¿Qué nombre, de los nombres que damos a las distintas maneras de reunirnos, podríamos dar a reuniones tan versallescas e inútiles como las del clima o la inflación? ¿Fiesta, baile, congreso, consejo de administración o de ministros, tertulia, mitin, conferencia, rueda de prensa o del alfiler, corro, comunicación, clase, puja, reunión de amigos o pandilla, familia, comité, rodaje, anuncio?
Los nombres son las ventanas a través de las cuales señalamos y casi tocamos las cosas; agrupándolos en una gramática -convirtiéndolos en material de construcción- le creamos un sentido -construimos paredes, umbrales, puentes, casas- a la realidad. Por eso, los problemas que tenemos para poder llamar de alguna manera a esas reuniones que copan los informativos son problemas de falta de sentido.
La mera acumulación y omnipresencia de esos actos «políticos» -pero vacíos de sentido, fin, utilidad para quienes los vemos desde fuera- se nos impone como criterio de su utilidad. Están, pues, en el acorde capitalista de los «índices de productividad» que se pretenden extender a todos los ámbitos: la educación, la medicina, la producción de leyes y reglamentos…
Pero esa inflación conduce, por el contrario, al hastío y al hartazgo. También a la visualización pública de su naturaleza ritual y ausencia de teleología. La más vieja carencia del poder (presentarse como imprescindible ante los súbditos) se transparenta hoy como nunca debido a la obscenidad multiplicativa -en eco- de actos sin nombre, y sin sentido por tanto…
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