A propósito de estas fechas

Las navidades son unas fiestas llenas de fechas, pero a excepción de la Nochebuena, son fechas que no conmemoran ningún acontecimiento. Hay una en España que es un fetiche que celebra el azar del número y la hipotética riqueza sobrevenida: el día del Sorteo por antonomasia, el 22 de diciembre. Aún más opaca, pues no conmemora ni anuncia hecho alguno, es el paso de un año a otro. No celebra nada salvo el simple y triste paso del tiempo. De la exaltación del consumo, de la que se encargan en mi país los remotos Reyes Magos y en otras latitudes un abuelito bondadoso amante de las chimeneas o los renos, mejor no hablar. Pero la Nochebuena sí recuerda a una humanidad desesperada que canta y ruega piedad a un niño pobre como única fuente de redención. Así que, otra cosa no os deseo -si acaso que no os toque la lotería -, pero feliz Nochebuena sí, porque mientras nazcan niños no todo está perdido, y eso solo se merece un fiestón…

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¿Amar a la humanidad o amar a las personas?

¿Amar a la humanidad o amar a las personas? Lo primero es lo que me alejó siempre de las militancias: políticas, ecologistas, religiosas o filosóficas. Todas predican o exigen lo mismo: compromiso, amor, lucha por la humanidad en general, por el mundo en abstracto. Es lo que eligen normalmente los hombres, cuando deciden olvidarse de sí mismos.  Lo segundo lo tienen más claro las mujeres, que aman las personas de una en una, más allá del concepto tan de moda de "cuidados". Es también su manera de entender la relación de pareja y familia, lo más lejos que pueden de los estereotipos. Cuando las dejamos… Ahora que releo las novelas de Montserrat Roig, encuentro todo esto ahí, en su La hora violeta, en su Tiempo de cerezas, en los años 60 ya. Los hombres, militantes del PCE, que han sufrido cárcel y torturas, aman a la humanidad. Ellas los aman a ellos de uno en uno: un amor imposible, un entendimiento aplazado a un futuro que nunca llega, ni en el cielo ni en la tierra…

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«El reino de las sombras», de Máximo Gorki

En julio de 1896, el escritor ruso Máximo Gorki (1868-1936) descubre la invención de los hermanos Lumière en la feria de Nijni-Novgorod y consagra dos artículos al Cinematógrafo, muy próximos uno de otro. El primero, firmado por I.M.Pacatus, parece ser el relato de un descenso al “reino de las sombras”.

Ayer estuve en el reino de las sombras. Si supierais hasta que punto es aterrador…Allí no existe ni el sonido ni el color: todo, la tierra, los árboles, los hombres, el agua y el aire, todo tiene allí un color gris uniforme. En el cielo gris, rayos de sol grises; en los rostros grises, ojos grises. Y hasta las hojas de los árboles son grises como la ceniza: no es la vida, sino una sombra de vida. No es el movimiento, sino una sombra de movimiento, desprovista de sonido.

Me explicaré, so pena de que se me tache de simbolista o de loco. Estaba en  el recinto de Aumont y asistía a una sesión del Cinematógrafo Lumière (las fotografías animadas) La impresión que producen es tan poco común, tan original y compleja que me resulta difícil transmitir todos sus matices. Intentaré de cualquier modo expresar lo esencial.

Cuando la luz se apaga en la sala donde se presenta la invención de los Lumière, aparece en la pantalla un gran cuadro gris, una “Calle de París” que tiene la textura de un grabado de mala calidad. Contemplándolo, se observa gente inmóvil en actitudes diversas, coches, casas, todo gris, hasta el cielo es gris. No es de esperar nada original de una vista tan tópica, pues cuántas veces hemos visto imágenes de calles de Paris como ésta…

Pero de repente, un extraño temblor invade la pantalla y el cuadro cobra vida. Más tarde, la perspectiva, los coches que vienen directos hacia mí, hundiéndose en la oscuridad en la que nos hallamos sumidos, la gente que aparece a lo lejos y aumenta de tamaño a medida que se aproxima. En el primer plano, unos niños juegan con un perro, unos ciclistas pedalean a toda velocidad, los peatones cruzan la calle: todo se mueve, vive, bulle, se dirige hacia el primer plano del cuadro para desaparecer en alguna parte del más allá.

