La angustia geométrica de las ciudades

Si vives en un pueblo, según los estudios a que se hacen referencia en este reportaje de La Vanguardia, estás de enhorabuena: tu salud mental está, si no a salvo -¡quién nos libra! Y luego está la muerte por aburrimiento…-, más protegida, menos en precario. Vale la pena leerlo y estar al tanto de estas cosas.

Los estudios indican que vivir en la ciudad se asocia con una mayor actividad de la amígdala, pieza esencial de la respuesta al estrés y la ansiedad. De hecho, la tasa de prevalencia de muchos problemas de salud mental es mayor en las ciudades que en zonas rurales: aproximadamente un 40 % más de riesgo de depresión, un 20 % más de ansiedad y el doble de riesgo de esquizofrenia.
En el pasado, las ciudades se planificaban atendiendo a intereses comerciales y productivos, sin tener en cuenta el bienestar de sus habitantes. Pero actualmente es preciso un cambio de paradigma, sobre todo después de las grandes crisis mundiales generadas por el cambio climático y la pandemia del covid-19. Existen diversos factores de la vida en las ciudades que pueden actuar como estresores: el hacinamiento, el ruido, la contaminación, y, cómo no, el propio diseño urbano.

Si al mirar a nuestro alrededor observamos un exceso de patrones repetitivos y geométricos como los de los edificios, eso nos puede generar estrés visual. De hecho, un predictor del estrés urbano percibido es el número de vértices isovistas, es decir, el número de vértices visibles para un individuo situado en una determinada localización.
Por el contrario, el entorno natural parece tener una mayor complejidad fractal, lo que implica un menor número de fijaciones oculares y, por tanto, menor esfuerzo en el procesamiento de la información visual.

Así impacta el diseño de las ciudades en la salud mental

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Utopía y mitos: la educación, por ejemplo

Utopías y mitos comparten el intento de conquistar una parcela de futuro, pero difieren en todo lo demás.

La utopía arranca de una ensoñación, no necesariamente narrativa, de un mundo distinto en un futuro poblado desde el ahora, mientras que el mito, mediante un relato, quiere convertir ese futuro en la prolongación de un presente intemporal, pues la alegoría de su narración performativa pretende dejarlo implantado para siempre, en una especie de repetición y fuga musicales.

Con la educación creo que sufrimos ese equívoco. Ahí donde parece que la utopía es más necesaria y factible, me parece que lo que tenemos son mitos. Particularmente el de Prometeo, un Prometeo, idealizado por el Romanticismo, que roba el saber de los dioses para repartirlo entre los hombres. Una idealización que se contradice con la realidad: que el sistema educativo, público o privado, está ligado de forma irresoluble a los intereses generacionales de los estados y sus corporaciones.El soñar despierto, y el deseo en que nace, de una utopía educativa requeriría tantas rupturas epistemológicas y políticas que es impensable su comparecencia en el status quo de las democracias del capital.

El niño autosuficiente de María Montesori, la escuela moderna de Ferrer i Guardia o las mismas poderosas propuestas de Paulo  Freire -que al menos desconfiaba de ellas- no aparecen en nuestras pesadillas tecnoráticas sino como el mito de un Prometeo desvalido y devaluado, el Titán ladronzuelo e impopular que era percibido por el mundo antiguo.

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Cambiando tebeos por las calles

Esta magnífica fotografía es de Ruth Orkin. Yo, como estas niñas, me pasaba los veranos leyendo y cambiando tebeos por las calles de mi pueblo.

En aquellas tórridas tardes de julio y agosto, a veces con el estridente concierto de las chicharras de fondo, recorría -junto a un amigo que se las sabía todas- las calles del pueblo, cuyo silencio protegía las inveteradas siestas de los vecinos, cargados los dos con una resma de tebeos bajo el brazo…

Nunca he vuelto a leer tan rápido como entonces. Los tebeos nuevos recién adquiridos en el intercambio, los leíamos fugazmente, cruzándolos con los de mi amigo. Reducíamos, a veces, la lectura, a un simple vistazo u ojeada: los hojeábamos, literalmente, antes de volver a cambiarlos.

Ahora sé lo que verdaderamente hacíamos y que tanto nos hacía disfrutar: habíamos descubierto el placer efímero e insano del consumismo. Que no hubiera dinero en el intercambio no importaba nada porque la satisfacción la provocaba la posesión instantánea y veloz de lo nuevo. Pero lo peor de todo lo cuento ahora:

La meta de cada día era descubrir algún inocente que no hubiera participado nunca en aquel mercadillo ambulante para poderlo engañar con facilidad. Unas veces ofreciendo un dos por uno falso y adobado de falsa publicidad; otras, insertando cuadernillos sin valor dentro de portadas vistosas; otras, por fin, seduciendo al incauto con la cantidad de hojas que ofrecíamos a cambio de sus escuchimizados cómics…

Llegué a tener en mis manos ejemplares raros o únicos que volaron de mi mazo con la misma rapidez con que los conseguía. En realidad, lo que llenaba mi codicia era el humo efímero y falaz del dinero y el capital, del beneficio y la pérdida, esa economía -mundo que, a tan temprana edad, aprendíamos ya a leer entre líneas, mientras perdíamos nuestras almas infantiles en aquel cambalache infernal…

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Ius personale, Ius reale

A la división del Derecho Romano entre el derecho de personas y de cosas (ius personale y ius reale) se le escapaban las esposas, los niños y los siervos, medio personas, medio cosas. A ese grupo se han unido en nuestro tiempo los animales . De como se resuelva esto depende en gran medida el futuro del Derecho y, con él, el de nuestras sociedades.

– Manuel Jiménez Friaza. Leer en Substack

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