Mar y viento

La mer, la mer, toujours recommencée

«Le Cimetière marin»  (Paul Valéry)

Soy de tierra adentro y de una generación poco dada a viajes o aventuras, por eso no conocí el mar hasta después de los veinte años. Para colmo, ya velaban mis ojos las cataratas de la literatura y el cine. Así que rectifico: conocí el mar pronto, pero en versos y en películas. Fue literaria incluso la expectativa que tenía cuando mi acompañante en el coche me advirtió de su inminente aparición. Si una sensación recuerdo del encuentro fue de respeto y miedo: un encuentro más bien contrariado y distante. Ni siquiera sentí la cosquilla acariciadora del agua, común al decir de la gente: solo su frialdad.

Nunca he llegado a nadar bien y aguanto poco tiempo en su seno, menos aún que tumbado al sol o comiendo sardinas. Y ya siempre ha sido así, sin remisión posible. Hasta mi hija ha heredado esa relación incómoda y aún recuerdo su llanto desconsolado cuando la acerqué a la orilla sentada sobre mis hombros, aún muy pequeña…

El equivalente al mar en mi imaginario y mis sentimientos es el viento, todos los vientos. Debe ser porque me crié en tierras donde el viento solano gobierna las vidas y el humor de la gente y de los gatos. Amo la sensación de libertad que me proporciona, la fuerza y el afán, y al mismo tiempo la ligereza y liviandad con que me asiste; sus mil rumores, sus murmullos o aullidos irascibles. Auuu….

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El libro sin abrir

Un viejo amigo al que no veía hacía tiempo, me ha traído un libro de Cristina Morales que tiene el sugestivo titulo de «Ni amo ni dios, ni marido, ni partido de futbol».

Por supuesto le he prohibido que me adelante nada: soy reacio a los spoilers. Me gusta quitar la primera capa de la cebolla con la sola pista del titulo. Me gusta imaginar lo que podré encontrarme, tramas,aventuras, enigmas, vicisitudes de los personajes… A veces creo por mi cuenta verdaderos libros paralelos aun antes de leer el libro real.

Si el libro sin abrir es mejor que el imaginado por mí, siento una gran alegría y si no, qué le voy a hacer, una enorme decepción. En el fondo es lo mismo que hacernos al conocer a alguien, cuando nos lo presentan: nuestro conocimiento de los demás es en realidad, profundamente especulativo, una mezcla de hipótesis, imaginación y ensoñaciones.

Se trata de un proceso que, por lo demás, nunca acaba, como el de la lectura. Como en ella, ese conocimiento nos enriquece cada vez más o nos empobrece, por el contrario. Las amistades perdidas, los amores rotos, las sociedades corrompidas no son sino el resultado final frustrado de esa ansiosa tentativa interminable, mezclada con el temor de llegar al final, el de papel o el de la vida…

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No aprendía, pero aprendía

Leemos en Ana Karénina, a propósito del empeño de Karenin por «educar» a su hijo Seriozha, ya consumada la separación de Ana…

Tenía 9 años, era todavía un niño, pero conocía su alma, la apreciaba y la protegía, como el párpado el ojo, y no permitía que nadie penetrara en ella sin la llave del afecto. Sus educadores se quejaban de que no quería aprender, pero lo cierto es que su alma estaba sedienta de conocimientos. Aprendía con Kapitónich, con la niñera, con Nádenka, con Vasili Lúkich, pero no con sus maestros. . El agua con que contaban su padre y el preceptor para mover la rueda se había filtrado hacía mucho tiempo, pero seguía cumpliendo su labor en otro lugar.

Es algo que le ocurre a todos los niños, pero no sé por qué casi nadie cae en la cuenta… Si lo hiciéramos, nos ahorraríamos muchos disgustos y tanta palabrería.

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Pintar a la clase obrera

Este es un tema sobre el que he pensado y escrito muchas veces y sobre el que volveré pronto en este weblog. No solo me ha interesado como objeto de conocimiento, sino que capturó y condicionó gran parte de mi vida. Para abrir boca, este estimable análisis publicado en Jacobin.

En los años previos a la Gran Depresión, la Escuela Ashcan rechazó las normas del mercado del arte, optando por un realismo inspirado en la vida de los trabajadores portuarios, los vendedores ambulantes y las familias inmigrantes de las ciudades en proceso de modernización.

