En la red

Una sola vez maté un zorzal con una escopeta. Era joven y acompañaba a mi cuñado él sí cazador irredimible, al amanecer, discretamente embozados junto a un arroyo, a la espera de que alguno de estos pájaros madrugadores bajara a beber al río. Como otras veces, me invitó a disparar a alguno: esta vez no lo rechacé. Tuve la mala fortuna de descubrir  en aquel momento fatídico del amanecer que tengo buena puntería . Nunca olvidaré cómo aquel zorzal se detuvo en seco y cayó a plomo a pocos metros de mí. En mis ya luengos años no he vuelto a tomar un arma entre mis manos.

Caza de codornices con red en Mesina

Mi otra experiencia de hombre cazador fue de acompañante, en realidad. Acompañaba a mi padre a cazar codornices con red y reclamo. Estaba prohibida, porque se atraía al macho en época de celo, pero mucha gente la practicaba. Mi padre, que era manitas, diseñaba y construía el instrumento para imitar el canto de la codorniz hembra y la red, muy tupida y de color verde, no sé dónde la conseguía.

El proceso en sí, aparte de la caminata, era largo, tedioso y de infructuosos resultados. Iba probando distintos sembrados, sobre los que echaba y extendía la red insidiosa, nos situábamos en cuclillas en algún extremo discreto, él imitaba con su reclamo a la codorniz, y a esperar. Nunca tuvimos mucho éxito, no sé si por algún defecto de su instrumento musical o porque ya entonces empezaban a escasear estas aves.

He recordado estas mínimas escenas cinegéticas leyendo la Historia de  de San Michele de Axel Munthe, el famoso médico sueco que se retiró a Anacapri, en los mismos parajes paradisiacos donde lo hizo el emperador Tiberio. Menciona la caza de codornices con red, aunque en plan, digamos, industrial. Munthe era un apasionado de los pájaros, que poblaban el cielo en mucha mayor proporción que ahora. En sus palabras:

Llegaban justo antes del amanecer. Lo único que querían era descansar un poco tras su largo vuelo a través del Mediterráneo, pues el destino de su viaje, la tierra donde habían nacido y donde iban a criar a su prole, aún estaba muy lejos. Llegaban por miles: palomas torcaces, tordos, tórtolas, toda clase de aves acuáticas, codornices, oropéndolas, alondras, ruiseñores, lavanderas, pinzones, golondrinas, currucas, petirrojos y muchos otros pequeños artistas, de camino a sus conciertos primaverales en los silenciosos bosques y praderas del norte. Dos horas más tarde aleteaban enloquecidos e impotentes atrapados en las redes que los astutos humanos habían extendido por toda la isla desde los altos acantilados del monte Solaro y el monte Barbarossa. Al anochecer eran encerrados en cajitas de madera sin agua ni alimento y enviados en barco a Marsella para ser degustados más tarde en los restaurantes más elegantes de París. Era un negocio muy lucrativo. Capri había sido durante siglos la sede de un obispado enteramente financiado con la venta de aves cazadas con red.

Consiguió, comprar aquel monte a su malvado dueño, mediante un chantaje médico (lo operó de una pleura) y convirtió el monte Barbarossa en un santuario de aves. Yo también, como el médico humanista, “estoy seguro de que Dios todopoderoso ama a los pájaros o de lo contrario no les habría dado un par de alas como a sus ángeles.”

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