De los nombres de Cristo se publicó en Salamanca en 1583 y seguramente lo empezó a escribir Fray Luis desde la cárcel de Valladolid, en 1574 ó 75. Pertenece al género del diálogo doctrinal, muy popular en el Renacimiento. De intención didáctica, desarrolla el origen y significado de catorce nombres o advocaciones de Cristo elegidas por su autor de entre los doscientos que se encuentran en la Biblia. En conjunto podemos considerar el libro como un tratado cristológico, en el sentido de que la figura de Cristo marca el inicio de los nuevos tiempos de la Humanidad redimida y el final del primer periodo de la caída tras el pecado original.
Los protagonistas del diálogo son tres frailes agustinos (Julián, Marcelo y Sabino) que, de vacaciones en la quinta La Flecha, a orillas del río Tormes, el día 29 de junio, festividad de San Pedro, dialogan sobre el significado de los nombres de Cristo, teniendo la Biblia como fuente fundamental para sus argumentos. Es legendaria la brillantez y riqueza de su escritura, entre lo culto y lo popular, que un admirado Fernando Lázaro Carreter llamó «castellano radioactivo».
Sin embargo, a pesar de las múltiples sugerencias de esta obra, lo que nos traemos entre manos de ella es la Introducción y, en concreto, las disquisiciones sobre el nombre como categoría gramatical. Aquí encontramos una visión moderna que nos permite considerar a Fray Luis como un lejano precursor de Saussure y sus teorías sobre el signo lingüístico. Si hablar de «precursor» es, ciertamente, anacrónico, sí deben sorprendernos las coincidencias entre ambos «lingüistas» a pesar de los siglos que los separan. De ello voy a hablar a continuación.
La definición del nombre con la que comienza Marcelo su lección no aporta nada especialmente novedoso, pues formaba parte del saber común renacentista:
El nombre, si habemos de decirlo en pocas palabras, es una palabra breve que se sustituye por aquello de quien se dice y se toma por ello mismo. O nombre es aquello mismo que se nombra, no en el ser real y verdadero que ello tiene, sino en el ser que le da nuestra boca y entendimiento.
Donde empieza, al menos para mí, la sorpresa, es en las distinciones entre signficado, significante y cosa que -salvando, como es natural, la distinta conceptualización de lenguas tan alejadas en el tiempo- es la misma que siglos después desarrollaría el famoso lingüista ginebrino:
Y desto mismo se conoce también que hay dos maneras o dos diferencias de nombres: unos que están en el alma y otros que suenan en la boca. Los primeros son el ser que tienen las cosas en el entendimiento del que las entiende, y los otros, el ser que tienen en la boca del que, como las entiende, las declara y saca a la luz con palabras. Entre las cuales hay esta conformidad: que los unos y los otros son imágines y, como ya digo muchas veces, sustitutos de aquellos cuyos nombres son. Mas hay también esta disconformidad: que los unos son imágenes por naturaleza y los otros por arte. Quiero decir que la imagen y figura que está en el alma sustituye por aquellas cosas,cuya figura es, por la semejanza natural que tiene con ellas; mas las palabras, porque nosotros que fabricamos las voces, señalamos para cada una la suya, por eso sustituyen por ellas. Y cuando decimos nombres, ordinariamente entendemos estos postreros, aunque aquellos primeros son los nombres principalmente. Y así nosotros hablaremos de aquellos teniendo los ojos en estos.
Si aceptamos «alma» en lugar de «psique», encontramos el mismo enfoque en el Course… de Saussure:
Le signe linguistique unit non une chose e un nom, mais un concept e une image acoustique. Cette dernière n’est pas le son matériel, chose purement phisique, mais l’empreinte psychique de ce son, la représentation que nous en donne le témoignage de nos sens; elle est sensorielle, et s’il nous arrive de l’appeller «matérielle», c’est seulement dans ce sens et par opposition à l’autre terme de l’opposition, le concept, géneralement plus abstrait.1
1. El signo lingüístico no une una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica. Este último no es el sonido material, una cosa puramente física, sino la huella psíquica de este sonido, la representación que nuestros sentidos nos dan de él; es sensorial, y si se nos ocurre llamarlo «material», es sólo en este sentido y en oposición al otro término de la oposición, el concepto, que es generalmente más abstracto.
A mi amigo Manuel Laza, que levantó esta liebre.
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