Y todo sucede sin ruido, en silencio: es tan extraño… No se escuchan ni las ruedas contra la calzada, ni el murmullo de los pasos, ni las conversaciones, nada, ni una sola nota de esta compleja sinfonía que siempre acompaña el movimiento de los hombres. Sin ruido, el follaje gris ceniza de los árboles se agita al viento y las siluetas grises de los hombres, como si fueran sombras, se deslizan en silencio sobre la superficie del suelo gris, alcanzadas por un maleficio y cruelmente condenadas al silencio, privadas de todos los matices, de todo el colorido de la vida.

Sus sonrisas están muertas, aunque sus movimientos estén llenos de una energía viva, de una inalcanzable velocidad; su risa es silenciosa aunque podamos ver cómo se contraen los músculos sobre los rostros grises. Una vida que bulle ante los ojos, a quien han despojado de palabra y a la que han quitado el ornamento del color: una vida gris, silenciosa, abatida, lamentable, como desposeída de todo.

Asusta verla, con su movimiento de sombras y sólo sombras. Hace pensar en los fantasmas, en los crueles y malditos hechiceros que sumergen en el sueño a ciudades enteras, tanto que creeríamos estar presenciando una broma pesada de Merlín: él es quien ha embrujado una calle entera de París, encogiendo los altos edificios desde la base hasta el tejado en la medida de una archina[1], ha reducido a los hombres, les ha privado de palabra, ha recogido todos los colores del cielo y de la tierra y los ha convertido en esa tinta gris uniforme, y bajo esa forma, ha colocado la broma en el nicho de una sala oscura de restaurante. Pero de repente, se oye un crujido. Todo desaparece y en la pantalla aparece un ferrocarril. Se lanza hacia usted como una flecha, ¡cuidado! Parece que va a precipitarse sobre la oscuridad y nos convertirá en un saco de piel despedazada, repleto de carne magullada y de huesos triturados, se diría que va a destruir , a reducir a polvo esta sala, este establecimiento lleno de vino, mujeres, música y vicio.

Pero también no es más que un tren de sombras.

Silenciosamente, la locomotora desaparece más allá del marco de la pantalla. El tren se detiene, siluetas grises descienden de los vagones sin hacer ruido, se saludan en silencio, ríen, corren, se agitan, se emocionan sin emitir un sonido… antes de desaparecer. Y he aquí un nuevo cuadro: tres hombres, sentados en torno a una mesa, juegan a las cartas. Los rostros tensos, los movimientos de manos que reparten las cartas son rápidos, la avidez de los jugadores se lee en sus dedos temblorosos, en los músculos de sus rostros. El juego… los tres se echan a reir, y el camarero que les ha servido una cerveza, se ha quedado de pie cerca de la mesa, también ríe. Parece que van a reventar de la risa pero no se escucha un sonido. Se diría que esos hombres están muertos y sus sombras han sido condenadas a jugar a las cartas en silencio hasta la eternidad.

(…)

Esta vida gris y silenciosa termina por trastornarnos y oprimirnos; se tiene la impresión de que contiene una advertencia cuyo significado se nos escapa, pero es lúgubre y la angustia oprime al corazón. Poco a poco uno olvida quien es, extrañas imágenes aparecen en la mente, la conciencia se nubla, se perturba…

Pero de repente se escucha alrededor una provocadora risa femenina, voces burlonas … y de repente uno recuerda que está en el lugar de Aumont, de Charles Aumont.

Pero, ¿por qué ha encontrado asilo precisamente aquí esta extraña invención de los Lumière? Una vez más, aporta la prueba de la energía y de la curiosidad del espíritu humano que eternamente busca saber todo, comprender todo. Y en el paso, ¿qué traerá el éxito de Aumont mientras el invento se encamina al descubrimiento de los misterios de la vida?

