«El infinito «, de Giacomo Leopardi

Giacomo Leopardi
Giacomo Leopardi
Siempre caro me fue este yermo cerro
y este seto, que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas, sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y una quietud hondísima
en mi mente imagino. Tanta, que casi
el corazón se estremece. Y como oigo
el viento susurrar en la espesura,
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz. Y me acuerdo de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su música. Así que, entre esta
inmensidad, mi pensamiento anego,
y naufragar me es dulce en este mar.

Giacomo Leopardi

De: «Idilio», 1826
Recogido en: «Dulce y clara es la noche»
Traducción y selección de Antonio Colinas
Ed. Galaxia Gutenberg 2019©
ISBN: 978-84-17747-92-3

Poema original en italiano

«L’infinito»

Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
De l’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminato
Spazio di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo, ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e ‘l suon di lei. Così tra questa
Infinità s’annega il pensier mio:
E ‘l naufragar m’è dolce in questo mare.

Fuente: Trianarts

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Líos de faldas

El autor de este artículo reivindica la falda para los hombres, pero alejándose, de propio intento, de argumentos sociológicos. Se ciñe, en efecto, a las ventajas prácticas de esa prenda, contradice a sus detractores e insinúa algunas posibles complicaciones en el futuro…

Por Karim Ganem Maloof

© Gustavo Perdomo | El autor viste una túnica de lino de A New Cross. La pieza es una combinación entre el kimono y la túnica cerrada. Tiene una silueta amplia y unisex, con dos cruces yuxtapuestos que crean el efecto visual de una pieza inferior y otra superior.

Me emociona que las faldas se estén poniendo de moda entre los hombres. Dejaré a los antropólogos esclarecer las importantes consecuencias en materia de género y sociedad de esta tendencia, para referirme en cambio a sus ventajas más evidentes. Para empezar, la falda es una excelente mesa plegable. Cuando estaba en el colegio, solía mirar con envidia el picnic que las niñas organizaban entre sus piernas, desplegando un poco esos manteles que llevaban puestos. En ese práctico tendido disponían las chucherías de la merienda, y ahí caían las migajas de pasteles de pollo y deditos de queso, como si ese entrepiso les diera más decoro que inclinarse como hacíamos los niños, tal vez un poco ridículos al intentar que, a cada mordisco, las boronas cayeran al suelo y no en nuestros pantalones. Pero era un esfuerzo inútil: las niñas más audaces acababan la ceremonia parándose de golpe y sacudiendo la falda como de hecho se haría con un mantel; las migajas salían despedidas al aire y aterrizaban en cualquier parte, incluidos los niños y nuestros asfixiantes pantalones de franela.

Así queda demostrado que la falda es un mobiliario versátil que promueve la higiene.

La segunda ventaja obvia de usar falda es garantizarnos una existencia más atlética. Como sabemos, muchos hombres andamos por la vida sin piernas ni pantorrillas, sustentados únicamente por la buena voluntad. Nuestra cintura se conecta con los pies por telepatía y no por músculos, secreto guardado por mucho tiempo en la encubridora anchura de los pantalones. Algún psicólogo podría adivinar que lo que no se exhibe en sociedad tampoco avergüenza en las alcobas, y en general no se acondiciona en los gimnasios. La vanidad tiene sus consecuencias benignas. La ausencia de faldas en nuestro guardarropa ha promovido la degeneración del cuerpo masculino, que cuelga del trapecio, apenas sostenido por la fuerza de los bíceps, viendo con horror el abismo que se abre de la cintura para abajo, territorio de faldas.

Tengo detractores de espíritu bélico. Preguntan, irónicos, si a un soldado se le puede ataviar con una coqueta falda. A esos críticos basta con mostrarles una foto de los regimientos escoceses al servicio del Imperio británico durante la Primera Guerra Mundial, los cuales, para no prescindir de sus tradicionales kilts, cambiaron el tartán de sus telas por el camuflado caqui. En las trincheras, entre el barro, la falda es más cómoda que los pantalones, se empapa menos y seca más rápido.

