Recordando, con este fragmento, una interesante -o eso cree uno- reflexión que dedicamos a la moral anarquista según Kropotkin hace unos años. La enlazo abajo.
El tercer elemento del triángulo de la moral anarquista es el más delicado de razonar, pero es al que Kropotkin dedica quizá más espacio. Es un principio que rehuye incluso un nombre, de tal manera que su concepto mismo resbala entre ellos: magnanimidad, desprendimiento, deber, magnificiencia… Incluye a veces el sacrificio. Pero pese a lo que parece, es un concepto que se hincha de alegría, fuerza, energía desbordadora. Hay unas palabras (de Guyau, un hoy desconocido autor francés) que el príncipe anarquista repite en varias ocasiones: «nos sobran lágrimas, nos sobra alegría». Para repartirlas, pues:
Toda energía acumulada ejerce presión sobre los obstáculos colocados ante ella. Poder obrar es deber obrar. Y toda esa obligación moral, de la cual se ha hablado y escrito tanto, despojada de toda suerte de misticismos, se reduce a esta verdadera concepción: la vida no puede mantenerse sino es a condición de esparcirse. (…) Lo mismo le sucede al ser humano cuando está pletórico de fuerza y de energía. La fuerza se acumula en él; esparce su vida, da sin contar, sin lo cual no viviría; y si debe perecer, como la flor, deshojándose, no importa: la savia sube, si la hay.
Sé fuerte: desborda de energía intelectual y pasional, y verterás sobre los otros tu inteligencia, tu amor, tu actividad.
He ahí a lo que se reduce toda la enseñanza moral, despojada de las hipocresías del ascetismo oriental.
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