El petirrojo
(poema de José Jiménez Lozano)
Mas yo solo recuerdo haber sido asistido a veces de tarde en tarde, por un ángel: un solitario petirrojo que quizás tenía hambre y añoranza, frío, quizás miedo, que desde el seto volaba hasta el alféizar de mi ventana, inquieto, como si me trajera, clandestino, su socorro.
Comentario
(de Stuart Park)
El poema me unió espiritualmente con don José no solo por la maestría de sus versos. En alguna otra ocasión he hablado del valor terapéutico de las aves donde, no siendo poeta, he compartido sin reservas las circunstancias que produjeron mis propios encuentros con el petirrojo. En 1970 caí en una severa depresión y un solo rayo de luz iluminaba, de cuando en cuando, los meses de intenso sufrimiento: la presencia del pequeño petirrojo que Verna y yo encontrábamos en cada recodo del camino en nuestros paseos por el campo. Un médico amigo nos invitó a verle en Londres, y recuerdo el viaje en tren como una negra pesadilla.

Nos alojamos en la casa de un amigo de la universidad. Su madre me dijo, a la hora de la merienda: “Un petirrojo viene al jardín todos los días a comer las migajas después del té, y las tomará de tu mano si le dejas”. Y así fue. El petirrojo subía de un brinco hasta la mesa y picoteaba las migajas de bizcocho sobre la palma de mi mano. Unas semanas después de aquella visita, volvimos a Londres. Allí estaba el petirrojo, como si nos estuviera esperando. “No ha vuelto desde que te fuiste, hasta hoy”, me dijo nuestra anfitriona con una sonrisa. Supe más tarde que después de ese día no volvió nunca más.
Apostilla
Yo también experimenté los “valores terapéuticos de las aves, ruiseñores, en mi caso. Fue en una época en la que tenía problemas con el sueño: me despertaba de madrugada, muy agitado, y pasaba las horas interminables de la alta noche, dando vueltas por la casa o leyendo, si podía. Hasta que oí el canto de un ruiseñor -cantan de noche. Su resonancia formidable en la bóveda nocturna me tranquilizó de inmediato y quedé dormido sobre la mesa de la cocina. El insomnio y el ruiseñor desaparecieron al mismo tiempo. Nunca más volví a oírlo. Muchas veces su recuerdo me arrulla en las horas inquietas.
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