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Una escultura singular

Mi amigo Phil Bass me envía esta foto, a propósito de mi comentario sobre los vencejos

My photo of a sculpture in the Himalayan Gardens at Grewelthorpe in the North of England

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Siempre volando

Hace más de dos semanas que mi calle está llena de vencejos, que anidan en las fachadas. Son aves en declive poblacional -como tantas- y fácilmente confundibles con las golondrinas, de las que, sin embargo, se diferencian en muchas cosas: las alas, el pico, el tamaño, el color… Pero sobre todo porque son aves fabulosas que se pasan la vida volando, literalmente. Solo se detienen en esta época para anidar y sus chillidos, no muy agradables, llenan el ámbito cuando hace buen tiempo. Por lo demás, comen, beben, duermen y copulan en pleno vuelo. Sus crías, cuando abandonan el nido, echan a volar sin aprendizaje previo y no vuelven más. Es fascinante verlos volar en círculos a gran altura o en vuelo rasante sobre la superficie del agua. No sabemos mucho de ellos, pero se sospecha que son muy juguetones y sus ceremonias de apareamiento en el aire son espectaculares, según dicen los que lo han visto, que no son muchos…

Vencejo común (Apus apus)

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Leer el Ulyses

Hoy estoy joyciano. Como dice Eduardo Lago «El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse». Por eso no viene mal una ayuda de sus grandes conocedores, entre ellos el mismo Eduardo Lago, a quien pertenece la cita y cuyo artículo se puede leer completo en el enlace de abajo. Yo voy por la tercera lectura de esta obra increíble, esta vez en la traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas -la mejor, para mi gusto-, tras pasar, con desigual fortuna, por las de José María Valverde y la de Salas Subirats. No es una lectura cómoda ni fácil, pero vale la pena.

El primer rasgo a destacar de este singular organismo narrativo es su disposición cronoespacial. Las setecientas páginas de la novela dan cuenta del transcurso de un solo día. La jornada comienza a las ocho, cuando la luz de la mañana hiere simultáneamente las piedras de la Torre Martello y la fachada del número 7 de Eccles Street, lugares donde residen respectivamente Stephen Dedalus y Leopold Bloom, quienes, cada uno en un capítulo distinto, se disponen en ese momento a desayunar. El libro se cierra en las profundidades de la madrugada, con Molly Bloom, desvelada en el domicilio conyugal de Eccles, dejándose arrastrar por la voz de sus pensamientos. En tan estrecho margen de tiempo se efectúa un recorrido tan exhaustivo de Dublín que Joyce solía decir que si algún día la ciudad desapareciera de la faz de la tierra resultaría posible reconstruirla siguiendo la descripción que se hacía de ella en la novela.

El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse. Solapados entre sí, operan simultáneamente en el texto un total de nueve sistemas de referencia que se ajustan al siguiente esquema: cada capítulo se orquesta temáticamente en torno a un sentido o significado prioritario, tiene como contrapartida un episodio concreto de la Odisea, guarda relación con un arte o ciencia determinados, está presidido por un símbolo específico, representa un órgano particular del cuerpo humano, tiene un color propio, explora una técnica estilística distinta y se circunscribe a un locus arquetípico, dentro del cual la acción transcurre a una hora claramente identificable del día.

Con ánimo de facilitar su tarea, el autor le hizo llegar a Carlo Linati, traductor de la obra al italiano, un mapa de la novela, aclarando que era «para uso casero», pues no era su intención hacérselo llegar al público lector. Un escrutinio atento del mapa permite apreciar la existencia de una red de correspondencias entre los nombres de los distintos tratamientos narrativos, los títulos ocultos de los capítulos en los que figuran y el lugar que ocupa estructuralmente cada uno de ellos con respecto al conjunto de la novela. En las líneas que siguen se pone de relieve la relación que mantiene cada bloque textual con el desarrollo general del argumento.

El texto se segmenta en tres grandes unidades narrativas. La primera parte (Telemaquiada) da cuenta de las actividades matutinas de Stephen Dedalus, a quien los lectores de Joyce conocen bien, pues es el protagonista del Retrato del artista adolescente. En la segunda parte (Andanzas de Odiseo), la narración detalla las peripecias de Leopold Bloom, desde que abandona la casa donde vive con su esposa Molly y su hija Milly para emprender su larga travesía por las calles de Dublín. Con infinito humor y humanidad, la novela detalla las aventuras de Bloom, el más común de los mortales que, modeladas sobre las del héroe homérico, constituyen una parábola de la anónima existencia del hombre contemporáneo. La tercera parte (Nostos o El regreso a Ítaca), marca el regreso de Bloom a Eccles Street.

