Dulzonas y pesadas

Mirad esta comparación de Joan Didion (de su novela Río revuelto): “Entre las rosas, había unas cuantas gardenias del Cabo, dulzonas y pesadas como los fármacos.” Es, y no es, extraña esta aparición de los medicamentos en la literatura , aunque, ciertamente, forman parte de la experiencia cotidiana de esta humanidad enferma.

Me pregunto: ¿En qué medida esos fármacos “dulzones y pesados” que tomamos todos por un mal u otro no definen un estado alterado de conciencia, que sería el nuestro? ¿Es tan común ese abotargamiento con que encaramos el día a día que no nos damos ni cuenta?

Quienes, entre vosotras o vosotros, hayáis padecido algún trastorno o dolencia que, a juicio del médico, necesitara un aluvión de comprimidos, pilulas, jarabes, colirios o aerosoles (afortunadamente cada vez se prescriben menos los humillantes supositorios o las dolorosas inyecciones) podríais compartir esa sensación de sopor y flatulencias.

En mi caso, desde luego que sí,  pero sumado a ello (creo que es lo que, en realidad, me cura) me estruja un hambre tremenda, pantagruélica, carpántica, que se multiplica cuando salgo de una intervención quirúrgica… Puedo afirmar sin exageración ninguna que, tras los tratamientos u operaciones que he sufrido, siempre he salido con unos kilos de más…

En mi último alifafe, decidí tomar cartas en el asunto y dejar de ser un paciente pasivo y abúlico. Me puse a negociar con los médicos, como el más correoso tratante, la interminable prescripción a que me querían someter. No sé si por mi capacidad de convencimiento o por la propia sorpresa de los galenos, conseguí reducir la ingesta a la mitad. Para celebrarlo, me regalé con una opípara cena, sin omeprazol de postre, por supuesto.

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