Pecado original

Tras la caída de este sol inclemente, toca regar las macetas. Es un rito purificador que reconcilia con el alma del mundo. Hay ya muchas pruebas de que estos seres son sintientes y comunicativos. Me gusta imaginar que en los tiempos primordiales hubo una gran asamblea entre los vivientes, en la que unos decidieron moverse y otros echar raíces en la madre tierra. Somos hijos de la diáspora universal que emprendieron nuestros antepasados. No estoy seguro de que esa desatinada decisión no fuera el origen de nuestras desdichas, la causa de las otras, el verdadero pecado original.

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Moebius

Los días de verano son tan largos y la pereza nos invade de tal manera que me veo haciendo cosas que no hacía desde mi infancia. Por ejemplo, pelar manzanas sin que la monda se rompa en ningún tramo: entera, de principio a fin. Después, junto los extremos tras torcer la tira y contemplo extasiado una hermosa cinta de Moebius. Es una tarea difícil, que tardé mucho en aprender. Mi hija me mira, admirada.

También me tumbo en el césped para contemplar las nubes, recortadas sobre el límpido cielo azul de estos días. Sus formas caprichosas y blandas me reblandecen también por dentro, con los ojos húmedos, y pienso por un momento, , como en el verso de Guillén, que el mundo está bien hecho…

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De otra manera

En las familias no nucleares como las de hoy (cinco hermanos, ampliables a menudo con primos, tíos y abuelos), a los que había que sumar los vecinos, la educación de un niño, en esas condiciones, y en ciudades de escala humana en las que aún era posible jugar en calles y plazas sin peligro, la educación -decía- era cosa de todos, la crianza y el cuidado eran una tarea común y compartida.

Mis vecinos preferidos era una pareja de origen campesino. Con él intentaba aprender el imposible arte de usar la navaja como único cubierto, incluido el malabarismo de comer sopa con ella. Con ella, que rezaba apuradísima a Santa Bárbara cuando había tormenta, compartía las radionovelas interminables de la tarde, soñando historias de amor y desamor con la magia única de las palabros.

Cada hermano elegía sus casas o parientes favoritos, librándonos, así, de chocar como bolas de billar con papá, mamá y el perro, como ocurre hoy en los angostos pisos de las ciudades y sus reyes absolutos: los coches, los macarras, los policías y los turistas…

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Tiempo convertido en espacio

La fotografía es tiempo convertido en espacio. En realidad, lo son todas las artes visuales, incluido el cine. Tenemos la impresión de que Scarlett toma un café, pero nunca llegará a tomarlo porque ha desaparecido el tiempo y con él la vida y la realidad. Esa es la demiurgia y la impotencia del arte…

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Siempre

Imagen/foto

Este grafiti tautológico me lo encuentro de frente, al cruzar una rotonda, en una de mis rutas de paseo por las afueras del pueblo. Por fin lo fotografié, con la intención de escribir algo a propósito. De alguna forma, me inquieta e incomoda. La tautología, en cuanto círculo vicioso, no tiene mayor interés, ni originalidad: hay una muy famosa atribuida a Vujadin Boskov, ex entrenador del Real Madrid, «Fútbol es fútbol». Esta hipérbole amorosa de la que me ocupo aquí parece un calco de esa otra.

El autor debe ser un hombre, porque solo los hombres crecemos con esa idea absolutista del amor. Tiene pinta de ser la respuesta pública a alguna duda o deseo de ruptura que le fueron planteados, de forma privada, al enamorado caballero que, reafirma así la intemporalidad de su amor frente a los azares del tiempo. O eso creyó, como creen tantos, convencidos de que «siempre» representa una especie de victoria ante el inexorable acabamiento y mudanza del paso del tiempo. Nada más lejos de la realidad.

El adverbio «siempre» indica, más bien, lo contrario: una línea temporal angustiosamente inacabable, sin remisión ni redención posibles. En mi infancia, atormentada desde muy pronto por preguntas y dudas -religiosas, filosóficas- sobre el mundo sin explicar que iba creciendo a la vez que yo, surgió pronto la idea insidiosa de la eternidad, tan querida por el catolicismo: la vida eterna, el castigo eterno… Siempre; lo repetí tantas veces…: en una ocasión, para hacerme una idea de su significado, la pronuncié de manera obsesiva, hasta el punto de que no me desvanecí de milagro, de la angustia provocada por el concepto vacío de un tiempo interminable.

Y el amor eterno, claro, que no tardó en llegar para quedarse, a pesar del desmentido de los enamoramientos cotidianos y su tormentoso siempre de un día. «Siempre», tal como aparece en la pintada, con la desproporción exagerada entre el tamaño descomunal de las letras y el pequeño corazoncito que las acompaña, casi un simple recordatorio para caminantes, nos recuerda qué importaba de verdad al anónimo grafitero: la eternidad, no el amor. «Siempre» instituye una vida sin vejez, enfermedad ni muerte; un amor sin deterioro ni altibajos; un tiempo sin fin inasequible a la vida.