Eduardo Lago: El íncubo de lo imposible

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Anne Carson. Nox. (New Directions, 2010)

Amamos tanto a Anne Carson…

Physically, Nox is a stunning accordion-fold book housed in a clamshell box. The poem Nox is comprised of dictionary entries, snapshots, scraps of paper, postage stamps, written memories, and other texts, all laid down across a scroll nearly 1,000 inches long on which we watch Carson cope with the death of her brother, as she tries to comprehend “the smell of nothing,” “the muteness,” and the meaning of memories scattered across a lifetime. Just as the physical book unfolds and then collapses back into itself, the unifying structure of Nox is the unfolding and collapsing of a short poem by the Roman poet Catullus. Nox opens with the poemknown as Poem 101in Latin. 

Photo-Embedded Poetry

Anne Carson. Nox
Anne Carson. Nox

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«Aquest amor que no és u / Este amor que no es uno», traducido por Berta García Faet, de Blanca Llum Vidal (CAT/ES)

Encuentro en el primer verso como un eco del primer verso del Cantar de los cantares: "Que me besen los besos de tu boca". Qué maravilla. La lengua va creando el Gran Poema a través de los poetas...

Blanca Llum Vidal es una filóloga, poeta y editora nacida en Barcelona en 1986. 

Blanca Llum Vidal

I

Que me llene de lenguas tu palabra,
que un canto tuyo canta más que decir más.
Qué cuerpo tuyo más tuyo-mío es el cuerpo mío.
Me redigo en tu nombre, un agujero.
Todos te queremos, todas adentro. ¡Agárrame!
¡Corremos juntos, corremos amigos, corremos ansiándote!
¡Abre la estrella, oh tú, abre la astilla y adéntrame!
¡Haremos noche, empollaremos huevo, seremos felices!
Tu amor me pone dos pinos en el muslo y se va.
Por eso se enamoran. Por eso Salomones y Sulamitas.

¡Soy blanca, gitana, soy mora, judía, amerindia, soy negra!
Soy sombra y desierto, costilla rompida, soy polvo cuajado.
Soy rueda, rodera, redonda, la rucia que croa, la roca que rasca
y lo contrario a expulsar los miedos: soy quien los pace y los cría
—quien, como garrapata deseada, se regala, contenta, una trampa.

Mis hermanos se han enfadado,
me han dicho apaga y yo he soplado, maldita sea,
y el fuego se esparce.

Dime dónde, al caer la tarde, lees solitario
que yo voy, con letra torcida,
entre las hojas que no tengo y una pena que canta.

Si tú no lo sabes,
oh mujer que grita,
sigue el silencio que hace al ocultarse
y busca su mal
junto al mal del otro.

A la candela de trenzas de candela te comparo, amiga mía,
qué lindas las pecas que se pierden,
qué herida tus ojos, con asfódelos clavados.
Te haremos remolinos en la nuca con saliva mezclada.

Mientras está en su casa, erizado de mil noches y con la angustia bien hecha,
la mar mía lo ama, lo ahoga, lo estampa, lo ahoga.
Mi amor es un canto rodado que se quiebra,
que hace noche entre el corte de la ceja.
Es un bosque de algarrobos y de acebuches
y de orquídea salvaje.

Pero qué infinita eres, amiga mía.
Pero qué arisca eres. Baile y batalla, tus huesos.

Y cómo las acrecientas, amor,
tus lecciones y tu manía.
Nuestro lecho da noche,
las puertas, locura,
las ventanas, escándalo.

***

I

Que m’ompli de llengües el teu mot,
que un cant teu canta més que dir que més.
Quin cos teu més teu-meu que és el cos meu.
Un forat per on redir-m’hi és el teu nom.
Tots et volem, totes endins. Agafa’m!
Correm junts darrere teu, correm amics, correm gruant-te!
Obre l’estrella, oh tu, obre l’estella i du-m’hi dins!
Farem nit, covarem l’ou, serem feliços!
El teu amor em posa dos pins a la cuixa i se’n va.
Per això s’enamoren. Per això Salomons i Sulamites.

Sóc blanca, gitana, sóc mora, jueva, ameríndia, sóc negra!
Sóc ombra i desert, costella rompuda, sóc pols que s’agleva.
Sóc roda, rodera, rodona, la ruca que rauca, la roca que rasca
i del tot al revés de fer fora les pors: sóc qui les peix i les cria
—qui, com paparra volguda, es regala, content, una trampa.

Els meus germans s’han enfadat,
m’han dit apaga i jo he bufat, punyetamón,
i el foc s’escampa.