No percibo la importancia científica del invento de los Lumière, pero sin duda existe y podrá contribuir al fin último de la ciencia, mejorar la vida del hombre  y desarrollar su espíritu. No es el caso de Aumont, donde sólo se anima y se prodiga el vicio. ¿Por qué en ese lugar , entre las “víctimas del temperamento de la sociedad” y los juerguistas, que han venido a comprar besos? ¿Por qué se muestra aquí el último descubrimiento de la ciencia? Pronto se perfeccionará el invento de los Lumière, pero será siguiendo el carácter de Aumont, Toulon y compañía.

Hasta el momento, además de las vistas mencionadas, también se ha mostrado el “desayuno en familia”, una escena idílica de tres personajes: una pareja joven y su primer bebé desayunan juntos. Ellos están tan enamorados, tan encantadores, alegres, felices, y su bebé es tan divertido… El cuadro transmite una impresión muy hermosa. Pero ¿hay sitio para esta escena en el negocio de Aumont?

Y otra: mujeres trabajadoras, en una multitud alegre y sonriente, salen de una fábrica. Tampoco hay sitio para esta escena en Aumont ¿Por qué recordar aquí que una vida pura, laboriosa, es posible? Es inútil. En el mejor de los casos, este cuadro lo único que conseguirá es herir a la mujer que vende sus besos, eso es todo.

Estoy convencido que pronto esos cuadros serán reemplazados por otros cuyo género estará en consonancia con el tono general del café concierto. Por ejemplo, veremos “Madame se desnuda”, “Akoulina saliendo del baño”, “Madame se pone las medias”. Asimismo, se podrá fotografiar una bronca entre un marido y su mujer en Kanavino[2] y presentarlo al público con el título “Placeres de la vida conyugal”

Sí, eso es lo que pasará. Lo bucólico y lo idílico no tienen lugar en esta gran feria rusa que sólo sueña con la indecencia y la extravagancia. Aún podría proponer algunos temas para ayudar al Cinematógrafo, con el fin de distraer al público de la feria: por ejemplo, someter a uno de esos dandis a un empalamiento a la turca, y una vez fotografiado, hacer la presentación.

[1] Antigua medida rusa de longitud equivalente a 71 cm aproximadamente.

[2] Barrio de Nijni-Novgorod donde todos los años tenía lugar la feria.

“El reino de las sombras” – Máximo Gorki
pormBroullonenEl Quijote y las artes espectaculares

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Danzad, danzad, malditos…

Estoy viendo todos los montajes de danza que encuentro por ahí de Antonio Ruz. Me fascina la creatividad y plasticidad de sus espectáculos…


OSTINATO Antonio Ruz. La Mov, Cía de Danza
porciaantonioruzenYouTube

No soy ningún entendido en el lenguaje metrado del cuerpo cuando baila, pero cada vez me gusta más: su capacidad para transmitir mensajes muy hondos, más allá de las palabras. Salvando las distancias técnicas y el resultado estético del duro entrenamiento de los danzantes, a mí me recuerda, cada vez más, los juegos corporales y las contorsiones de los niños.

Así descubren sus cuerpos, sus límites y posibilidades. Desde las peleas simbólicas de los niños a los abrazos interminables de las niñas, las danzas improvisadas de la infancia son un canto a la vida en movimiento que, después, tras años de vida sedentaria forzada, olvidamos para nuestra desdicha.

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Moebius

Los días de verano son tan largos y la pereza nos invade de tal manera que me veo haciendo cosas que no hacía desde mi infancia. Por ejemplo, pelar manzanas sin que la monda se rompa en ningún tramo: entera, de principio a fin. Después, junto los extremos tras torcer la tira y contemplo extasiado una hermosa cinta de Moebius. Es una tarea difícil, que tardé mucho en aprender. Mi hija me mira, admirada.

También me tumbo en el césped para contemplar las nubes, recortadas sobre el límpido cielo azul de estos días. Sus formas caprichosas y blandas me reblandecen también por dentro, con los ojos húmedos, y pienso por un momento, , como en el verso de Guillén, que el mundo está bien hecho…

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De otra manera

En las familias no nucleares como las de hoy (cinco hermanos, ampliables a menudo con primos, tíos y abuelos), a los que había que sumar los vecinos, la educación de un niño, en esas condiciones, y en ciudades de escala humana en las que aún era posible jugar en calles y plazas sin peligro, la educación -decía- era cosa de todos, la crianza y el cuidado eran una tarea común y compartida.

