Definitivamente no me acostumbro a esto del Halloween, no logro incorporarlo a mi experiencia del mundo. Anoche -llovía: supongo que es un tiempo propicio para estas celebraciones – llamaron a mi puerta, abro y se produce una escena que, con variantes, revivo todos los años.
Dos niñas, sin disfraz ni objeto que me ayudara a situarme, me miran como dos gatos, sin decir nada. Yo las miro a mi vez, encerrado en el mismo mutismo interrogante, hasta que, de repente, caigo en la cuenta:
-¡Ah, esto es por lo de Halloween!
-Sí…
-Y ahora se supone que tengo que daros caramelos…
-Sí.
-Pues la cosa es que no tengo. ¿Qué ocurre si no os doy?
La pregunta era totalmente inocente, con un punto de culpabilidad al que soy muy propenso.
-Nada, no te preocupes…
Se dan media vuelta para seguir su ronda, pero una de ellas regresa, apresurada, y me avisa:
-Pues el domingo van a venir muchos más. ¡Acuérdate!
Y en efecto, hoy he comprado una bolsa de caramelos. Benditos niños…
Visitas: 39
