No hay que olvidar nunca las lecciones de la lengua. Como bien recuerda Antoni Doménech (El eclipse de la fraternidad), «homo», en el latín medieval, llegó a tener el significado de «siervo» o «esclavo» , de donde «homenaje», el reconocimiento del vasallo a su señor.
En tiempos del humanismo críptico y alienado como los que vivimos, esta mínima lección de etimología, nos advierte de lo cercana que vuelve a estar nuestra condición del «homenaje» medieval : sumisión, consentimiento respecto a los amos. El olvido de la fraternidad es solo una de sus manifestaciones
Rosa Montero habla de lo que llama «el síndrome de la redención» en las mujeres.
Una que, por ejemplo, se enamora de un tipo «áspero y grosero», pero se empeña es que es una apariencia falsa: que por dentro es un hombre dulce y que ella lo sacará a la luz, pues solo necesita «sentirse más querido, más seguro, mejor acompañado». Necesita solo su «varita mágica»…
Uno es hijo de sus contradicciones. Por ejemplo, tengo que confesar una que nunca he logrado resolver del todo. Y es que, a pesar de la enorme masa de espacio y tiempo que he dedicado a leer libros en solitario, lo que me gusta de verdad es la lectura expresiva, en voz alta, en corro. De hecho, soy un lector lento en comparación con los que aprendieron con técnicas más modernas de lectura silenciosa y veloz. La mayor parte de las veces hago una lectura subpalatal, es decir, pronunciando aunque sea en un nivel inaudible para los demás. Así aprendí. Y así gocé las primeras veces de la lectura coral, alrededor de la mesa camilla, que hacía mi padre de las noticias del día, cuando disponía de un periódico. Era común en tiempos sin televisión, o con la televisión estropeada, que era casi siempre.
Mi tío abuelo Manuel es el primer lector de libros que conocí. Entiéndaseme bien: lector de novelas del Oeste, no de obras clásicas consagradas por el Canon, ni nada parecido. Eso sí, las novelas del Coyote -eran sus predilectas-, de José Mallorquí, tenían ínfulas literarias. Contaban las estupendas aventuras de don César de Echagüe, un californiano criollo y justiciero que, gracias a la doble vida que le proporcionaba su máscara (un poco al estilo del Zorro, popularizado por el cine) y a su carácter de propietario agrario, hacía frente al nuevo poder norteamericano y sus abusos.
Me fascinaba la figura de mi tío abuelo, leyendo en silencio en una dependencia de la casa a la que teníamos vedado el acceso los niños de la familia en los momentos en que lo hacía. Era magnético: inmóvil durante horas, ensimismado -yo lo espiaba cautelosamente- y silencioso, pero también me resultaba incomprensible en su opacidad. Según crecí y aprendí a leer, lo imitaba; pero me aburría, y enseguida buscaba a alguien dispuesto a compartir mi lectura en voz alta. Siempre ha sido así desde entonces, aun al precio de gozar de la fama bien ganada de «pesado». Mucho más agrias, desde luego, han sido las recriminaciones que he recibido viendo cine con alguien, porque siento la misma necesidad incontrolable de comentar y preguntar, o hacer algún espóiler, sobre la ficción de la película.
Esta inveterada costumbre, pero ya de modo planificado, la he mantenido en mis años de profesor. Siempre he dedicado un día -el viernes, casi siempre- a la lectura coral de un libro, aunque también cualesquiera de los textos de trabajo que, por la naturaleza de mi asignatura, estudiábamos y comentábamos en clase. Han sido los momentos más placenteros en el aula: hacer que las palabras escritas sobre el papel levantaran el vuelo convertidas en mariposas de colores, devueltas a la alegría del aire…
Tras todo lo dicho, es fácil entender que he conceptualizado y razonado mi crítica a la lectura solitaria como una de las grandes rémoras del universo Gutenberg. En realidad, la llegada de la Internet social fue para mí una enorme liberación, y la razón última de que aún siga por aquí todos los días, dando cuenta de mis lecturas o pensamientos, compartiéndolos al instante con otros. Aunque con las dificultades conocidas -la tiranía contemporánea de la imagen-, estas nuevas formas de «leer» (en su significado más amplio posible: la actualidad, las razones, los poemas, el apunte cotidiano…) nos han hecho salir de la soledad del lector ensimismado al encuentro común con las lecturas de los demás…
Aunque los renacentistas lo consideraban una enfermedad, una especie de infección que se contagiaba a través de la mirada, no hay tal cosa exterior a nosotros como lo que llamamos amor. Sin embargo, hay enamorados, miríadas de enamorados, que a cada instante atestiguan esa realidad intangible. Es de esas verdades solo accesibles por los testimonios: no son cosas, no son conceptos, un poco a la manera de los profetas de las grandes religiones, pero de forma más universal y constante, menos interesada.
Cada vez que algún humano, a lo largo de la historia de nuestra especie, ha dicho «te quiero» a alguien, tembloroso y con los ojos húmedos, en cualquiera de las infinitas lenguas de la Tierra, ha dado existencia al amor, ha transformado la palabra en cosa.Una cosa que muere y renace continuamente, en el más misterioso eterno retorno que nos es dado conocer.
Un viejo amigo al que no veía hacía tiempo, me ha traído un libro de Cristina Morales que tiene el sugestivo titulo de «Ni amo ni dios, ni marido, ni partido de futbol».