Pintar a la clase obrera

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Aprincipios del siglo XX, muchos pintores occidentales trataron de realzar el mundo visual mediante la glorificación. Los retratos de políticos y miembros de la alta sociedad infundían orgullo a los sujetos adinerados, mientras que los paisajes y las obras narrativas contaban historias épicas en enormes lienzos. En Estados Unidos, la revolución industrial alteró el paisaje de todas las grandes ciudades con el rápido aumento de los rascacielos y la presión de los trabajadores sobre la piedra de afilar.

Los pintores burgueses no estaban preparados para retratar el desarrollo urbano y sus efectos en la gente corriente, pero un grupo de artistas de la clase obrera captó el espíritu de esta época yendo contra la corriente. Estos artistas, conocidos como Escuela Ashcan, se habían curtido como caricaturistas políticos durante el auge del periodismo de investigación. Trabajar en los periódicos les acercó a este entorno social en rápida industrialización, inculcándoles un sentido de presencia periodística. Sirvieron a la prensa como lo haría la cámara fotográfica unas décadas más tarde, llevando su arte del postimpresionismo al realismo documental.

[…]

Dirigida por el influyente artista y educador Robert Henri, la Escuela Ashcan reunió a pintores de tendencias socialistas y anarquistas —como John French Sloan y George Bellows— y a pintores progresistas como George Luks, William Glackens y Everett Shinn. Su apodo se debe a una queja dentro de la publicación socialista The Masses, donde algunos de ellos trabajaban como ilustradores. Un miembro del personal se lamentaba de que los artistas publicaban demasiados «cuadros de latas de ceniza» (en inglés, pictures of ash cans), en referencia a sus representaciones poco sentimentales de la vida en la ciudad y de temas proletarios no tradicionales. Lejos de desanimarse, los artistas se identificaron positivamente con la crítica y el nombre se mantuvo.

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Contra la destrucción del mundo: La Amazonía invisible de Bolivia y sus guardianes que no se rinden

Los indígenas luchan contra las múltiples amenazas que acechan su hogar. La voracidad de la deforestación, los incendios forestales, el narcotráfico y la contaminación de los ríos ponen en peligro su tierra sagrada. Con valentía y conexión ancestral, estos guardianes de la selva resisten, protegiendo el pulmón del planeta y defendiendo su derecho a vivir en armonía con la naturaleza. En fronterad estamos encantados de haber apoyado desde el inicio esta gran iniciativa de nuestros colegas bolivianos de la revista Nómadas, y de abrir hoy nuestra segunda entrega de agosto con esta crónica, y acoger en su integridad el espléndido especial elaborado por ellos dedicado a quienes resisten desde Bolivia la muerte de la Amazonía, que es como decir contra la destrucción del mundo

 La Amazonía invisible de Bolivia y sus guardianes que no se rinden

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¿Puede exportar fresas un país de secano?

Comparto el decir de don Manuel Azaña: en España no se piensa con ideas sino con sonsonetes. No se entiende de otra forma que en una tierra árida y sin lluvias dejen secar la mayor laguna de Doñana, un parque rodeado de pozos ilegales, o que con una capa freática sobreexplotada se sigan multiplicando los cultivos de frutos rojos bajo plástico. La gran Nazareth Castro lo explica aquí muy bien.

¿Puede exportar fresas un país de secano?

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Si no llueve, seguirá sin haber agua por más pantanos que hagamos. Nuestra soberbia prometeica parece habernos alejado tanto de la realidad como para olvidar que dependemos de la lluvia, sobre todo cuando, en las últimas décadas, los tradicionales cultivos de secano se han sustituido por un modelo agrícola intensivo en su uso de agua y de agroquímicos. Un modelo, por cierto, que produce no para alimentar a la población local, sino fundamentalmente para exportar a los países del norte de Europa.