El absolutismo de «siempre» y «nunca», o del cero matemático, esconden un profundo desaliento que acompaña la vida humana desde sus orígenes, un dañoso error que envenena nuestro conocimiento, razón y sentimientos: la pretensión de encontrar la infinitud en la muerte del tiempo mediante su abstracción, es decir, en la muerte de la vida.

#apuntes

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¿Sindicatos?

Es importante indagar las transacciones, adaptaciones y camuflajes de la neolengua del ESPOFCON (Español Oficial Contemporáneo). En el mismo día, por ejemplo, leo sobre los avatares de un sindicato de inquilinos y de un sindicato de madres de niños autistas [sic]. ¿Sindicatos? Ha habido, pues, un vaciamiento del sindicato como organización propia de la clase obrera en su lucha por la emancipación en favor de cualquier agrupación en defensa de sus intereses compartidos. De ahí a que consideremos a la ligera que lo que ha pasado es, simplemente, que la clase trabajadora ha desaparecido, hay mucho trecho. Parece más lógico pensar en una manipulación semántica que busca hacernos olvidar la lucha de clases. Ojo con las palabras, que, como se sabe, las carga el diablo…

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Codos

En la última novela de Lucía Litmajer, Cauterio, hay una divagación sobre las fotografías que me ha fascinado. Una de las dos protagonistas y narradoras -que alternan sus historias desde dos espacios y dos épocas- se pone a imaginar, evocando una antigua relación de pareja, que pasaba mucho tiempo en una plaza de Barcelona, cuántas fotos de sus codos habría en los carretes de tantos turistas como hacían fotos por allí.

No solo codos, sino orejas, mechones de pelo… Imágenes testigo, azarosas, misteriosas en su fragmentaridad, pero suyas. La divagación se expande por nuestro tiempo de móviles y fotos compartidas en Internet, con la acostumbrada multiplicación geométrica en las redes sociales. Codos famosos, como si dijéramos…

La fascinación que he sentido tiene que ver con mi propia condición de habitante y poblador de plazas. Siempre han sido el lugar al que he arribado en mis paseos por las ciudades en las que he vivido. Las veo como desaguaderos -lagos, mares- de esos ríos que son las calles. El primer texto que publiqué, en una revista que hacíamos en Osuna, se llamaba, justamente, «Nuestra alameda». La alameda de mi pueblo no tenía álamos, pero era el lugar de encuentro y paseo con amigos y amores, bajo la presencia omnipresente y adusta de la Colegiata.

Como la protagonista del libro de Lucía Mitmajer, no tengo ninguna foto de aquella plaza y, lo mismo que a ella, me ha consolado la idea de que mis codos o mis cabellos o mis piernas cruzadas o mis manos y orejas sobrevivan en algún álbum o perfil de instagram, anónimos y sin significado pero entrañable y fieramente míos: pecios de mi paso por el mundo cuando todo ya sea naufragio.

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El incordio de Pepito Grillo

Publicado antes en Frontera Digital

Por si alguno no sabe quién es Pepito Grillo -no tiene por qué-, es el nombre con el que popularizó Disney Il Grillo Parlante del Pinochio original de Carlo Collodi. Con este grillo como artefacto narrativo, Collodi intentó resolver el problema de la falta de alma o conciencia de un muñeco de madera y los problemas que le acarrea. Es una especie de conciencia externalizada (un poco como la de todos) que señala el bien y el mal, la verdad y la mentira al nihilista muñeco.

La voz incordiante de Pepito Grillo no deja nunca de recordarnos lo que hacemos bien o mal y, sobre todo, lo que no hacemos o dejamos de hacer para hacer del mundo un lugar más habitable y justo, para evitar la extensión apabullante -en palabras de Labordeta- del crimen y la amenaza…

¿Qué hacer? -preguntamos continuamente a Pepito Grillo – ¿dónde, cuándo, con quién, contra qué? En este mundo exhausto de utopías y revoluciones, con esta condición humana nuestra reacia ya a cualesquiera heroismos, ¿qué hacer? Un amigo profesor, al que habían increpado de pequeño burgués en una asamblea sindical, respondió que nadie elegía realmente el lugar ni las circunstancias en que se desenvuelven nuestras vidas y que allí donde estemos hagamos lo que podamos para hacer un mundo mejor, pequeñas revoluciones cotidianas, con el aliento largo de héroes imposibles.

Juntarnos, acompañarnos, ayudarnos para que ninguno desfallezca y caiga, para no desesperarnos ante la magnitud de los males que nos atenazan. No habrá otra guerra de Troya con su consabido fin, pero sí la labor escondida de abrir grietas en sus murallas, día a día, hora a hora, mano con mano. Tal es la ingente tarea que Pepito Grillo nos pone por delante cada amanecer.