Mis vecinos preferidos era una pareja de origen campesino. Con él intentaba aprender el imposible arte de usar la navaja como único cubierto, incluido el malabarismo de comer sopa con ella. Con ella, que rezaba apuradísima a Santa Bárbara cuando había tormenta, compartía las radionovelas interminables de la tarde, soñando historias de amor y desamor con la magia única de las palabros.

Cada hermano elegía sus casas o parientes favoritos, librándonos, así, de chocar como bolas de billar con papá, mamá y el perro, como ocurre hoy en los angostos pisos de las ciudades y sus reyes absolutos: los coches, los macarras, los policías y los turistas…

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Codos

En la última novela de Lucía Litmajer, Cauterio, hay una divagación sobre las fotografías que me ha fascinado. Una de las dos protagonistas y narradoras -que alternan sus historias desde dos espacios y dos épocas- se pone a imaginar, evocando una antigua relación de pareja, que pasaba mucho tiempo en una plaza de Barcelona, cuántas fotos de sus codos habría en los carretes de tantos turistas como hacían fotos por allí.

No solo codos, sino orejas, mechones de pelo… Imágenes testigo, azarosas, misteriosas en su fragmentaridad, pero suyas. La divagación se expande por nuestro tiempo de móviles y fotos compartidas en Internet, con la acostumbrada multiplicación geométrica en las redes sociales. Codos famosos, como si dijéramos…

La fascinación que he sentido tiene que ver con mi propia condición de habitante y poblador de plazas. Siempre han sido el lugar al que he arribado en mis paseos por las ciudades en las que he vivido. Las veo como desaguaderos -lagos, mares- de esos ríos que son las calles. El primer texto que publiqué, en una revista que hacíamos en Osuna, se llamaba, justamente, «Nuestra alameda». La alameda de mi pueblo no tenía álamos, pero era el lugar de encuentro y paseo con amigos y amores, bajo la presencia omnipresente y adusta de la Colegiata.

Como la protagonista del libro de Lucía Mitmajer, no tengo ninguna foto de aquella plaza y, lo mismo que a ella, me ha consolado la idea de que mis codos o mis cabellos o mis piernas cruzadas o mis manos y orejas sobrevivan en algún álbum o perfil de instagram, anónimos y sin significado pero entrañable y fieramente míos: pecios de mi paso por el mundo cuando todo ya sea naufragio.

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Halloween

Definitivamente no me acostumbro a esto del Halloween, no logro incorporarlo a mi experiencia del mundo. Anoche -llovía: supongo que es un tiempo propicio para estas celebraciones – llamaron a mi puerta, abro y se produce una escena que, con variantes, revivo todos los años.

Dos niñas, sin disfraz ni objeto que me ayudara a situarme, me miran como dos gatos, sin decir nada. Yo las miro a mi vez, encerrado en el mismo mutismo interrogante, hasta que, de repente, caigo en la cuenta:

-¡Ah, esto es por lo de Halloween!
-Sí…
-Y ahora se supone que tengo que daros caramelos…
-Sí.
-Pues la cosa es que no tengo. ¿Qué ocurre si no os doy?

La pregunta era totalmente inocente, con un punto de culpabilidad al que soy muy propenso.

-Nada, no te preocupes…

Se dan media vuelta para seguir su ronda, pero una de ellas regresa, apresurada, y me avisa:

-Pues el domingo van a venir muchos más. ¡Acuérdate!

Y en efecto, hoy he comprado una bolsa de caramelos. Benditos niños…

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El azar y el pretérito imperfecto de subjuntivo

Cuando estudiaba el sistema verbal del español, tan rico y complejo, me llamó siempre la atención el uso del pretérito imperfecto de subjuntivo con el valor de un pretérito pluscuamperfecto de indicativo. Lo mencionaba, sin demasiados detalles, el profesor Vidal Lamíquiz en su estudio sobre la flexión verbal de nuestra lengua. Me llamaba la atención, y me frustraba, porque no lo había visto documentado y porque la mayoría de los gramáticos no lo mencionan, salvo alguna breve alusión a su carácter literario arcaizante o a su uso más normalizado en algunas regiones como Galicia y Asturias. Eran tiempos sin Internet y acabé olvidando semejante cosa durante años, hasta que un (doble) afortunado azar me lo ha puesto delante de las ojos, leyendo El primo Basilio, de Eça de Queirós, ¡en una traducción de Ramón del Valle-Inclán!

