Dulzonas y pesadas

Mirad esta comparación de Joan Didion (de su novela Río revuelto): “Entre las rosas, había unas cuantas gardenias del Cabo, dulzonas y pesadas como los fármacos.” Es, y no es, extraña esta aparición de los medicamentos en la literatura , aunque, ciertamente, forman parte de la experiencia cotidiana de esta humanidad enferma.

Me pregunto: ¿En qué medida esos fármacos “dulzones y pesados” que tomamos todos por un mal u otro no definen un estado alterado de conciencia, que sería el nuestro? ¿Es tan común ese abotargamiento con que encaramos el día a día que no nos damos ni cuenta?

Quienes, entre vosotras o vosotros, hayáis padecido algún trastorno o dolencia que, a juicio del médico, necesitara un aluvión de comprimidos, pilulas, jarabes, colirios o aerosoles (afortunadamente cada vez se prescriben menos los humillantes supositorios o las dolorosas inyecciones) podríais compartir esa sensación de sopor y flatulencias.

En mi caso, desde luego que sí,  pero sumado a ello (creo que es lo que, en realidad, me cura) me estruja un hambre tremenda, pantagruélica, carpántica, que se multiplica cuando salgo de una intervención quirúrgica… Puedo afirmar sin exageración ninguna que, tras los tratamientos u operaciones que he sufrido, siempre he salido con unos kilos de más…

En mi último alifafe, decidí tomar cartas en el asunto y dejar de ser un paciente pasivo y abúlico. Me puse a negociar con los médicos, como el más correoso tratante, la interminable prescripción a que me querían someter. No sé si por mi capacidad de convencimiento o por la propia sorpresa de los galenos, conseguí reducir la ingesta a la mitad. Para celebrarlo, me regalé con una opípara cena, sin omeprazol de postre, por supuesto.

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Cada vez usamos menos palabras

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He analizado la variedad de palabras y densidad léxica de los best sellers de los últimos 20 años vs. los de los 60-80 para llegar a la conclusión de que cada vez usamos menos palabras.

Nada nuevo, pero necesitaba confirmarlo por mi misma y gracias a ChatGPT es posible hacer este tipo de análisis en una hora.

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Franco ‘Bifo’ Berardi: Pensar en la ultimidad

Berardi es una de las voces más lúcidas en la interpretación de la luctuosa contemporaneidad. Esta defensa de la deserción es de lectura inexcusable.

La libertad de los seres humanos reside única y enteramente en el hecho de que hablan y se expresan con signos. En esa esfera, y en ninguna otra, son libres. En esa esfera se emancipan de los designios de Dios, y al mismo tiempo se emancipan de la tiranía de lo particular, de la pertenencia y de la fuerza bruta. El proceso de civilización consistió en someter la brutalidad de la energía al lenguaje. La misión de la modernidad consistía en gobernar la brutalidad y someter la naturaleza al lenguaje. Aquí reside la vocación de los modernos, al menos en sus intenciones. Hoy sabemos que, desde este punto de vista, la modernidad ha fracasado en su propósito.

Franco ‘Bifo’ Berardi: Pensar en la ultimidad

Una mujer gazatí camina con algunos enseres entre los escombros. / Mohamed Hajjar

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Insolencia

Hay cierta insolencia en el tiempo,

en cómo nos trata, en sus aires de matón,

en la manera indiferente de negar

una y otra vez lo que una vez

tras otra le pedimos: que no corra

de esa forma tan brutal,

negando impasible

nuestro único y persistente

ruego: más demora en arrebatarnos,

siempre a destiempo, tan altanero,

la belleza, la juventud perdida

la alegría tardía..

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Sonidos, ruidos, silencio…

En las pequeñas ciudades andaluzas hay tres sonidos que, a distintas horas del día, se expanden por el aire e impregnan los sentidos: las campanas y los pájaros por las mañanas y al atardecer, y los niños a la salida de los colegios, con el mismo alboroto que los pájaros… Los tres se acompasan al ritmo de la vida, lo contrario de los ruidos de la construcción o el escape estridente de los motores, que remiten a la angustia de las pesadillas… Son las tres cosas que más echo de menos cuando voy a la capital o al campo.

Una amiga de la red social Mastodon me comentaba, a propósito de esto, que a ella la angustia se la provocaba el zumbido de fondo por las noches en las grandes ciudades industrializadas. Otro apuntó que ese zumbido mecánico le recordaba el trabajo en las minas de los morlocks, en la ficción de El señor de los anillos… Yo apostillé que a mí me provocaba insomnio.

En un cuentecito de Kafka que leí hace muchos años (y que no he vuelto a encontrar, por más que lo he buscado las veces en que me acordé de él), le sucedía al protagonista que sufría de un insomnio irrevocable, que sólo cedía al sueño reparador cuando viajaba en tren. Racionalizaba esta extraña cura como consecuencia de un equilibrio entre dos «ruidos»: el suyo interno, que producía el insomnio, y el sonido rítmico del traqueteo del tren. De alguna forma, los dos ruidos se neutralizaban en una nueva dimensión del silencio…

El caso más espectacular de la relación entre sueño (entendido a partir de ahora como paz o silencio superiores), sonidos y ruidos es el de un conocido, que, tras trabajar durante años en una atracción de feria, con toda la parafernalia de música a gran volumen y el acompañamiento habitual de todo tipo de estruendosas máquinas, me confesaba que no podía dormir si no era oyendo música a toda pastilla en sus auriculares.

Casos extraños que espero que sirvan al lector amigo a pensar sobre la importancia que tienen en nuestras vidas sonidos, ruidos, música y silencio. Una importancia que nunca se ha visto reflejada, que yo sepa, en ninguno de los innumerables proyectos, más o menos utópicos, de redención humana a través del cambio social…

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