seréis más dichosos que yo lo fui. ¡Oh niños, niños mil, a quienes saqué de las tinieblas; al daros luz, hice una generación de hombres ingratos!”.

En el capítulo XXIII, ya al final del libro, asistimos a la muerte del Maestro español de la Restauración:

(Le habla Regino)

“—… ¿Ha sido usted militar? ¿Ha sido labrador?

—No señor… He sido…

—Ha sido maestro de escuela –dijo la Madre–. Tened compasión del que enseñó a leer a vuestros padres. (…)

—Maestro –dijo un guardia–, haga el favor de no morirse en nuestras manos, que no tenemos la culpa de su infelicidad.

Y él, extinguiéndose, articuló trémulas expresiones:

—Maestro fui, ya no soy nada… Rezadme algo… Mejor será que digáis: ‘Muerta es la abeja, que daba la miel y la cera’”.

Hablan sin cesar, pero no dicen nada…

El recorrido por el tratamiento y retrato que hace Galdós de la educación en este libro quedaría incompleto si no mencionamos la “última lección” que queda aún por aprender al caballero encantado, antes de salir definitivamente del mundo del Doble y volver a la España real. Se trata, quizá, del aprendizaje más difícil para los gárrulos españoles, sobre todo los políticos: saber escuchar y valorar el silencio… Risum teneatis?

Esta lección/castigo es impartida en el espacio escénico más extraño (y teatral y cinematográfico) imaginado por nuestro autor. Un lugar más propio de una película de ciencia-ficción que de la geografía española a que nos ha tenido acostumbrados hasta ahora. Es, también, el último espejo/río, la última aparición del Doble. Pues bien, este tránsito final se produce mediante la inmersión en el río Tajo, en un alegórico bautismo inaugural, en un doble sentido: la vuelta a los orígenes para la Madre y el renacer de Gil, el caballero regenerado. En un baño apoteósico, grita la Madre: “Al fin llego a ti, mi Tajo potente, mi Tajo impetuoso y varonil… En ti me limpio de esta pegadiza roña de mi vejez; en ti recobro mi hermosura y majestad”.

Los nuevos espacios alegóricos en que emerge el caballero ya no son lugares reales, sino espacios cerrados, pulcros y asépticos, llenos de transparencias y poblados y mantenidos por una suerte de monjes a los que se identifica por sus colores: túnicas rojas (no sin intención) y blancas. Un “palacio de silencio” en el que no había “criados ni señores”; el palacio, pues, de la igualdad: jardines de cristal, sin sol, estructuras circulares… El círculo del encantamiento está a punto de cerrarse sobre sí mismo cuando Gil entrevé a Cintia a través de un vidrio que recuerda al espejo de la casa de Becerro, donde empezó el viaje iniciático de los protagonistas, pero invertido.

Allí, durante un tiempo de silencio indefinido, Gil vaga por pasillos transparentes, jardines de flores sin aroma y “fantasmas, duendes y pececillos”. La comunicación, como dura lección, que debe aprender, se establece solo a través de la mímica, que, no obstante, es suficiente para hacer amistad con algunos de aquellos seres. El autor lo explica:

“Allí se les daba la última pasadita, el barniz que llamaban ‘cura del silencio’, soberano remedio que atajaba el flujo de las palabras ociosas”.

Aceptemos nosotros, por nuestra parte, tan difícil lección y demos fin a este largo ensayo por entregas, agradeciendo al lector posible su compañía y paciencia.

*Vuelve a las reseñas anteriores, en torno a El caballero encantado, de Galdós: 1, 2 y 3.

[1]    La influencia cervantina, el homenaje, en personajes, espacios y motivos del Quijote es continuo.

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