Digues on, d’horabaixa, llegeixes tan sol,
que jo vaig, lletratorta,
entre els fulls que no tinc i una pena que canta.

Si tu no ho saps,
oh dona que crida,
segueix el silenci que fa quan s’amaga
i busca el seu mal
vora el mal d’altre.

A l’espelma de trenes d’espelma et comparo, amiga meva,
que boniques les pigues que es perden,
quina ferida els teus ulls, amb els aubons que s’hi claven.
Et farem remolins al clatell amb saliva mesclada.

Mentre és a ca seu, estarrufat de mil nits i amb l’angoixa ben feta,
la mar meva l’estima, l’ofega, l’estimba, l’ofega.
El meu amor és un còdol que es trenca,
que fa nit entre el tall de la cella.
És un bosc de garrova i d’ullastre
i d’orquídia salvatge.

I que n’ets, d’infinita, amiga meva.
I que n’ets, d’esquerpada. Ball i baralla, els teus ossos.

I com les acreixes, amor,
les teves lliçons i la teva mania.
El nostre llit fa fer nit,
les portes, follia,
i les finestres, escàndol.

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Las afueras

Esta cita que puedes leer ahora pertenece a un librito delicioso de Annie Ernaux, Mira las luces, amor mío:

El súper y el hipermercado no son reductibles a su uso de economía doméstica, al «rollo de las compras» . Suscitan pensamientos, fijan en recuerdos sensaciones y emociones. Seguro que podrían escribirse relatos de vida a través de las grandes superficies comerciales frecuentadas.

Como me ocurre a menudo con esta magnífica -y laureada- escritora francesa, su lectura me ha hecho revivir mi relación con las grandes superficies, repentizar mis propios recuerdos de ellas y caer en la cuenta de su enorme importancia en las sociedades contemporáneas.

Como tardé mucho en tener coche y conducirlo, mis primeras incursiones en los hipermercados del extrarradio se limitaron a ejercer de acompañante, porteador de bolsas («agente de bolsa», bromeaba un amigo) y conductor de carritos. Justamente la lejanía de esos gigantescos comercios, levantados a veces en la nada esteparia de las afueras de las ciudades, y la necesidad consecuente del automóvil para desplazarse hasta ellas, fueron los principales motivos de mi descontento y actitud crítica para con ellos.

Vivía, sin embargo, en una relación contradictoria: pues si bien se me presentaba al principio como un lugar inhóspito, muy pronto percibí una intensa socialización que iba más allá de la aparente soledad onanista en que el consumidor y las infinitas mercancías de los anaqueles hablaban de amor.

Una vez que me recuperé y desperté de la atmósfera hipnótica provocada por el rumor del aire acondicionado o la música pegadiza -en calculado contrapunto con los anuncios de ofertas o los cambios continuos de puntos de cobro- descubrí un verdadero continente sumergido: la convivencia entre mujeres, hombres y niños y la comunicación entre personas de distintas razas y culturas. Aprendí poco a poco a observar a aquella populosa sociedad flotante y a descodificar su ropa y gestos.

En ocasiones, por la frecuencia y la costumbre, saludaba -saludo- a trabajadores, amigos, conocidos, vecinos. Con la ventaja que da a estos recintos  el pretexto de las mercancías sobre viejos lugares de encuentro, hoy en retroceso histórico, como plazas, paseos y mercados, el tiempo circunstancial que pasamos en el hipermercado es cada vez mayor.

Más raro, pero no insólito, es la atracción amorosa de alguna conductora de carritos o la preferencia amistosa por alguna cobradora. También la antipatía hacia los solitarios que, con el pretexto de que sólo llevan unas botellas de algo o una bolsa de comida para gatos, se cuelan siempre en las colas de salida, con aire de prisa impostergable. ¿Por qué se desplazaron, pues, tan lejos?

Creo que por una razón parecida a la que lleva a mucha gente mayor a los hospitales: saludar y comprobar la salud general, para situarse a sí mismos, sin mucha cola, en la línea de salida…

Tras todo lo dicho, a nadie extrañará que haya disfrutado tanto con una película alemana que he visto recientemente. Cuenta una historia de soledad, amor y compañerismo entre trabajadores de un hipermercado de la antigua RDA, A la vuelta de la esquina. Ni que decir tiene que recomiendo vivamente tanto el libro como la película al despistado lector de estas líneas…

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