No sé si ha sido casualidad o porque inconscientemente lo he buscado, pero siempre he vivido en ciudades en las que un castillo o una iglesia presiden la población o son visibles en un cerro cercano. Aunque lo más probable es que haya una razón estadística: son muchas. Bien conservadas o en ruinas, estas edificaciones, antiguos símbolos de poder, civil o religioso, en torno a los cuales se amontonaron las casas medievales, siguen ahí, protectores o amenazantes, como infaustos recordatorios del ojo vigilante de Dios o del Señor…
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