[Pero me tengo que detener un momento en esta novela, por lo que pido disculpas al lector amigo. Es una novela especial para mí, porque forma parte de un ciclo narratológico europeo sobre las desventuras de una mujer casada que vive la tragedia de enamorarse y tener una relación fuera del matrimonio. "Tragedia" porque, en justo castigo a su rebelión, excepto Ana Ozores, mueren de una forma terrible. Entre mis proyectos, eternamente postergados, está realizar un estudio comparativo entre todas ellas. Son "La Regenta", de Clarín; "Madame Bovary, de Flaubert; "Anna Karenina", de Tolstoi; "Effie Briest" y "la adúltera", de Fontane, y esta, que me faltaba por leer, de Eça de Queirós.]

Al poco de empezar a leer El primo Basilio, en el primoroso castellano de Valle-Inclán, me encontré con esto "Era la primera vez que se separaba de Luisa, y sentía achicarse su corazón al abandonar aquella salita que él mismo ayudara a empapelar la víspera de su matrimonio…" Aunque es el uso predominante en toda la novela, aparece en combinación con el pretérito pluscuamperfecto ("ante-co-pretérito", se llama también a este tiempo, en el colmo de la cursilería terminológica), como ocurre en la misma página de la cita anterior: "Físicamente, Jorge nunca se la había parecido". Los ejemplos son continuos a lo largo del libro, que, una vez compartida mi alegría, abandono por el momento.

Por lo demás, en lo que se refiere al tratamiento normativo y gramatical dado a este tiempo, no han cambiado mucho las cosas. En la norma del español oficial contemporáneo (ESPOFCON), con su moralina habitual sobre el buen y el mal uso de la lengua, se considera como un error. Así, por ejemplo, el Manual del español urgente, de la agencia EFE, afirma:

No debe aparecer en los despachos de la agencia la forma cantara como equivalente de había cantado o de cantó. ("La sesión, que comenzara a las cuatro de la tarde, se prolongó hasta la madrugada".) Se trata de una pedantería ajena al buen empleo del español moderno (o de un influjo gallego o asturiano). Cantara tuvo ese valor de pluscuamperfecto de indicativo, heredado del latín en la Edad Media, pero lo fue perdiendo, y adquiriendo el de imperfecto de subjuntivo hasta que confundió sus usos con los de cantase. Fueron los poetas románticos quienes, para "medievalizar" su estilo, resucitaron el antiguo valor ya olvidado de cantara, y desde entonces se ha mantenido en la literatura. Pero debe estar ausente del lenguaje periodístico, donde ha penetrado por las citadas causas.

El mismo manual se extiende en otros usos del pasado en el modo Real, de este tiempo, que igualmente censura, como el del pretérito indefinido, aportando ejemplos como "El jugador que marcara (="marcó") el gol de la victoria". Aún hay otros valores atestiguados en el español escrito, más minoritarios ciertamente, como los equivalentes contextuales a un condicional compuesto o incluso al pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo… Pero lo dejo aquí, para no aburrir más allá de lo permisible al paciente compañero de lecturas.  

Acabo, pues, reiterando mi alegría de filólogo jubilado con el hallazgo, y con la afirmación más honesta, gramaticalmente hablando (pues deja la cuestión pendiente, como hay que hacer siempre con las cosas de las lenguas), que he encontrado sobre este versátil y proteico tiempo verbal. Es de Nelson Cartagena y aparece en la  Gramática descriptiva de la lengua española, dirigida por Ignacio Bosque y Violeta Demonte.

Los ejemplos dados han mostrado que la alternancia hiciera / había hecho ocurre tanto en el español peninsular como en el americano. Se necesitan, no obstante, estudios detallados de frecuencia de la distribución de los tipos básicos en diversos tipos de textos y de hablantes para poder determinar fundamentalmente diferencias regionales, sociales y estilísticas en su empleo.

