El arroyo de mi infancia se llamaba Salado y ya no existe. Siempre fue de muy escaso caudal, aunque los mayores recordaban desbordamientos en años de lluvia. También recordaban remansos que hacían las veces de baños populares en el mundo anterior a las piscinas. Era de agua agria y helada, saltarín y de fondo pedregoso. Según avanzaba y se alejaba del pueblo, el agua se volvia negra por los vertidos de alpechín de los molinos de aceite…
A mí me encantaba andar descalzo por el agua fría, sobre los cantos rodados de su cauce. Un día famoso en mis recuerdos, intenté recorrerlo a contracorriente hasta su nacimiento, pero aunque llegamos cerca, los pies, doloridos, nos lo impidieron. Charlando, dormitando en alguna umbría de sus orillas, ni sé las veces en que acudí a él para agasajar mis sueños. Mi vida no habría sido igual sin aquel humilde río…
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