De la mano

De pequeña iba siempre sobre mis hombros a todos lados. Desde allí oteaba el horizonte y se hacía sus primeras ideas sobre el mundo, que debían ser optimistas porque, en su perspectiva, la gente era más pequeña que ella, alzada sobre aquel gigante que era su padre. Le daba seguridad y, pronto, aprendió a guiarme y a cambiar de dirección según su capricho o conveniencia. Lo hacía con sus piernas o tirándome del pelo, a modo de riendas. Era un método doloroso a veces, pero que asumía gustosamente: yo era un caballo manso y lleno de amor por su jinete…

Cuando mi caballero echó por fin pie a tierra, llegó el turno de las manos: una para el padre y otra para la madre. En ocasiones, la segunda, de refuerzo, bajo el sobaco. Una época de contorsionismo por las calles de Aracena en la que ella, con toda la dignidad posible y su mirada al frente, nos acompaña en nuestros paseos, sorteando, como puede, los inestables empedrados de tantas calles de la ciudad o sus aceras rotas. Muchas veces tropieza con el aire.

Una carrera de obstáculos que, sin embargo, ha preferido de todos modos a cualquier carrito, cochecito o vehículo adaptado, incluido el automóvil. Cuando no hay más remedio y la subimos a uno, incorpora la costumbre de tomarnos de la mano, como si un vértigo imperceptible para nosotros amenazara su precario equilibrio. Siempre de la mano.

Cuando llegamos a alguna plaza, se tira, literalmente, al primer banco que ve libre, agotada, pero con una sonrisa de satisfacción que parece decir “Misión cumplida”, papá. Es entonces cuando sus ojos traslúcidos, recostada sobre los dos, se extasian mirando el cielo o entrecerrándolos cuando hay sol. Si hay un paraíso recobrado, es ese.

Por eso, nada me enternece más que ver a un niño de la mano de sus padres, o de sus compañeros del colegio, cuando salen a la calle en parejas, liberados de las aulas por un rato. O un anciano o anciana, del brazo de su nieta o cuidadora, héroes imposibles del fatigoso caminar urbano. ¿O es que, acaso, porque ya no somos niños no necesitamos de manos que nos guíen y apoyen?

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