#apuntes #lengua

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Vergüenza y culpa

Publicado en Infolibre el 31 de enero de 2021

Quien, como yo, haya sufrido una educación católica sentirá, como una marca indeleble, el sentimiento de la culpa o la vergüenza. Es para siempre, como bien sabía San Agustín. En un extenso episodio de sus Confesiones, cuenta el santo, avergonzado, que a sus dieciséis años, junto a una pandilla de amigos, robó una gran cantidad de  peras para tirarlas apenas mordisqueadas. Lo que más le dolía, sin embargo, era haberlo hecho, simplemente, porque estaba prohibido.(«dum tamem fieret a nobis quod eo liberet, quo non liceret»). En su introspección, intenta aclarar los motivos con estas palabras:

Pues, miserable de mí, ¿qué fue lo que fue lo que yo busqué en el hurto que ejecuté esa noche a los dieciséis años de mi edad? Hermosas eran aquellas peras, Señor, pero no era su hermosura y bondad lo que mi alma apetecía. Porque tenía yo abundancia de otras mejores, y aquellas las cogí solamente por hurtar. pues luego que las tuve, las arrojé, comiendo de aquel hurto solamente la maldad, con que me divertía y alegraba. Porque si entró en mi boca algo de aquellas peras, solamente el delito y la maldad era lo que para mi gusto las hizo sazonadas y sabrosas [quid me in furto delectaverit] (II, 6, 12)

Teniendo a la vista la culpa original, de la que no podemos librarnos («habiendo sido yo concebido en culpa, y viviendo en ella en el seno de mi madre». Sal. 51.5), dirime, en otro lugar, la vergüenza de la desnudez tal se nos cuenta en el Libro del Génesis:

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban (Génesis, 2, 25)

Fue después cuando la vergüenza entró en el paraíso:

Entonces se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales (Génesis, 3, 7)

Todo había cambiado. Así respondía Adán a la llamada de Dios tras la Caída:

Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. «¿Y quién te ha dicho que estás desnudo?» -le preguntó Dios- ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? (Génesis, III, 10-11)

Ahí entró la vergüenza, y su hermana la culpa, en nuestro mundo. A continuación abordaré el parentesco -y las diferencias- entre los dos sentimientos y su naturaleza, más comunitaria que individual, frente a las apariencias que, engañosamente, los ubican en la subjetividad de la conciencia…

***

El mismo San Agustín acepta un relativismo comunitario en el sentimiento de la vergüenza del desnudo. En De doctrina christiana, se refiere al vestido y no a la desnudez para señalar su carácter social e histórico:

Porque así como entre los antiguos romanos era vergonzoso llevar la túnica hasta los tobillos y con mangas, y ahora no lo es cuando las visten gentes de alcurnia, en todas las demás cosas se ha de procurar advertir que no intervenga la liviandad en su uso. (cit. Carlo Ginzburg, NLR 120)

Este mismo autor se sorprende de este relativismo cuando señala que San Agustín, en el mismo contexto pero refiriéndose a la poligamia de los antiguos patriarcas: «las costumbres matrimoniales cambian como lo hacen los vestidos: su percepción puede variar de un lugar a otro y de año en año. A veces pueden resultar vergonzosas.»

Ginzburg comienza su artículo sobre estos sentimientos «políticos» de una manera provocadora: «Hace mucho tiempo me di cuenta de repente de que el país al que se pertenece no es, como dice la retórica habitual, al que se ama, sino del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor.» De eso sabemos mucho los españoles. Pero más impactante aún es el final de su reflexión, cuando, de la mano del testimonio de Primo Levi, habla de la «vergüenza de la humanidad». En La tregua, con la guerra recién terminada, Levi, junto a un grupo de supervivientes de Auchwitz, se encuentra con unos soldados rusos -sus libertadores- a caballo. Describe así la escena:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante el crimen cometido por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducido irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

En libros posteriores, Levi volvió sobre el mismo tema, vinculando ya siempre vergüenza y culpa. La última vez, en Los ahogados y los salvados, de 1986. El hecho de que ni víctimas ni libertadores hubieran podido evitar la injustica se le hizo intolerable. Un año después, se suicidó.

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