Pero el redoble de conciencia de Pepito Grillo no es solo individual y, aunque las divisiones y subdivisiones en lo que podemos llamar el campo de la emancipación sean tantas que se nos quitan las ganas de implicarnos en él, no nos queda otra. En el monográfico de la revista francesa Ballast, que lleva por título, justamente, la pregunta que más desazón nos provoca, ¿qué hacer?, resume en tres opciones las que tenemos: la deserción del poder capitalista, escapar a las periferias; derrocar el poder capitalista central provocando un levantamiento general; tomar el poder por medios legales y trabajar por una sociedad más digna e igualitaria desde dentro del Estado. La cita que viene ahora, la he traducido de la revista:

“desertar del poder capitalista central y escapar del orden dominante a través de la periferia; derrocar el poder capitalista central al final de un levantamiento y construir una sociedad de justicia; tomar el poder capitalista central por medios legales y trabajar, desde dentro del Estado, por la liberación de la sociedad. La tradición anarquista, la tradición marxista y la tradición socialdemócrata en el sentido original del término. Los falansterios, las colonias libertarias, los fuera-de las ‘comunidades por repliegue’, la Cataluña de 1936 o las ZADs; la Rusia bolchevique de 1917, la Cuba  de 1959 o el Mozambique frellista de 1975; el Chile de la Unidad Popular de 1970, la Francia del Programa Común de 1981, el Uruguay de Mujica de 2010 o la Grecia de Syriza de 2015”. (BALLAST • QUE FAIRE ?)

Esas son las vías que tenemos para el asalto a Troya: no hay más, quizá una combinación de las tres. Yo, con el tiempo, me he ido decantando –con muchas dudas– por el abandono, la deserción, el desistimiento. Es la que proponía, con mucha ingenuidad, en el último de mis 15 Asaltos en el que volvía del revés la vieja tradición española de “tirarse al monte”, para visualizar lo innecesarias que nos son las instituciones frente a lo absolutamente necesarios que somos nosotros –nuestros cuerpos tanto como nuestra fe– para darles apariencia de realidad y vida.


Pero quizá, al mismo tiempo, no viniera mal, como decía más arriba, juntarnos en los movimientos y rebeliones que continuamente ocurren a nuestro lado, sean estas vecinales, sindicales, identitarias, o políticos también… ¡qué más da si, al menos, ponen nerviosos a los amos del mundo y, como en el chiste del mosquito y el conductor, hacen descarrilar al tren! Todo menos dejarnos llevar mansamente por la desesperación que está acabando con tantos –y seguramente los mejores– de los más jóvenes.

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Tiempo curvo

El tiempo es curvo y, si la masa de un cuerpo es suficiente, puede llegar a ser circular. A veces nos gusta imaginarnos en danza en esa idea del tiempo, donde todo puede llegar a ser simultaneo y pasado, presente y futuro pueden ser intercambiables. La simultaneidad era la gran teoría que obsesionaba a Shevek, el protagonista de Los desposeídos, de Ursula K. Legin. Claro que también puede ser una sensación inducida por la edad tardía, como les pasa a los personajes de los últimos relatos de Claudio Magris (Tiempo curvo en Krems). A uno de ellos le llegan noticias de que una adolescente de la que la que todo su curso estaba enamorado, pero con la que nunca cruzó una palabra, anda diciendo lo contrario: que recuerda muchísimo al protagonista, que lo conoció muy bien y que le ha tenido siempre mucho cariño. Pasó una cosa y la contraria, pues así son las paradojas del tiempo…

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Halloween

Definitivamente no me acostumbro a esto del Halloween, no logro incorporarlo a mi experiencia del mundo. Anoche -llovía: supongo que es un tiempo propicio para estas celebraciones – llamaron a mi puerta, abro y se produce una escena que, con variantes, revivo todos los años.

Dos niñas, sin disfraz ni objeto que me ayudara a situarme, me miran como dos gatos, sin decir nada. Yo las miro a mi vez, encerrado en el mismo mutismo interrogante, hasta que, de repente, caigo en la cuenta:

-¡Ah, esto es por lo de Halloween!
-Sí…
-Y ahora se supone que tengo que daros caramelos…
-Sí.
-Pues la cosa es que no tengo. ¿Qué ocurre si no os doy?

La pregunta era totalmente inocente, con un punto de culpabilidad al que soy muy propenso.

-Nada, no te preocupes…

Se dan media vuelta para seguir su ronda, pero una de ellas regresa, apresurada, y me avisa:

-Pues el domingo van a venir muchos más. ¡Acuérdate!

Y en efecto, hoy he comprado una bolsa de caramelos. Benditos niños…

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