Me quejo a menudo de la tiranía de los mapas meteorológicos, a los que la gente otorga la categoría religiosa de profecía. Eso ha hecho que olvidemos los viejos saberes de la observación de las nubes y el viento, de la humedad o el vuelo de los pájaros. Esta mañana llueve por aquí: era fácil de pronosticar por el color panza de burra del cielo. Huele a tierra mojada y el aire húmedo refresca y estimula la nariz, aunque es posible que la pérdida progresiva del olfato en nuestra especie, seguramente irreversible, impida la percepción de estos olores en la gran mayoría. Otra pérdida más, otro paso más que nos aleja del mundo natural, de la vida dañada.
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