Por supuesto le he prohibido que me adelante nada: soy reacio a los spoilers. Me gusta quitar la primera capa de la cebolla con la sola pista del titulo. Me gusta imaginar lo que podré encontrarme, tramas,aventuras, enigmas, vicisitudes de los personajes… A veces creo por mi cuenta verdaderos libros paralelos aun antes de leer el libro real.
Si el libro sin abrir es mejor que el imaginado por mí, siento una gran alegría y si no, qué le voy a hacer, una enorme decepción. En el fondo es lo mismo que hacernos al conocer a alguien, cuando nos lo presentan: nuestro conocimiento de los demás es en realidad, profundamente especulativo, una mezcla de hipótesis, imaginación y ensoñaciones.
Se trata de un proceso que, por lo demás, nunca acaba, como el de la lectura. Como en ella, ese conocimiento nos enriquece cada vez más o nos empobrece, por el contrario. Las amistades perdidas, los amores rotos, las sociedades corrompidas no son sino el resultado final frustrado de esa ansiosa tentativa interminable, mezclada con el temor de llegar al final, el de papel o el de la vida…
Leemos en Ana Karénina, a propósito del empeño de Karenin por «educar» a su hijo Seriozha, ya consumada la separación de Ana…
Tenía 9 años, era todavía un niño, pero conocía su alma, la apreciaba y la protegía, como el párpado el ojo, y no permitía que nadie penetrara en ella sin la llave del afecto. Sus educadores se quejaban de que no quería aprender, pero lo cierto es que su alma estaba sedienta de conocimientos. Aprendía con Kapitónich, con la niñera, con Nádenka, con Vasili Lúkich, pero no con sus maestros. . El agua con que contaban su padre y el preceptor para mover la rueda se había filtrado hacía mucho tiempo, pero seguía cumpliendo su labor en otro lugar.
Es algo que le ocurre a todos los niños, pero no sé por qué casi nadie cae en la cuenta… Si lo hiciéramos, nos ahorraríamos muchos disgustos y tanta palabrería.
Disfruté mucho leyendo un reportaje de Florence Aubenas, «Quai de la galère», en el ejemplar de Le Monde del jueves. Soy lector sin remedio de periódicos y, como todos los de mi hermandad, estoy preocupado, no por la crisis publicitaria que viven, sino por el hastío que provoca la naturaleza clónica y previsible de sus contenidos y la escritura chata, y aburrida, tan común en los textos periodísticos contemporáneos, a menudo también plagados de errores, muletillas y eufemismos bienpensantes.
No es el caso de este ejemplar reportaje, en el que su autora -una periodista de raza, sin duda- cautiva al lector desde la elección de la percha inicial hasta el melancólico final. No me resisto a citar algunos fragmentos, a glosarlo y a interpretarlo, a compartirlo con los amigos del blog. Florence Aubenas nos mete desde la primera línea en el comedor de oficales de un barco varado:
«El camarero entra ceremonioso en el comedor de oficiales y sirve un plato de lentejas con carne de cordero. Bajo el retrato de la familia real marroquí, un reloj marca el mediodía, la hora inexcusable de la comida a bordo del Bni N’Sar. Cerca de la piscina vacía, unos marineros enlustran un pontón, el oficial mecánico cacharrea con los motores, cada cual en su tarea, todos los cordajes en su sitio, como si no pasara nada.»
No soy un gran conocedor, ni siquiera un gran lector de novela negra o policiaca. Los que sí lo son me provocan cierta curiosidad morbosa, lo que me hace preguntarme a veces «¿qué me estoy perdiendo?»
En primer lugar, debo reconocer con humildad que me pierdo a menudo en las tramas investigativas complejas, del mismo modo que me he aturdido siempre con las adivinanzas. A pesar de mis dotes para la especulación filosófica o mi relación cordial con la poesía, debo reconocer que en gran medida tengo una «mente simple»…
En segundo lugar, sospecho que los creadores de estas historias, y sus lectores, tienen a su favor el prestigio de la lógica; me explico: uno de los resultados más valorados de las historias de investigaciones detectivescas es el de hacernos sentir inteligentes, como sus protagonistas y sus creadores. ¿Se me entenderá bien si llamo a esto «efecto contagio»?
Si es así ¿debo interpretar, en contrario, lo que me sucede? Es decir, que mi disgusto con este género literario proviene del hecho de que, tal como me pasaba con las adivinanzas, me hace sentir torpe?
O se trata de mi rechazo natural a los relatos en los que la maldad y la muerte son los protagonistas? Tengo que dar algunas vueltas más a esto…
En confusión me pusiera, Sabino, lo que habéis dicho, si ya no estuviera usado a hablar en los oídos de las estrellas, con las cuales comunico mis cuidados y mis ansias las más de las noches, y tengo para mí que son sordas.
Estas palabras pertenecen a De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León, escrito en el “español radioactivo” (Lázaro Carreter) cuyo secreto murió con él . Es, desde hace tiempo, mi libro de cabecera y, más allá del tratado de cristología que, formalmente, es, y más acá de la obsesión cristiana (a decir verdad, muy cansina) por dividir la historia del mundo en dos mitades, la de los anuncios y precursores de Cristo y la de la salvación posterior a él. A pesar de las trampas y forzamientos a que se ve obligado (y de las que él mismo parece ser consciente en algunos momentos) de los que abusa continuamente para acarrear pruebas e interpretaciones de esos nombres que son el hilo conductor del libro; a pesar de ello, decía, la sensualidad y música de su prosa son de tal naturaleza que leo sus palabras en un estado hipnótico, como en ese diálogo sordo con las estrellas que soñó tantas veces, motivo de la cita que daba pie a esta nota…