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De la «guerra híbrida» a la «guerra infinita»

Rafael Bautista S.:

Recientemente, algunos analistas han resaltado el carácter “híbrido” de la guerra que Occidente ha declarado a la Federación Rusa, lo cual pretende destacar la eficiente capacidad que posee una “guerra híbrida” para desatar amenazas múltiples, pero no describe todavía los alarmantes alcances de consecuencias hipercomplejas que está generando la suicida ofensiva imperial. La “guerra híbrida” muestra el modo de implementación de esa ofensiva; pero los propósitos mismos, que ya se hacen incontrolables, manifiestan una lógica que no sólo reafirma su irracionalidad, sino que está operando, hasta por inercia sistémica, algo más preocupante que un caos generalizado. Por eso ya no se trata de un operativo sólo imperial, sino de un fenómeno que sólo puede describirse como una “cruzada global” de Occidente contra el planeta entero (porque, desde la plan-demia y la cuarentena, como Estado de sitio global no declarado, ya no hay mundo, al menos no como el que concibió la Ilustración y el iluminismo). En ese sentido, hay que subrayar el hecho de que la decadencia imperial no está aislada de la decadencia del paradigma civilizatorio que le sostiene. El actual eclipse civilizatorio de Occidente, cuya última restauración la impulsó la modernidad desde 1492, manifiesta dramáticamente el fin del sistema-mundo; lo cual no amerita un festejo ingenuo, porque si el imperialismo desata toda su ofensiva, ya no es para recuperar algo sino para destruir todo. Un Imperio no lucha por algo, lucha por todo y, si ya no puede tenerlo todo, su lucha se resume a que nadie tenga nada.

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La “guerra híbrida” describe el modo operativo de la ofensiva, pero no explica lo que realmente se pone en marcha. Como ya no es posible insistir en el poder disuasivo, en tanto que persuasivo, puesto que ya ninguna ofensiva garantiza un éxito ni siquiera circunstancial, porque el mundo es otro, lo que aparece como lógica suicida es la diseminación de la “guerra infinita”. Como ya no es posible ganar, entonces ya no hay objetivo calculable; en tal situación, si salir del laberinto en el que se halla Occidente implica aceptar un mundo compartido y medianamente inclusivo, lo único que queda es meterse más en el laberinto, o sea, desatar la guerra total.Esto significa la “guerra en estado puro”, o sea, la “guerra infinita”. Si antes se concebía a la guerra como la política llevada por otros medios, una “guerra infinita” funcionaliza todo como guerra continuada por todos los medios posibles. Desde Heráclito, la guerra es el principio de todo y, como principio, también es fin. Occidente se reafirma como lo que es: una civilización de muerte. Por eso el fenómeno imperial (en oposición a la narrativa moderna) tiene tradición exclusivamente occidental. Roma instituye esa tradición de modo imperial y es lo que constituye a Europa como categoría geopolítica e impulsora del proyecto moderno. Por eso no es casual la nazificación de Ucrania; para dejar de creer que el nazismo es un fenómeno exclusivamente alemán, cuando responde a la ideología prototípica moderna: el eurocentrismo. Desde las cruzadas hasta la invasión de América y hasta el holocausto, “el otro” siempre ha representado la amenaza que debe aniquilarse para reafirmar a Occidente como la “ciudad de Dios”.Este cristianismo invertido es el que ofrece al Imperio, mediante la evangelización, como fenómeno de conversión inapelable (quien no se somete, se constituye en “otro”, justificando su aniquilación), la mejor herramienta de justificación de las ambiciones expansionistas imperiales. Y es lo que ha de definir muy bien al imperialismo en plena modernidad: el carácter exponencial, es decir, infinito e ilimitado de sus pretensiones sistémicas. Por eso, “el mundo es uno” significa para el Imperio: “el mundo es mío”. Por eso le es imposible concebir un mundo compartido: “si el mundo no es mío, no es para nadie” (recordemos que el straussiano Paul Wolfowitz, ya en 1971, precisaba que, para mantener la hegemonía gringa no se debía vacilar en sufrir cierto daño, mientras los demás salgan mucho  más perjudicados).El concepto de “guerra híbrida” sirve para ayudarnos a redefinir las guerras actuales, que ya no son convencionales, por lo tanto, no se les puede comprender y menos enfrentar desde un conocimiento ya extemporáneo. Pero lo que ahora estamos presenciando es la “guerra en estado puro”, que ya no precisa de su magnificación, porque su pureza consiste en desnudar su naturaleza, desequilibrar todo, poner en caos al caos mismo

Fuente:
https://revistas.unam.mx/index.php/archipielago/article/view/85952

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