
Son las ocho y cuarto de la mañana y ya se oye la música del flautista de Hammelin que dejará de nuevo las calles y plazas huérfanas de niños. Ya las guarderías están llenas de ellos y, pronto, lo estarán colegios e institutos… Vivimos la época de la escolarización universal y casi perpetua, que, en el periodo laboral discontinuo que vivimos se recodficará en forma de cursos de formación o en reespecializaciones y, ya en el retiro, en forma de animaciones socioculturales -como se las llama en la neolengua- o cursos de actividades manuales o de gimnasias adaptadas a la edad…
En un cierto sentido, lo que empieza ahora es una expropiación estatal de la infancia. Uno entiende, faltaba más, los deseos de vida activa y de trabajos de madres y padres, pero lo cierto es que los niños son criados y educados -hasta en sus juegos, oh dioses- por monitores y funcionarios. Por supuesto, la vida adulta ya estaba expropiada por el trabajo o su búsqueda ansiosa.
Se cierra así el ciclo de nuestras vidas enajenadas, que comienza ya en ese territorio aséptico y hermético de las ludotecas o las aulas, al son de la música del terrible flautista…
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Y entran las pobres criaturas en las máquinas de vigilar y castigar.
Sigh!